Capítulo 5: La pizza de la derrota
Una gota de sudor se deslizó por el lateral de la frente del señor Rogers. La detective Beckett lo tenía acorralado y era una sensación a la que no estaba acostumbrado. Kate aprovechó el silencio para clavar la mirada en los ojos de su interrogado, que se revolvió en su asiento y desvió la mirada, intimidado.
- ¿Y bien?
- Le digo que yo no le maté.
- Está bien. Entonces no le importará decirme dónde se encontraba entre la una y las tres de la tarde de ayer.
Aquella pregunta no tuvo provocó la reacción que la detective había esperado. Lejos de ponerse todavía más nervioso, el señor Rogers recuperó parte de la seguridad con la que había entrado en aquella sala, permitiéndose el lujo de dejar escapar una sonrisa de suficiencia antes de hablar.
- Estaba en Queens, comiéndome una pizza.
- ¿Hay alguien que pueda corroborarlo? – preguntó Beckett, que si se sentía molesta por el cambio de actitud de su interrogado no dejó que se reflejara en su tono.
- Por supuesto. Los trece niños de mi equipo y algunos de sus padres.
Aquella respuesta cayó sobre la Detective como un jarrón de agua fría, pero, de nuevo, no demostró reacción alguna. Al contrario, se hizo nota mental de comprobar su coartada y continuó con el interrogatorio.
- Está bien. Si usted no lo mató, ¿por qué se enfrentó a él frente a la puerta de su edificio?
- Ya se lo he dicho, estaba cabreado.
- ¿Por qué?
- Porque aquel capullo era un vendido. Amañaba los partidos, así que le esperé frente a la puerta de su casa y le amenacé con denunciarlo a la federación si no dejaba de favorecer al equipo de su hijo constantemente – explicó, alzando la voz y dejando entrever parte de su mal genio. Al margen del interrogatorio, Beckett se alegró de no trabajar para aquel tío.
- Pero el señor Prince no tenía hijos.
- Eso mismo me dijo él – dijo señalando la foto de la víctima -. Pero le dije que no me lo tragaba, si no era su hijo sería su sobrino, porque desde que se hizo árbitro ese equipo no ha perdido ni uno sólo de los partidos que ha arbitrado. Así que cuando le vi bromeando con el niño al final del partido decidí ir a su casa y esperarle allí para cantarle las cuarenta.
- ¿Podría identificar al niño?
- ¡Yo! Su coartada es buena – dijo Esposito acercándose a la pizarra blanca frente a la que se encontraban Castle y Beckett – El de la pizzería ha confirmado que Rogers lleva a sus chicos allí cada sábado después del partido y ayer no fue una excepción.
- Entonces volvemos a la casilla de salida - dijo Beckett dejando la columna de sospechosos en blanco al pasar la foto del señor Rogers a la de testigos.
- Yo no diría tanto - dijo Ryan haciendo su entrada - He cotejado la foto del niño que nos a señalado el señor Rogers con la de la base de datos de la liga infantil y tengo un nombre - Hizo una pausa mientras sacaba una hoja del portafolios - Tyler Milles, 10 años.
- ¿Tienes una dirección?
- Aquí tienes
- ¿Qué me dices Castle? - inquirió la detective, mostrándole el papel con la dirección.
- Que Tribecca está preciosa en esta época del año.
El portero les abrió la puerta y les dejó pasar en cuanto Beckett le enseñó su llave maestra de la ciudad. Es decir, su placa. Pasaron al hall, cuyas lámparas de araña eran muy similares a as del Plaza, tal y cómo se encargó de apuntar Castle, y esperaron a que el chico de la recepción avisara a la familia Milles.
- Pueden pasar - dijo con la sonrisa reglamentaria - Apartamento 1523, los ascensores están por allí.
Siguiendo las indicaciones del chicos, escritor y detective llegaron a los ascensores y esperaron pacientemente a que uno de ellos atendiera a su llamada. Al hacerlo, un chico joven, apenas rozaría los 20 años según el cálculo de Beckett, vestido con el uniforme tradicional de los botones, asomó su cara en la que todavía podía apreciarse el rastro de un acné juvenil acuciante y les recibió con otra sonrisa reglamentaria.
- ¿Suben?
Castle y Beckett compartieron una mirada llena de sentido, que seguramente hizo que el muchacho se diera cuenta de la torpeza de su pregunta ya que se sonrojó hasta límites preocupantes.
- Tranquilo, será nuestro secreto. - dijo Castle, guiándole un ojo al chico.
El botones se relajó ante el comentario y esbozó una sonrisa no tan exagerada y mucho más sincera que la anterior. Era evidente que no se percataba de que, en el fondo, lo que Castle estaba haciendo era burlarse de él de forma inocente. Hecho, sin embargo, que no pasó desapercibido a la detective, que le propinó un codazo en las costillas.
- A la decimoquinta planta por favor.
