*ADOLESCENCE PARTE 1*
*El baile eterno que nos prometimos, nos llena el corazón de mentiras*
Lovino había acudido al baile real.
El pequeño de cabellos marrones, casi rojizos, miraba con detenimiento a toda esa gente que se mesclaba entre rizas y halagos. Antonio lo había obligado a ir, ni siquiera le había dicho a donde se dirigían, solamente le pidió que se vistiera con sus mejores galas y peinara un poco su cabello.
A pesar de su corta edad, el principito ya tenía grandes responsabilidades.
El español era mayor que Lovino por unos cuantos años, pero aun así, para un pequeño… ya era la gran diferencia de siete años suficiente como para que los dos se llevaran como perros y gatos. El palacio que habían visitado estaba adornado de muchas pinturas y esculturas; en un estilo barroco incomparable, pero claro, seguía en Italia… en el país que gobernaba y que era famoso por su arte renacentista. El principito camino por las orillas de aquel salón, no conocía ha nadie ahí, y no es como si quisiera hablar con alguien, pero se sentía solo… odiaba ver como los demás danzaban al ritmo del vals y el solo podía mirar con una media sonrisa.
Siguió caminando…
No podía entender porque habían combinado esas dos épocas: ¨el barroco y la renacentista¨. Sinceramente no se veía muy bien que digamos; ya que algunas paredes se encontraban plagadas de adornos excesivos, sin ningún espacio en blanco, y por otra parte, las pinturas plasmaban con perfección el cuerpo humano, los pequeños animales que viven en el bosque… nuevas ideas plasmadas en lienzos. Siguió admirando aquel bello salón.
Los demás invitados continuaban bailando, al parecer nunca se iban a cansar y lo peor de todo, es que Antonio seguiría en la fiesta y obligaría a nuestro príncipe a seguir ahí. Pero bueno, si iba a estar toda la noche en ese lugar al menos se la pasaría bien. Se acercó a la mesa de bocadillos y tomo una copa llena de un liquido un tanto viscoso, de color amarillo… la degusto con suavidad y sonrió al sentir el tacto picante de la bebida en su lengua. Tal vez le gustaría algo más dulce, como el niño que es… pero aquel licor le había agradado bastante y decidió tomar un poco mas.
―Vee~― Lovino escucho un pequeño suspiro.
Al otro lado de la mesa, se encontraba una pequeña niña de ojos inocentes. La pequeña estiraba su mano para poder alcanzar un pastelillo de crema, que se encontraba alejado de la orilla. El príncipe no podía estar más encantado con la presencia de aquella niña, por fin había encontrado a alguien con quien jugar.
Lovino se acercó con cuidado, no quería asustar a la pequeña, que hacia esfuerzos sobre naturales por alcanzar un bocadillo y fue cuando pudo mirarla detenidamente…
Aquella niña era hermosa.
De simple vista se podía notar que era mucho menor que Lovino, apenas y podía llegar a la orilla de la mesa. Portaba un hermoso vestido blanco, con holanes en el pecho, tal vez para ocultar un poco su figura ya que una señorita no debería ser insinuante y seguiría al pie de la letra la etiqueta. Llevaba unos pequeños zapatos plateados de bailarina, con un moño negro en la punta, que apenas y se notaba… pero era un tierno detalle. Algunos adornos como pulseras, aretes y collares adornaban a la princesa.
Al menos Lovino había pensado que era digna de tal belleza.
Su piel era claramente blanca; no pálida, no morena… se mantenía de un color crema como las muñecas. El príncipe tenía tantas ganas de tocar su rostro, o por lo menos tomar su mano… pare saber si su piel era tan suave como lo aparentaba. Estaba tan humectada, se veía tan sensible, que parecía que un simple rose la dejaría totalmente rosada.
Su cabello era castaño, hermoso a los ojos de Lovino. Era corto y parecía de niño, pero el flequillo hacia resaltar sus enormes ojos. Su cabello parecían finas hebras de tela delicada, tal y como esos vestidos lujosos de fiesta. Algunos pasadores negros recogían el lado izquierdo de su cabellera, un simple detalle de coquetería. Un extraño chino se asomaba entre esos cabellos lacios… ese chino que se parecía tanto al que Lovino tenía en el fleco. Aun cuando la pequeña brincaba cada vez mas desesperada, sus cabellos se movían con gracia y delicadeza… como si todo estuviera planeado; como si le hicieran una invitación al príncipe de que los tomara y los acariciara gentilmente.
