Hola mis queridos lectores, bueno a causa de las lindas reviews que me dejaron les traje este nuevo capi que confieso, es de mis favoritos aunque espero me salga bien
Capítulo 38 Vida de ladrón
-¡Suelten todo lo que traigan o esto se pondrá feo!- amenazó le niña con una extraña bola de fuego en su mano derecha mientras la izquierda la extendía hacia el doctor Zagart y su asustado hijo quienes permanecían inmóviles -¡Ahora!- tembloroso, el científico le entregó la billetera , pero la niña no se movió. –El reloj- dijo secamente mirando el reloj de oro que el tipo se cargaba en la muñeca. Este no dudó en entregárselo con mano temblorosa. La niña sonrió sádicamente –Un placer hacer negocios con usted- y desapareció en la oscuridad.
El pequeño Zeo abrazó a su padre tembloroso mientras este hacía lo posible por calmar sus lágrimas. La policía acudió en seguida, pero no pudieron dar con la ladrona. Después de que Zagart les diera una descripción de la niña, los oficiales le explicaron que llevaban meses buscando a esa chiquilla pero no habían tenido éxito. Que no era la primera vez que una persona de dinero era asaltada por ella.
Pasaron varios meses sin tener ningún otro incidente, hasta que cierto día, mientras Zeo caminaba de vuelta a su casa, pasó junto a ese callejón. Lo miró por varios minutos. Aún a plena luz del día resultaba espeluznante. Era uno de esos callejones sin salida, y demasiado angosto. Al fondo había unas cajas que estaban acomodadas como escalera hasta la cima de aquella alta pared. Zeo fue sacado de sus pensamientos por una voz que gritaba -¡¡Alto!! ¡Ladrón!- a su lado, zumbando como un relámpago, pasó una sombra que Zeo no alcanzó a ver bien. La sombra se trepó a las cajas y saltó la pared.
Zeo la persiguió pasando la pared por callejuelas y callejones oscuros, sucios y malolientes, aunque sin duda, aquella sombra lo sobrepasaba en mucho en cuanto a velocidad por lo que la perdió de vista en un momento. Estuvo vagabundeando un rato por los callejones hasta que vio de nuevo a la sombra entrar a una vieja casucha, rodeada por un jardín de pasto seco y montones de apestosa basura. Era una casa extensa, pero se veía vieja y mohosa con agujeros en todas partes y trozos de madera destartalada saliendo de las paredes y el techo.
Zeo entró a la casa, que estaba absolutamente oscura. No veía nada, de nada, hasta que llamó su atención un brillo, un par de ojos púrpura en una esquina. Vio como se movían sigilosamente hacia él, despacio, sin dejar de mirarlo fijamente. -¿Tienes idea de dónde te has metido niño? Te advierto que si entras aquí, no volverás a ver la luz del sol- amenazó una voz femenina pero ronca. Zeo tembló de solo escucharla, pero entró cerrando la puerta tras de sí -¡¡NO TE MUEVAS!!- le advirtió la voz. Él se paró en seco, asustado por semejante grito. Se atrevió a dar otro paso, mientras extendía su lonchera hacia la oscuridad. Sintió que algo le arrebataba la lonchera. -¿Qué diablos...?- la sombra abrió la lonchera y la olfateó, como si de algo extraño se tratase –Es... comida- su voz se suavizó, olvidando por un momento que no estaba sola. En menos de un minuto, devoró todo el contenido de la lonchera.
Zeo dio un paso atrás, un poco intimidado por lo que sucedía. Sin embargo, la sombra se desplazó rápidamente hacia su espalda, y le cerró la salida –Te dije que si entrabas no salías- dijo la voz recuperando su dureza –Y bien... ¡Un minuto! ¡Eres el chico Zagart!- exclamó sorprendida y no fue la única sorprendida, Zeo se preguntaba cómo había esa persona adivinado quién era y se lo hizo saber de inmediato -¿Crees que la ladrona más buscada del país arriesgaría su pellejo por un pordiosero? No asalto a cualquiera, niño.- confesó ella con la mayor desfachatez del mundo.
