Capítulo 4: El sospechoso número uno

El doctor Perlmutter no hizo esfuerzo alguno por disimular su decepción cuando descubrió que, una vez más, la detective Beckett cruzaba las puertas de la sala de la morgue seguida de cerca por Castle. Al contrario. A pesar de que, a esas alturas, sabía perfectamente que llamar a la detective para darle información implicaba ver a Castle, cada vez que éste aparecía Perlmutter daba buena cuenta de su disgusto. Una mueca exagerada, un suspiro ahogado o un comentario despectivo. Cualquier fórmula era válida.

- Buenas tardes Perlmutter

- Buenas tardes detective – hizo una pausa para mirar a Castle – y sabueso.

Castle rodó los ojos y apretó los labios frustrado. Pasados casi seis años desde que se hubieran conocido, todavía no había dado con la posible razón para que el médico forense le tuviera en tan baja estima. Teniendo en cuenta que su carisma y simpatía eran arrolladores.

- ¿Qué tienes para mí? – preguntó Beckett, ignorando el comentario de uno y la reacción del otro.

Perlmutter se acercó a la mesa en la que reposaba el cadáver de Martin Prince y retiró hasta la altura del pecho la sábana blanca que lo cubría. El forense pareció pensárselo seriamente antes de empezar a hablar.

- Puedo confirmarte que la causa de la muerte es una fuerte contusión aquí – dijo señalando el cuello – que lo mató en el acto. Sin embargo, el asesino quiso estar seguro y le dio un par de golpes más en la nuca, una vez este ya yacía muerto en el suelo.

- ¿Arma del crimen? – Perlmutter no respondió en seguida, hecho que hizo que Castle se adelantara a él con un tono triunfal.

- Un bate – la sonrisa de satisfacción del escritor contrastaba de forma abrupta con la cara de aborrecimiento del forense – Vamos Perlmutter, admite que tenía razón.

- No voy a hacer tal cosa. Lo que sí le puedo decir, detective – dijo dejando claro a quién se dirigía – es que de tratarse de un bate, que no digo que fuera así, no era de madera. No he encontrado ningún rastro de astillas en las heridas.

- ¿De aluminio quizás?

- Aluminio rojo concretamente. He encontrado restos de pintura roja en las tres contusiones.

- De acuerdo. ¿Algo más que debamos saber?

- Puedo decirte esto: el asesino es zurdo.

- ¿Cómo lo sabes? – preguntó Castle intrigado. Era el turno de Perlmutter de regodearse.

- No hay signos de forcejeo. Además, las heridas nos indican que la víctima fue sorprendida por la espalda en el momento de su muerte. Si el agresor hubiera sido diestro, el balanceo habría ido en sentido contrario, y el bate – "¡Ahá!" – habría impactado en el otro lado del cuello. El ángulo de la herida nos dice que el asesino es más alto que nuestro querido señor Prince.

- ¿Es todo?

- No. También he encontrado rastros de lejía en la víctima.

- ¡Lejía! Ése era el molesto olor que impregnaba todo el apartamento. – exclamó el escritor. Perlmutter no le contradijo, dándole la razón de forma implícita.

De vuelta en la comisaría número doce, Castle se dirigió a la sala de espera para preparar dos cafés mientras Kate se apostillaba frente a la pizarra blanca, frustrantemente vacía. La oficina abierta del departamento de homicidios hervía de actividad cuando aceptó la taza que el escritor le ofrecía con una sonrisa forzada.

- Ya la llenaremos – dijo Castle leyéndole la mente –. Es cuestión de tiempo.

- ¡Yo! Rayan y yo hemos estado comprobando la lista de las familias cuyos hijos jugaron el último partido que arbitró Martin Prince. Adivinad quién es el entrenador del equipo que perdió el partido.

Antes de que ninguno respondiera, Kevin sacó una foto del portafolio que llevaba entre sus brazos y la colgó junto al retrato robot del desconocido que había discutido con la víctima frente al portal de su edificio poco antes de su muerte. El parecido era innegable.

- ¿Os suena?

- Os presento a Harold Rogers – dijo Espósito.

