Capítulo 10: La tormenta perfecta

Decir que la lluvia les había pillado por sorpresa habría sido un insulto a su capacidad de observación. El cielo había estado encapotado durante todo el día y poco después de que abandonaran el edificio en el que vivía la familia Milles la lluvia empezó a caer de forma intensa. Para cuando la detective Beckett aparcó el coche oficial en frente de la comisaría 12 la tormenta se encontraba en pleno apogeo. Tal era el aguacero que los escasos veinte metros que tuvieron que recorrer hasta la entrada bastaron para que ambos terminaran empapados.

Una vez dentro, se dirigieron hacia el ascensor, dejando las huellas mojadas de sus zapatos tras de sí. En cuanto estuvieron dentro del cubículo, Beckett se cruzó de brazos y lanzó la vista al horizonte, dándole vueltas al caso. Castle, por su parte, se apoyó con ambas manos en la baranda del ascensor, dejando que sus ojos recorrieran aquella pequeña caja de metal. Sin embargo, su mirada se detuvo al topar con lo evidente.

Kate estaba de pie, a apenas un metro de él, con la camisa pegada a su espalda, más visible que de costumbre debido al efecto del agua. El escritor ladeó levemente la cabeza para gozar de la vista que le regalaba el cuerpo de su novia bajo unas prendas que se habían convertido en vaporosas debido a lo empapadas que estaban. La luz del techo parpadeó, pero él no pareció darse cuenta.

- ¿Qué ha sido eso? ¡Castle!

- ¿Hum? - balbuceó él, saliendo de su ensimismamiento para toparse con la mirada acusadora de Beckett.

- ¿Me estabas mirando el culo?

- ¿Qué? ¡Por supuesto que no! Yo... Espera un segundo, ya no tengo que mentir respecto a eso - dijo con una sonrisa pícara -. Sí detective, le estaba mirando el culo.

- En ese caso date la vuelta

- ¿Por qué?

- Porque no me parece justo, yo también quiero mirarte el culo

La sonrisa de Kate fue invitación suficiente para que Castle la agarrara de la cintura, atrayéndola hacia sí. Sobre sus cabezas, la luz del ascensor parpadeó una vez más antes de apagarse de forma definitiva. El ascensor se detuvo y para cuando las luces de emergencia se encendieron anunciando un apagón, las bocas del escritor y la detective estaban probando el sabor la una de la otra.

Una gota de agua se desprendió del flequillo de Castle en el momento en que sus cuerpos se separaron por un instante para regalarse una penetrante mirada. Azul y verde se cruzaron y fusionaron, como cielo y prado en el horizonte. De repente, un sentimiento de urgencia pareció apoderarse de la voluntad de ambos, que se abalanzaron el uno contra el otro como si la falta de contacto les doliera. La espalda de Castle chocó con la pared del ascensor mientras Kate le ayudaba a deshacerse de la camisa, encontrándose la suya ya reposando en el suelo.

Sobre su piel mojada, la ropa helada les quemaba, fuego que sólo el cuerpo del otro era capaz de apagar. Besos y caricias pasaron al siguiente nivel cuando Rick rodó sobre sí mismo, haciendo que ahora fuera Beckett la que se encontrara entre el ascensor y su propio cuerpo. El escritor le sujetó ambos brazos por encima de la cabeza, mientras su boca descendía cuello abajo. Pronto fue difícil distinguir las gotas de la lluvia de las de sudor cuando la pareja desató su pasión en el interior del ascensor, ajenos a los intentos del servicio de mantenimiento por sacarles de allí.

- Definitivamente - decía el escritor media hora más tarde, cuando ambos volvían a vestirse -, esto ha sido mucho mejor que la última vez que me quedé encerrado aquí dentro.

Cuando finalmente los bomberos lograron abrir las puertas del ascensor se encontraron con dos personas acaloradas, pero vestidas. Una vez fuera, subieron por las escaleras hasta el departamento de homicidios, donde fueron recibidos por Ryan y Esposito.

- ¿Eráis vosotros los que estabais en el ascensor? - preguntó Ryan alumbrando el camino hacia la pizarra con su linterna - ¿Y por qué no respondíais al móvil?

- Apenas teníamos aire Ryan, mucho menos cobertura - dijo Beckett, advirtiendo a Castle con la mirada como adelanto al comentario que estaba segura que el escritor iba a añadir.

- El sueño de todo claustrofóbico, ¿eh? - dijo Esposito, tirando de ironía - ¿Y que habéis hecho encerrados media hora ahí dentro?

- Lo único que se puede hacer en un ascensor averiado y a oscuras - dijo Castle, atrayendo la mirada de todos, en especial la de Beckett -: Compartir opiniones sobre el caso.

- Ya... - dijo Ryan y Esposito a la vez, entre decepcionados y escépticos.

- ¿Habéis averiguado algo nuevo? - inquirió la detective, para entrar en materia y evitar más comentarios.

- No lo sé... ¿Descubrir la identidad del misterioso encapuchado cuenta? - inquirió Ryan con una sonrisa, balanceando un documento a la altura de la nariz.

Documento que Beckett le arrebató antes de que pudiera empezar a hablar.

- Mientas estabais interrogando a la señora Milles, la encargada del Bitter End nos ha enviado las copias digitales de lo que han grabado las cámaras de la entrada durante el último mes. Con eso y la ayuda de algunas cámaras de tráfico hemos podido identificar al hombre con el que se había reunido Prince.

- Michael Anderson - dijo Esposito, tomando el relevo -. Alias El Topo...

- ¿Porque es un traidor del servicio secreto británico? - preguntó Castle, rememorando la famosa novela de John Le Carré.

- No. Porque está prácticamente ciego.

- Vaya, pobre hombre.

- No lo sientas todavía. Michael Anderson está fichado por diversos cargos de robo y allanamiento. Además es uno de los mejores falsificadores de la ciudad.

- ¿Cómo es posible? - inquirió Castle - Aunque claro, Daredevil está completamente ciego y combate el crimen cada noche...

- Sólo hay una pequeña diferencia - intervino Beckett -, Daredevil es un personaje de cómic.

- Touché.

- ¿Qué sabemos de él últimamente?

- No ha tenido detenciones desde su última estancia en prisión y de eso hace más de diez años. O está limpio...

- O no le han vuelto a pillar - completó Beckett.

- No lo entiendo - decía Castle -, ¿por qué se reuniría un camarero de un local respetable de la ciudad de Nueva York con este tipo en la boca de un callejón?

- ¿Por qué no se lo preguntamos a él?