Respuestas a reviews:
Hime-Sora: Gracias! Me alegro muchísimo que te haya gustado.. :DD Bueno, pues verás aquí Sebastián es un poco más "sumiso" se podría decir porque será la víctima de los juegos de Ciel. Gracias por agregarla a favoritos! y también por el review! :DD
mina-sama12: Jajaja, los juegos serán "variados", por así decir. XDD Ya verás conforme avance la historia. Yo también siento lástima por Ciel.. T_T es maltratado.. aunque eso también tendrá una razón para ser.. ;) Me alegra que te haya gustado este primer capítulo y gracias por el review.. :DD Cuídate también, un beso!
Katha phantomhive: Hola! XDD Muchas gracias por decir eso de mis historisa.. :DD Y, sí, Vincent busca en parte una justificación para pegarle a Ciel porque es como que su vida le ha frustrado demasiado. Sebastián que siente atracción por Ciel porque todavía es un demonio joven y, por primera vez se encontró con un alma y.. una person diferente.. ;) Jajaja, Ciel lee libros pervertidos.. XDD Y espero que te guste el siguiente capítulo. Gracias por el review! :DD
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Aún faltaba media hora para las diez y, él ya estaba ridículamente inquieto. Intentó sacudir la chimenea pero, su mente estaba en otra cosa. ¿Qué sería lo que le propondría ese ojiazul consentido?
Le entregó los artículos de limpieza a MeyRin, una mucama de la mansión, indicándole que el joven amo, le llevaría un documento a su habitación en media hora.
-Ya veo. – Musitó la joven, parecía decepcionada. Sebastián le gustaba, aunque jamás demostrara interés alguno por ella. – Ahora jugará contigo.
El moreno se detuvo. - ¿Jugará? - ¿Es que acaso Ciel ya había conocido a otro demonio? ¿Qué clase de mansión era esa si los demonios entraban y salían? Sebastián se dio una bofetada mental por andar pensando tonterías.
-No… no me pongas atención. – Respondió, sonriendo falsamente y llevándose con ella los instrumentos del aseo. – Yo terminaré con esto. Ve si quieres.
Sebastián se encogió de hombros y se encaminó rápidamente a su habitación. Eran las diez menos cinco según su reloj de bolsillo.
Cuando llegó, se desplomó en la cama. No era que estuviera cansado. Jamás lo había estado. Simplemente, odiaba la incertidumbre. Cerró los ojos, apoyando la cabeza en la almohada.
Repentinamente, un papel fue deslizado por debajo de su puerta. El demonio se levantó de inmediato a recogerlo. Lo desdobló de la mitad en que hallaba partido y comenzó a leer.
"REGLAS:
1. El Demonio obedecerá inmediatamente todas las órdenes del Amo, sin discusión alguna.
2. Si el Demonio no se encuentra ocupado en alguna tarea de su contratista original, deberá presentarse y ponerse a la disposición del Amo.
3. El Demonio aceptará cualquier actividad que el Amo considere oportuna y placentera. De igual forma, deberá mostrarse dispuesto y deseoso de colaborar en ésta.
4. El Demonio garantizará el descansar y/o dormir lo suficiente mientras no esté con su Amo o su contratista original.
5. El contratista original del Demonio, jamás sabrá sobre el acuerdo entre el Amo y éste.
6. El Demonio tendrá estrictamente prohibido alimentarse de cualquier alma, por vaga, desprotegida e inútil que ésta sea. Únicamente podrá saciarse del alma de su Amo durante las actividades, sin causarle daño verdadero. Y, de la de su contratista original en caso que éste cumpla con su objetivo.
7. Durante la vigencia del contrato, el Demonio deberá siempre presentarse arreglado, perfumado y bien vestido para el Amo.
