Capítulo 2: La mejor historia
El cadáver de la reposaba sobre la moqueta de la habitación con ambos brazos y piernas extendidos. Se trataba de un hombre blanco, de no más de 40 años en opinión de Beckett, que vestía el equipo característico de un árbitro de béisbol. La detective se puso a cuclillas junto al cuerpo para tener una vista más cercana, mientras Castle se interesaba más por la habitación, arrugando la nariz frente a un extraño olor que no lograba identificar. Como pasaba con el resto del apartamento, la habitación estaba absolutamente impoluta. No había nada que pareciera fuera de lugar, por lo que descartaron un asalto salido de madre de inmediato.
- Una contusión severa en el cráneo de la víctima - dijo el forense respondiendo a la pregunta de Beckett - Probablemente, la causa de la muerte.
- ¿Sabemos cual pudo ser el arma del crimen?
- No lo podré confirmar hasta que haga la autopsia pertinente, pero se trata de un objeto cilíndrico...
- ¿Cómo un bate? - intervino Castle
- No puedo saberlo con seguridad - respondió Perlmutter visiblemente irritado por la interrupción.
- Seguro que es un bate... - susurró el escritor para sí mientras se daba la vuelta, arrancando una sonrisa a Kate.
- ¿Hora de la muerte?
- De nuevo, no puedo asegurar nada, pero por la rigidez y temperatura corporal calculo que entre las doce y las cuatro de la tarde de ayer.
- ¿Qué es ese olor? – inquirió Castle, tan molesto por lo desagradable que le resultaba, como por el hecho de no lograr identificarlo.
Antes de que nadie pudiera responder, sin embargo, los inspectores Ryan y Espósito entraron en la habitación, portadores de nuevos datos para el caso.
- Tal y cómo la señora Bridgeston ha estado encantada de contarme – decía el inspector Ryan – el muerto se llamaba Martin Prince, camarero, y árbitro de la liga infantil de béisbol desde hace un par de meses.
- ¿Ha sido ella la que ha encontrado el cadáver? – preguntó Beckett
- Exacto. – intervino Espósito - Por lo visto, desde que el señor Prince había alquilado el piso hará unos cinco años, se cruzaban cada día cuando él volvía del bar. Al no verlo esta mañana ha sospechado que algo no iba bien, así que ha despertado al conserje y le ha convencido para que abriera la puerta.
- Y yo creyendo que mis vecinos eran cotillas… - dijo Castle
- ¿Qué quieres decir?
- ¡Por favor! La señora Bridgestone ¿qué tendrá 60, 65 años?
- Sesentaisiete – confirmó Ryan.
- Sesentaisiete. ¿Puedes decirme por qué motivo iba a estar despierta a las 4 de la mañana cada día si no fuera para espiar a su vecino?
- Vamos Castle, nadie es tan cotilla – dijo Kate rodando los ojos.
- No te creas – dijo Ryan –. Por los detalles que me ha dado de la rutina del señor Prince cualquiera diría que montaba guardia cada noche detrás de la mirilla.
- Está bien. Id a hablar con el conserje a ver si puede decirnos algo nuevo, y contactar con el casero del señor Prince, a ver qué nos puede decir de la víctima. Ryan, ¿crees que a la señora Bridgestone le importaría venir con nosotros a la comisaría para hablar con nosotros?
- ¿Bromeas? Estará encantada de repetirte la historia con pelos y señales cuantas veces haga falta – dijo con una sonrisa cansada.
A pesar de lo temprano de la hora, el departamento de homicidios de la decimosegunda hervía de actividad. La inspectora Kate Beckett se sintió bañada en un halo de familiaridad en cuanto as puertas del ascensor se abrieron para darle la bienvenida a su segunda casa. O tercera, dijo una voz dentro de su cabeza. Dirigió una mirada furtiva a Castle, que estaba detrás suyo literalmente atrapado en una conversación con la incansable señora Bridgestone, y suspiró.
Beckett guió a la señora Bridgestone a través de la comisaría hasta llegar a la sala de descanso. Descartó las salas de interrogatorios porque éstas están diseñadas para poner nerviosa a la gente y la detective quería que la señora Bridgestone estuviera todo lo cómoda posible, hecho que ayudaría a soltarle la lengua, aunque empezaba a sospechar que eso no sería un problema.
- Gracias por acceder a venir hasta aquí para contárnoslo todo de nuevo señora Bridgestone. Es todo un detalle por su parte.
- No las merecen querida, será un placer para mí ayudar en lo que pueda.
Sentado en el sofá junto a Beckett, Castle dejó que una sonrisa aflorara en su rostro. Sin duda, el hecho de haber encontrado el cuerpo de su vecino sin vida era lo mejor que podía pasarle a la pobre pensionista. Aquella situación le aseguraba el hecho de tener la mejor historia que contar durante la siguiente partida de bridge con sus excompañeras de las clases de costura y decoro.
- Bien pues - dijo Beckett acomodándose en el sofá - ¿qué puede decirme del señor Prince?
Algo en la mirada de la anciana hizo temblar a Castle con un escalofrío, presintiendo que aquella simple pregunta acababa de desencadenar un fenómeno que podía tenerlos atados a aquel sofá durante horas.