Su rostro era digno de un ángel.
Parecía el rostro de una muñeca de porcelana. Los ojos grandes y tupidos de largas pestañas castañas. Las dos pupilas llenas de la miel más dulce que el menor pudiera recordar. Mejillas rosadas y nariz pequeña, una perfecta combinación para su figura tan delicada. Rostro redondo y un poco regordete, definitivamente era una niña sana. Labios tan rosados y aunque fuera increíble, tenían la figura de un corazón… un corazón tan humectado y provocador.
Lovino tomo el pastelito de crema con una enorme fresa en el centro y se lo ofreció a la pequeña.
―Lo siento― la pequeña se inclino rápidamente y su rostro se volvía del color de los tomates; había hecho una reverencia perfecta, digna de reconocer y se retiro rápidamente hacia la nada.
El príncipe miro confundido… aquella niña se había escondido detrás de una telas moradas. ¿Por qué se escondía? ¿Acaso no era una invitada? ¿Y si había entrado al palacio sin consentimiento? Definitivamente estaría en problemas.
Pero algo le decía que ella era algo mucho más que una simple niña adinerada.
Camino tranquilamente hacia ella… no debía levantar sospechas. Debía parecer curioso y para nada interesado en lo que se ocultaba detrás de aquella tela.
Se acercó lo suficiente como para notar que la pequeña temblaba y con sus manitas se cubría medianamente con la cortina de tela morada. El príncipe se inclino llevando su mano derecha hacia su espalda y su mano izquierda hacia enfrente… hizo una reverencia hacia aquella niña. Algo que ni siquiera habría hecho con una verdadera princesa…
―Un placer conocerla― Lovino sonrió levemente y se sentó junto a ella ―¿No le agradan las fiestas?―
―No es eso― hablo por fin la pequeña. Su voz era sumamente fina y aguda… ―es solo que me han prohibido salir de mi habitación―
―¿Vives aquí?―
―Si― la menor volvió a suspirar y sonrió levemente ―pero a mi señor no le gusta que venga a sus fiestas, así que me deja encerrada en mi habitación… yo solo quería una golosina―
―Toma― Lovino le volvió a ofrecer aquel dulce de leche y por supuesto la castaña lo había aceptado con una sonrisa ―¿Cuál es tu nombre?―
―Me llaman ¨Chibitalia¨, pero mi nombre verdadero es Feliciano― el príncipe aguanto la risa, de hecho le resultaba muy cómico el que una niña tan bella como ella tuviera nombre de hombre.
El vals seguía su curso y al parecer, Antonio ni se había percatado de la desaparición de su protegido. Lovino tenia muchas ganas de bailar y no con una de esas princesas llenas de maquillaje y adornos extravagantes… no… él quería bailar con su nueva amiga.
―¿Me permite?― pregunto nuevamente el chico de cabellos marrones. Definitivamente esa noche se estaba volviendo demasiado atrevido e insolente, pero ¿Qué más da? Esta era de las pocas veces, si no es que la primera, en la que le interesaba demasiado una chica.
La pequeña sonrió tímidamente y tomo la mano extendida del príncipe. Al rosar su delicada piel, con la fría mano de Lovino, Feliciano pudo sentir una descarga… como si sus manos estuvieran ansiando ese momento.
Un hilo rojo que se enreda, que se deshace… pero aun así, nos mantiene unidos.
La mano de Lovino claramente era más grande y el largo de sus dedos no era el mismo. Pero aun así sus manos tenían la medida perfecta, un complemento que los hacia sentir unidos, conocidos, algo que les avisaba que estaban con su alma gemela… o al menos Lovino había pensado y sentido eso. Los dos tomaron posiciones para comenzar a bailar ese tan conocido ritmo… un, dos, tres. Un, dos, tres. Ese ritmo tan enigmático y romántico, que parecía una canción perfecta para el cortejo de una persona.