Zeo suspiró pero no hizo más intentos de salir. –Entonces... si voy a morir... al menos quiero saber tu nombre- ¡Zaz! Golpe inesperado a la niña. No era común que alguien aceptara tan fácilmente el momento de morir. La niña miro al niño con curiosidad, y al final se quitó de la puerta y se perdió de vista. Una luz amarillenta llamó la atención de Zeo, un fuego encendido en una chimenea de una esquina. Instintivamente se acercó a la luz. La niña no dijo palabra. Guardaron silencio un rato, ninguno se atrevió a pronunciar palabra, sumidos en sus propios pensamientos.
-¿No le temes a la muerte?- preguntó ella lentamente
-Si le temo, mucho- replicó él con firmeza, mirando las flamas fijamente
-¿Porqué asimilas tan fácilmente tu muerte, si le temes tanto?- volvió a preguntar la niña, sin mirarlo aún
-Creo que… debo ser responsable por mis actos. Me advertiste que si entraba no saldría y aún así lo hice. No tengo nada que reclamarte. Aceptaré las consecuencias de mis acciones- explicó el niño evitando mirarla igualmente. –Bueno… ¿qué esperas? ¿No me matarás?- preguntó como si tuviera ansias de morir.
La niña lo miró intrigada. Nunca había conocido a alguien con tanta disposición a morir. Abrazó sus rodillas y volvió a mirar el fuego. Los recuerdos invadieron su mente. Ella misma no le temía a la muerte, pero tampoco la deseaba. Ya había estado en el infierno, no quería volver. Y si había algo con que salvarse, estaba dispuesta a hacerlo. El infierno… el mismo infierno cuya flama se había extinto y que ahora encerraba los recuerdos de su dolor… de las almas y el sufrimiento perdidos en el humo, la podredumbre la miseria… y todo eso se cernía ahora sobre los hombros y la cabeza de la niña, cuyo hogar encerraba la pena de tantas almas olvidadas… tantas almas que la acechaban de noche y de día recordándole su crimen… su pecado… -Los que me conocen me llaman la Quimera. Los que me han oído nombrar me dicen la Reina de los Ladrones. Los que saben quién soy me llaman la Dueña de las Calles. Mis amigos me llaman Raion1, o lo harían si los tuviera.- dijo fríamente, sin dejar de abrazar sus piernas con firmeza.
Pasaron las horas. Zeo se preguntaba cuándo lo mataría, si le dolería, qué horas serían, cómo se sentiría su padre cuando él no regresara pero no había caso en preguntarse cosas cuyas respuestas no conocería. El cielo de Japón se oscureció. Zeo ya solo pensaba en morir pero parecía que ese momento no llegaría. ¿Su captora lo estaría torturando mentalmente? Sólo ella podía saberlo
-Lárgate- dijo la niña cortante. Zeo permaneció inmóvil, procesando lo que acababa de oír –Lárgate- repitió señalando la puerta, en un tono que no admitía réplica -¡Que te largues! ¡Hazlo antes de que me arrepienta!- bramó haciendo que Zeo olvidara sus dudas y saliera corriendo de ahí.
Hay que decir que su padre había estado al borde del infarto al ver que su hijo no llegaba, por lo que cuando lo vio cruzar la puerta, estuvo a punto de aplastarlo entre sus brazos, apretándolo contra sí –Pensé que te había perdido de nuevo…- musitó débilmente -¿Dónde diablos estabas?- preguntó mirando a su hijo, tomándolo firmemente por los hombros.
-Yo sólo… me perdí- se disculpó el niño, sin olvidar su encuentro con la niña, con la Quimera.
Fueron un par de semanas las que transcurrieron desde ese incidente, hasta que cierto día, Zeo salió temprano de la escuela y quiso desviarse de su camino habitual. Sin darse cuenta, sus pies lo llevaron de vuelta a ese mar de podredumbre y basura que conocía bien. Entró a la casa sigilosamente. -¡¿Quién entra a mi casa sin permiso?!- era sin duda la voz de la niña. Zeo sacó su almuerzo sobrante y se lo entregó –Ah, eres Zagart. Entra…- le ordenó secamente devorando el dichoso almuerzo. Zeo sonrió.
