Respuestas a reviews:
Katha phantomhive: Hola! :DD Me alegro mucho que te gustara el capítulo y, pues Sebastián se quiere mentir a sí mismo diciendo que lo hace por "jugar" con el alma de Ciel, así que creo que están iguales los dos jajaja. Ciel sabe también como provocarlo, y no pq lo haya experimentado ya él solo, sino porque ha leído libros y cree que eso es lo que hace a alguien sensual. XDD Elizabeth saldrá en este capítulo, jajaja, ya verás como. :DD Muchas gracias por el review.. :DD
Arlenes: Gracias por el cumplido! xDD Y bueno, la chica que se obsesionó con Ciel todavía no saldrá a la luz. Muajaja, pronto sabrás más sobre ella. XDD Y, Sebastián es del tipo "yo no soy de esos hasta que haya caído en la trampa.." XDD Muchas gracias por el review.. :DD
Hime-Sora: Ya vez que cuando el amo considera algo placentero, eso es lo que se hace.. jajaja. Esperemos a Sebastián no le vaya tan mal con las reglas verdad? XDD Gracias por el review! :DD
laynad3: (1) Gracias me alegro que te haya gustado el prólogo.. XDD (2) Y, sí, es una historia bastante "erótica" por así decir jajaja.. Gracias por los reviews! :DD
mina-sama12: Ciel es un pervertido.. jajaja, no discutiremos eso.. XDD Y sí, es más para que Sebastián se desespere de sentir deseos raros.. O.O jajaja.. XDD Gracias por el review! :DD
Nimura Yuna: (1) Me alegro que te haya gustado el fic, y si... exáminandolo con consciencia de padre de familia neee.. si es pervertido.. xDD Creo que tu idea sobre que Sebastián sufra para luego gozar es similar a la de Ciel.. O.O es un complot contra Sebastián jajaja.. XDD Y, Vincent golpea a Ciel más por frustración que nada. T_T Eres la acosadora.. ya se te extrañaba jajajaja.. :DD (2) Las reglas de Ciel dejaron al pobre Sebastián igual.. O.O jajaja, y Vincent si es de lo peor, ya fijo.. XDD Por ahí llegará Elizabeth, ya verás cómo.. XDD Gracias por el review. XDD
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Sebastián había visto a Lizzie solamente un par de veces. Era una niña rubia de enormes ojos color verde esmeralda. No era fea, tampoco era que el moreno tuviera algo en contra de ella pero, su presencia le molestaba. Era esa cercanía que tenía con Ciel. ¡Y eso que antes no sabía qué era su prometida!
Sin embargo, si alguien le hubiera preguntado al mayordomo; éste hubiera dicho que era porque una compañía tan solaz, como la de la niña, afectaría al alma que deseaba con tanto fervor probar. "Justificaciones de demonios.", y se reía de ese cuento.
La aristócrata llegó en un carruaje muy temprano. Aunque esta vez, no iba sola. Una chica de aproximadamente diecisiete años le acompañaba. La chica de cabellos castaños parecía asustada. Sebastián observó a ambas, manteniendo abierta la puerta principal de la mansión para ambas damas. Una mano en su pecho y una leve inclinación que mantenía con el cuerpo. No podía reverenciarlas con menos elegancia de la que merecían.
-Buenos días, señorita Middleford y, buenos días a su acompañante. – Les saludó. – Es un honor recibirlas en la mansión Phantomhive.
-Buenos días… Antonio. – Respondió la joven, cuyos modales a pesar de refinados conservaban cierto aire juvenil, poco permitido entre los nobles. - ¡No! Es Sebastián. – Se corrigió de inmediato. – Perdona mi memoria. Es terrible a veces. – Luego señalo a la joven asustadiza. – Ella es Paula, mi mucama.
-Buenos días, Paula. – Respondió el mayordomo. La chica parecía tener la atención dispersa en otras cosas. Sebastián imaginó que sería porque nunca antes había visto una mansión igual – No tiene por qué preocuparse, señorita Middleford. No es problema que una dama como usted olvide el nombre de un simple mozo como yo.- Se dirigió a Lizzie. – Pasen adelante, por favor. El joven amo les espera en la sala del té.
