Trauma! Acabo De terminar de ver Hana Yori Dango el Live action y quiero más!!! Quiero más Matsumoto Jun!!!! Si alguien me lo quiere enviar como regalo de lo que sea se lo agradeceré de por vida
Capítulo 40 Glorias de los años
Pasó una semana sin que la Quimera fuera notada en la mansión Zagart. El dueño de ésta estaba tan ocupado y la mansión era tan grande que ni siquiera los mayordomos notaron que había más de un menor en la casa. Lo difícil fue convencer a Zagart de que el amigo del pequeño Zeo se había mudado a otro país, pero se había conseguido un nuevo amigo con el que no se podía quedar a dormir.
Y pasada una, dos, tres semanas, las cosas seguían igual, hasta que finalmente el doctor Zagart empezó a notar que su hijo estaba comiendo más de la cuenta, o al menos, llevaba raciones de comida más grandes, el doble de las normales, a su habitación. Más adelante el niño le pidió que no pasaran a recogerlo a la escuela, el doctor Zagart recibió varias llamadas del colegio en el que le decían que el niño se veía a la salida con una niña de aspecto extraño. Aunque sospechaba cosas negativas, Zagart decidió confiar en su hijo; el jamás haría algo inadecuado.
Fue entonces que un día, el doctor Zagart recibió una llamada en su laboratorio. Esta provenía de una de las profesoras de la escuela de Zeo. Según la profesora, su hermana había visto al niño Zeo, o al menos a un niño muy similar a él, vestido de manera extraña, con un antifaz en el rostro y marcas rojas en la cara, acompañado de una niña similar a aquella con la que se encontraba después de clases. Y que acababan de ver a ambos entrar a la mansión Zagart.
Sin pensarlo ni preguntarlo, Zagart corrió a su casa tan pronto como pudo. Atravesó el vestíbulo y fue directo al comedor de donde escuchó risas. Horrorizado vio al chico del antifaz que le habían mencionado acomodándose el cabello, quitándose el antifaz y limpiando las marcas rojas de sus mejillas, para encontrar en ese niño a su propio hijo, y a su lado, a la niña que los había atajado en ese callejón hacía ya más de un año. Se le heló la sangre de miedo y horror. Decidido, entró al comedor tratando de ocultar su miedo.
-¡Zeo¿Qué está pasando aquí¡¿Qué hace ella aquí?!- bramó rojo de furia.
Los dos niños dieron un brinco por la impresión. Yuli arrugó la nariz y Zeo palideció. Ya recobrado un poco del susto, el niño se interpuso entre su padre y su amiga, con el ceño fruncido y expresión decidida. Zagart estiró su brazo hacia el teléfono, pero Zeo cortó el cable de conexión del aparato. El padre volvió a perder el color de su rostro y miró con incredulidad a su hijo -¿Porqué Zeo?- preguntó con una profunda sensación de decepción y traición. ¿En qué momento había perdido el control sobre su hijo¿En qué momento se había convertido en un delincuente?
-Ella no es como tú piensas, padre. Ella es mi amiga, la única amiga que he tenido. Ella… no es mala… yo lo sé. Y si no aprendes a aceptarla… se irá de la casa… y yo me iré con ella. Si eso es lo que deseas, no volverás a ver mi cara por aquí. Decide- sentenció Zeo con firmeza, parándose junto a su compañera con fuego en los ojos, una mirada que había aprendido de la Reina de los Ladrones y que erizó la piel de su padre.
Zagart no supo qué hacer, dio un paso hacia atrás. Miró a la niña que seguía detrás de Zeo con expresión de confusión y sorpresa, muestra obvia de que no esperaba ese tipo de reacción por parte del chico. La ladrona se puso en pie e hizo a un lado al niño, llegando hasta Zagart con la misma mirada de fuego que Zeo llevaba momentos antes. Extendió su mano hacia el científico. En ella relucía un reloj de oro que cayó al suelo estrepitosamente. Sin decir palabra, la Reina caminó hasta el vestíbulo y salió por la puerta. Zeo la siguió. Estaba por salir cuando su padre lo llamó.
-Zeo… pueden quedarse… ambos- dijo tragando saliva con fuerza –Sólo si ella demuestra que es buena como tú dices que es- condicionó tratando de recuperar su templanza y su calma. Vio una sonrisa iluminar el rostro de su hijo, que corrió a buscar a su amiga.