8. El Demonio nunca mantendrá relaciones sexuales consigo mismo ni con ningún otro que no sea el Amo.
9. El Demonio jamás besará al Amo en los labios.
10. En todo momento, el Demonio se comportará con respeto y humildad.
11. Cualquier incumplimiento de las cláusulas anteriores, será castigado. Y el castigo será determinado por el Amo."
-El demonio nunca mantendrá relaciones sexuales consigo mismo… - Sebastián releyó las oraciones y quedó pasmado nuevamente en esta misma línea. - ¡Maldito mocoso! – Gruñó por lo bajo. Ahora sabía por dónde iba todo. Él sería un experimento para el menor, sus libros y su deseo adolescente. Le dolía el orgullo de imaginarse sometido en esa forma tan indigna pero, era la única oportunidad de probar siquiera esa alma.
La idea le hizo recordar a su colega, Claude Faustus, un demonio mucho mayor que él. Sus ojos ya no eran carmesí como los suyos sino que ya habían adquirido un tono dorado. ¿Y cómo había logrado Claude esto antes de los 700 años? Sencillo, jugando con el alma de un niño rubio llamado Alois Trancy, quien había sido Conde o algo así. Sebastián no estaba seguro. Solo sabía que el demonio había logrado convertirse en un ser de más experiencia y, eso le gustaba. Aunque, ¿cómo sería que se jugaba con un alma? Habían cosas por las que el moreno hubiera deseado un manual tipo "¿Cómo ser demonio? Solo para Tontos" pero, claro esas estupideces no existían.
Suspiró.
"Todo en esta vida tiene un precio, ¿no?", se dijo a sí mismo. Se acercó a la pequeña cómoda que había en habitación. Rebuscó el frasco de perfume y se puso un poco. Al menos, el sacrificio no era tanto, pensando que el ojiazul era hermoso. Esos ojos enormes y perfectos, la piel blanca, con ligeras marcas en la espalda que su padre había dejado. Ese dolor recibido. Sebastián sabía, por experiencia, que esos castigos solo hacían de un alma una aún más suculenta.
-¿Sigues ahí dentro, Sebastián? – MeyRin llamó a la puerta de la habitación del mayordomo.
-Sí. Estoy aquí. – Respondió el moreno, abriendo la puerta de inmediato. - ¿El amo me busca? – Cuando hizo esta pregunta, sabía que la chica pensaría en Vincent pero, él tenía en mente a Ciel.
-No. Solo quería… saber si bocchan te ha escrito. – Las mejillas de la joven se sonrojaron. El mayordomo no sabía el porqué pero, todos los sirvientes siempre llamaban a Ciel por ese sustantivo en japonés, el cuál creía significaba "pequeño amo" o "hijo del amo".
-¿Me guardarías el secreto? – Las reglas no decían que no pudiera contárselo a alguien. – Lo ha hecho.
-Ten cuidado. Tiene solo 15 años pero, ya lo vi hacer lo mismo una vez. – La joven parecía seria en torno al tema. Al demonio le causaba gracia. ¿Qué podría hacerle un humano? ¿Un niño humano? Nada.
-¿Quince años? Pensé que era menor. Y eso, ¿fue hace mucho? – Aunque si le fastidió la idea que Ciel hubiera tenido su primera vez con alguien más.
-No. Fue un par de meses antes que llegaras. Con una jovencita que me ayudaba a lavar la ropa. – Lo imaginaba. Una mujer. Al menos no era un ser como él. El niño era pequeño pero sí que era un demonio. No le habría gustado seguramente y, escogió un hombre ahora. – Se obsesionó con él. Bocchan se aprovechaba de eso para diferentes cosas según entendí.
-No debes alarmarte, MeyRin. No me hará daño alguno.
-Eso espero. – La joven sonrió y se encogió de hombros. – Buenas noches, Sebastián.
-Buenas noches. – Respondió el moreno. Cerró la puerta y se devolvió a la cómoda. Miró la hoja una última vez. Al final de ésta descansaba la firma del ojiazul. "Ciel Phantomhive". Al lado, un espacio para la suya sobre la caligrafía del menor para su nombre, "Sebastián Michaelis."
El demonio tomó un trozo de carboncillo y firmó.