Las cosas siguieron así por un mes más. Zeo iba diario a visitar a la Quimera, quien dependiendo de su estado de ánimo, lo dejaba entrar a charlar frente a la chimenea o le decía que dejara la comida en la puerta y se largara si quería salir por su propio pie. Por alguna extraña razón, Zeo se sentía muy seguro con esa niña. Hablaban de cosas sin importancia, pero ella era lo más cercano que él tenía a un amigo. Pasaba horas sentado junto a ella, frente al fuego. Cierto día dieron casi las nueve de la noche cuando Zeo cruzó el umbral de la puerta de aquella casucha. El niño se apresuró para llegar a casa, atravesando un callejón oscuro y tétrico. Fue interceptado por una mole.
-¿A dónde vas con tanta prisa, mocoso?- se trataba de un tipo alto cuyo rostro no pudo percibir por la oscuridad. –Saca la plata ¡ahora!- le ordenó enterrándole una pistola en la sien. Detrás de él había otros dos tipos gigantescos bloqueándole el paso. Zeo, tembloroso, hurgó sus bolsillos buscando algo de dinero, lo poco que cargaba consigo. Sintió que le dolía la cabeza por la pistola que le enterraban cada vez con más fuerza.
-¡Oigan! ¿Qué se creen? ¡¡Quítenle las manos de encima al mocoso, es mío!!- exclamó una voz infantil desde la parte alta de un bote de basura. Los asaltantes miraron con horror a la sombra que se recortaba contra la Luna -¡Clyde, Billy y Hao, si no lo sueltan ahora los quemaré en este momento!- ordenó. Los tres se apartaron apresurados.
-Disculpe su majestad, no pensamos en importunarla- se disculpó el de la pistola.
-¡¡Pásame la maldita pistola y déjate de estupideces!!- el tipo obedeció de inmediato –Ya veré cómo castigarlos por estorbarme. ¡¡Y por cargar armas sin mi permiso!!- acto seguido, los tipos salieron huyendo. Una sonrisa sádica surcó los labios de la Quimera, mientras esta bajaba del bote de basura hasta donde el niño estaba. Zeo suspiró aliviado, pero no le duró mucho –Dame la plata- mandó ella cortante.
-¿Ah?-
-Que me des la plata. Por venir a salvarte se me escapó la cena. Dame la plata. ¿O necesitas que te amenace con la pistola?- Ante tal perspectiva, Zeo no tuvo más que entregar el dinero. Entre eso y la pistola enterrada en su cabeza… comenzaba a extrañar la pistola. Pero esta idea cambió mientras caminaba rumbo a su casa. Recordaba esas palabras "Por venir a salvarte se me escapó la cena" ellos robaban para comer, para sobrevivir. La vida no les había dado lo mismo de lo que él gozaba en ese momento. Él nunca había sufrido, no conocía el hambre o la miseria. Llegó a su casa con esos pensamientos. Si la última vez su padre casi se muere de un infarto, ahora parecía un cadáver ambulante.
-¡ZEO! ¡¿Dónde estabas?!- exclamó totalmente fuera de sí.
-Papá… ¿porqué…? ¿Cómo es que hay gente que vive en la miseria… que roba para medio vivir… mientras a nosotros no nos falta nada?- preguntó el niño con los ojos llorosos.
-¿De qué hablas Zeo? ¿Dónde estuviste?- volvió a preguntar el científico aterrado por las palabras que escuchaba de su hijo. -¿Te hirieron?- inquirió con preocupación al ver un hilillo de sangre por donde le habían enterrado la pistola.
-No tengo nada. Y no evadas mi pregunta- lo cortó él. De alguna forma se le había contagiado la mandonería de la Quimera con todo el tiempo que había pasado con ella, y sabiendo que a ella no le podía ordenar, se le escapaba esa mandonería con su padre.
Fue entonces que Zagart reconoció ese tono, mismo que no había escuchado más que aquella vez en ese callejón, dos meses atrás. La imagen de la niñita volvió a su mente, junto con el miedo de que esa persona se estuviera llevando a su hijo –Estabas con esa niña, estoy seguro. ¡Dime dónde está!- ordenó con rabia
Por supuesto que Zeo no delataría a esa persona, que a pesar de haberle sacado todo el dinero ese día, lo había defendido y "tratado" de una forma casi amable, sin importar quien fuera él, ella había tenido algo similar a la confianza en él, y no pensaba traicionar esa confianza que tan difícil había sido obtener –No te lo diré- dijo cortante, en ese tono que no admitía réplicas, también aprendido de ella.
