Respuestas a reviews:

Hime-Sora: Para Lizzie, yo siento que Ciel es más como una costumbre o una adicción, jajaja, no necesariamente alguien a quien verdaderamente quiere. XDD Ellos dos juntos era mi final ideal en el anime también pero, bueno, Sebastián no se veía feliz. XDD Y el lemon.. mmm.. estará en el siguiente capítulo.. :DD Gracias por el review!

Katha phantomhive: Ciel provoca, sufre, vive una emoción distinta cada tres segundos si te das cuenta. Sin embargo, sufre porque cree que nadie le puede amar, mucho menos Sebastián. XDD Y pues, por parte de Sebastián, creo que ni él mismo sabe qué quiere porque el se intenta convencer que solo es la necesidad de probar el alma de Ciel pero, va mucho más allá de eso.. :DD Las fresas, jajaja.. ya pronto habrá mas besos como esos.. XDD Gracias por el review! :DD

mina-sama12: Sebastián se ha ido dando cuenta poco a poco que ser demonio es más que servir y existir. A pesar de haber conocido ya varios humanos, su cuerpo no ha tenido la oportunidad de conocer a esos humanos a fondo.. excepto a Ciel.. ;) Y sí, triste que Ciel sea forever alone.. ._. pero, bueno, es que su carácter es bastante complicado también y exige mucho. XDD Gracias por el review! :DD

Nimura Yuna: Gracias! Me alegro que te esté gustando el fic.. xDD Esas fresas! Solo Sebastián y Ciel las "probaron" nosotros nos quedaremos con la gana. Jajaja. Aunque ya verás como el orgullo no los deja ceder a sus impulsos.. XDD Muchas gracias por el review.. :DD


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El demonio suspiró. Siempre le habían sido asignadas tareas ridículas pero, ésta tenía que llevarse el premio. Corazones de papel. ¿Y para qué diablos le había puesto Vincent a hacer esas porquerías?

-¡Argh! – Gruñó tan quedamente como pudo. Apoyando los codos en la mesa de la cocina.

Ciel , quien pasaba justo enfrente de la habitación le escuchó y, se detuvo para burlarse del ocupado mayordomo.

-Deja de gruñir. Es una orden. – Musitó el ojiazul sarcásticamente.

-Estoy cumpliendo las órdenes de su padre. Por tanto, usted no puede ordenarme nada. – Respondió Sebastián, cortando otro corazón más. – Su padre dice que esto es algo importante.

-Sí, importante para la estúpida de Deborah. – Ciel emitió un suspiró. El moreno, detuvo su trabajo para estudiar mejor la expresión en el rostro del menor, repasó con la mirada esos labios dulces que ansiaba tanto probar de nuevo. – Ella gusta demasiado de la celebración del día de San Valentín. – El ojiazul reparó en el rostro curioso del demonio. - Y, para recalcarlo, yo puedo ordenarte lo que se me dé la gana. ¡Ahora termina con esas decoraciones pronto! Yo estaré en la biblioteca.

-Sí, amo. – Masculló el demonio y, continuó con sus "manualidades". ¡Vaya forma de humillarlo! El menor abandonó la habitación. El mayordomo profirió un suspiro de alivio.

No era que no gustara de la compañía de Ciel. Le agradaba, quizás hasta demasiado. Pero, el menor no se le acercaba demasiado desde el día en que le besó. Las órdenes de darle masajes o de tallar su espalda mientras tomaba un baño se habían acabado.

Las extrañaba tanto. Cada noche cuando le desvestía, imaginaba lo que sería poder saborear algo más que sus labios. Ese toque de maldad que aderezaba el sabor de éstos, era lo mejor. El demonio jamás había tenido la oportunidad de saborear algo semejante. Un alma que le hiciera vibrar su cuerpo con solo pensar en ella. Un alma…

Claro, que habían ocasiones en las que su curiosidad, un rasgo bastante humano que había adquirido en los últimos meses, le apuñalaba interiormente.

-Joven amo, - Se puso de pie, y fue tras los pasos del ojiazul. – ¿podría…? – Tarde. Ciel ya no estaba en el corredor. Seguro, se había ido a esconder a la biblioteca como hacía cada día, con el pretexto de leer alguno de sus libros enormes y complicados.