El moreno les guió hasta la habitación donde se encontraba Ciel. La rubia sonrió complacida ante el aroma a rosas que imperaba en el pasillo, le tranquilizaba. Sebastián también podía darse el lujo de relajarse ese día. Vincent se había marchado y, no volvería tal vez hasta la noche. El demonio prefería no meterse en asuntos que no le eran de su incumbencia, después de todo, al hombre le gustaba conservar cierta independencia de su esclavo. A diferencia de su hijo, claro.
El mayordomo abrió la puerta, sostuvo una mano sobre el pomo mientras llevaba la otra a su pecho. -Joven amo, la señorita Middleford ha llegado. – Permitió el paso a la joven, evitando dale la espalda.
Sin embargo, el semblante de Ciel se tornó pálido al ver a la joven del cabello castaño. – Elizabeth, no me gusta que traigas a tu servidumbre a mi casa. – Espetó en tono serio. La rubia ni siquiera había tomado asiento o saludado al ojiazul.
-Ciel, no pensé que te molestara el que trajera a Paula. – Respondió Lizzie, señalando a la chica a su lado. La sirvienta le miró horrorizada.
-Tu mucama sabrá por qué no puede estar en la mansión Phantomhive. Es la hermana de alguien indeseable. – El ojiazul torció el rostro y, señaló la puerta. - ¡Largo!
-¡Ciel! – Exclamó la rubia, desconcertada ante sus actos.
-Perdóname Elizabeth, pero no quiero a esta mujer en mi casa. Tú eres mi prometida, y eres bienvenida cuando gustes. – Se acercó a Lizzie y la tomó de las manos. – Querida mía, tú eres mi cielo estrellado, el romance de mi corazón. – Susurró, recordando una canción italiana que había escuchado.
La joven pasó saliva, mirando embobada a Ciel. – Paula, vete. – El ojiazul sonrío en su interior, así era como se conseguían las cosas. La de cabellos castaños miró hacia abajo y, abandonó la habitación, aún cuando los padres de la chica le habían ordenado estar a su lado en cualquier situación.
Sebastián observaba todo el espectáculo con un poco de fastidio. - ¿Puedo servir el té ahora, joven amo? – Preguntó, sin moverse de lugar.
-Sirve para algo, Sebastián. Tráelo pronto. – Masculló el ojiazul. – Cierra la puerta al salir.
El mayordomo asintió. – Como ordene, mi señor. – Por dentro sentía deseos de sacar a la rubia. Podía ser muy hermosa pero, estaba tocando a su amo. Explorando sus mejillas con las manos. Esa piel que… es decir, ¡esa alma que solo era suya!
Salió de la habitación. A sus espaldas escuchó que Elizabeth le ofrecía a Ciel tocar una pieza en el piano para él pero, el menor declinó la invitación, aludiendo que deseaba tener una conversación con la joven. Si el ojiazul decía algo así, Sebastián se inclinaba a pensar que era porque la rubia era terrible al piano.
El mayordomo se dirigió con su caminar elegante a la cocina. El chef como siempre, peleaba con una de sus recetas de cocina, las cuales parecían complicarse en el proceso pero, terminar siendo algo aceptable. Claro, que el hombre solo se dedicaba a preparar los bocadillos salados, pues era Sebastián el encargado de toda pieza de repostería que se comía ahí.
-Es mejor que te apresures, mayordomo. – Dijo Bard, el chef de cabello rubio medio despeinado, mientras daba la vuelta a unas patatas que freía en una sartén y, mascaba la colilla de un cigarro. – La señorita Middleford posee un paladar muy exigente.
El demonio mordió su labio, intentando pensar en un postre rápido. – Podría ser quizás un pastel de frambuesas y chocolate blanco. – Se dijo a sí mismo en voz alta.
-De poder, puede ser eso pero, más te vale llevar galletas de chocolate, betún, algo de merengue y un poco mermelada de fresa. Es así como le gusta comer sus postres. Siempre acompañados de galletas. – Sirvió las patatas fritas en forma tosca, acomodándolas con los dedos. - ¡Ah! Y a bocchan le gustan las fresas frescas.
Sebastián miró hacia todas partes en la cocina. "¡Maldición!", siempre le dejaban lo peor por hacer. Se picó la cabeza. Más le valía moverse rápido sino quería enfurecer al ojiazul. Sin embargo, el deseo de saber algo que no era de su incumbencia le mataba. – Eh, Bard, ¿sabes por qué bocchan odiaría a una joven de cabello castaño llamada Paula?