-¡No me desobedezcas, Zeo! ¡Ella es mala, puede herirte!- el padre comenzaba a perder la paciencia. Jamás permitiría que su hijo se involucrara con una ladrona "Primero muerto" se dijo, dispuesto a llamar a la policía de inmediato
-¡Te equivocas! ¡Ella no es mala, solo roba porque necesita, porque no tiene las comodidades que nosotros tenemos!- también Zeo empezaba a exasperarse. No comprendía porqué su padre no podía ver lo que para él era tan claro como el agua, porqué su padre no entendía lo que sentía él y las personas como esa niña, porqué no pensaba un poco en los demás en lugar de sólo preocuparse por el mismo. ¿Porqué no podía sentir esos mismos deseos de justicia que él experimentaba?
-Basta, Zeo. ¡Vas a decirme dónde está y entonces irá a prisión, a dónde pertenece!- en este punto, Zagart ya estaba totalmente colérico y no escucharía razones ni del mismo Dios.
-¡¡NUNCA!!- Zeo estaba en igualdad de condiciones. Por primera vez en su vida le alzó la voz a su padre. Y por primera vez en su vida, sintió el dolor de una bofetada, la mano de su padre temblando de ira mientras le plantaba tal castigo, que dejó un doloroso moretón en su mejilla, junto con una ligera hinchazón. Zeo no dijo nada más, ni siquiera miró a su padre. Se dio la vuelta y se encerró en su habitación.
Zagart por su lado estaba tan furioso que tiró un vaso al piso y lo rompió. Fue entonces que le entró la culpa por como había tratado a su hijo, más que nada por haberle gritado y pegado. Sin embargo, se había sentido presa del terror, de un terrible miedo a perder a su único hijo, lo único que realmente valoraba en el mundo. Sobre todo, temía que se involucrara con criminales, que terminara hiriendo a las personas o herido él mismo. Pero eso no era excusa para golpearlo. Subió a la habitación de Zeo para pedirle disculpas. Tocó la puerta, no obtuvo respuesta –Zeo ¿podemos hablar?- nada, silencio, ninguna respuesta –Zeo, abre la puerta por favor- más silencio -¡Zeo! Sé que fui muy duro pero esto es demasiado- se quejó. Pero nada, ni un murmullo ni un sonido que le indicara que su hijo estuviera ahí. Preocupado, abrió la puerta de la habitación: vacía. Buscó en cada rincón: nada. Todo parecía normal, la cama tendida, el ventanal abierto de par en par con las blancas cortinas bailando con el viento, la ropa en su lugar, los juguetes medianamente desordenados ¡La ventana! Zagart se acercó a la ventana y se asomó por el balcón. Su rostro se puso pálido al ver una larga escalinata que llegaba hasta el suelo. No podía creerlo, no quería creerlo, su hijo, a quien había protegido y cuidado toda la vida, había escapado a quién sabe donde. -¡¡¡¡ZEO!!!-
El susodicho se encontraba a unos pasos del ya bien conocido basurero. Tan acostumbrado estaba a esas visitas, que el olor de la suciedad y podredumbre no le afectaban ya en lo absoluto. Además, estaba demasiado molesto para pensar en esas trivialidades. Sin pensar en el riego que su vida corría en ese momento, abrió la puerta de madera de golpe, casi azotándola con la pared. Cuando calló en cuenta de que si la Quimera estaba ahí, lo mataría por azotar la puerta estuvo a punto de salir huyendo, pero se dio cuenta de algo: ella no estaba. -¿A dónde habrá ido?- se preguntó el niño buscando algún indicio de que se hubiera cambiado de casa, pero no, ahí estaba esa caja, cuyo contenido desconocía, pero sabía que ella tenía un enorme apego a lo que fuera que hubiera dentro.