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Ciel descansaba en el diván de su habitación mientras leía un libro. Hacía más de media hora que había dejado la hoja con las "reglas del contrato". Comenzaba a creer que el moreno no las aceptaría y, que por el contrario, le ignoraría y evitaría a partir de ese día.
En el pensamiento del ojiazul, Sebastián podía ir a podrirse al infierno. En su corazón, un susurro decía que sufriría si el moreno le rechazaba. Hubiera podido besarle en la biblioteca o intentar conquistarle en alguna forma. Pero, es quién manda quien tiene el poder, quién da las órdenes es quien controla y quién golpea el que puede elegir. Él quería ser así.
-Amo. – Susurró el mayordomo en su oído. Dejándole sentir el aroma de su perfume y el roce suave de su cabello lacio en la oreja. Ciel pasó saliva, luchando por controlar el deseo de darse la vuelta y besar a ese sensual servidor. – Acepto. – Afirmó, dejando la hoja doblada por la mitad en el regazo del menor.
- Perfecto, demonio. – Respondió el ojiazul, examinando la firma en el papel. - ¿Has concluido con tus tareas?
-Sí. ¿Tiene usted alguna orden para mí? – Ciel podía imaginarse a Sebastián por el aroma que emanaba. Seguro llevaba su acostumbrado uniforme pero, no el que había usado en el día sino, lo habría cambiado por uno perfectamente planchado y una camisa limpia.
Un sonrojo de vergüenza llegó a los pómulos del ojiazul. - ¿Tienes el bálsamo del que me hablaste en la mañana?
-Por supuesto. Incluso lo he traído conmigo. – No lo había llevado con ese fin claro estaba. No después de leer las "reglas". - ¿Le agradaría un masaje? – Preguntó, caminando para enfrentar al menor, y ayudarle a ponerse de pie.
-Mucho. – Afirmó el menor. – Desvísteme. – Ordenó.
-Sí, mi señor. – Los movimientos de cadera del demonio cuando andaba, sensual. Siempre intentando seducir a su presa. Sebastián se agachó frente a Ciel y desabonó su abrigo, luego la camisa y; no pudo evitar subir la mirada, para conocer el conjunto de elementos que abarcaban a Ciel y su cuerpo medio desnudo. Esos labios rosas, carnosos y suaves. ¿Por qué el prohibir algo siempre desboca en un deseo aún mayor?
-¿Qué miras, demonio? – Preguntó el ojiazul, fingiendo molestia.
-Nada, amo. – Y volvió a lo suyo. – Recuéstese boca abajo, por favor.
-Espero no tener que recordarte que desobedecer cualquiera de las reglas te llevaría a un inminente castigo. – Agregó Ciel, mientras se recostaba en la cama.
-No tendrá que hacerlo. – Una parte del demonio deseaba fervientemente probar alguno de esos castigos. Creería que podría encontrarlos divertidos. ¿Qué le haría? ¿Hacerle comer una torta completa? Con lo goloso que era el niño probablemente pondría castigos así.
Sebastián deslizó los pantaloncillos del ojiazul hacia abajo, junto con sus interiores, dejando la perfectamente moldeada cola del menor al descubierto. Hubiera sido más erótico de no haber sido por las marcas en la piel de Ciel.
El mayordomo se sacó los guantes, destapó el tarro del bálsamo y tomo un poco. Lo frotó entre sus manos primero, para evitar que fuera demasiado frío al contacto de la piel del menor.
-Le advierto. Dolerá un poco. – Musitó Sebastián, y sus manos confirmaron sus palabras.
-¡Ah! – Gimió el menor, sintiendo como su interior se tensaba para soportar el dolor del masaje sobre su lastimada espalda. Sin embargo, aquel gemido no causó lástima en el demonio. Le gustaría escucharle sollozar más pero, no de dolor.
Sus manos recorrieron gentilmente la espalda de Ciel. Masajeando cada espacio. Aún no sabía cómo era que se jugaba con las almas pero, esa actividad le agradaba bastante. Sus dedos intentaron aflojar los músculos tensos con movimientos suaves. Luego, el ritmo se incrementó, hundiendo sus dígitos en la carne del menor.