El aludido se encogió de hombros. – Ni idea. Espera, ¿dices que tenía cabello castaño? ¿Era pequeña de altura? – Sebastián asintió. – Debe haber sido la hermana gemela de Brittany, una joven que ayudaba en la limpieza y, acabó traumatizada con él o quién sabe qué.- El cocinero gesticuló, riendo. – Ya sabes cómo son las niñas. – Y sin decir más, se alejó con sus patatas.
-Sí, supongo. – Había algo ahí que aún le hacía desear llevarse a Ciel a una habitación sin puertas o ventanas y luego… probar su alma, eso nada más.
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-Ciel, ¿por qué no me dejas cantar algo para ti? – Preguntó la rubia, deslizando los dedos por las teclas del piano, tocando un acorde desinteresadamente.
"Porque mis oídos correrían peligro.", dijo el ojiazul en su interior. – Porque no quiero que te agotes cantando, Elizabeth. – Tomo asiento, ahora cambiando el sillón por el sofá para que la joven pudiera sentarse a su lado. – Ven aquí. No quiero que perdamos tiempo hablando de banalidades.
La rubia corrió prácticamente al lado de Ciel. Si el joven quería sentarse al lado de ella, era una ocasión que no podía ser desperdiciada. – ¿Me… me quieres cerca de ti? – Lizzie sonrió ampliamente. Claro, que las intenciones de Ciel eran un poco distintas.
-¿Por qué no habría de quererte cerca? Eres mi prometida después de todo. – Le guiñó un ojo y, tomó su mentón, suave y gentilmente. No quería lastimarla, simplemente quería fastidiarle el día a alguien.
Un mayordomo, por su parte, batallaba contra seis bandejas de bocadillos, las cuales acomodaba sobre el carrito del té. Perfecto como siempre. Sebastián no permitía que siquiera un detalle se saliera de su control. Cada panecillo, que abandonaba ahora la cocina, fue elaborado con los mejores ingredientes y las recetas únicas del moreno. Seguro, su "amo" estaría ampliamente complacido.
Llamó a la puerta de la sala dos veces pero, no obtuvo respuesta. Ciel sonrió con malicia. En el fondo de sus pensamientos escuchó a Elizabeth preguntándole si no le respondería a Sebastián para que entrara. El moreno abrió la puerta y, él deslizó su lengua en medio de labios de Lizzie, besándola tierna y apasionadamente. La joven acarició la parte de atrás de su cuello y, correspondió el beso. Sus años de inocencia infantil deseaban terminarse y, aquel beso era lo más cercano que podía conocer a la fruta prohibida antes del matrimonio.
El mayordomo pasó saliva, quedándose momentáneamente boquiabierto. Ciel le miró de reojo, sonrió contra los labios de Lizzie y, volvió a lo suyo. Deseaba saborear los labios de Sebastián, por supuesto pero, solo quien castiga tiene el control.
El moreno sirvió el té, dejó los pastelillos colocados en la mesa y, salió de aquella habitación tan discreto y veloz como pudo. Una extraña sensación en su interior dolía y, algo en medio de sus piernas se apretaba. Cerró los ojos, imaginando esos labios. Tendría que probarlos aunque eso significara un castigo. Pero, ¿qué era todo eso que sentía? Algo le estaba pasando, era como si tuviera hambre, con la diferencia que este hambre parecía no poder ser olvidado. Ni siquiera agotado pues, la noche anterior había terminado sus tareas en la madrugada casi y, aún así el deseo se apoderaba de su cuerpo. Lujuria. Tenía ganas de darse un poco de "consuelo."
Elizabeth apartó a Ciel con un movimiento sutil. Estaba jadeando y sus mejillas tenían un tinte rojo que sorprendió al ojiazul. –Basta Ciel, no… no debemos hacer esto. Tú lo sabes.
-Perdóname, Elizabeth. Me he dejado llevar por tu hermosura. – La rubia sonrió ante el cumplido.
-Te lo agradezco pero, sabes que fui educada para ser una dama. Es mejor que no sigamos con estos juegos.
La duda llegó a la mente del ojiazul. Había algo que en todo este tiempo no preguntó antes. – Lizzie, - Y tan importante era la cuestión que no le llamó por su nombre completo. - ¿tú sientes algo por mí?
