Se despertó sobresaltada por el penetrante sonido de la alarma de su reloj digital. En otra ocasión, lo hubiese maldecido y lanzado contra el piso con la intención de que se rompiera en mil pedazos, pero en ese momento la había salvado de seguir reviviendo en sus sueños, aquella pesadilla que había vivido en la realidad de su pasado. Estiró su mano hacia el costado, buscándolo para darle fin a aquel salvador ruido, aunque persistente y molesto para su cabeza que estaba a punto de explotar por las terribles jaquecas que padecía.
Permaneció con los ojos cerrados, se sentía algo débil; el calor de la luz del mediodía lo podía sentir sobre su cuerpo desnudo, cubierto con aquellas suaves y delicadas sabanas blancas. Hizo un intentó más para poder despertarse por completo y enfrentarse a la enorme resaca que estaba sufriendo, producto de una loca noche en su rutinario bar al que siempre concurría últimamente para ahogar penas. Los rayos del sol, le hicieron brillar sus hermosos zafiros azules recién abiertos, que a pesar de estar con el maquillaje corrido, no perdían una sola pizca de esa belleza tan particular. Y como todas las mañanas en las que se despertaba, lo primero que su mente evocaba eran recuerdos, momentos, personas, que luego de varios años , ahora solo lograban una incomoda e irritable nostalgia en su corazón.
Estiró sus brazos hacia arriba, bostezó y cuando los estaba bajando, su mano rozó algo que estaba en la cama. Miró hacia el costado para ver de que se trataba y se sorprendió de no haberse percatado que su joven novio estaba allí, durmiendo placidamente a su lado. Pobre muchacho, realmente Tom era muy buena persona; había conocido al joven modelo alrededor de 6 meses atrás en una sesión de fotos para promocionar su gira como el gran violinista prodigio en ascenso que era, y que luego de un poco mas de un año de haber sido descubierta por su representante en la escuela donde estudiaba este instrumento , estaba haciendo furor en todo Japón. Él había sido su compañero de trabajo en aquella oportunidad, y desde ese día había estado para ella incondicionalmente, primero como conocido laboral, luego como amigo y por último como novio. Pero para Umi, era su nuevo juguete brillante, la última novedad en entretenimientos. Se esforzaba por quererlo, en verdad lo intentaba, sin embargo, hasta allí llegaban sus supuestos sentimientos. Lo observó por unos segundos tratando admirarlo, pero no hubo caso, nada le producía, aquel muchacho de pelo negro y ojos color miel, que poseía un cuerpo escultural de casi 2 metros de altura.
Se sentó en su cama, bostezó nuevamente y rápidamente se puso un bata para cubrir su cuerpo. Caminó hasta la cocina y entretanto encendía la cafetera, se sirvió un vaso de agua para tomar una pastilla contra las jaquecas. Mientras el aparato estaba preparando el brebaje milagroso para eliminar el sueño, se sentó, intentando creer que la sensación de gusto amargo con la cual se había despertado, se borraría conforme se fuera despabilando por completo. Es que ya una vez, luego de haber vuelto al Mundo Místico definitivamente, había logrado deshacerse de los sueños sobre Cefiro mientras dormía, que había tenido al principio de su regreso, creyendo que había comenzado la etapa de superación. Sin embargo, el comienzo, por segunda vez, de estas pesadillas que repetían los peores momentos que había vivido allí y acentuaban la nostalgia que sentía, le demostraron que todo recuerdo de aquel planeta estaría enterrado en su memoria para siempre. Que tonta se decía Umi a si misma; cómo, después de 4 años largos, no podía dejar libre a ese mundo, a sus personas, a sus recuerdos. Es que cómo lograrlo, si una parte de ella misma se había quedado aferrada a otra vida que no le correspondía. Sacudió su cabeza en forma de negación y con cierta violencia. Y a pesar de que en el mundo místico su vida se encontraba en una gran etapa, no podía ser feliz; la fama, la presión, no tener a sus mejores amigas a su lado, el no ser ella misma la habían estado consumiendo terriblemente. Por lo que entonces, "huir" por las noches a divertirse sin mucho control, se había convertido en su actividad predilecta. Y claramente, esto no pasaba por alto ante el ojo ajeno. Agarró una revista que se encontraba en la cocina, y escondida de Tom, y se dispuso a leer el título principal de la tapa por milésima vez.