Sus cuerpos estaban tan juntos, tan calientes. El aliento del príncipe chocaba contra la cabellera del castaño y hacia que se estremeciera. Sus ojos se habían encontrado… los bosques verdes y frescos de Lovino, junto con la miel de avellana llena de ternura e inocencia de Feliciano. La mano izquierda del príncipe se posaba sobre la cintura de ¨la pequeña princesa¨ y su mano derecha sostenía con firmeza, pero a la misma vez con suavidad su pequeña y delicada mano. El ritmo había aumentado… la música seguía siendo lenta y con demasiadas pautas, pero ellos ya no bailaban al son de ese vals… ellos seguían los latidos acelerados de su corazón; al punto de que no necesitaban verse. Cerrando los ojos, ambos se habían acercado cada vez mas, sintiendo la respiración del otro sobre sus labios. Compartiendo el calor. Compartiendo los latidos del corazón.
Esto ya no era un simple juego de niños.
Los dos comenzaban a sentir necesidad de ser tocados… los dos tenían demasiada necesidad de sentir su presencia.
La suave tela de la cortina que los cubría, bailaba junto con ellos… ocultándoles. Ocultando el acto tan carnal e impuro que los dos NIÑOS compartían.
Sus labios se unieron en un momento lleno de magia.
Lovino nunca se hubiera imaginado que unos labios fueran tan acaramelados… tan dulces, tan suaves y humectados. Aquellos labios de color rosa claro y con un sabor incomparable, como el dulce de leche que había ingerido anteriormente la pequeña. Una de sus manos subió rápidamente a su nuca y acaricio delicadamente sus cabellos, atrayéndola cada vez mas. Ya no le bastaba con saborear su exterior… quería adentrarse en su cavidad bucal y explorarla.
Hasta que se atrevió a ejercer mas fuerza para poder tocar su lengua.
¡Pero solo son unos niños!
Unos pequeños que no tienen idea de lo que están asiendo… no saben el significado de la palabra ¨beso¨. Unos pequeños que apenas y podrían llenar su mente de lindos recuerdos; recuerdos de una linda infancia plagada de juegos y sorpresas. De alegrías y risas… ellos no deberían tener responsabilidades. No deberían estar en ese mundo lleno de lujos y arrogancia... en donde solo se pudieran preocupar sobre como prevenir caídas y raspones en las rodillas.
Unos niños comunes y normales…
¿Pero como podía ser eso?
Lovino no solo era un príncipe… era el príncipe de Italia del Sur. Un pequeño niño de apenas diez años de edad, que se dedicaba a ir eventos sociales, atender las necesidades de su gente. Sangre noble corre por sus venas. Su vida llena de intereses familiares, bienestar de la nación.
Habían tantos secretos en su familia… él estaba decidido a descubrirlos, pero aun era pequeño.
A pesar de su corta edad era muy inteligente y participaba en las estrategias cuando de guerra se hablaba.
Nunca había conocido a sus padres; por lo que había escuchado de Antonio: su madre había muerto al dar a luz y su padre había muerto en la guerra… es por eso que se había quedado al cuidado de uno de sus amigos de la familia y termino viviendo en España, junto con Antonio… el príncipe de ese lugar.
Estaba muy agradecido de que no lo dejaran abandonado, aunque por momentos deseaba mejor estar muerto… Lovino estaba cansado de esa vida. Esa vida que no le brinda satisfacción alguna y solamente podía mostrar una sonrisa hueca. Algo que desde sus primeros años de vida había aprendido.
Pero al estar con esa criatura, todo su panorama había cambiado… la vida ya no era monotemática, ahora había conocido el placer de sonreír.
De tener a alguien tan parecido a el…
*El tiempo se había detenido*
*Dos chicos se abrazan*
*Y cada latido diferente del corazón… se sincronizaba*
La pequeña comenzaba a temblar en los brazos del príncipe. Sus hombros subían y bajaban en un reflejo del hipo provocado por el llanto. Sus labios se despegaron rápidamente y Lovino se dio cuenta de que aquellos ojos llenos de ternura se llenaban por completo de lágrimas… lágrimas que parecían llenas de rencor, aquella agua salada era fruto del arrepentimiento.
Del miedo.
De la frustración.
Feliciano miro hacia el reloj y noto que ya eran más de las doce… no se había percatado que los invitados se retiraban despidiéndose de su ¨amo¨ con una elegante reverencia. Tenia que irse… debía estar en su cuarto durmiendo, si la llegaba a encontrar con otro chico, fuera de su habitación… probablemente se ganaría unos buenos golpes, como la forma en la que había sido educada. Ya que al ser una señorita no debería estar tan tarde con un chico… eso simplemente era contra las reglas y la moral.
El príncipe beso las lagrimas de la niña y sonreía al mismo tiempo… no quería dejarla ir.
