Vestara Khai, Dama Sith, caminaba por los pasillos de la base en Dathomir, con la capucha ocultándole el rostro, entró a la habitación del Rey Kargano.
— ¿Me llamaba, señor?— dijo Vestara caminando por la estancia. El Rey Kargano se hallaba de espaldas, mirando la ventana donde se observaba el paisaje del planeta.
Apocalipsis fue destruido…
— Eso he escuchado, señor— dijo Vestara Khai, sin expresión alguna en su rostro, sólo su cicatriz en su labio daba la sensación de estar sonriendo.
— Hasta ahora no supe como descubrieron el punto débil de la nave. ¡Ni siquiera sabía que tenia punto débil!— era evidente que el rey estaba muy molesto, Vestara sonrió para sus adentros. — Decidimos ir a Anoth para ver la falla de la seguridad y ¿sabes que descubrimos ahí, Dama Sith?
— No, señor— dijo Vestara fingiendo curiosidad.
— ¡Todo vacío! No había nadie a excepción de una nave transporte donde encontramos piel sintética. Todo cuadraba, tres personas se hicieron pasar por soldados karganos donde evidentemente robaron los planos en el Porta Tropas.
— Fueron muy listos— dijo Vestara simulando estar indignada.— Entiendo su frustración, esa nave era la insignia de su lucha.— El rey se volteó para ver a la Dama Sith y se acercó a ella.
— No la he llamado para hablar de eso, Dama Khai. La cuestión es que he decidido "romper el contrato" con Estrella Negra, no sé si me entiende. Ya no estoy interesado en su apoyo, ya tengo toda su tecnología, ahora son innecesarios.
— Entiendo lo que quiere decir, señor. Ahora mismo voy a Tattoine.— dijo Vestara Khai sonriendo de forma maliciosa, retirándose de la estancia.

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A Allana le dolía todo el cuerpo pero especialmente el lado derecho de su tórax. Parecía que un bantha le hubiera pasado por encima pero en realidad era que se estrelló, salvándose por los pelos. Gimió y entreabrió los ojos, viendo un hombre alto de cabellos castaños mirándola, cerró los ojos y volvió a abrirlos por completo. No había nadie. Ella estaba en una habitación pequeña, echada en una cama, ignoraba el relleno pero era muy cómoda. Las paredes parecían estar hechas de piedras de forma rectangulares y el piso era de tierra.

Sabía que estaba en Anzant, evidentemente en alguna habitación de algún templo importante de dicho planeta. Allana sentía que no estaba sola, sentía una presencia en la habitación a pesar que estaba vacía, se llevó una mano a la cabeza y se dio la sorpresa que estaba vendada. Alguien entraba y ella giró su cabeza.
— Bienvenida al Templo Kira, joven Jedi— dijo el Gran Señor, el anzantiliano maestro del Balavantam, de piel celeste claro.— Vimos tu nave estrellarse en nuestro planeta. Te socorrimos, curamos tus heridas y nos reconforta que estés despertando.

Allana se quedó mirándolo, efectivamente era el Gran Señor, lo había conocido cuando fue al planeta por primera vez con Jaina.
— El Balavantam te acompaña, joven Jedi— dijo el anzantiliano mirando la habitación— Y alguien te está acompañando y te acompañó mientras convalecías.
— ¿Quién?— dijo Allana levantándose bruscamente pero luego lo lamentó puesto que sintió un pinchazo en su tórax del lado derecho.
— Eso no lo sé— dijo el anzantiliano mirándola con atención. — En nuestras vidas, siempre hay un guardián que nos acompaña desde que nacemos hasta que morimos. Siempre nos protege y es el que nos guía.
— Yo no tengo guardián— dijo Allana echándose a la cama y mirando al techo.
— Yo puedo sentirlo, joven Jedi. Está aquí.
— Me llamo Allana ¿Te refieres a mi padre?
— Yo no conozco a su padre. — dijo el anzantiliano abriendo mucho sus ojos blancos.
— Mi padre fue un Jedi que luego se unió al Lado Oscuro donde empezó a matar gente. — dijo Allana mirando al techo— Mató a mi tía y resulta irónico que me halla salvado.
— Porque es tu padre— dijo el Gran Maestro— Jedi Allana, sinceramente desconozco su relación con su padre. Si está aquí debe ser por algo…— se calló de pronto lo cual Allana volteó para mirarlo. — También siento dolor pero no de ti— dijo el Gran Maestro— Debes descansar, Jedi— el Gran Maestro se retiró de la estancia. Allana temió haber sido grosera con él, al fin al cabo, él la rescató. Cerró los ojos, dejando la Fuerza fluir en ella y nuevamente empezó a sentir esa presencia, familiar en ella pero sufría, tal vez por lo que dijo. "Perdóname, Allana" escuchó nuevamente esa voz.