Guardó los corazones y los trozos de papel. Entonces, tomó una charola y, colocó en ella un vaso de jugo de naranja. Ciel sería feliz con algo diferente al té por un día siquiera.

-Sebastián, – Bard, el cocinero, masticaba un cigarro mientras cargaba un gran costal de harina. - ¿podrías ayudarme antes de llevar eso?

-Claro. – El moreno dejó la charola sobre la mesa y, se dedicó a ayudar al patoso cocinero. - ¿Aquí? – Preguntó, señalando con la mirada una mesa de madera larga que casi nunca utilizaban en la cocina. Un ligero bufido escapó de sus labios, fingiendo esfuerzo en una tarea que en realidad le era muy sencilla.

-Sí, déjala ahí. Y no quiero que utilices esa mesa para nada más, ¿de acuerdo? – Espetó el rubio.

-Lo sé, lo sé. – Masculló el mayordomo. – Es la mesa para hacer pan y pasta y…

-Solo se utiliza para eso. – Dijeron ambos al unísono. Sebastián sonrió. – Nadie pondrá nada en la mesa. Ahora llevaré su jugo al joven amo. – Musitó, tomando la charola.


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Ciel miró el reloj abuelo en la pared y suspiró. "Doce del mediodía. Día de San Valentín." Tonto día, ¿a quién se le ocurrían cosas como esas?

Según el libro en el que había investigado sobre el origen de la celebración, las tarjetas y los presentes simbolizaban la celebración al amor, y a lo que el santo en mención había defendido con tanto ahínco. Sin embargo, el menor creía que eso del amor era una simple y vaga imaginación de la mente humana. Una utopía.

Llamaron a la puerta y, algo le decía al ojiazul que no sería su padre pues, éste estaba demasiado ocupado pensando en la llegada de Deborah Miller. Sí, tenía que ser…

-Joven amo, ¿puedo entrar? – Ciel mordió su labio inferior al escuchar la voz aterciopelada de Sebastián al otro lado de la puerta.

-Adelante. – Dobló una esquina de la página del libro y lo cerró antes que el mayordomo entrara.

Sebastián abrió la puerta suavemente. ¿Cómo era que ese demonio tenía semejante control en cada uno de sus movimientos? La puerta jamás topaba con la pared. Nunca. El mayor no se permitía ese tipo de "descortesías".

-He traído un vaso de jugo para usted. Imagine que podría estar sediento. – Indicó el moreno, colocando el vaso en la mesa al lado de la butaca de Ciel. - ¿Le agradaría algo de comer?

-No. Solo quiero que te vayas. – Respondió el menor secamente. – Sé que no has venido para ofrecerme una merienda.

-¿Ah no? – El niño le estaba resultando más listo de lo que él creía.

-Por supuesto que no. Quieres saber quién es Deborah, ¿no es así? – Una sonrisa surcó los labios del ojiazul, mirando al mayordomo con desprecio e interés a la vez.

-Si el amo pudiera contarme un poco acerca de esa persona, yo podría servirla con mayor eficacia. – Musitó el moreno, llevando una mano a su pecho mientras dejaba la charola colgar de su otra mano hasta tocar su muslo.

-Patrañas. – Susurró el menor, riendo por lo bajo. Tomó un instante para beber un sorbo del jugo. – Pero, ya que te has tomado la molestia de venir… Creo que algo puedo contarte.

Sebastián le miró con toda la atención.

-Mi padre ha decidido reemplazar a mi madre. – Ciel emitió un suspiro. – Sé que para los demonio semejante cosa como el "amor eterno" ha de ser algo imposible pero, fue algo que yo, en mi niñez e inocencia, creí posible. Ahora me doy cuenta que solo fui un ser inmaduro y carente de lógica. – El mayordomo le hubiera interrumpido para refutar lo dicho pero, no tuvo tiempo de hacerlo. – Su nombre es Deborah Miller y, vendrá para tener una cena formal con mi padre por motivo del día de San Valentín. Pronto se casarán y… será mejor que te acostumbres a ella.

El demonio asintió. – Es usted quien tendrá que acostumbrarse a ella, amo. Después de todo, compartirá una vida con su padre y…

-¡Cállate! ¡No te he preguntado qué piensas! – Exclamó el menor. – Ahora ve y continúa con tus quehaceres. – Ciel bajó la mirada y, aferró sus dedos finos al libro que había estado leyendo antes.