"Umi Ryuuzaky, la joven violinista, adicta a las salidas nocturnas"
Había un foto de ella; una muy mala imagen, puesto que su pelo lucía totalmente desarreglado, con un maquillaje corrido y grandes ojeras bajo esos zafiros que se encontraban decaídos y colorados. Los rumores sobre ciertos "hábitos no muy saludables" se hacían cada vez más grandes y esta revista de hacia unas dos semanas atrás era prueba de ello. Sabía que luego tendría que lidiar con su representante por haber salido la noche anterior, quien la regañaría mucho por no cuidar su imagen a tanto poco tiempo de los nuevos conciertos. Pero a decir verdad, a Umi poco le importaba, puesto que si ni siquiera se tomaba en serio sus "debilidades" por las noches de salida, que desde hacía 3 años atrás venían aumentando, y que con el comienzo de su carrera como música se habían acentuado y asentado en su vida desmedidamente, muchísimo menos se alarmaría por la imagen sobre su pobre e insignificante vida de artista.
-Umi- dijo Tom en forma de protesta interrumpiendo el silencio- ¿Acaso eres masoquista? No tiene sentido que castigues tu mente al leer eso. Pensé que la habías tirado- Se acercó señalando la revista y abrazándo a la joven por la espalda.
Umi permaneció reacia ante su muestra de afecto, provocando un ambiente incomoda para el pobre muchacho.
Tom se separó de ella, tomó dos tazas del mueble de la cocina y sirvió el café.
-¿Hoy estuviste teniendo pesadillas?-le preguntó él tratando de romper el silencio.
Lo miró algo desconcertada. Cómo sabía eso. -¿Pesadillas? ¿A qué te refieres?- le preguntó Umi fingiendo no entenderlo del todo.
La observó por unos segundos con una cierta molestia que delataban sus ojos. Quizás no era el mejor tema para hablar y romper el ambiente frío que ella generaba para con él, pero definitivamente estaba cansado de no hablar sobre esto por miedo a que se enojara.
-Has comenzado a balbucear mientras duermes- le aclaró Tom y le acercó su taza a la mesa.
Umi tragó con algo de dificultad. Intuía saber de que se trataba.
-Sueñas muy seguido, y dices diferentes palabras... o nombres. No lo sé ¿Te encuentras bien? Dímelo- le reclamó
-La verdad Tom- se tomó la cabeza con sus manos- ni yo se de que me hablas- concluyó la joven y luego comenzó a tomar de a sorbos su café.
-Si sabes perfectamente- le respondió con algo de molestia. Sabía que Umi no quería confiar en él. Lo veía en sus ojos. -Umi no me dejas ayudarte-
-No, porque la verdad que no se sobre que me hablas- se levantó de su silla irritada- Luego te quejas cuando me enojo por cualquier cosa pero ni siquiera me dejas desayunar tranquila Tom-
Al decir su última frase, su tono de voz se había elevado . Se retiró de la cocina, para dirigirse al baño, dándole la espalda a su pareja y dejándolo solo.
Se sintió mal por él, no tenía la culpa de querer saber y preocuparse por algo así pero no si no le hubiese hablado de esa manera, seguramente se hubiese puesto más insistente. Quizás era hora de aceptar a estar en soledad, y terminar la relación. Tom era un buen muchacho y lo único que lograba era hacerle daño. Más de una ocasión, lo había encontrado lagrimeando al joven enamorado. Se sintió completamente una basura al recordar eso. ¿Tanto despecho tenía en su opacado corazón?
Cerró la puerta del baño con llave y abrió el grifo para llenar de agua la bañadera. Mientras el agua caía con una gran presión, se miró en el espejo y se encontró con un rostro pálido y ciertamente insulso. Se compadecía de ella misma; daba lastima, daba pena. Y sin darse cuenta, su mirada se humedeció y una lagrima rodó sutilmente por su mejilla. Es que se había equivocado: el sueño había desaparecido pero la sensación de amargura con la cual se había despertado, no. Recordó su sueño de esa misma mañana y observó sus zafiros azules en el espejo. Esos ojos… suspiró. Esos ojos azules que habían maravillado en algún momento de su vida a un mago supremo y lo habían enamorado sorpresivamente, esos ojos que miles de veces habían recibido toda clase de halagos por parte de Guruclef, al cual observaban con tanto amor y devoción, y le correspondían la mirada. Esos ojos azules, que luego de un tiempo, comenzaron a cristalizarse por las lagrimas reprimidas al saber que había alguien más en la vida de su amor. Esos ojos azules, que por un gran y loco despecho se dejaron seducir por un joven palú. Esos ojos azules, que alguna vez huyeron del dolor que los estaba acosando. Y allí estaban una vez más, aquellos mismos ojos azules, intentando reconocer el camino que haría su vida sin vivir en aquel mundo mágico, en el cual había dejado una parte de su ser. Sacudió su cabeza, acción que últimamente se le había hecho una costumbre, para negar esos invasores y dolorosos recuerdos de años atrás y con cierta brusquedad se quitó su bata y se metió a la ducha.
