Diana se dejó caer con fastidio en su pupitre de la clase de DCAO, mientras observaba como tanto sus compañeros de casa como los ravenclaws con quienes compartía esa asignatura iban tomando también asiento.

No tenía ganas de aguantar a Lupin otra interminable hora. Veía la clase como si ya la hubiera vivido, un sinfín de miradas por parte de su profesor, a las que ella respondería con mala cara, junto a miles de preguntas dirigidas personalmente a la 'señorita Caddel' hacían que todavía odiara más esa clase.

Pero aquel día le esperaba una sorpresa. No fue Remus Lupin el que entró en la clase, sino Severus Snape. Diana automáticamente sonrió. Le gustaba el cinismo de ese hombre, aunque él no parecía sentir demasiado aprecio por la niña. A ella no le preocupaba, sabía de sobras que no era algo personal, sino que trasladaba el odio a su madre a ella.

"Siéntense y abran el libro por la pagina 343." – dijo Snape.

Nadie se atrevió a preguntar porque el profesor Lupin no había podido asistir a clase ese día.

Diana sacó su libro y buscó la pagina indicada, sin sumarse a las protestas del resto de la clase, pero cuando vio el tema que empezaba allí alzó las cejas con sorpresa y miró a su nuevo profesor.

"Licántropos, profesor?" – preguntó alguien. – "Pero…"

"Hoy soy vuestro profesor. Haced lo que os digo!" - toda la clase se sumió en el más profundo silencio, lo que pareció satisfacer a Snape, que empezó a pasearse entre los acobardados alumnos de primer año – "Bien… Ahora, vamos a ver… Grey." – el niño, un ravenclaw rubio, se encogió un poco en su asiento – "Dime, porque los hombres lobo son un peligro para todos que tendríamos que exterminar?"

"No creo que deban ser exterminados profesor. Detrás del licántropo hay personas, que nada tienen que ver con la maldad del lobo."

Diana soltó un bufido. Ese niño no tenía ni idea de lo que estaba hablando. Todos los licántropos eran despreciables, al menos en la mente de la niña. El sonido hizo que Severus apartara la mirada del pobre niño y mirara fijamente a Diana.

"¿Tiene usted una opinión diferente de los licántropos que compartir con la clase, señorita Caddel?"

"No tengo opinión profesor Snape. No me interesan los licantropos" – contestó con altivez, sin acobardarse ante la mirada oscura de su profesor. Por eso vio con toda perfección la sonrisa de cinismo que se dibujó en sus labios.

"Debería aprender a medir su lengua señorita Caddel… Pero supongo que es cosa de… familia." – terminó con un gesto de disgusto – "Me temo que voy a tener que castigarla por su falta de interés por la clase, por la asignatura y por el profesor."

"Pues castígame, que más me da." – farfulló la niña entre dientes, al tiempo que garabateaba distraídamente su pergamino.

O.o.O.o.O.o.O

Había intentado convencerse por todos los medios que aquella visión de un perro enorme y negro no había sido más que fruto de su imaginación, a causa del echo de haber vuelto a aquel escenario que le era tan conocido y que tantas veces había compartido con él…. Pero a medida que pasaban los días cada vez estaba menos convencida, así que antes de que pudiera darse cuenta se encontraba de nuevo en Hogsmeade, delante de las Tres Escobas, escudriñando con detalle el sitio donde había creído verle…

"Nat!" – la voz de Rosmerta la asustó. Se giró hacia la mujer con la mejor sonrisa que supo fingir. – "¿Otra vez por aquí? Me alegro de verte"

"Hola Rosmerta." – saludó ella – "Es que he descubierto que no tener nada que hacer en todo el día es la mar de aburrido."

"Deberías encontrar algún trabajo temporal, mientras se soluciona todo esto de Rumania."

"Si ya, como si alguien fuera a contratarme con un brazo roto y llena de rasguños." – habló ella, aunque su voz no sonaba triste, sino más bien resignada.

"Yo, por ejemplo."

La respuesta de Rosmerta la pilló por sorpresa.

"¿Co… Como? ¿Te has vuelto loca?"

"Bueno si, ya sé que un bar no es lo mismo que una reserva de dragones… Pero solo te necesito para ayudarme a servir mesas cuando vienen los niños de Hogwarts y cuatro cosas más. Y cuando puedas volver a Rumania lo dejas, sin ningún compromiso. ¿Qué me dices?"