Sebastián le miró con fastidio. ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil con ese mocoso? – Amo, ¿cree que podría explicarme más sobre el día de San Valentín? De esa forma yo podría hacer las cosas mejor. Complacerlo en este día que pareciera ser tan especial entre los humanos.

-¡No me mientas, Michaelis! Estoy seguro que sabes lo que es el día de San Valentín. - El ojiazul le miró con una sonrisa burlesca. – No entiendo por qué insistes en parecer inocente.

-No intento parecer inocente. Sé que en este día los humanos celebran el amor pero, no sé por qué razón. – Respondió el moreno de mala gana. – Pero, si el amo no desea explicarme, nada puedo hacer. – Ahora era el orgullo del demonio que salía a flote. Tomó la charola y se dispuso a marcharse.

-Espera. – Ciel se puso de pie y fue hasta el sofá. – Ven, te mostraré este libro que estaba leyendo. Así podrás saber más sobre la fecha.

El mayordomo abandonó la bandeja en la mesita una vez más y, siguió al menor hasta el sofá. Ambos tomaron asiento. El demonio pudo notar como una de las manos del ojiazul tembló al sentir la cercanía de su persona. El calor que emanaba del delgado cuerpo era delicioso, le atraía demasiado. Ciel parecía ocupado en hojear el libro aún cuando sabía perfectamente la página que buscaba.

-Agradezco que se tome el tiempo de enseñarle algo a un sirviente como yo. – Susurró el moreno en el oído del menor.

-No tienes que agradecer nada. – Suspiró, mostrando el libro de inmediato. - ¿Ves? Este hombre aquí es San Valentín. – Señaló el dibujo de un hombre en el libro. – Era un sacerdote italiano que creía en la sinceridad del amor y; a pesar que el rey no quería permitirle casar a los jóvenes soldados para que pelearan en la guerra, él continuó haciéndolo hasta el momento en que fue apresado y condenado a muerte. – Se aclaró la garganta. – Es por eso que en este día, se celebra el amor, pues, era lo que San Valentín defendió con tanto ahínco.

Sebastián se quedó en silencio, observando la figura en el libro y, a la vez, notando como la tristeza se apoderaba de las expresiones de Ciel. - ¿Sucede algo, amo?

-No. Simplemente tengo demasiadas cosas en mente y… - Se interrumpió a sí mismo al ver que estaba cediendo territorio al demonio. Pero, esta vez, Sebastián fue más rápido que él. – Perdone el entrometerme en sus asuntos.

-Exacto. – Respondió Ciel. – De cualquier forma, es mejor que vayas a preparar la cena. – El moreno sonrió y se puso de pie. El ojiazul sintió como un vacío se hacía en su corazón mientras le veía prepararse para marcharse. – Gracias por el jugo. – Mencionó al ver a Sebastián recoger el vaso vacío.

-Por nada, amo. Me alegra que una acción de mi parte fuera de su agrado nuevamente. – Un mechón de su cabello negro cayó sobre uno de sus ojos y, el mayor agitó la cabeza ligeramente para alejarlo pero, le fue imposible.

Ciel se puso de pie y fue hasta él rápidamente. – ¡Vaya, tendremos que amarrarte ese cabello! – Y rió. Sebastián le miró sorprendido antes del reír también. A veces, le era complicado entender al menor. Era como un rompecabezas cuyas piezas te han sido dadas todas pero, ninguna pareciera coincidir con otra.

El mayordomo acercó su rostro al del menor. – Disculpe, amo. Le he puesto trabajo con mi cabello. – Susurró.

Ciel pasó saliva. – No… no es nada. – Sebastián tomó la barbilla del ojiazul y, cepilló sus labios contra los del menor. – Sabes bien que…

-No estoy faltando a las reglas, amo. Esto no es un beso. – Aunque sabía mucho mejor que eso. El demonio podía saborear todas las emociones de Ciel ante el leve contacto. Al parecer ahora estaba haciendo las cosas mejor. No se debía tomar a Ciel sino, "tentar a Ciel". – Debo irme.

-No. – Musitó pero, el mayor ya se había marchado. – Estúpido mayordomo. – Sin embargo, le encantaba como le sacaba las sonrisas.


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El ruido de la tela al tensarse, casi rasgándose debido al tirón que le dio. Vincent sonrió, hacía mucho tiempo que no jugueteaba con seda, sobre todo roja.

