Capítulo 1
Desperté sobresaltada. Sudaba a chorros. Era la primera vez que soñaba con Edward, al menos desde la última vez que lo vi. Recuerdo esa tarde lluviosa en la que me dijo "Me enlisté para ir a Irak. Eres la primera en saber". ¿Qué clase de persona le hace eso a su mejor amiga? Me sentí muy enojada con él porque no lo hacía por algún sentimiento patriótico, sino por ella. Yo creía que él era muy diferente, que superaría el abandono un mes antes de la boda, que sería feliz por saber que ahora Tanya era feliz, porque yo se lo decía, pero no. El amor tiene el poder de elevarte y hundirte al mismo tiempo.
En realidad, él había sido enlistado gracias al General, aunque él mismo no había querido en un principio, más que nada por mí, pero le aseguré que debería respetar las decisiones de Edward, ya que él ya era un adulto. Alice le dejó de hablar por una semana, Rose igual. Emmett prefirió quedarse callado y Jasper se limitó a desearle suerte. Lo despedimos, Esme con lágrimas y Carlisle, con el dolor contenido. Bien sabíamos que algunos iban y no regresaban. Nos carteábamos regularmente, hasta que, después de unos meses, él dejó de responderme. Al principio me preocupé y le pregunté al General, pero él me aseguró que Edward estaba bien, después entendí que yo, al ser hermana de Tanya, tal vez le recordaba a ella.
Continué con mi vida, me gradué de Darthmouth con honores en Filología Inglesa y tenía un pequeño departamento en Seattle, a unos cuantos minutos de los Cullen y a varios estados de la base militar en la que el General estaba, en Arizona. Me estiré, lista para seguir durmiendo cuando mi celular sonó. Me fijé en la hora. Cinco treinta de la mañana. Gruñí y decidí ignorarlo, pero sonó y sonó y sonó.
-¿Qué? –grité a quien estuviera del otro lado del teléfono -¡Estoy tratando de dormir!
-Bella –escuché la grave voz del General y de inmediato me enderecé -Es importante.
Enmudecí. La última vez que lo oí decirme eso, fue cuando tenía 9 años y me había dicho que mi madre había muerto en el accidente. Traté de quitarle hierro al asunto y le dije:
-Debe serlo, de otra manera no estarías despertándome a esta hora –aunque la voz me temblaba.
-Es imperativo que te presentes en la base cuanto antes –había dicho él, sin inmutarse ante mi broma. La única que hacía eco de mi sentido del humor era mi madre y más tarde Esme. –Tienes que estar aquí mañana. –Hizo una pausa dramática que me hizo reír –Es Edward.
De repente sentí que todo daba vueltas y me dí cuenta que había caído a mis almohadas otra vez. De la impresión, tal vez. Escuchaba que el General me gritaba por el teléfono, pero no podía reaccionar. Sabía que él iba a ir a la guerra y también que era probable que muriera, pero no había pensado que el General me lo comentará por teléfono. Él nunca fue cariñoso, pero no pensé que fuera insensible. ¿Ya lo sabrían Esme y Carlisle?
-ISABELLA SWAN, ESCÚCHAME ANTES DE QUE EMPIECES A INVENTAR COSAS EN TU MENTE –me dijo el General con el tono más autoritario de la milicia –Él está vivo, pero en mala condición. Necesito que estés aquí antes que le avisemos a sus padres.
-¿Y eso por qué? –dije, respirando un poco al saber que estaba vivo, pero sin entender el por qué de la llamada – Deberías llamar a Carlisle y Esme primero.
-No –dijo él –la última carta que tiene registrada está dirigida hacia ti y han decidido llamarte a ti primero –suspiró –Sé, por la fecha, que ustedes no han hablado por tres años, pero necesito que seas fuerte y vengas lo más rápido posible. Te lo pido como tu padre, no como el encargado de Edward. Sé que le vendría bien verte primero, cuando despierte.
Cuando despierte. Entonces lo traían sedado e inconsciente. Suspiré y le dije al General que iría. Me levanté e hice las maletas. Odiaba Arizona, lo detestaba por el calor incesante y el clima desértico. En cuanto llegué a la base, me pidieron mi identificación. Suspiré. El ser hija del General Charles Swan me daba cierto "nivel" entre la milicia. De inmediato me dejaron pasar. Me condujeron en un 4x4 hasta las oficinas centrales, donde el General, osea, mi padre, me esperaba.