Silencio, ya no volvió a escuchar la voz y la presencia de su padre desapreció otra vez.
Estaba muy confundida. Cuando se enteró por primera vez que su padre fue Darth Caedus, responsable de la Guerra Civil Galáctica, de la muerte de Mara Jade y de otras personas; terminó por decepcionarla. Le costaba reconocer a Jacen como el Jedi bueno y valiente, siempre que escuchaba hablar de su padre, lo relacionaba con ambas cosas.
Se llevó las manos a su rostro, donde se limpió las lágrimas. Pensó en Deckel, su novio que lo vio morir y nuevamente la imagen pasó por su cabeza como si fuese una pantalla de holografía, se formó un nudo en su garganta; no aguantó más y rompió en llanto.

Extrañaba todos los que conocía; a su madre Tenel Ka, a su tío Ben, a su tío abuelo Luke, a sus abuelos Han y Leia, a sus amigos Shaula y Zaala, a sus primos Han y Ty Fel, incluso a su nexu llamada Anji, a sus tíos Jag y Jaina. Jaina.
Necesitaba hablar con su tía Jaina, pocas veces le había preguntado sobre su padre. Y recordó que fue ella la que terminó con su padre, el hermano mellizo de su tía.

Se limpió las lágrimas, ya no es una niña; no se quedaría llorando en la cama por su novio muerto. Era notorio que sus seres queridos aún deben creer que está muerta y deben estar sufriendo por eso. Tan sólo pensar en ello, le dio una punzada de dolor en el corazón.
Se levantó de su cama, tambaleó hasta llegar a la puerta donde abrió y vio una extensa sala donde había muchos anzantilianos sentados en bloques de piedra. Ellos la miraban con curiosidad y sorpresa.

El Gran Maestro se acercó a la joven Jedi, con las manos bajo los bolsillos de su túnica negra.
— Joven Jedi ¿Qué necesita usted?— el anzantiliano no parecía haberse ofendido de la ultima conversación, lo cual para Allana fue un alivio.
— Necesito una nave para regresar a mi casa…si no es molestia— dijo Allana, sujetándose con la columna de piedra, sus piernas temblaban mucho. El anzantiliano, con su boca abultada, esbozó lo que parecía una sonrisa.
— Su nave evidentemente estaba destrozada menos los controles de navegación, pudimos arreglarlo y lo acoplamos con una de nuestras naves.
— ¿Suelen viajar?— preguntó Allana
— Sólo distancias cortas— dijo el anzantiliano ofreciéndole un brazo, Allana se sujetó en él para poder caminar hacia el hangar— Ese control permite viajar largas distancias y eso lo acoplamos a su nuevo transporte.

Llegaron al hangar y Allana lo recordó muy bien. Ahí estaba su nueva nave, la forma y el color le recordaba la nave que se estrelló en el Ala de Deckel y eso le revolvió el estómago. Se aguantó.
— No sé como agradecérselo.— dijo Allana tocando la nave.
— Vimos la estación espacial de los karganos, ahí en el cielo como si fuese una estrella. Pensamos que era nuestro fin. Observamos sombras irreconocibles, todo el planeta estaba con temor. Lo que parecían horas, observamos que la nave se partía en dos.

Luego vimos tu nave caer como un meteorito. Mandé a rescatar a quien sea el que se haya estrellado. Cualquiera hubiera muerto, Jedi; sobreviviste de milagro.
— Eso lo sé— dijo Allana.
— Tu has destruido la estación y eso es suficiente, joven— dijo el anzantiliano.— Tu sable de luz, estuvimos revisándola— le entregó el sable a Allana, se había olvidado por completo de su arma. Le agradeció el gesto y se iba a subir a la nave cuando el anzantiliano la detuvo, se giró y el Gran Maestro le entregó una bolsa de carne— Para el viaje, joven Jedi.
— Gracias y gracias por todo. Me gustaron la última vez, son muy sabrosas— dijo alegremente Allana, guardándose la bolsa y subiendo a la nave, se colocó el casco y encendió los motores.