Y sí, apenas estaba Zeo acoplándose a la oscuridad, cuando la puerta se cerró con un chirrido. –No deberías estar solo, a esta hora y en un lugar tan oscuro como este. Una persona no tan decente como yo podría violarte- le reprochó una voz que conocía bien. Definitivamente la Quimera estaba de muy buen humor.
-¿Violarme? No sé qué es eso- Zeo la miró confundido
Ella suspiró y se rió. Era extraño que se riera. Demasiado buen humor sin duda –Eres joven, lo sabrás algún día- y volvió a reírse -¡Espera! ¿Porqué diantre soy tan amable contigo? ¡¿Qué diablos haces en mi casa y quién demonios te invitó?!- exclamó de repente. Adiós buen humor.
-Disculpa… no tenía a dónde ir- se excusó Zeo avergonzado, agachando la cabeza.
Ella lo miró indignada -¡¡Tienes una mansión mil veces más grande que este desastre y te atreves a decir que no tienes a donde ir!!- estalló furiosa
Zeo se mordió la lengua. Por alguna razón, le dolían más los regaños de esa niña que los de su padre, le dolía más el rechazo de ella que el de su padre. Quería que ella lo viera… bien… Quería que ella lo aceptara. Era muy raro, sintió ganas de llorar por los gritos –Perdón es que… me peleé con mi padre y me escapé de casa- se explicó él mirando para otro lado
-¿Por qué?- interrogó ella
-Él… no sé como, pero se enteró de que pasaba el tiempo contigo… y quiso que le dijera dónde encontrarte… se enojó porque me negué a hacerlo… Por eso escapé-
Esas palabras, de alguna forma u otra ablandaron el corazón de la Quimera, se sonrojó ligeramente. No era normal que ella se sonrojara, no era normal sentir algún tipo de afinidad con ningún ser humano. No, ella había olvidado toda emoción humana hacía muchísimo tiempo. –Vale, quédate. Pero si me das lata tendrás problemas. Y solo por esta noche, que esto no es hotel- reclamó ella sin abandonar la crudeza de su voz, al menos en intención, porque Zeo notó una cierta calidez en su tono. Sonrió –Deja de mirarme como si te acabara de salvar la vida. Duérmete y no molestes- Zeo asintió y se tendió bocarriba en el suelo sin decir palabra. Estaba por dormirse cuando una cosa de tela algo pesada le cayó encima. La miró: era una cobija. –Anda, o te congelarás- aquella estaba recostada en un rincón, bocarriba, con las manos en la nuca y una cosa como abrigo viejo tapándola. Zeo amplió su sonrisa y en poco tiempo se quedó dormido
A la mañana siguiente, un rayo de sol despertó a Zeo, golpeándolo directo en los ojos, manera muy cruel de despertar a una persona. Echó un vistazo al reloj: las diez de la mañana. No había caso en apurarse, no llegaría a la escuela antes del descanso, no le dejarían entrar. De nuevo, encontró la casa vacía, pero no por mucho tiempo. La puerta se abrió de golpe, y antes de poder hacer o decir nada, un periódico le azotó la cara.
-Gracias a ti estoy en primera plana- se quejó ella dejando a un lado la bolsa de comida que cargaba. -Me debes una cena- añadió sentándose en el suelo y devorando una manzana. Zeo miró el periódico con su foto en primera plana. El reportaje decía que una famosa ladrona había secuestrado al hijo del doctor Zagart, y que ofrecía una cantidad bastante grande de dinero a quien lo encontrara. Claro, no mencionaba su "amistad" con aquella. Qué gran teatro armaba su padre.
-Es ofensivo- musitó ella como ida. Zeo alzó una ceja con curiosidad –Es ofensivo que me traten como secuestradora… yo soy ladrona, robo para vivir… no secuestro a las personas. Porque a mí no me gustaría… estar encerrada- abrazó sus rodillas con un aire de… tristeza, como si se hallara en un trance –Ellos no entienden… no saben como funcionan las cosas aquí… para nosotros no es como para ellos… para nosotros es duro…-
-¿Nosotros?- inquirió Zeo con curiosidad, arrojando el periódico a otro lado.