"Yo… No sé que decirte…" – la mente de Nat trabajaba a toda velocidad. Si trabajaba en las Tres Escobas, las posibilidades de volver a ver al perro negro aumentaban exponencialmente. Además dejaría de estar horas y horas sola en casa mientras Dawn estaba en el hospital… - "De acuerdo."

"Fantástico."

"¿Cuándo quieres que empiece?"

"Cuando te vaya bien."

"Ahora." – Nat amplió la sonrisa – "Tengo ganas de volver a sentirme útil." – y por encima de todo, a pesar del perro negro y el aburrimiento, era verdad.

Acababa de pasar la hora de comer, por eso el local estaba vacío. Ambas mujeres pasaron detrás de la barra, y Rosmerta le entregó un delantal rojo, y le ayudó a anudárselo a la cintura.

"Bien, por donde tengo que empezar?" – preguntó Nat, animada. Tenía ganas de hacer cosas.

"Empezaremos a recoger los mesas." – la dueña de las Tres Escobas indicó con un movimiento las mesas llenas de platos con las sobras de la comida.

"A sus ordenes, jefa." – respondió alegremente Nat.

Trabajaron en silencio un rato, hasta que Nat, que iba a tirar los restos de comida de uno de los platos a la basura, se vio detenida por Rosmerta.

"No, no! No lo tires. Que es para el perro."

"¿Para el perro? ¿Tienes un perro? No me lo habías dicho." – sonrió Nat.

"Bueno, técnicamente… Es un perro abandonado que ronda por el pueblo… Yo le doy las sobras de las comidas."

"Bien echo. Yo haría lo mismo." – y dejó el plato encima de la barra – "¿Quieres que le saque la comida a este perro?"

"Oh, no te preocupes, ahora lo haré yo. Fíjate, si ya se me ha pasado la hora, el pobre debe estar esperando ya."

Nat se encogió de hombros y continuó recogiendo los platos.

…………

Sirius entró en el callejón meneando la cola. Ahí estaba la puerta trasera de las Tres Escobas, y como siempre, esperaba que Rosmerta le hubiera dejado su plato de comida allí. Sin embargo, ese día no había su plato.

Algo fastidiado y con las tripas rugiéndole, se sentó sobre sus patas traseras justo al lado de la puerta. Esperó mucho rato, y ya estaba a punto de irse cuando la puerta se abrió.

"Perdona bonito!" – exclamó Rosmerta, dejando el plato en el suelo – "Hoy me he distraído. Demasiado trabajo." – hizo una pausa y le acarició entre las orejas – "Pero no te preocupes, a partir de hoy tendré a alguien para que me ayude."

Sirius ladró una vez en señal de agradecimiento, y mentalmente rogó para que la nueva empleada de Rosmerta fuera una jovencita de buen ver.

O.o.O.o.O.o.O

Diana asomó la cabeza, indecisa, a través del umbral de la puerta del despacho del profesor Lupin.

"Pasa por favor Diana, no te quedes en la puerta." – la apacible voz de su profesor la sobresaltó, tanto que terminó de entrar de un bote. Pero en seguida intentó ocultar su sorpresa y se plantó delante de Remus con semblante orgulloso y la cabeza bien alta.

"Buenas tardes, profesor Lupin."

"Puedes llamarme Remus." – le dijo él con una sonrisa – "Siéntate Diana." – le indicó la silla del lado opuesto de su escritorio.

La niña hizo lo que el hombre le indicaba, sin mostrar cobardía en ningún momento.

"Bien.." – continuó Remus – "El profesor Snape no me ha aclarado exactamente el motivo de tu castigo…"

"Simplemente porque le dije que no me interesaba el tema que estábamos dando en clase." – respondió Diana con altivez, levantando la barbilla, dando a entender que no se arrepentía en absoluto de lo que había echo.

"Ya veo…" – Remus se levantó tranquilamente y caminó hasta uno de los laterales de su despacho, donde descansaba una tetera humeante – "¿Quieres un poco de té?"

Diana parpadeó extrañada. ¿No se suponía que eso era un castigo?

"¿Té?" – no pudo evitar que se le escapara la pregunta.

"Por supuesto." – sonrió Remus – "Las cinco en punto" – señaló el reloj que tenía colgado en una de las paredes – "Justo la hora del té. Puedo ofrecerte otra cosa si quieres. Café, leche, algún tipo de infusión…"

"No… El té está bien…" – la niña se había quedado del todo indefensa ante eso. Se había preparado para un castigo con el horrible hombre que había abandonado a su madre. Con el profesor que la sacaba de quicio… No con aquel hombre que le ofrecía té y pastas, y no parecía tener ninguna intención en insistir más con el supuesto castigo.