*La princesa que lleva un imborrable perfume olor a pólvora, había roto por completo la mascara de hielo de Lovino*
La menor se soltó de su agarre y comenzó a correr hacia una de las salidas… aun temblaba y seguía llorando. El príncipe corrió detrás de ella, pero fue detenido por el príncipe de España.
―Nos quedaremos algunos días aquí― dijo Antonio cortando el frio silencio del pequeño príncipe.
Lovino paro de forcejear y dejo que lo guiaran hacia una de las habitaciones de aquel palacio, tenia la esperanza de volver a ver a aquella pequeña niña, tan solo una vez más…
Pero no había vuelto a suceder.
A pesar de que su estancia en ese lugar había sido demasiado larga, nunca más había vuelto a ver a esa hermosa niña de cabellos castaños y labios azucarados…
Todos los días regresaba a ese salón y se sentaba detrás de aquella tela morada, tenia la esperanza de que la pequeña volviera a ese lugar, que volviera… solo quería ver una mas de sus sonrisas. No volvería a tener contacto físico con ella e incluso se había prometido que ni siquiera tocaría su mano, simplemente le sonreiría y esperaba que ella correspondiera a esa muestra… pero por más tiempo que pasaba escondido en aquel lugar, nunca mas había escuchado de ella.
Pasaron los días y pronto tendría que regresar con Antonio hacia el palacio de España. Lovino se había dado por vencido, siempre que traba de sacar conversación sobre aquella niña, uno de los sirvientes lo detenía o si no, el mismo dueño de la casa cambiaba la conversación. Era evidente que nadie quería que ellos dos se vieran. Por una extraña sensación su corazón no dejaba de hacerle preguntas a su cabeza… era uno mas de esos debates en los que se veía envuelto, sin saber que hacer.
Pero tal vez seria mejor regresar a su reino y al cumplir la mayoría de edad, volvería para reclamar lo que por derecho era suyo… por que no quería quedarse con los brazos cruzados.
Lovino regresaría por aquella niña…
Los sirvientes ayudaban a los príncipes a subir su equipaje. Lovino y Antonio se habían despedido del Rey del Norte de Italia y habían prometido venir a visitarlo mas seguido. Pero Antonio tenía otros planes para su protegido, creo que ya era momento de que supiera la verdad sobre su familia, que tomara el reino que por derecho le pertenecía, que conociera a su hermano de sangre.
―Fue un placer el contar con su presencia― se despidió una alegre muchacha de cabellos castaños y largos, recogidos por un lindo paliacate blanco. Sus ropas eran simplemente las de su uniforme, también era una sirvienta. Levanto su mano en señal de despedida y siguió deseándoles suerte en su largo viaje.
Pero Lovino no había sonreído y no lo iba a hacer.
―Adiós― se despidió Antonio.
Y fue cuando volvió a ver a la niña…
Sus cabellos castaños ya no estaban adornados por aquellos pasadores, que la hacían ver más mona. No portaba esos vestidos elegantes y hermosos, los cuales Lovino había imaginado a la perfección en la fina figura de la pequeña. Sus pies eran resguardados por unos zapatos de hombre, que al parecer le seguían quedando grandes. En su angelical rostro ya no se encontraba una sonrisa y en sus ojos ya no se reflejaba inocencia.
Ahora era todo lo contrario…
Llevaba un elegante traje color café y se asomaba con cuidado, detrás de una de las paredes de la gran mansión.
Partieron rápidamente y al parecer, ni Feliciano, ni Lovino estaban gustosos de volverse a ver… no bajo esas nuevas circunstancias. Los dos cruzaron miradas y suspiraron.
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Pasaron los años y Lovino no paraba de recordar a esa niña, que termino vistiéndose de niño. Las responsabilidades se habían hecho cada vez mayores y ya no podía frecuentar lugares de su agrado. Su relación con Antonio había ido mejorando, aunque aun le tenia un poco de rencor sobre algunos viejos recuerdos… que cicatrizaban como viejas heridas.
Había llegado el momento de hacer una unión… tenia que casarse con la hija del Rey del Norte de Italia para hacer una unificación y poder atribuir más tierras a su dominio.
Busco sus mejores ropas, llevo a sus más leales sirvientes y Antonio lo acompañaría como ¨su padre¨ para pedir la mano de esa jovencita.