-Se- Sebastián… - Jadeó Ciel. El calor del bálsamo llegaba hasta su vientre. ¿Era el calor del bálsamo? El ojiazul se hizo esa pregunta mentalmente. No, no era solo eso exactamente. Es que la sensación de las manos de Sebastián era tan placentera, recorriendo su envaselinada piel, resbalando sobre ella al compás de la respiración suave y el perfume del moreno. Cerró los ojos, intentando convencerse que no debía pensar en nada más. Hoy tendría el placer de sentir sus manos. "¡Solo eso, Ciel!", se gritó mentalmente.
Sin embargo, su mente divagaba en las cosas que había visto. En lo que había leído. No, debía mantener la compostura.
El moreno se deshizo de su chaqueta. El continuo movimiento le estaba provocando calor. ¿Sería en verdad el movimiento? – Disculpe la interrupción, amo. – Dijo el mayordomo, al notar que el ojiazul giraba su cabeza perezosamente para ver a dónde había ido. Sonrió mentalmente al verle sin el abrigo, el chaleco gris que llevaba le sentaba bien y entallaba su pecho que aunque de poca musculatura denotaba una firmeza única.
-¿Podrías hacerlo con más fuerza? – Preguntó, decididamente.
-Seguro. Pero, podría dolerle mucho. – Advirtió en un tono que pretendía pasar por cansino. Rozando esa piel suave y blanquecina, Sebastián deseaba desnudarse y recostarse sobre su nuevo amo.
-No importa. Hazlo. ¿O cuestionarás mis órdenes? – Hundió la cabeza en la almohada, no quería ver al moreno. Su cuerpo estaba sugiriéndole hacer demasiadas cosas.
Sus dedos se hundieron en los costados del menor. Ciel gimió suavemente. ¡Que sensual podía llegar a ser ese niño caprichoso! El menor miró de reojo. Sebastián se había mordido el labio. - Ah. - Gimió solo para provocarle. "Vamos a castigarte un poco demonio...", dijo en su fuero interno.
¡No más! Poco le importaba si su "insolencia" derivaría en un castigo. El moreno se inclinó, recostó su cuerpo sobre el del ojiazul suavemente y besó su hombro. – ¿Le parece esto lo suficientemente fuerte?
Las manos del moreno apretaron la cola del menor, sosteniendo una nalga con cada mano. - ¡Ah! Sí… - Jadeó, dudoso en ordenar al mayordomo que fuera un paso más allá. El juego se le estaba yendo de las manos.
Sebastián jugueteó con su lengua en la oreja de Ciel. El sabor de su piel le provocó un estremecimiento. – Mmm… - Ése era el sabor del alma del ojiazul. El moreno creía que podría llegar a ser aún más fuerte, más suculento.
Quería más. Mucho más.
Silenciosamente desabrochó sus pantalones y sacó su endurecido miembro. El menor fingió no conocer sus acciones. El moreno movió el cabello del ojiazul con una mano mientras besaba su cuello con lascivia. Podía sentir el aroma de éste, calentándose; ocultando una deliciosa erección contra las sábanas.
-No te atrevas a hacerlo. – Le regañó Ciel, anticipando sus acciones.
-¿Por qué no? – Preguntó el mayordomo. Nunca le había gustado el sexo, pero ahora que se lo restringían lo deseaba. Quería hacerlo.
-"Porque quiero que tus deseos se añejen como el buen vino. Por mucho…", pensó el ojiazul. Acarició los cabellos del moreno. – ¡Porque debes respetarme, por eso! - Dijo en cambio.
Sebastián se quedó perplejo. ¿Así que lo que el ojiazul quería era juguetear con él un poco más? "Solo si es capaz de resistirse a Sebastián Michaelis.", pensó el demonio.
