Capítulo 3: El tráfico de Nueva York
Kate se acercó a la gran pizarra blanca para empezar a añadir datos mientras Castle acompañaba a una extremadamente colaborativa señora Bridgestone al ascensor. Aún cuando las puertas se cerraban para separarlos la anciana seguía hablando con el escritor. Dejando que su sonrisa forzada se esfumara cuando la vecina de la víctima hubo desaparecido de la escena, se unió a Beckett, que se encontraba apoyada en su escritorio, con la vista clavada en la pizarra, rascándose la barbilla con el rotulador.
- Esta charla me ha quitado cinco años de vida por lo menos. – Castle se situó al lado de la detective, pero ésta no parecía estar escuchándole - ¿Beckett?
- Me pregunto por qué se haría el señor Prince árbitro de la liga infantil así, de repente…
- Quizás su sueño frustrado era convertirse en estrella de béisbol y eso es a lo máximo a lo que pudo llegar…
- Aunque eso fuera cierto – dijo Beckett en un claro tono de escepticismo -, ¿Por qué hace dos meses? ¿Por qué no antes?
- Bueno, según la señora Bridgestone cortó con su novia hace dos meses, quizás necesitaba distraerse tras una ruptura dolorosa.
- Eso ya no suena tan descabellado – dijo la detective, dirigiéndole por fin la mirada, acompañada de una sonrisa a la que él correspondió.
- ¡Yoh! Traemos noticias – dijo Espósito apareciendo junto a la pizarra, seguido de cerca por el inspector Ryan -. Mientras vosotros hablabais con la señora Doubtfire hemos interrogado al conserje del edificio y, adivinad, confirma su historia.
- ¿Por qué no me sorprende…? – intervino Castle
- Pero hay más. – añadió Ryan - Por lo visto, ayer por la tarde, cuando Martin Prince volvía del partido y se disponía a entrar en el edificio alguien lo interceptó en la misma puerta y se puso a discutir con él.
- Según el conserje, el desconocido lo tenía agarrado del cuello de la sudadera cuando él intervino.
- ¿Podría identificarlo?
- Lo hemos puesto a trabajar con nuestro dibujante y aquí tenemos a nuestro hombre – dijo Ryan colgando el retrato robot del sospechoso en la pizarra.
- Perfecto. Cotejadlo con la base de datos a ver si está fichado y haced que su foto circule por doquier.
- Está hecho - dijo Ryan garabateando cuatro notas en su bloc y alejándose hacia su mesa.
- Espósito, averigua qué equipos jugaban en el partido que arbitró la víctima horas antes de su muerte. A saber cómo puede llegar a ponerse un padre cuando el equipo de su hijo y siempre se culpa al árbitro de ello... Beckett - dijo la detective respondiendo al móvil que acababa de vibrar en el bolsillo derecho de su chaqueta - Vamos para allá. Perlmutter tiene algo para nosotros.
- Estaba pensando...
- Eso sí que es una novedad.
- Muy graciosa.
El coche oficial que conducía la detective Kate Beckett estaba atrapado en medio del tráfico matutino de la ciudad de Nueva York que, a pesar de ser domingo, era infernal. El silencio había sido el protagonista de gran parte del trayecto que finalizaba en la morgue. Kate trataba de descifrar las escasas pistas con las que contaban para resolver el caso, mientras Castle tenía otros asuntos rondándole la cabeza.
- Se me ha ocurrido que esta noche podrías quedarte en casa y terminar lo que has empezado esta mañana…
La sonrisa pícara de Castle se tomó con el rostro falsamente indignado de Beckett, que tenía la boca abierta de la sorpresa, incapaz de expresar lo indignada que estaba.
- ¿Disculpa? Yo no he empezado nada…
- ¿Cómo que no? Primero, - dijo, empezando a contar con los dedos - has tratado de despertarme usando tu tono sexy…
- ¿Tono sexy?
- Segundo, te has asegurado de estar imposiblemente sexy…
- Sexy otra vez…
- Imposiblemente sexy – repitió – para ser como eran las cinco de la mañana. Y para rematarlo, te has empezado a desnudar delante de mis narices.
- ¡Me has tirado todo el café por encima! – exclamó Beckett, sonriendo a pesar de todo.
- Minucias. – ambos sonrieron en silencio unos segundos mirándose a los ojos – Bueno, ¿qué me dices?
En ese instante, Beckett devolvió la mirada al tráfico.
- No lo sé… Ya he pasado todo el fin de semana en tu casa. Además no me queda ropa limpia en tu apartamento.
- Bueno, podemos pasar por tu casa y recoger algunas cosas.
- Vamos Castle, no puedo seguir acumulando ropa en tu apartamento…
- ¿Por qué no? Hay sitio de sobra en mi armario, como recordarás… - dijo rememorando el amanecer tras la primera noche que habían pasado juntos.
- Sí, lo recuerdo muy bien…
- ¿Entonces dónde está el problema?
- No le sé. Pero casi sería más práctico que me mudara, ya puestos.
- Pues hazlo – habló sin pensar y el silencio hizo presa del automóvil mientras a su alrededor los conductores irritados por la falta de fluidez del tráfico soltaban toda clase de improperios faltos de originalidad.
- ¿Hablas en serio? – preguntó Beckett con cautela al cabo de unos segundos.
Castle no respondió en seguida, pero una media sonrisa afloró en su cara, dotándole del aspecto de niño travieso que tanto le gustaba.
- Claro que sí. Quiero decir, si tú quieres…
- ¡Oh, no, no! Claro que quiero – dijo Kate, tratando de asimilar lo que acababa de ocurrir – Es decir, si tú quieres.
- Yo quiero – dijo Castle clavando sus ojos azules en los de ella.
- Genial. Yo también.
En aquel instante se olvidaron de dónde estaban. Los claxon, los gritos, las taladradoras de la obra al otro lado de la calle. Nada de eso tenía cabida en el interior del coche, dónde acababa de crearse la magia. Beckett sonrió, iluminando la mirada del escritor, que no pudo resistirse más y se abalanzó sobre ella para darle un beso al que Kate correspondió emocionada. Cuando se separaron, el tráfico había avanzado un poco, pero ninguno de los dos pareció darse cuenta.