Los ojos de ella brillaron enormemente, con gran emoción –En este mundo no estamos solos. No soy la única ladrona de Tokio, ni mucho menos. Hay otros… aunque estemos solos estamos juntos… porque cuando uno se lastima no puede robar; y si no roba, no come; si no come, no vive. Por eso trabajamos juntos pero separados. Nos apoyamos en tiempos de necesidad. Así son las cosas en la calle. Claro, no hay colectas de beneficencia ni automóviles para pasearnos por ahí, pero… estamos… y seguimos vivos. Eso es lo que importa.- sin duda, un tema apasionante para ella. Muy apasionante. Se quedó callada y pensativa un buen rato. Finalmente, se incorporó, se acercó a la puerta y la abrió –Hey, chico. Ven acá. ¿Te interesa conocer a los otros?- una sonrisa macabra se dibujó en sus labios.
Zeo no supo cómo, cuándo o porqué, pero terminó con un antifaz en la cara, líneas rojas en las mejillas, la ropa rasgada y sucia, y lo peor: caminando por una alcantarilla. Sí, el niño Zagart, millonario de millonarios, ese que necesitaba una alfombra roja para pisar el suelo estaba caminando en una alcantarilla. Si bien la peste de la casa de la Quimera era tolerable hasta cierto punto, ese lugar apestaba como pañal mil veces sucio, y el niño sintió que se ahogaba. Pasado un rayo llegaron a un lugar un poco menos apestoso, que si no fuera por el ruido del agua estancada a sus pies, pasaría por un sala de juntas pequeña, con lámparas de aceita en la parte superior, un taburete alto de madera gastada, junto a un banquito en iguales condiciones. En el banquito se hallaba sentado un anciano harapiento y frente a él unas veinte o treinta personas, niños, mujeres, hombres y ancianos de todas las edades cuchicheando y parloteando de Dios sabe qué cosa. Todos se callaron al ver llegar a la niña. Un joven con cabello de paja que en lugar de antifaz llevaba la cara pintada de color verde. Sus ojos eran amarillos
-Majestad, alteza, qué honor es para nosotros tenerla aquí ahora- el joven reverenció a la niña en repetidas ocasiones. Ella respondió a esto pateándolo en la cara, tirándole un diente.
-Imbécil, sabes que soy republicana. Y no toques mis pies, ya están bastante sucios como para que los manches más con tu porquería- le espetó secamente. -¡Anciano! Espero que tengas una buena excusa para haberme hecho salir de casa en lunes. Planeaba detener a un idiota en limosina. Un embajador o algo así. Hoy se va del país, no lo alcanzaré por venir con ustedes.- amenazó ella parándose tras el taburete más alto
-Sí señora, es sobre un…- el viejo tragó saliva con nerviosismo –uno de los ladrones…- balbuceó –Hubo un asesinato- dijo finalmente. Todos en la sala temblaron, se estremecieron de temor. Miraron a la Reina como si se tratara del peor de los peligros y no tardó el niño en darse cuenta del porqué.
Zeo creía haber visto a la Quimera enojada, lanzando chispas, fúrica, rabiosa, con sed de sangre, pero no se comparaba con la explosión de ese momento. Cada músculo de su cuerpo se tensó, sus ojos chispearon de furia, sus nudillos emblanquecieron por la presión, su rostro enrojeció. Casi se podía decir que echaba humo por las orejas. Sin duda, Zeo nunca había conocido a la Quimera enojada antes de ese momento -¿DÓNDE ESTÁ?- su voz temblaba y se oía aún más ronca y temible que la vez que entró a su casa por primera vez -¡¡¿DÓNDE ESTÁ ESA SUCIA RATA DE ALCANTARILLA?! ¡¡¡TRAÉLO AQUÍ AHORA PARA QUE PUEDA QUEMARLO, DECUARTIZARLO Y DESPELLEJARLO Y ALIMENTAR AL COCODRILO DEL LAGO CON SU PIEL Y VENDER SUS ÓRGANOS EN EL MERCADO NEGRO!!!- sí, la Quimera estaba enojada, MUY enojada.