Remus volvió a la mesa con dos tazas humeantes y una bandeja con un abundante surtido de galletas de chocolate.

"Espero que te guste el chocolate."

"¡Me encanta el chocolate!" – respondió ella con entusiasmo, antes de recordar que supuestamente no le tenía ninguna simpatía a su profesor – "Esto… No está del todo mal…"

"Me alegra oírlo" – sonrió de nuevo Remus.

Tomaron el té en silencio durante unos minutos, en los cuales se dedicaron a observarse en silencio.

"No te puedo liberar del castigo impuesto por el profesor Snape." – dijo Lupin al final. – "Aunque muy probablemente no lo merecieras. Así que en los próximos días, podrías aprovechar el tiempo que tendrás que pasar conmigo para hacer tus deberes o alguna otra tarea. Así no será tiempo perdido del todo."

Diana abrió y cerró la boca un par de veces antes de contestar.

"Gra… Gracias profesor Lupin…"

Definitivamente ese hombre la había desarmado del todo.

"REMUS!" – antes de que ninguno de los dos pudiera decir algo más, un grito irrumpió en el despacho, procedente del hogar que ardían a un lado de la habitación.

Profesor y alumna se giraron hacía las llamas para observar la cara de Dawn flotando en medio del fuego.

"Hola Dawn." – sonrió el hombre – "¿Qué se te ofrece?"

"No me vengas con ese tono de ovejita degollada." – le dijo ella con tono acusador – "Sabes muy bien lo que has hecho!"

"Me temo que tendrás que explicarte mejor." – Remus era consciente que su tono calmado crispaba más a la mujer y agravaba su enfado por lo que fuera que estaba enfadada. Y en cierto modo le divertía volver a hacer esto después de tantos años.

"Te lo advierto Remus, no me toques las narices… Me parece muy bien que estemos cabreados el uno con el otro… Pero no tienes derecho a meter a Diana en todo esto!"

"De echo, eres tu la única cabreada aquí" – Remus se acomodó mejor en su silla, intentando ocultar la sonrisa que se le empezaba a perfilar en los labios, al tiempo que le echaba una mirada fugaz a la niña, que había palidecido un poco – "Y siento decepcionarte, pero no fue cosa mía. Severus hizo mi clase ese día, porque yo me encontraba… indispuesto. Así que si quieres reclamar algo del castigo, es con él con quien tienes que hablar."

"¿Snape?" – Dawn bufó. Menudo otro. – "¿Y que explicación te dio? Porque supongo que te dijo algo."

"Ya sabes que no es hombre de justificar lo que hace, así que simplemente vino y me dijo…" – Remus carraspeó – "He castigado a Caddel y no te atrevas a cuestionarme o en la próxima clase tendrá que sustituirte el gigante inútil de Hagrid."

Aunque hizo esfuerzos para resistirse, la mujer no pudo evitarlo y soltó una carcajada. Remus la miró sonriente a través de las llamas, y aparentemente la tensión entre ambos disminuyó un poco.

"De todos modos, a lo mejor tendrías que hablar con Diana sobre todo esto." – dijo Remus tras unos segundos.

La niña, que llevaba un rato intentando pasar desapercibida para que Remus se olvidara de su presencia, dio un bote en su silla al oír la última frase. ¿Hablar con su madre? ¿Confesarle que estaba castigada por replicar a un profesor? Se echó a temblar ante la perspectiva…

"¿Diana?"

"Hola mamá." – respondió ella, intentando sonar tranquila, como si estar en el despacho de un profesor aparentemente castigada fuera lo más normal del mundo.

"¿Y bien? ¿No tienes nada que contarme?" – y aunque Diana sólo podía verle la cara, estaba segura que en esos momentos su madre estaba golpeando el suelo incesantemente con un pie, cruzada de brazos.

"Emmm… Pues… ¿Qué quieres que te cuente?"

"Diana… Te lo advierto…"

"Bueno Dawn, ya sabes como es Snape. El echo de que alguien que no le cae en gracia respire ya es excusa para castigarle. No hace falta que le des mayor importancia." – interrumpió Remus, que había visto la cara que se le había quedado a la niña.