Y de una forma un otra, Yuli demostró que podía ser una buena persona. Durante un año estuvo viviendo con los Zagart, tomando clases particulares para ponerse al corriente con los estudios y poder entrar a la escuela. Cedió el trono de la alcantarilla a Sombra, una chiquilla de de ocho años que había demostrado ser digna de tal puesto, ya que la Quimera no podía seguir robando puesto que ya tenía un techo propio y en el sentido correcto de la palabra. Ella misma había hecho esa ley y no sería una excepción a la misma.
Zagart deseó con todas sus fuerzas que esa chiquilla hiciera alguna locura para poder echarla de la casa, pero no lo hizo. Al contrario, demostró ser una persona serena, aunque jamás comió en la mesa con ellos ni le dirigió la palabra al científico por mucho tiempo. Tampoco adquirió nunca las refinadas costumbres de la casa ni gastó un centavo de dinero. Su alimentación se sostenía en robarle el almuerzo a Zeo por las mañanas.
La convivencia se mantuvo así por espacio de otro año. Yuli iba a la escuela pública pues no permitiría que alguien como Zagart se encargara de ella. Después de la escuela trabajaba
Y fue juntando dinero hasta que después de un año pudo rentar un departamento con lo que obtuvo de trabajar (sin gastar un centavo) y algunos ahorros que tenía en su cajita. Finalmente Zeo supo qué había en esa cajita; productos de robos pasados que había conservado para poder dejar de robar algún día y empezar de nuevo.
Ya que tuvo su departamento, sin un solo mueble y comiendo los almuerzos que Zeo le dejaba diario después de clases siguió viviendo tranquilamente con una pequeña diferencia, ahora Zeo pasaba el noventa porciento de su tiempo en ese pequeño y vacío departamento. Desgraciadamente se le acababan los pretextos para estar ahí. Ya no vivían en la misma casa, ya no eran ladrones y no iban a la misma escuela. Y con Yuli, era necesario tener un buen pretexto para visitarla.
-¿Otra vez aquí?- preguntó por rutina, acostumbrada ya a hacerle esa misma pregunta todos los días a esa misma hora, para luego recibir tartamudos pretextos con más cara de inventados a última hora que una tarea hecha a tres minutos de la llegada del maestro.
-Bueno verás… lo que pasa es que yo tenía que venir para darte… para darte… para decirte que… mi padre dice que si lo necesitas puedes volver a la casa- dijo el chico sonrojado y mirando para otro lado. Ella se rió
-Dijiste lo mismo la semana pasada- replicó ella entre risas –Veo que te quedaste sin excusas¿cierto?- añadió burlonamente
-Bueno verás… pasa que hace tiempo que quiero… decirte- su corazón palpitaba aceleradamente, su rostro estaba totalmente enrojecido –Quiero decirte… que tú… tú me… me gustas mucho- declaró finalmente con la voz de un niño de doce años, que apenas comenzaba a madurar y a desenmarañar y comprender esa locura que llamamos emociones y esa locura aún mayor que llamamos amor.
Yuli sonrió y le arrebató al niño su lonchera –Aquí tienes un buen pretexto- y sin decir más le dio un beso en la mejilla que hizo que el niño se pusiera rojo hasta las orejas para luego irse a uno de los tantos rincones vacíos de su apartamento (que eran más abundantes que los rincones ocupados). Zeo dio por concluida la conversación, así que se dio media y se dirigió a la puerta pero ella lo detuvo.
-¿Zeo?
El corazón del chico se paró por un momento. En dos años de conocerse, ella jamás lo había llamado por su nombre y mucho menos en ese tono dulce como de petición. Él estaba acostumbrado a los imperativos "¡Eh, chico!" y "¡Oye, Alfeñique!", nunca esa voz dulce que lo hizo recordar que Yuli era una niña de doce años, más allá de ser La Quimera y antigua Reina de los Ladrones, dueña y señora de las calles de Japón. Sin mediar palabra, Zeo volteó a mirar a la niña.
-Nos vemos mañana- dijo dulcemente, sonriendo como nunca antes lo había hecho –No olvides mi comida- añadió con una risita melodiosa y burlona.
Zeo se puso más rojo aún y sonrió. –No lo olvidaré.- y se fue luciendo una sonrisa de oreja a oreja sintiéndose el chico más feliz de todo Japón, no, la persona más feliz de todo el mundo.
Al día siguiente, Zeo llegó al pequeño departamento con un ojo morado y un hilillo de sangre escurriendo de su boca y un aspecto de haberse caído por un barranco que resultó curiosamente atractivo para la Quimera, aunque luego se volvió preocupante -¿Cuántos eran?- sabía bien que sobraba preguntar qué le había pasado. Se acercó a él y lo tomó del mentón –Quiero tres nombres- agregó después de inspeccionar minuciosamente las heridas.