El anciano hizo una seña a unos hombres que llevaron arrastrando a otro, de piel oscura y sucia, ojos azules, cabellos, barba y bigote negros, vestido como un duende, todo de verde, con zapatos puntiagudos color marrón, un sombrero de ala ancha, igualmente verde con una pluma de adorno y un carcaj de flechas, vacío. Curioso el hombrecito
-¡¡¡HOOOOOOOOOOOOD!!! ¡¡¡TE MATARÉ!!!- los ojos de ella parecían quemar al tipo.
-Mamoru, alias Hood, ayer asaltó a una chica que salía de su casa, clase media. Le pidió el dinero y ella se rehusó. Hood sacó la pistola y la mató. Esto ha sido confirmado por policías y otros testigos- mencionó uno de los que lo arrastraban, cuyas características no eran muy notorias.
La Reina guardó silencio por un minuto, un silencio frío, crudo, escalofriante, todos temblaban. El tal Hood estaba pálido del miedo. Zeo lo notó, había ese silencio de miedo respetuoso, ese silencio que indicaba cuánto le temían a esa niña que apodaban "La Reina" que indicaba que el miedo que él había llegado a sentir hacia ella no se justificaba en absoluto, comparado con las razones por las que estas personas le temían -¿Cuánto?- su voz, ahora más tranquila, menos ronca y más grave retumbó en toda la alcantarilla. -¿Cuánto le quitaste a la chica?-
-Se encontraron unos quince mil yenes al momento de arrestarlo, poco después de matar a la chica-
KABUM, la bomba, otra vez una bomba había estallado en el humor de la Quimera –Quince mil yenes- musitó temblorosa –quince mil yenes…- repitió como ida -¡Quince mil yenes!- temblaba de furia, lanzó un relámpago al ladrón con sólo mirarlo -¡¿CREES QUE LA VIDA DE UN SER HUMANO VALE QUINCE MIL YENES?! ¡¿DARÍAS TU VIDA POR QUINCE MIL YENES?! "MAJESTAD, PERMÍTANOS USAR ARMAS PARA DEFENDERNOS" "ALTEZA ¿PORQUÉ NO NOS DEJA USAR PISTOLAS?" ¡¡¡ES POR LO IDIOTA QUE SE VUELVE LA GENTE CON UNA PISTOLA!!! ¡¡¡PORQUE UNA PISTOLA SIGNIFICA MUERTE!!! ¡¡¡¿ACASO LA MUERTE ES EL MEJOR CAMINO?!!! ¡¡¡¿ACASO TODO EN LA VIDA SE ARREGLA MATANDO A QUIEN NO NOS CAE BIEN?!!! ¡¡¡ESTO SE GANAN CON SUS MALDITAS PISTOLAS!!! ¡¡¡A PARTIR DE HOY, QUIEN LLEVE UNA PISTOLA ESTARÁ ENCERRADO HASTA QUE SUPLIQUE CLEMENCIA, SIN COMIDA NI AGUA NI SOL NI NADA!!! ASÍ APRENDERÁN QUE HAY FORMAS DE AMENAZAR A LAS PERSONAS SIN UNA PISTOLA- como ya se dijo, eso fue un KABUM. La Quimera era temible, atemorizante, terrible. La persona que más había asustado a Zeo en toda su vida.
El Anciano se acercó a ella y la tocó suavemente en el hombro, con un ligero temblor. Ella lo fulminó con la mirada –Majestad, ¿qué castigo ha de recibir el acusado?-
Sus ojos volvieron a chispear –Estoy demasiado molesta para castigarlo. ¡Alfeñique!- esa, además de "chico" era una de sus formas para dirigirse a Zeo. Este se sorprendió por ser llamado. –Castígalo tú- le ordenó ella secamente. Los presentes miraron al niño con curiosidad mientras toda la sangre abandonaba su rostro –El Alfeñique es compañero mío, estará bajo mi tutela. Aquel que diga un pío en su contra verá sus riñones junto a los de esa basura- señaló a Hood con la mirada –en un bonito escaparate del mercado negro- con esa quedaba zanjado que NADIE, y con eso se refería a NADIE se atrevería a dudar de Zeo, ahora "Alfeñique".