Con tantas condecoraciones en el pecho, el General Charles Swan tuvo poco tiempo para su familia: Renée, Tanya y yo. Viajamos con él tanto como pudimos, hasta que me mandó a un internado en Nueva York después de un episodio de rebeldía a los 16, secuela de la muerte de mi madre en un accidente automovilístico cuando yo era una niña. Nunca tuve una buena relación con él y no porque no lo amara, después de todo, era mi padre, sino porque él no era especialmente cariñoso y tampoco.
-Llegas a tiempo –dijo él a modo de saludo.
-¿Qué sucede con Edward? –le pregunté sin saludarlo tampoco. No era mala educación. Era un hábito.
-Vamos a enfermería –dijo y me cedió el paso. Caminamos al edificio contiguo. Entramos en un ala de éste y en un pabellón donde se leía "Enfermos Graves". Era un gran cuarto dividido en cubículos. Cada cubículo tenía demasiados aparatos para cada enfermo. Al final del pasillo, el General abrió la puerta. Entré. No esperaba ver lo que encontré.
Conectado a varios equipos, entre ellos un respirador, estaba Edward. Tenía vendajes por todo el cuerpo y uno en la cabeza. Apenas se veía que respiraba, si no era por el sonido constante de la máquina que contaba sus latidos. Sentí un hueco en el pecho. Mi sueño.
-¿Qué le pasó? –susurré, con temor de molestarlo.
-No te oye –escuché decirle al Doctor Gerandy, mientras entraba a la habitación –Una mina explotó y él, al intentar salvar a su compañero, resultó herido. El otro soldado murió. Tuvo un golpe demasiado fuerte en la cabeza. Todavía no sabemos qué tan profundo puede ser el daño. Además de costillas rotas, su pierna con fractura expuesta y una luxación en el hombro izquierdo, podemos decir que es una suerte el que esté vivo.
Suspiré. ¿Cómo era posible que hubiera soñado con él y aquí estuviera, incluso más herido que en mi sueño? Estaba acostumbrada a verlo tan sano y fuerte, tan valiente… y aquí estaba, como un muñeco roto al que le suturan las costuras para que no deje de servir. Miré al General y él me devolvió la mirada, un tanto preocupado. Sé a ciencia cierta que había tenido especial cuidado con él, sobre todo por ser el mejor amigo de su hija menor y el ex-prometido de su hija mayor.
-Te hemos llamado –prosiguió el Doctor, después de dedicarle una fugaz mirada al General –Porque tú fuiste la última persona con la que tuvo contacto y queremos que lo ayudes a recuperarse poco a poco. Necesitamos que esté en las mejores condiciones, mentales y físicas para que decida si desea retirarse o seguir con el servicio.
-No he hablado con él por tres años –le dije, un tanto a la defensiva. A estas alturas no en qué se había convertido Edward, ya que dicen que la guerra cambia a la gente. ¿Cómo ayudarle si no sabía quién era ahora?
-El General Swan dijo a la junta que ustedes fueron muy amigos por años. No creo que haya mejor persona en el mundo para ayudarlo.
-¿Ya le dijiste a Tanya? –le pregunté al General. Pero él se encogió de hombros.
-Tu hermana ya hizo su vida. No creo que este tema le ataña, aunque sé que podría preocuparse y eso le haría daño al bebé –El bebé. Lo había olvidado por completo. Después de abandonar a Edward un mes antes de la boda, ella había cargado con el peso de lo que le había hecho hasta que conoció a Will. Ellos tenían ya dos años de casados y un bebé en camino.
Antes de poder replicar, escuchamos un sonido extraño proveniente de la cama de Edward. Empezó a agitarse y el doctor nos pidió que saliéramos. De repente 3 enfermeras entraron mientras el General y yo veíamos a través de la ventana de cristal. Empezaron a maniobrar sobre él, hasta que vi que el Doctor esbozó una leve sonrisa, quitándole el respirador a Edward. Le habló y vi que se agitaba, entonces una enfermera le administró una jeringa en el suero y Edward se quedo quieto.
Cuando toda la gente salió, el Doctor nos habló: -Ha despertado.