-Vincent, amor, me dejarás desnuda. – La voz de la joven de cabellos castaños y, piel de un blanco casi traslúcido, se sujetó al cuello del mayor de los Phantomhive.

-Y entonces tendré que llevarte a mi habitación para evitar que sufras de un resfriado. – Musitó perversamente, dejando que su aliento golpeara contra los labios rojos de la joven. Ese vestido de seda roja, ajustado desde el busto hasta las rodillas hubiera hecho que cualquier hombre se arrodillara ante la llamativa figura de Deborah Miller.

-No digas eso, Vincent…

-No más Vincent, llámame Vince. – Pidió el hombre.

La chica asintió y, besó la comisura de los labios de Phantomhive, dejando una huella en ellos con su labial rojo. – Vince… eso es tan sensual. – Gimió en su oído. – Deseo tanto formar parte de esta familia, amor.

-Y lo harás, Deb. Serás parte de esta familia. Ciel te adorará. – Mentía, sabía que su hijo sería el obstáculo pero, se encargaría de "educarlo" para evitar que hiciera el mal tercio en sus planes.

-Eso espero, amor. – Su mano resbaló hasta la entrepierna del hombre. Hacía tanto tiempo que no tenía un contacto así. ¡Cuánto tiempo sin sexo de verdad por no lastimar al debilucho de su hijo! Pero, ahora era mayor y, él haría lo que mejor le conviniera sin importarle Ciel. Además, no era como que le quedaran demasiados años de vida. Ese demonio le arrebataría su alma de cualquier forma.

-Deborah, no quiero esperar. – Musitó Vincent, apretando un glúteo de la mujer por encima de su vestido.

-No tienes por qué esperar. – Respondió con una sonrisa, desabotonando su vestido por el frente, dejando ver el corsé que llevaba puesto debajo. - ¿Me ayudas a quitarlo?

Sebastián caminaba entonces por el pasillo, sostenía una charola con copas y una botella de champaña, de la cual resbalaban pequeñas gotitas del sudor helado que provocaba el cambio de temperatura.

"Ahh…"

Eso era nuevo para el demonio. Al menos en esa casa. Reparó de inmediato, andando sigilosamente hasta la puerta de la oficina de Vincent. Pegó la oreja a ésta y, permaneció en silencio.

"¡Más Vince! ¡Más!", decía la voz de una mujer entre jadeos. No hacían falta más datos para que el mayordomo supiera exactamente lo que sucedía.

-¿Qué haces oyendo tras la puerta? - El grito de Ciel le hizo dar un respingo.

-Amo... yo... - Se giró de inmediato, intentando ocultar la vergüenza del momento.

"¡Ah! ¡Vince!", Deborah no suprimía ni un solo gemido.

-¿Qué está pasando ahí dentro? ¿Alguien ataca a mi padre y tú no le ayudas? - Preguntó el menor, su paciencia estaba tocando los límites. - ¡Largo! Yo mismo entraré.

-¡No! - Exclamó el moreno, tirándole del brazo pero, el ojiazul ya había girado la perilla. Ciel intentó liberarse del agarre de Sebastián mas dejó de luchar cuando vio lo que realmente sucedía.

-Padre... - Murmuró. Tan débilmente que el hombre y la mujer ni siquiera le escucharon.

Deborah cabalgaba sobre su padre, quien parecía un trapo sobre el diván de su oficina. Jadeaba, gemía y acariciaba con lascivia el cuerpo desnudo de la dama sentada sobre de él. Tan fina, abierta de piernas como una cualquiera que Vincent hubiera recogido en la Plaza Central.

-¡Más rápido, Deb...! Mmm...

El menor no pudo ver más, Sebastián le había sacado de un tirón y, cerrado la puerta delicadamente. Ciel se giró, incrédulo para verle. - ¡Déjame! Y dame eso. - Musitó, tomando la botella de champaña y, una de las copas. - ¡Qué asco!. - Balbuceó, aunque internamente deseaba vivir algo similar. Liberar ese fuego dentro de su cuerpo con alguien que le atrajera tanto. - Sebastián... - Un murmullo inentendible para un humano.

El moreno le miró, sin saber qué decir al principio. - Amo... - Ciel se giró con molestia. - si me necesita, estaré de pie fuera de su habitación. - Siempre espero por usted.