Día: 6. Mes: Febrero. Año: 2009.
—Listo —dijo Aria con una sonrisa expectante en el rostro—, con eso debería bastar.
Levantó la mano del cuaderno lentamente, como si la velocidad pudiera alterar el inalterable efecto que este surtiría.
—Supongo que ahora tenemos que esperar cuarenta segundos, ¿no? —preguntó Taro, con la voz un poco más alzada y ansiosa de lo que esperaba.
—No lo sé —contestó Aria—. Nunca lo intenté comprobar, sinceramente. De todos modos —agregó, como quitándole importancia—, a mí solo me importa que funcione.
Taro asintió, no iba a ser cosa que le llevara la contra. Últimamente, todo lo que le había dicho y deducido la chica había sido correcto. Pues, si no, cómo iba a entrar al prestigioso orfanato Wammy para niños con habilidades especiales. Y no solo eso: había sido la sexta alumna más inteligente de la historia de la casa, y la cuarta en el momento en el que escapó.
Se decía que solo había dos maneras de salir del orfanato antes de los veinte años de edad. Una: tener la suficiente inteligencia para poder convertirse en el sucesor del mejor detective del mundo. De los sesenta y ocho alumnos que tuvo la escuela en toda su historia, solo tres o cuatro alumnos fueron capaces de salir de esta manera. La segunda forma, era tener, además de la inteligencia, el valor suficiente como para violar la prácticamente inviolable seguridad, afrontar el mundo que espera y por sobre todo, cuidar de la seguridad, porque comenzaban a rastrear a los alumnos que escaparon. Aparte de todo eso, solo tenías una oportunidad a lo largo de tu vida.
—Jamás pensé que de veras lo lograríamos. —soltó Taro, contra su voluntad.
—Yo siempre supe que sí. —contraatacó Aria a su vez.
Aunque ella mentía seguido (principalmente para preservar su persona y seguridad) esa había sido la primera mentira que le había dicho a Taro en años.
Notó que no había perdido esa faceta de actriz con el tiempo en el momento en el que su compañero le sonrío, le había creído.
—Espero que este sea el fin del silencio. —se dijo Aria.
—¿Qué?
—Nada, solo hablaba conmigo misma —contestó rápidamente—. Vamos, que se nos hace tarde. No quiero perderme nada.
Los dos se levantaron y emprendieron camino hacia ese lugar que Aria tantas veces había visitado durante su vida para lamentarse, para llorar su perdida. Era la primera vez que iba acompañada: por el chico, y también por el par de shinigamis que los seguían a ambos
Regla XI: El propietario de la Death Note será poseído por un Shinigami, su propietario original, hasta el día de su muerte.