-No quiero involucrarte en mi peleas- dijo este con firmeza, dejando su mochila en el suelo.
Ella frunció el ceño –No te hagas el hombrecito. No te peleaste con nadie, te partieron la cara. Sigues siendo un alfeñique después de todo- lo regañó mientras pasaba una mano por el rostro del chico, curando las heridas con ese tacto mágico que Zeo le conocía bien. –Quiero un doble almuerzo mañana- le dijo al día siguiente durante otra visita, después de la desaparición de tres chicos del colegio por causas desconocidas.
Bueno, como seguramente puede deducirse, a Zeo le costó mucho trabajo caer en la cuenta de que su relación con Yuli ya había pasado de amistad desde que le confesó que le gustaba. Era de esperarse, pues su relación no cambió en absoluto en un lapso de dos o tres meses, tras los cuales ella empezaba a portarse más amable, sin abandonar su tinte de mandona que la caracterizaba. Sin embargo, tuvieron que pasar cuatro meses para que la Quimera le dijera a Zeo que lo quería.
Después de tales palabras, Zeo vivió los cinco meses más gloriosos de su joven vida. Contando ya trece años de edad, había madurado bastante y comprendido una serie de cosas que hasta entonces le habían sido desconocidas. Y en determinado momento se enteró de cosas que derrumbaron esa gloria. Yuli se lo había ocultado por dos años enteros, pero finalmente la verdad salió a la luz; la policía le estaba pisando los talones. Los había despistado mudándose a la mansión Zagart y luego al departamento, pero finalmente habían dado con ella y se le estaban acabando los lugares para esconderse. Zeo propuso que se quedara en su casa, pero ella lo rechazó, alegando que no quería involucrarlo en sus peleas.
-Ya estoy cansada de huir. Sé que podría hacerles frente pero no quiero herir a nadie. Por eso… pienso salir del país- concluyó con la voz serena e imperativa que aún conservaba de sus tiempos como ladrona que ahora parecían tan lejanos. Ante tales deseos, Zeo no pudo expresar nada más que "voy contigo" pero ella volvió a rechazarlo –Regresaré cuando me levanten los cargos. Algo se me ocurrirá, no te preocupes. Sería peligroso dejar solo a un alfeñique como tú por mucho tiempo.- y con estas palabras dio por terminada su conversación. Y por primera vez hizo algo que dejó a Zeo atónito; lo besó. Por un momento, una fracción de segundo, pero fue suficiente para tener al chico en las nubes durante los siguientes tres años y medio. Porque fue esto lo último que Zeo Zagart supo de Yuli Osaka hasta tres años y medio después, cuando caminando por las calles, habiendo ya aceptado su condición de androide, una voz imperativa, mandona, grave, decidida y agresiva lo llamó por su espalda.
-¿Crees poder ganarme a las vencidas ahora, Alfeñique?- había sido todo, solo esas palabras bastaron para que el chico Zagart, de casi diecisiete años, iluminara su rostro con una sonrisa y olvidara los males y las preocupaciones que lo aquejaban. Abrazó a la escurridiza ladrona con fervor y le robó su segundo beso y no se la despegó de nuevo sino para ir al baño y a vestidores. Y a pesar de que Yuli sabía que Zeo no era humano, jamás se lo comentó, ni hablo nada al respecto, y Zeo se enteró de ello hasta muchos años después, cuando decidió contarle la verdad a la que ya para aquellos tiempos en los que pasaba los 23 años era su esposa, pero esa historia ya es aparte.
Queda una cosa por decir y es que Zeo Zagart no logró ganarle a las vencidas a Yuli esa tarde de sus dieciséis años ni después.
END FLASHBACK
Y era por esto que el padre de Zeo Zagart nunca había aprobado la estancia de Yuli Osaka en su casa, pero sabiendo y conociendo la determinación de su hijo no pudo oponer resistencia. Y era por eso que ahora, año y medio después de su regreso, Zagart seguía poniéndole mala cara a la chica que le había robado su reloj siete años atrás, que había hecho de su hijo un ladrón seis años atrás y había enamorado a su hijo cinco años atrás; Yuli Osaka, la Quimera, la Reina de los Ladrones, la Dueña de las Calles.
CONTINUARÁ
Ave María! Que flashback tan largo (me ocupo tres caps) por cierto que ahora escribí como bizarro porque estoy leyendo Cien años de Soledad de García Márquez (Fundadora del culto a GABO) y creo que influyó un poco en la forma en que escribí lo último. Wua! 40 capitulos ya! que loco!!!
Reviews plis
SAYONARA!
