Capítulo 7: Salvados por la pizza

(La primera parte del capítulo se la dedico a berta_always, que por un momento me ha hecho temer por mi vida)

Kate supo que no llegarían al dormitorio mucho antes de que Castle la empujara con suavidad sobre el sofá. Uno podría pensar que tras casi dos años de relación la pasión entre ambos habría disminuido de forma considerable. Uno podría pensarlo, y equivocarse de forma irremediable.

En aquella ocasión, Rick le demostró una vez más a la atractiva detective que la habilidad de sus dedos no se limitaba a teclear en su portátil. Antes de que pudiera darse cuenta, su blusa blanca estaba en el suelo, los labios del escritor le recorrían el cuello y su llama interior se encendía. En aquel instante, Katherine Beckett supo que había llegado el momento de dejarse llevar. Saltó sobre el escritor y, entrelazando las manos tras su nuca, le rodeó la cintura con las piernas.

Castle sonrió al sujetar a Beckett por debajo de la cadera para evitar que cayera de espaldas. Sin permitir que sus bocas se separan ni un instante y con Beckett en volandas, se dirigió al sofá, dónde dejó caer a la detective con suavidad. Rick se tomó un instante para beber de la vista que le ofreció el momento. La piel de Kate brillaba a la tenue luz de una única lámpara encendida mientras sus ojos se encontraban. Bekett lo agarró del cuello de la camisa y lo atrajo hacia sí, sin intención de esperar un segundo más a que sus cuerpos se encontraran de nuevo.

Sintió como los brazos del escritor, ya descamisado, la rodeaban en un abrazo cálido a la par que juguetón. Se desprendieron del resto de la ropa en un baile perfectamente coordinado al son de sus respiraciones entrecortadas a causa de la excitación. Familiar, pero pasional. Maduro, pero divertido. Nuevo y conocido a la vez. Los cuerpos sudorosos de ambos se fundieron en uno, haciendo cómplice a aquel sofá de aquel acto tan íntimo que acababan de compartir.

Se disponían a ir al dormitorio dispuestos a encarar un segundo asalto cuando el repartidor de pizza tocó el timbre de la puerta, recordándoles a ambos lo hambrientos que estaban.

...

Castle y Beckett entraron en la oficina abierta del departamento de homicidios de la Policía de Nueva York con un café en la mano y una sonrisa radiante en el rostro. En cuanto llegaron a la altura de la mesa de la detective, Esposito y Ryan se le acercaron para informarles de sus últimas pesquisas.

- ¡Yo! Hemos indagado un poco más en la vida de Martin Prince. Por lo visto era camarero en el Bitter End y...

- ¿El Bitter End? ¡Ese sitio es una leyenda de la ciudad! - Castle se calló al captar la mirada que Esposito le dedicaba por haberle interrumpido.

- Trabajaba allí desde hacía seis años y escuchad esto. En todo este tiempo estuvo trabajando de jueves a lunes, pero hace dos meses pidió el cambio de turno para poder tener los fines de semana libres.

- En el mismo momento en que se hizo árbitro de la liga infantil - apostilló Castle

- Y cuando dejó a su novia. ¿La hemos identificado? - inquirió Beckett.

- Todavía no. La descripción de la señora Bridgestone no ayudó a acotar demasiado la búsqueda - dijo el detective Ryan -. Pero hemos hablado con Sandra Stern, la gerente del local y nos ha contado que la víctima tuvo un altercado bastante grande con uno de los músicos habituales la semana pasada.

- ¿Cómo de grande?

- El de seguridad le invitó a irse del club sino quería que llamara a la policía y Sandra canceló las actuaciones que tenían apalabradas para el resto del mes.

- Eso debió cabrearle - dijo Castle.

- Está bien, invitadle a venir - dijo Kate sonriendo.

...

- Buenos días señor Cox - dijo Beckett entrando en la sala de interrogatorios. Pronto ocupó su sitio habitual frente al interrogado, mientras Castle permanecía de pie junto al espejo.

- El señor Cox es mi padre, yo me llamo Scott. ¿Qué hago aquí?

El chico que estaba sentado frente a Beckett debía tener poco más de veinte años de edad y presentaba síntomas claros de haber trasnochado. Además, la profundidad de las ojeras que colgaban bajo sus ojos indicaban que no era la primera vez aquella semana.

- Tengo entendido que tocas habitualmente con tu banda en el Bitter End.

- Tocaba. - la corrigió, visiblemente molesto - Esa perra nos echó a patadas hace unos días.

- Se refiere a que la señorita Stern canceló las actuaciones que tenían programadas para el resto del mes

- Eso mismo - dijo Scott, dejándose caer sobre el respaldo de su silla. Podía leerse en su cara que estaba disfrutando de una resaca de las que hacen historia -. ¿Puede alguien traerme una coca-cola o algo?

- No. ¿Por qué os echaron?

- Bueh... Fue un estúpido malentendido, algo sin importancia - dijo mientras se sujetaba la frente con ambas manos - Necesito una aspirina.

- Se nota

- Según lo que sé fue mucho más que un malentendido sin importancia - continuó Beckett, ignorando los últimos comentarios - ¿Por qué te peleaste con Martin Prince?

- ¿Quién?

- El camarero.

En aquel instante Scott alzó la cabeza y la ira pudo más que el dolor de cabeza, porque se puso a gritar.

- ¡Ese mamón la tiró un gintonic a Leila!

- ¿Su novia? - preguntó Castle, sentándose al lado de la Beckett.

- ¡No! ¡Mi guitarra! - detective y escritor compartieron una mirada significativa - ¡Es una Steve Vai Relic Signed!

- Y deduzco que cuesta mucho dinero...

- ¡Un pastón! Tardé tres años en ahorrar lo suficiente para comprarla y ese capullo casi se la carga con su torpeza.

- Eso debió cabrearte bastante.

- No sabéis hasta que punto.

- Por eso le mataste.

- Claro... ¡¿Qué?! ¡No! No, no, yo no he matado a nadie