Capítulo 11: Un paquete de última hora
El tráfico era fluido en el puente de Brooklyn. Una vez habían identificado al misterioso hombre con el que se había estado reuniendo la víctima, conseguir su dirección fue pasto de la rutina. Así, en el aquel instante, Beckett y Castle por un lado y Ryan y Esposito por el otro, cruzaban el puente en dirección a la casa de Michael Anderson, alias el Topo.
Sendos coches de policía aparcaron frente a un edificio que, por el aspecto de la fachada, había vivido tiempos mucho mejores. El tono rojizo original de los ladrillos quedaba oculto bajo varias capas de polución y suciedad. La escalera de incendios, que recorría en zigzag uno de los laterales del edificio, estaba tan oxidada que su uso no parecía recomendable. En la puerta del edificio un grupo de adolescentes rapeaban al ritmo de una base que sonaba por encima de sus pensamientos desde un radiocasete monumental.
Sin cortar el ritmo de sus frases, los chicos se hicieron a un lado en cuanto los detectives les mostraron sus placas, indicando su intención de entrar en el edificio. Castle se disponía a seguirles cuando su teléfono móvil sonó desde el interior del bolsillo de su chaqueta. Atrapado por la emoción previa a una detención, el escritor hizo ademán de colgar, pero se detuvo al ver que se trataba de la compañía de mudanzas que él mismo había contratado. Al ver que Castle nadaba entre dos aguas, Beckett decidió por él.
- Coge el teléfono, nosotros nos encargamos de esto.
- Pe-pero yo…
- No te va a pasar nada por perderte una detención Castle. Además – dijo acercándose al escritor para poder hablarle a la oreja -, estoy deseando celebrar el final de la mudanza. Así que coge el teléfono.
- Está bien, pero vas a tener que compensármelo…
- Sabes que lo haré.
La mirada y sonrisa que Beckett le regaló al pronunciar esa frase hizo que el cuerpo de Castle se estremeciera en un escalofrío eléctrico, justo antes de responder a la llamada.
- Castle. Sí, espere, ¿qué? Un momento que no le oigo bien, un segundo – el escritor se dirigió hacia el callejón lateral, alejándose de la entrada principal y de las rimas de los jóvenes que la custodiaban – Ahora. ¿Qué decía?
….
El rellano del tercer piso estaba desierto. A excepción de las exageradas frases de una película de acción que les llegaban a través de un vecino que tenía la televisión demasiado alta, todo estaba tranquilo. Al frente de la misiva, Beckett buscó con la mirada el apartamento 304 que pertenecía a Michael Anderson. Con la eficacia y rapidez que nacen de los años de experiencia, los tres detectives de la policía de Nueva York ocuparon posiciones frente a la puerta indicada. Beckett golpeó la puerta tres veces.
- ¿Michael Anderson?
- ¿Quién le busca? – respondió alguien al otro lado de la puerta
- Policía de Nueva York, abra la puer…
Antes de que la detective llegara a terminar la frase, desde dentro del apartamento les llegaron unos ruidos inconfundibles: el sospechoso estaba tratando de huir. Una sola mirada bastó para que Esposito la entendiera y barriera la puerta de una patada. Acompañando su entrada con el clamo "¡Policía de Nueva York!", los tres detectives se abrieron en abanico para cubrir cuan mayor terreno en el menor tiempo posible.
Kate, sin embargo, se fue directa a la ventana del salón, que daba a la escalera de incendios y estaba abierta de par en par. Se asomó para comprobar que su sospechoso corría escaleras abajo como un desesperado.
- ¡Policía de Nueva York! ¡Deténgase! – gritó de forma rutinaria. Pero sabía que sus palabras no surtirían efecto alguno, no en vano las pronunció cuando ya había iniciado la persecución del sospechoso.
….
Castle se paseaba de punta a punta del callejón, gesticulando de forma exageraba mientras hablaba con el equipo de la mudanza, ultimando los detalles de su trato. Sin embargo, se paró en seco cuando reconoció la voz que gritó desde algún punto del edificio.
- ¡Policía de Nueva York! ¡Deténgase!
El escritor alzó la vista, dejando de prestar atención a su interlocutor, para encontrarse con la imagen de Beckett saltando a la escalera de incendios, presumiblemente persiguiendo a un hombre que le llevaba casi un piso de ventaja.
- Espere un segundo – dijo antes de guardarse el móvil en el bolsillo y lanzaba una mirada alrededor.
El Topo estaba a punto de alcanzar la primera planta y, aunque Beckett le estaba acortando terreno gracias a su agilidad y rapidez, parecía bastante seguro que el sospechoso alcanzaría la calle con tiempo suficiente para salir corriendo. Así, Anderson se deslizó por el último tramo de la escalera y dejó caer en los dos últimos metros que le separaban del suelo. Segundos más tarde, la detective hacía lo propio, pero el Topo ya había empezado a correr.
Y habría alcanzado la calle principal si no hubiera sido por Castle que, apareciendo desde detrás de un contenedor, bateó al sospechoso con una barra de metal, tumbándolo en el acto. Michael Anderson se retorcía en el suelo, doliéndose del golpe que el escritor acababa de propinarle en el abdomen cuando Beckett los alcanzó con la respiración entrecortada.
- Vale que yo no entiendo de beisbol – dijo Castle -, pero esto es un home run en toda regla.
El comentario arrancó una sonrisa de la boca de Kate mientras esta se arrodillaba para esposar a su sospechoso, a la par que Castle retomaba su conversación con el encargado de la mudanza.
- Sí perdón, es que estaba recogiendo un paquete de última hora… No, no tiene que incluirlo en la mudanza… ¡Ya sé que las cajas extra se pagan a parte!