-Yo… yo te quiero Ciel, lo sabes. – Una sonrisa educada y fingida acompañó a las palabras. Tal vez Elizabeth le quisiera como a un hermano, o un primo pero, nunca como a un hombre.
-Entiendo. Yo también te quiero. – Respondió, sintiendo un vacío en su interior. Ni siquiera ella podía enamorarse de él. Sin embargo, se casaría con él porque, era el control que tenían sobre ella. Eso le gustaba a Ciel, el poder. Lo que no podía comprar el dinero, lo daba el poder.
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La tarde cayó. Elizabeth y su mucama se habían marchado repentinamente. Sebastián no preguntó nada. Simplemente, se dedicó a recoger todos los platos y tazas sucios. Porque no permaneció mucho en la mansión pero, si se dedicó a comer hasta la última migaja de lo que el moreno había preparado.
Limpiar y sacudir. Al pobre mayordomo no le quedaba otra que continuar con esa misma rutina. Por lo menos Vincent no había regresado o ya estaría gritándole. Últimamente se sentía cansado… No, no era cansado. Se sentía deseoso, ansioso. En la mañana había intentado incluso comer comida humana para disipar las molestia pero, nada. Aunque, todo síntoma se veía olvidad en cuanto estaba en presencia de esos ojos azules que le encantaban.
Y es que el menor no necesitaba esforzarse en parecer inocente y, era tan cruel en realidad. Sebastián creía que todo era producto del mal trato recibido de parte de su padre y, ahora que pensaba en él, ¿dónde estaba Ciel?
Dejó su labor en la sala y, anduvo por el pasillo. Buscándolo. Vio al otro mayordomo que tendía la cama de Vincent, luego al jardinero con unos implementos y, finalmente, a la mucama con un enorme canasto de ropa sucia. Pero, ni una seña del ojiazul.
-¿Has visto al joven amo? – Preguntó a esta última, fingiendo que no le importaba. – Hace rato que no le veo. – Error. Sonó desesperado.
-Eh. – La pelirroja MeyRin miró hacia un punto ciego, pensándolo por un momento. – Creo que lo vi en el jardín.
-Gracias. – Una sonrisa de esas que encantaban y, según la mucama hacían que el moreno se viera adorable además de sensual, perdiéndose tras la puerta de la cocina.
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Ciel había escapado de su propia mansión para refugiarse en el kiosco en medio del jardín. No era que se sintiera herido porque Lizzie no le amara pero, eso significaba un vacío más en su existencia. Suspiró. Buscaba algo en lo que ni él mismo creía.
"Amor.", susurró. Giró los ojos y se dio un ligero golpe en la cabeza por ridículo. Sentado en esa banca frente a la mesita que servía de centro al kiosco. Escondió su rostro entre sus brazos. Unos pasos avanzaron detrás suyo. Si era su padre, seguramente le golpearía por estar haciendo tonterías ahí o, tal vez porque pronto llovería y podía enfermarse por correr de regreso a la casa. Él siempre encontraba un motivo para hacerlo.
-Amo. – El ojiazul dio un respingó. – Soy yo, Sebastián. – Dijo el moreno, sosteniendo una mano en el hombro del menor.
-¿Qué quieres? – Masculló Ciel, deshaciéndose del agarre del mayor.
-Sus reglas dicen que debo estar con usted cuando no tenga trabajo. – El mayordomo depositó en la mesa un traste de cristal transparente lleno de fresas rojas y jugosas. – Además, he olvidado llevar sus fresas cuando serví la merienda.
Sebastián decidió probar suerte con algo de lo que vio hacer a la rubia, o lo que imaginaba había hecho. – Amo, ¿podría sentarme con usted?
El ojiazul pasó saliva. – Claro, no veo porque sea algo malo. – Tomó una de las fresas y la observó con atención.
-¿Hay algo malo en ellas? – Preguntó el mayordomo, acercándose a su amo un poco más. La banca, a diferencia de una silla, permitía estar más cerca. La piedra de la banca, presionando contra el lado de su cadera en que se había apoyado. Sus pantalones formales eran incómodos en esos momentos.
-No. Es solo que son tan simples. – El menor miró la fresa, luego sus ojos se desviaron hacia Sebastián. Una media sonrisa apareció en su rostro.
-Amo, ¿le gustaría que la sostuviera para usted? Ya sabe, para poder morderla mejor. – Sebastián tomó la fresa entre sus dedos índice y medio, manteniéndola firme con ayuda del pulgar. – Muerda solo la punta. – Invitó.