"¿Quieres hacer el favor de dejarme ejercer de madre, Remus?"

El licantropo hizo un gesto con la mano, invitándola a continuar, mientras se aguantaba la risa por la cara de puro terror que tenía Diana.

"Diana…"

"Es que… Bueno… Tuvimos distintas opiniones acerca de un tema de clase…" – musitó la niña, con un hilillo de voz

"¿Distintas opiniones? ¿Qué quiere decir esto?" – Dawn frunció el ceño – "¿Qué te dije respecto a replicar a los profesores?"

"Lo siento mamá…" – Diana se encogió un poco más en su asiento.

"Que no vuelva a enterare que te han castigado por algo así, ¿de acuerdo?"

"Si mamá."

"Y tu Remus" – dijo la mujer, dirigiéndose al licántropo – "no seas blando con ella, que se merece el castigo. Que luego se va a volver una malcriada."

"Si mamá." – le replicó él con sorna, cosa que hizo que Dawn esbozara una sonrisa. Sin duda seguía con esos venazos payasos…

"Bien… Os dejo… Que vaya bien la tarde."

"Buenas tardes, Dawn."

"Adiós mamá."

O.o.O.o.O.o.O

Dawn se apartó del fuego todavía con una leve sonrisa en los labios. Esa conversación no sólo había servido para aclarar el castigo de su hija, sino también, en cierto modo, para aliviar un poco las cosas con Remus. Aunque todavía quedaba mucho trecho que recorrer para que todo el dolor pasado quedara olvidado.

La puerta de la calle, que se abría y se volvía a cerrar, la sacó de sus pensamientos.

"Ya estoy aquí." – anunció la voz de Nat desde el recibidor.

"¿Dónde te habías metido?" – le preguntó Dawn, cuando su amiga entró en el comedor

"He ido a dar una vuelta por Hogsmeade"

"¿A Hogsmeade?" – repitió Dawn extrañada.

"¿Qué tiene de malo, es un sitio como cualquier otro… Y tarde o temprano voy a tener que enfrentarme con los recuerdos del pasado…"

Nat decidió omitir el echo de que había vuelto allí porque creía haber visto un enorme perro negro, pues sabía que de haberlo echo su amiga se hubiera preocupado al instante.

"¿Estás bien?"

Nat asintió : - "No ha sido tan terrible como esperaba..." – hizo una pausa para dar más efecto a la noticia y agregó – "Además, he encontrado algo con que ocupar mis horas perdidas."

"¿Cómo?"

"Voy a ayudar a Rosmerta en las Tres Escobas, sólo como algo temporal."

Dawn sonrió : - "Al menos vas a estar entretenida."

"Sep." – sonrió feliz. – "¿Y tu que has hecho?"

"Enfadarme con mi hija." – respondió la mujer, poniendo los ojos en blanco.

"¿Qué ha hecho esta vez?"

"Replicarle a Snape por no sé que cosa durante una clase."

"¿A Snape? Pues eso no se merece un castigo, sino una felicitación"

"¡Nat!"

"¿Qué? Es verdad. Tu habrías echo lo mismo, y lo sabes."

"Ya…" – Dawn sonrió con nostalgia recordando esos tiempos – "Pero el echo es que ahora yo soy la madre, y no puedo permitir según que conductas…"

"Merlín… ¡Te has convertido en una madre gruñona!" – dramatizó Nat, antes de empezar a reír.

Dawn no tardó mucho en unírsele, olvidándose ambas por un instante de todos sus problemas.

"Es bueno tenerte aquí de nuevo…" – admitió al final.

Nat sonrió : - "Yo también me alegro de haber vuelto… Aunque si admites delante de alguien que hemos tenido semejante momento cursi me voy a volver a Rumania y nunca más vas a saber de mi."

"Descuida, será nuestro secreto y podrás seguir con tu reputación de chica dura."

O.o.O.o.O.o.O

Bueeeeno gente, si, ya sé que esto llega mil años después de la ultima actualización… Pero me está costando un poco esta segunda parte, y simplemente escribo cuando realmente me apetece… O cuando siento necesidad.

Espero que os siga gustando, o que al menos, sigais enganchados, cosa que con la separación entre actualizaciones veo un poco difícil… Pero bueno, ya que lo he escrito, lo publico, no:P

En fin, esto es todo por el momento. Espero que continueis dejando reviews… Que aunque no lo creais, en algunos me dais buenas ideas para continuar :P

Hasta pronto!