-Ah… pues yo…- todos los ojos estaban fijos en él –pienso que… matarlo, bueno… sería rebajarse a su nivel… ah…- balbuceó torpemente –tal vez podría… no se me ocurre nada… alguna forma de que pague…-
La Reina sonrió triunfal –Me agrada tu modus operandi, Alfeñique- lo miró con un poco menos de odio que el que mostraban sus ojos un momento antes. –Escúchame, gusano. Te doy veinticuatro horas para que traigas un millón de yenes a esta junta. La mitad será repartida entre tus compañeros que han obedecido las reglas a diferencia tuya. La otra mitad irá a la familia de la chica. Luego serás entregado a la policía. Y aprovechando que me hicieron enojar… que Clyde, Billy y Hao sean los primeros en probar el castigo a quiénes llevan una pistola- Zeo reconoció entre los presentes a los tres tipos que lo habían asaltado la noche anterior. –Llévense al gusano. Y recuerda Hood: veinticuatro horas. Ni un minuto más.- Se levantó de su taburete y bajó a sentarse donde estaban todos los demás, alrededor de una mesa, mientras aquellos se llevaban al asesino.
Una chica rubia con una máscara y vestida toda de negro se acercó a la Reina -¿desea comer?- ofreció haciendo una reverencia.
Ella sonrió y asintió –Sirve para todos. Considérense afortunados porque me caen bien- subió los pies a la mesa. Zeo se quedó quieto junto al taburete –Anda Alfeñique. No voy a golpearte hoy- él avanzó torpemente hacia ella y se sentó a un lado. La chica rubia, terminando de servir platos dignos de un rey para todos, se sentó al otro lado de él
–Y bien Alfeñique ¿de dónde eres?- inquirió con curiosidad. Zeo se sintió ofendido, ahora todos los ladrones de Tokio lo conocerían como Alfeñique.
-Nada de interrogatorios. ¡A comer!- exclamó la Reina alegremente. Ninguno dudó en tomar su palabra. -¡Buen trabajo, Cuervo! No por nada eres la especialista en comida, sabes quién compra las cosas buenas- dijo dirigiéndose a la chica rubia.
Qué cambio de ánimo tan súbito, había pensado Zeo. En verdad esa chica amaba su "trabajo" y a sus "colegas" y por lo visto, era una aficionada a sus leyes. Extraña sociedad sin duda. Extraña pero… fantástica. Sí, fantástica. Aún más alegre y justa que la sociedad aristocrática que lo había criado, la sociedad capitalista en la que había crecido. Todo era distinto, fundamentos parecidos, sí, pero ellos lo respetaban más y vivían más tranquilos, más felices. Quién sabe, pero le gustó ese ambiente. No tardó en hacer migas con muchos de los compañeros. Y fue así como Zeo Zagart, uno de los niños más ricos de Japón se convirtió en un ladrón de alcantarilla, un feliz ladrón de alcantarilla.
Ya era tarde cuando salieron de ahí rumbo a la casa de la Quimera. Ambos estuvieron callados todo el camino. Llegando ahí, la Quimera se tumbó frente a la chimenea y la encendió de esa forma misteriosa que Zeo no entendía, pero por la que no había preguntado ni preguntaría hasta tiempo después.
-¿Porqué Alfeñique?- preguntó finalmente Zeo
Ella soltó una sonora carcajada –Porque eres un alfeñique. Hasta yo soy más fuerte que tú- y se siguió riendo –En un tiempo, cuando yo lo considere, tendrás un sobrenombre decente. Mientras tanto, seguirás siendo Alfeñique-
El niño se dirigió a la puerta para irse, su padre debía estar muy preocupado por él –Nos vemos mañana- se despidió suavemente
-Hasta mañana, Alfeñique- se despidió ella alegremente –Por cierto- añadió deteniéndolo un momento –me llamo Yuli-
CONTINUARÁ
Como q me senti muy inspirada para este cap, y como que me quedo muy largo. Bueno esta es ya la historia de Yuli y Zeo, cómo se conocieron. La vdd no se de donde saqué eso de que Yuli fuera una ladrona, ni me acuerdo. Pero su pasado se revelará del todo en el siguiente cap, cómo acabó en la calle y esas cosas.
Espero les haya gustado, y espero ansiosa sus reviews. Sorry por haberme tardado tanto, pero entre una cosa y otra, y que el cap estuvo largo… bueno me entienden
SAYONARA!