Se había enterado sobre la deplorable situación del Rey y hace unos meses atrás había comenzado a cortejar a la princesa por medio de cartas. Todo estaba planeado… claro que no lo hacia por amor, ni siquiera la conocía, pero necesitaba esas tierras y luego, iría en busca de aquella niña que le había robado las sonrisas.
Y por otro lado estaba la ¨doncella¨, creada por un tonto.
¡Mi más grande creación! ¡MI HERMOSA DONCELLA!
Usando un vestido negro de terciopelo, con grandes y extravagantes holanes llenos de pedrería. Un velo en el cabello y grandes moños adornando los pliegues de ese vestido. Zapatillas de cristal y un limpio maquillaje natural. Guantes en las manos, guantes que no dejan al desnudo alguna parte de su piel. Y el corset que ajustaba mágicamente su cuerpo, haciéndole parecer la chica mas hermosa de todo el mundo… ese cuerpo tan bien formado y creación de una simple fantasía.
Con una sonrisa noble, Feliciano caminaba tranquilamente dentro ese oscuro castillo. Rosaba débilmente sus piernas y meneaba las caderas con delicadeza, tenia que aprender a caminar con aquellas zapatillas de cristal, que habían sido guardadas durante demasiado tiempo y nunca hubiera sacado, de no ser por su ¨padre¨. Algunas gotas de sangre vagaban sobre su piel blanca y sedosa… fruta de los castigos que habían sembrado en su cuerpo. La vista hacia enfrente y no miraba hacia atrás… el porte elegante que toda señorita desearía alcanzar.
El chico ya no sabía identificar los sueños de la realidad… pero seguía sonriendo, mirando la poca luz que se filtraba a través de aquellas cortinas de colores obscuros. Bebía un poco de vino y seguía caminando sin rumbo alguno. Las sirvientas caminaban a su alrededor mientras acomodaban su vestido que se arrugaba fácilmente al caminar o acomodaban su cabello perfectamente planchado… ya no había rastro de su característico chino, tampoco esa sonrisa tan cálida.
Tan solo quiero una misteriosa y brillante chica. Que sea una diosa de las masacres, seguramente yo me volvería su esclavo.
Él estaba condenado a un amor que se esta llenando de la locura; en este mundo donde nada es real o correcto. ¨Papᨠse lo había enseñado todo… desde el porte de una linda jovencita, hasta el como mantener una deliciosa platica. Las mentiras que llenaban su corazón eran su única fuente de vida, si no podía seguir cumpliendo con sus expectativas ¿Qué sentido tenia? Mas gotas de sangre caían por sus brazos, definitivamente eso no era bueno, pero seguía caminando sin temblar. En cuestión de horas llegaría su prometido, alguien que esperaba a una bella señorita a la cual desposar. Para eso había sido educada… aquel príncipe dueño del Sur de Italia había estado cortejándole por medio de cartas, dirigidas a una tal ¨Felicia¨ princesa heredera del reino del Norte de Italia.
Cada vez más farsas… le dolía el pecho, pero debía mantener la postura o más gotas iban a caer.
¿Cómo podría olvidarlo?
Si él hubiera seguido al pie de la letra las reglas de esa casa, su amado aun seguiría con vida. Pero eso eran simples y tontos recuerdos, nada comparado con el gran dolor que una vez sintió…
Pero ya no recordaba, su corazón lleno de mentiras le impedía a Feliciano recordar su pasado. Solo había cabida para el futuro, que no iba a ser tan diferente de como se lo habían pintado, todos sus amigos falsos y un amor tan obsesivo y esquizofrénico que ninguna persona podría imaginar.
Por dentro, el príncipe estaba muriendo… necesitaba una luz que lo ayudara y que volviera a reprogramarlo. Como el títere que es.
Una bella doncella no ríe y no contradice la palabra de sus mayores.
Necesitas que te ajuste aun mas ese vestido, no importa si tenemos que dejar de alimentarte, mientras tengas agua y un buen descanso, no morirás antes del matrimonio.
El castaño de ojos color miel miraba el cielo azul mientras un gentil viento soplaba. Debía estar adentro, lejos de toda esa suciedad ya que su vestido no se debía arruinar. Pero su padre había de estar en su oficina arreglando unas cosas antes de que su prometido llegara… su salud cada día empeoraba mas y estaba decidió a que no moriría hasta ver que Feliciano se casara con aquel chico del que tanto lo escondían.