Frotó su miembro contra el trasero del menor. Ciel se retorció en la cama, gimiendo. La fricción que provocaba el moreno le estaba haciendo sudar y, desear que éste le sometiera hasta el final
-¡Ah! ¡Maldito demonio! – Gimió, cubriendo su boca de inmediato para que no le escuchara nadie. - ¡Detente!
-No es una orden. – Susurró el demonio, y por la humedad que Ciel pudo sentir en sus labios supo que éste estaba sudando. ¡Quién le hubiera dicho que un demonio era capaz de tener una temperatura tan parecida a la humana! Y esa fricción. El vello púbico corto y la suave piel que envolvían el sexo del mayordomo. Su trasero palpitaba deseando sentirle hasta las entrañas. Pero, no quería que Sebastián terminara. No, quería que resistiera más.
-¡Sebastián! ¡Ven! – Vociferó Vincent, probablemente desde su oficina. Por primera vez, el menor agradeció esos gritos.
Ciel se giró con una sonrisa triunfal. – Vete.
-Pero… - Sebastián lucía frustrado.
-Recuerda las reglas. Solo puedes estar conmigo cuando tu contratista original no requiera de tus servicios. – Tomó la sábana blanca y se la echó encima. – Creo que ambos hemos escuchado su voz claramente.
-De acuerdo, amo. – Suspiró el moreno. El ojiazul se había quedado boca abajo y, el demonio le vio cerrar los ojos, aún con esa sonrisa sarcástica.
Se levantó de la cama, compuso su traje y observó con cierta molestia al menor. Mentalmente se daba golpes, por ridículo de andar queriendo experimentar cosas de ese tipo con un niño. Y sobre todo, con un niño como Ciel que le veía como a un simple sirviente.
"Seguro ni quiere continuar con esto…", gruñó en sus pensamientos. Ya no era hambre lo que sentía, tenía deseo. Vulgares ganas. "No olvides que solo lo haces para jugar con su alma. Para ser un demonio como Claude..."
-Espero verte mañana después del desayuno. – Musitó Ciel, sonriéndole con picardía.
Sebastián le correspondió la sonrisa con una de complicidad. – Por supuesto, amo. – Se colocó nuevamente los guantes. Ahí era donde su control era roto por ese lujuria que no conocía antes.
"¡Sebastián!", gritó Vincent, nuevamente. El moreno no se detuvo por más tiempo.
Fue hasta la oficina del hombre con pasos rápidos. Tanto que incluso se agitó levemente. - ¿Me llamaba amo Vincent? – Preguntó cortésmente, dando ligeros golpes a la puerta entreabierta de la habitación con los nudillos.
-¡No! ¡Tal vez existan otros 20 mayordomos en esta casa llamados Sebastián! – Bramó el Phantomhive.
-Disculpe la tardanza. No…
-¡Cállate! – Ordenó. – Esta noche no creas que te quedarás deambulando por ahí. Quiero que limpies la mansión de cabo a rabo. – Suspiró. – Mañana viene mi sobrina Elizabeth y, quiero que encuentre todo en perfecto estado.
-¿La señorita Elizabeth Middleford? – La voz del moreno denotaba un fastidio que no deseaba mostrar. Obligó a su mirada a distraerse en la suntuosa taza con borde de oro que tenía Vincent para tomar su té.
-Sí, la prometida de mi hijo. – Repentinamente rió. Sebastián a veces creía que ese hombre había perdido un eslabón mental desde que su esposa murió. – ¡No creo que se divierta con esa niña cuando se casen! ¡Es tan infantil! No se parece en nada a mi Rachel.
El mayordomo frunció el ceño. ¡Qué raros eran los humanos! - Iré a limpiar entonces. – Musitó, saliendo del lugar sin esperar otra palabra. Era una insolencia de su parte pero, algo en esa conversación le había fastidiado en sobremanera.
Sin embargo, había algo bueno. Su nuevo "amo" se divertiría solo con él. Poco importaba a quien quería.
Pasó una vez más frente a la habitación del ojiazul. Se asomó para darle una última vista.
"Buenas noches, amo."