Ciel le miró con desconfianza, frunció el ceño y, finalmente se atrevió a acercarse. – ¿Por qué debo morder la punta? – Curioso.
-Porque es la mejor parte de las fresas, amo. Es donde puede probar el verdadero dulzor de la fruta. – El mayordomo la acercó más a los labios de su amo, sin poder evitar deslizar su lengua sobre los suyos.
-Ya veo. – Musitó tranquilo, observando los movimientos de Sebastián y, mordiendo el fruto de una vez. Lo saboreó, lentamente, encontrando un placer indebido en comer fresas. De inmediato, el moreno tomó la otra mitad y la echó en su boca. - ¡Espera! Tú…
Fingió inocencia. - ¿Yo qué, amo?
-Tú no puedes comer. – Ciel le miraba embobado, masticando con la boca entreabierta de lo atento que estaba.
-¿Quién ha dicho semejante cosa? – El moreno sonrió hasta que sus ojos se vieron rasgados. – Puedo comer lo que quiera. ¿Pensó que por ser un demonio no podría?
-¡Qué importa lo que yo piense! – El ojiazul volvió a su "yo habitual". – Esto es aburrido.
-¿Le gustaría intentarlo de otra manera? – Los mechones cortos y largos del moreno cayeron sobre su rostro debido al aire. Éste los apartó con un gesto sobrio. - ¿Quizás así? – Colocó la fruta entre sus labios.
-No olvides que no debes besarme. Es la regla. – Dijo, casi en un susurro, cerrando los ojos. Mordió la fruta y, se quedó inmóvil, al sentir el labio superior de Sebastián rozar contra el suyo. Sintió como algo descendía por su espalda, haciéndolo desear probar los labios del demonio.
¡Qué desgracia! ¡Él mismo se había condenado a no hacerlo! Gimió involuntariamente. El moreno se separó de él, masticando su mitad, llevándola hasta su mejilla y dejando ver el bulto dentro de su boca mientras la masticaba lentamente. Ciel prácticamente tragó su mitad al verlo. ¡Ese demonio podía llegar a ser una verdadera tentación!
-¿Otra más? – Ofreció el moreno, sosteniendo otra de esas delicias rojas. El ojiazul asintió, cerrando los ojos y separando sus labios levemente. Sebastián estaba a punto de colocar el fruto entre sus labios cuando recordó la escena del beso. Él también quería probar esos labios.
Dejó caer la fresa al suelo, y al compás del ligero ruido que esta hizo, sus labios se encontraron con los del menor. Suaves, dulces. Su mano sostenía al menor para mantenerle cerca. Ciel mentalmente le rechazaba pero, su cuerpo ansiaba ese contacto. Sus manos buscaron mecánicamente el cabello del moreno, tirando de éste gentilmente.
La palabra regresó a su cabeza en ese momento. "Amor", esa cosa que ningún demonio era capaz de dar. ¡Qué asco el que sentía por sí mismo deseando eso!
La boca del demonio se había apoderado de sus labios aún más, casi haciéndolo con devoción mientras su lengua buscaba abrirse camino. Una mordida certera le hizo despertar. - ¡Ah! – Gruñó el moreno por lo bajo, llevando una mano a su boca y cubriéndola.
-Y no es suficiente castigo por romper la regla. – Pronunció el menor, secamente. Se levantó de la mesa y lanzó el recipiente de cristal al suelo, haciendo que se rompiera en pedazos. Las fresas quedaron arruinadas, en su mayoría, atravesadas por los cristales. - ¡Limpia eso! Y no quiero verte más por hoy.
-¿Ah no? – El demonio sostuvo la muñeca del ojiazul y le obligó a mirarle.
-¿Has olvidado quién manda? – Le interrogó con molestia. Luchando por liberar su brazo.
-No, pero si he de ser castigado. Quiero que valga la pena. – El traje oscuro del mayordomo, la suavidad del casimir en las manos del ojiazul. Sebastián le sujetó contra él y, volvió a besarle. Solo un llamado de Vincent podría separarles pero, no sucedió porque el susodicho no había llegado y, sus labios seguían conectados. – Además, usted lo merece por provocarme.
Ciel sonrió y, dejó que el beso continuara. Ya tenía un punto en su favor, había provocado celos al demonio.