Una luz lleno los jardines floridos y una lagrima cayo sobre su propio pecho… ¿Por qué lloraba? Debía estar feliz, debía estar saltando de un lado a otro por que no se quedaría como muñeca de estantería, para que solo la vieran. Pronto se casaría con uno de los príncipes más poderosos y forjarían un nuevo imperio, tenia que estar feliz por no ser un reflejo más de la palabra ¨perdedor¨. Esa palabra tan temida por ¨su señor¨. Esa palabra que aun no conocía gracias aquellos golpes en la espalda que le propiciaban para que todo quedara perfecto.
Tú no necesitas pensar en esas cosas, en tu mente déjalas como están y compórtate.
Aquellas palabras retumbaban en la mente del joven príncipe vestido de princesa… una simple marioneta de carne y hueso. Algo que solo esta de adorno y aprende acatar nuevas ordenes… ese rostro tan angelical bien cuidado, que pronto se vendería al mejor postor.
Si algún día razonas mi pecado, serás incapaz de seguir.
Y te convertirás en un ser lleno de dolor.
Dentro de una gran puerta sellada con cadenas, un hermoso chico de fina figura se cobijaba con un velo negro que cubría la habitación. El señor de esa casa llego con un pequeño botecito transparente y roció una dulce fragancia sobre el cuerpo de su hijo… perdón, hija. Papá lo había tomado todo y lo alejo de Feliciano. Los recuerdos, las ganas de vivir, el hermoso prado, la ropa de varón, la alegría… todo estaba tan distante. Sus dolorosas memorias yacían en el interior del hombre mayor de cabellos negros y lentes oscuros. El rosario con el que rezaba había sido quemado frente a sus ojos… no necesitaba un dios, para eso tenia a su papá, para que le diera un sentido a su vida… no podía rezar y revivir a los muertos. No debía tener un mínimo de esperanza sobre eso.
Una rosa para su cabello.
Usando un vestido de terciopelo negro y una sonrisa noble dentro de esa jaula oscura. La sangre no paraba de fluir mientras Feliciano era castigado por su insolencia, se la había advertido de que no saliera en ningún momento a ese viejo prado, pero aun así el desobedeció sabiendo sobre el negro fruto que seria obligado a probar.
Aquel amor lleno de deliciosa locura. Un amor tan obsesivo y enfermizo, que había logrado hacer dolor para curar viejas heridas. Porque en este mundo lo correcto es lo que respetan y lo inmoral sobre sale en el corazón ¿Cómo podía olvidarlo? Ese hombre le había vuelto a dar la vida y por eso dejaba que le hicieran lo que quisieran. Por eso esa fragancia acaramelada había sido roseada sobre su cuerpo. Por eso portaba un elegante vestido negro y una rosa había sido puesta en su cabellera. Por eso sangraba de la espalda y de los brazos. Por eso se hacia llamar ¨ella¨.
Hasta que muriera seria su marioneta.
Sufrir de esta manera es el precio de una princesa.
Sáquenme de esta casa de muñecas…
¡Por favor sáquenme de aquí!
Gracias por comentar y leer esta historia tan loca y cambiante… claro que Lud, Lovi y Feli van a sufrir un buen y lo digo por que planeo casi matarlos jo~ y gomene por las que quieren Spamano, hay un poco, pero depende de como se lo tomen y ya saben y quedan advertidas de que habrá futuras muertes… yo se lo que les digo.
Subiré… um… no se como cuantos capítulos del pasado de los italianos ya que quiero relatar desde la primera vez que se vieron (que es esta) hasta como deciden casarse. Pero bueno, eso depende de mi imaginación.
TAMBIEN PERDONEN EL RETRASO
Este cinco de Mayo cumpli mis quince añotes así que tuve que organizar la fiesta mas chingona de mi vida y no podía ni prender la computadora, recibí un buen de regalos (la mayoría eran bolsas y yo decía ¬¬ para que chingados quiero una bolsa… pero bueno, no todo estuvo mal) y baile como una loca desquiciada.
Tuve dos bailes modernos: danza árabe y hip hop y quiero decirles que me salieron… MUAH! De concurso.
Creo que eso es todo je… nos leemos luego.
Y no olviden…
Hetalia no me pertenece, pertenece a Himaruya Hidekaz… algún día conquistare el mundo y obligare a los hombres a hacer mas yaoi… pero yaoi del chingon… se los prometo.
Bueno bye nye
