Capítulo 9: Call me maybe

Castle estaba más que dispuesto a recoger el guante que le habían arrojado, pero Beckett se adelantó a su respuesta, retomando la entrevista.

- ¿Notó algo extraño en el comportamiento del señor Prince durante los últimos días?

- ¿Los últimos días? ¿No querrá decir los últimos meses? Desde que puso final a nuestra relación, Martin estuvo muy raro. Primero me pidió un cambio de turno. Cuando le pregunté para qué era y me dijo que para hacerse árbitro de béisbol creí que me tomaba el pelo.

- ¿Y eso por qué? - preguntó Castle.

- Porque Martin Prince no era lo que uno definiría como un aficionado al deporte, precisamente. Le gustaba la música, alguna vez habíamos salido a bailar después de cerrar. Y era muy bueno con los números, hacer caja era una delicia con su ayuda. Pero en los cuatro años que han pasado desde que le conocí nunca le oí hablar de deporte.

Castle y Beckett intercambiaron miradas. Aquel era un dato nuevo y, lo que era más importante, no encajaba. ¿Por qué Martin Prince se había hecho árbitro de béisbol si nunca le había interesado el deporte? Encontrar la respuesta a aquella pregunta acababa de convertirse en una prioridad. Hizo nota mental de ello antes de continuar.

- ¿Qué puede decirme de Scott Cox?

Johanna suspiró a la vez que hacía rodar los ojos. Como si el simple hecho de pensar en él le provocara dolor de cabeza.

- Un guitarrista de primera, pero incapaz de controlarse. Tuve que echarle del local hará un par de semanas. Fue por una discusión con Martin precisamente. No creerán que ha tenido algo que ver con su muerte...

- No, ya le hemos descartado como sospechoso. El caso es que el señor Cox afirmó haber visto a Martin discutir con alguien en la boca del callejón aquella misma noche, pocos minutos después del incidente. ¿Sabe de quién se trata?

- No, no vi nada. Pero quizás se trata del mismo tipo con el que se reunió hará un mes. - Beckett la invitó a continuar hablando con la mirada - Se sentaron en aquella mesa de ahí - dijo señalando una de las mesas más apartadas del escenario -, estuvieron hablando un par de minutos. Luego Martin le dio un sobre y el tipo desapareció.

- ¿Pudo verle la cara?

- No, lo siento, llevaba puesta una sudadera con capucha. Pero lo que sí puedo decirle es que llevaba perilla.

...

Caminaban Bleecker Street abajo, ambos con un café que Castle había parado a comprar en la mano. Si serpentear por la concurrida acera a aquella hora de la tarde sin chocarse con nadie ya era difícil, tratar de intercambiar impresiones sobre las respuestas que Johanna Campbell acababa de darles era misión imposible.

Estaban a medio recorrido hasta el coche cuando el móvil de la detective sonó dentro del bolsillo derecho de su chaqueta. Kate tuvo que girar sobre sí misma sin detener la marcha para poder coger el aparato y, a la vez, esquivar a un hombre que caminaba por la calle como si ésta le perteneciera.

- Beckett

- ¡Yo! Ya tenemos la información que has pedido sobre la víctima – dijo Esposito al otro lado del teléfono -. Esto te va a encantar.

- Sorpréndeme – dijo Beckett, poniendo el altavoz para que Castle también pudiera escucharlo. Aunque el ruido de la concurrida calle no hacían de esta una tarea fácil.

- Adivina a quién llamó repetidamente Martin Prince a lo largo de las semanas previas a su muerte.

- Sarah Milles – dijo Ryan, adelantándose a cualquier suposición que pudieran hacer Castle o la detective.

…...

El portero del edificio debió de reconocerlos después de su última visita, ya que en aquella ocasión no les puso ningún impedimento cuando hicieron ademán de entrar. Ya dentro del hall, Beckett se enfrentó a la sonrisa radiante del recepcionista con fría y calculada impasibilidad. Así, cuando el chico se ofreció amablemente a avisar a los Milles de su visita, la detective se lo impidió antes de dirigirse hacia el ascensor.

Beckett estaba cabreada, eso era evidente para Castle que, con el tiempo, había aprendido a leer las reacciones y la posición corporal de Kate a la perfección. Había pocas cosas que lograban sacar de quicio a la detective. Descubrir que alguien le había mentido, mirándole directamente a los ojos, era una de ellas. El ascensor se detuvo en el decimoquinto piso y, cuando las puertas del mismo se abrieron tras el típico "¡ding!", Beckett avanzó con paso decidido por el pasillo, seguida de cerca por Castle.

La sorpresa y el miedo se hicieron patentes en el rostro de Sarah Milles cuando les abrió la puerta y recibió la tajante mirada de Beckett. Tratando de mantener las apariencias, les acompañó hasta el salón como había hecho el día anterior. Su marido no parecía estar en casa, cosa que la detective agradeció, así tenía más posibilidades de conseguir alguna verdad de la boca de Sarah Milles.

- Ayer me mintió Sarah – dijo Beckett, yendo directa al grano.

- No-no sé a qué se refiere – el intento de aparentar seguridad se mereció un premio Razzie a la peor actuación por parte de la ama de casa. Era evidente que la angustia estaba haciendo presa de ella.

- Me dijo que no conocía al señor Prince

- Y así es…

- ¿De veras? Entonces, ¿cómo puede ser que, según su registro telefónico, usted y la víctima hayan estado compartiendo múltiples llamadas durante las dos semanas previas a su muerte?

Boom, pensó Castle al ver la cara de culpabilidad que se apoderó de las facciones de la señora Milles, quien rápidamente trató de recomponerse, lográndolo tan solo de forma parcial. Aunque sabían que Sarah Milles no podía ser la asesina, ya que según la información proporcionada por Perlmutter el agresor era más alto que Prince, era evidente que sabía más de lo que parecía dispuesta a rebelar. Al menos por el momento.

- ¿De qué hablaron en esas conversaciones Sarah? – Beckett esperó, pero la señora Milles no parecía dispuesta a responder. Desde su posición les observaba como si tratara de averiguar cuánto sabían, para no meter la pata – Podemos tener esta conversación aquí o en la comisaría, usted decide.

Los ojos de Sarah se abrieron como platos ante aquella posibilidad. Agarró un cojín y clavó sus uñas en él mientras desviaba la mirada. En aquel instante, Castle decidió intervenir en la conversación adoptando el papel de poli bueno.

- Señora Milles, ¿Sarah? Supongo que le preocupa que su marido pueda enterarse de que Martin Prince y usted tenían una aventura – aquello no era más que una suposición, pero dada su situación no tenían nada que perder -, pero puede confiar en nosotros.

Sarah Milles dirigió su mirada a Castle con una mezcla de sorpresa y curiosidad, que pronto se tradujo en alivio. Una reacción poco esperada por parte del escritor, que no esperaba que sus palabras surtieran tan buen efecto.

- ¿Y bien? – insistió Beckett.

- Está bien – dijo la señora Milles finalmente – Martin y yo teníamos una aventura… ¡Pero no se lo digan a mi marido!