- Espera, ¿Harold Rogers, de Seguros Rogers? – inquirió Castle

- El mismo.

- ¿Le conoces?

- No personalmente, pero está el quinto en la lista de las 10 personas más ricas de Nueva York…

- ¿Por qué no me sorprende que exista tal lista y que tú te sepas sus miembros de memoria? – dijo Beckett, dejando la taza de café a medio tomar sobre la mesa – Déjame adivinar, te estabas buscando a ti mismo en la lista, ¿verdad?

- Pues claro que no – En cuanto Beckett se giró de nuevo hacia la pizarra asintió de forma vehemente en dirección a Ryan y Espósito, que sonrieron por debajo la oreja.

- Rico o no es nuestro principal sospechoso. Traédmelo aquí.

- Ahora mismo – dijo Ryan, justo antes de que él y su compañero se dirigieran hacia el ascensor.

El señor Harold Rogers, de 47 años de edad, inspiraba la seguridad que caracteriza a los hombres que se saben intocables. Su pelo de corte militar, si bien surcado por las canas, no daba señales de pérdida o caída. A pesar de que en aquel instante vestía de sport, Rogers era de la clase de hombre cuyos trajes hechos a medida equivalían al sueldo de un detective de la policía de Nueva York. Su piel estaba bien cuidada, al igual que sus uñas, que presentaban signos de una manicura reciente. Se trataba pues de un hombre de negocios, seguro de sí mismo, consciente de que una buena imagen vende más que todas las cláusulas de un contrato.

Cuando la detective Beckett y Castle entraron en la sala de interrogatorios les dirigió una mirada evaluativa. Se trataba de la mirada de un comercial profesional evaluando a sus posibles clientes, tratando de leer sus caras.

- Buenas tardes señor Rogers, muchas gracias por acceder a venir hasta aquí para hablar con nosotros.

- No me ha parecido que tuviera otra opción. ¿Van a decirme por qué – respondió el hombre, en un tono que dejaba entrever que estaba acostumbrado a que su palabra fuera ley.

Lejos de entrar en el juego, Kate decidió ir directamente al grano.

- ¿Reconoce a este hombre? – dijo tendiéndole una foto de la víctima.

- ¿Este? Es el inútil del árbitro que nos ha tocado hoy. Un vendido. Ya es triste dejarse comprar en una liga infantil… Cualquier día se ganará un buen susto.

- No creo que ya nada pueda sorprenderle – dijo Castle, sentado junto a Beckett

- ¿Cómo dice?

- Está muerto señor Rogers - por primera vez desde que la conversación había empezado, el rostro del presidente de Seguros Rogers perdió la seguridad que había estado reflejando -, pero eso usted ya lo sabía, ¿no es verdad?

- ¿Qué? ¡No! ¡Claro que no! ¿Cómo iba a saberlo? – hizo una pausa y al ver las miradas que estaba recibiendo lo entendió – Esperen un momento, ¡¿no creerán que yo lo maté?!

- Un testigo le vio discutiendo con la víctima una hora antes de su muerte, así que no juegue con mi paciencia y dígame por qué le mató.

Para aquél entonces la seguridad del hombre se había visto totalmente superada, una vez Beckett había decidido tomar las riendas de la conversación. A su lado, Castle no podía más que admirar el talento que tenía la detective para intimidar a sus interrogados.

- Yo no le maté – dijo Rogers, tratando de recuperar un poco de autoridad en su tono de voz, y fallando en el intento.

- ¿Va a decirme que el hecho de que se presentara en la puerta del edificio de la víctima, discutiera acaloradamente con él y, una hora más tarde, apareciera muerto no es más que una coincidencia? – los ojos del empresario hablaron por sí solos.

El señor Rogers sabía que su historia no tenía ni pies ni cabeza, pero decidió agarrarse al clavo ardiendo.

- Mire, reconozco que estaba cabreado después de su actuación y que le seguí a su casa para hablar con él.

- El conserje tuvo que intervenir para que no llegaran a las manos.

- Perdí un poco los papeles, lo reconozco. Pero yo no le maté.

- Va a necesitar algo más que eso para que le crea señor Rogers.