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Vestara Khai caminaba por los pasillos del Cuartel de Estrella Negra, con la capucha cubriendo su cara y con una mano tocaba su sable de luz. Entró a la habitación donde estaban todos los miembros del grupo extremista sin excepción, al centro estaba el Jefe Dawe.
— ¿El rey Kargano quiere decirnos algunas palabras? ¿Por qué nos ha reunido todos aquí?— dijo el Jefe Dawe, sentado detrás de su escritorio. Vestara Khai cerró la puerta y la trancó, levantó un dedo, bloqueando las ventanas. Nadie entendía porque hacia eso.
— El Rey Kargano me ha dicho que sus servicios ya no son requeridos— dijo Vestara Khai bajándose la capucha negra, miró a los miembros presentes donde sus ojos marrones se tornaron amarillos. Encendió su sable de luz, donde la luz roja centelló.

El Jefe Dawe abrió los ojos, entendiéndolo todo.
— ¡Nos han traicionado!— gritó el Jefe Dawe y antes que los miembros sacasen sus pistolas láser, Vestara se lanzó contra uno, cortándole por la mitad y levantó la mano izquierda donde en sus dedos salieron rayos de Fuerza.

Todo volaron, los extremistas cayeron al piso, muy doloridos. El Jefe Dawe se tiró al piso, cubriéndose con el escritorio.
Dos se fueron contra la Sith, enarbolando cuchillos de metal, Vestara se giró y les cortó las manos, cayeron de rodillas y ella los decapitó. Otro le empezó a disparar con su pistola láser, Vestara los devolvió con su espada, cayendo muerto. Salta hacia el escritorio donde vuelve a lanzar rayos de fuerza donde la mitad murieron.

Los que quedaban corrieron hacia la puerta, tratándola de abrir sin éxito. Vestara salta al suelo y siente a alguien en su espalda, se gira rápidamente y le corta las piernas al Jefe Dawe. Le dirige una sonrisa de suficiencia y vuelve su atención al grupo de extremistas tratando de salir, podía sentir el pánico y el temor de los extremistas.
Extendió su brazo, donde formó un puño; uno de ellos se elevó, se llevó sus manos a su cuello, Vestara empezó a estrangularlo hasta romperle el cuello y así lo hizo con otros dos más.

Ellos vieron como sus compañeros caían como costales de arena, Vestara se acercó lentamente y empezó a blandir su sable de luz de izquierda a derecha, de arriba a abajo.

Ya nadie intentaba salir, todos los extremistas se hallaban el suelo, muertos.

Vestara Khai se hallaba de pie ante los cuerpos desmembrados, con su sable aún encendido, alguien se arrastraba y se giró. Jefe Dawe miró los ojos amarillos de la Sith, resignado.
— Mátame— dijo Jefe Dawe.
— Sólo seguía órdenes, Dawe— dijo Vestara acercándose al hombre sin piernas. — ¿Cómo quieres morir? ¿Armado o humillado en el suelo?— susurró Vestara mirándolo en el suelo. Jefe Dawe abrió y cerró los ojos.
— Dame mi blaster y mátame.
— Si te sirve de consuelo, tarde o temprano también me traicionarán— dijo Vestara Khai mientras le ponía la pistola a la mano de Dawe mediante la Fuerza. El hombre la miró, riéndose.
— ¡Así que nos han usado! Debimos haberlo sabido— exclamó el Jefe Dawe, apoyándose contra la pared con dificultad y se colocó la pistola en el pecho.
— Con la diferencia es que yo sé cuando será el momento que me clavarán el puñal. Lo tengo controlado. Los karganos no son confiables— exclamó Vestara Khai, fríamente y levantó su sable y lo hundió en el pecho del Jefe Dawe.

El extremista cayó muerto hacia un costado. Vestara Khai se quedó viéndolo. Si, sabia que la traicionarían, lo sintió cuando la pidieron que fuese a exterminar la organización.
Lo tiene controlado, cuando llegue el momento que el Rey Kargano decida "apuñalarla", ya estaría lista para ese momento.
— Nadie puede engañar a una Sith— pensó Vestara Khai mientras salía de la estancia y se dirigía a los exteriores, donde el aire del planeta Tattoine agitó su cabellera castaña oscura. Se subió la capucha negra y fue a buscar su nave, para retirarse del árido y caluroso planeta.


Soffy: Si, tienes razon, al parecer destruir estaciones viene de familia xD. Gracias por tu comentario, saludos