Respuestas a reviews:
Katha phantomhive: Hola! Perdón que no había publicado antes el capítulo pero, me sucedieron tantas cosas en esos días. Enfermedades, problemas, en fin, de todo.. XDD y, Sebastián quiere tener el "permiso de Ciel" para besarle, diría yo, jajaja.. XDD Deborah es la clásica amante que se gana terreno pues, dando "todo lo que tiene" XDD Ciel, sí, bipolar a mi parecer. Ni él mismo sabe si quiere o no quiere una relación con Sebastián. Muchas gracias por el review.. :DD
Hime-Sora: Las haremos. Muahaha.. XDD Lizzie tampoco es mi personaje favorito. XDD aparte, yo también tengo como una "obsesión" por ese cabello de Sebastián, simplemente me encanta, jajaja.. :DD Ya tengo por aquí el nuevo capítulo y, mmm.. no puedo decir aún que sucederá con él.. XDD Gracias por el review! :DD
mina-sama12: Ciel se pervirtió ya de tanto ver, jajaja. O bien, cayó en aquello de "tanto ver dan ganas".. XDD Mmm.. no diré si hay lemon o no en este capítulo.. muajaja, lo tendrás que leer.. XDD Muchas gracias por el review! :DD
AezeMy: Sí! Me alegro muchísimo que te haya gustado y que la historia haya conseguido atraparte.. XDD Será que a Vincent siempre lo hacen quedar mal? jajaja, no me he fijado la verdad pero, en esta historia se lo gana, por pegarle a Ciel y tener por "novia" a esa chica tan.. bueno, ya tú lo dijiste.. jajaja.. XDD Gracias por el review.. :DD
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A veces la vida parece una obra de teatro. Incluyendo esas partes donde el drama o el morbo llegan a hacerse desagradables.
El demonio sonrió para sí mismo. Le encantaba cuando los humanos se embriagaban. Ese aroma lujurioso que despedían. Él nunca había probado una de esas bebidas "espirituosas" pero, le agradaba ver a sus contratistas beberlas. También había comido un par de almas en ese estado y, solo de recordarse le daba escalofríos. Deliciosas.
-Sebastián, - La voz de Vincent, mientras daba un golpecito a la copa con el cuchillo. – llénala. – Señaló el recipiente y, el mayordomo obedeció de inmediato, dejando caer el líquido carmesí dentro de la copa. - ¿Quieres más, amor? – Preguntó a Deborah.
-Hemos bebido casi tres botellas, Vincent… - La voz de la dama era una amalgama de sonidos. Estaba completamente ebria. – Mejor… mmm… mejor vayamos a tu oficina.
-¿Quieres que firme otro documento para ti? – Preguntó el hombre, riendo sonoramente. - Primero tendrás que utilizar esa lengua para limpiar la pluma.
Sebastián se dio la vuelta para que no le vieran reírse. Ese tenía que ser el estado más deplorable al que llegara un humano. Pero, ¿y Ciel?
De repente, Vincent giró la cabeza levemente para ver al moreno. - ¿Dónde está Ciel? ¿Por qué no nos acompañó a cenar? – Preguntó el hombre y, el demonio creía que le había leído la mente.
-El joven Ciel está indispuesto, amo. Dijo que necesitaba tiempo para descansar. – El mayordomo hizo una leve reverencia. – Ahora si me disculpa, iré a por el postre.
-¡Qué postre, ni que nada! ¡Quiero que traigas a Ciel en este momento! – Se puso de pie, agarrándose de la mesa. - ¿O tengo que ir a traerle yo mismo?
Sebastián le sujetó para evitar que se cayera. No fuera la de malas que se diera un golpe grave y muriera. El moreno no quería quedarse sin cena, por muy mediocre que ésta fuera. – Amo, por favor, espere. Yo iré por el joven Ciel, solo déjeme traerle el postre. – Algo tenía que ocurrírsele.
-Deja que traiga el postre, amor. – Interrumpió Deborah, quien deslizó una mano traviesa hasta el trasero del moreno y, apretó uno de sus glúteos. -¿Traerá algo delicioso?
-Sí… solo para usted… señorita Miller… - Jadeó Sebastián, la mujer sabía cómo fastidiar a alguien con esas manos tan rápidas y hábiles. – Ahh…
-¿Sucede algo, Sebastián? – Preguntó el mayor de los Phantomhive.
-No, señor. Es que… ¡ah! Me dio un calambre. Sí, un calambre terrible. Pero, iré a la cocina ahora mismo y, volveré con su postre. – Se disculpó con una sonrisa y, abandonó la habitación por la puerta de servicio.
Cerró ésta, recostando la espalda en ella. – Vaya… - Suspiró. Su cuerpo se estaba volviendo incontrolable. El menor roce o provocación le hacían ver estrellas y desear eso que antes ni siquiera le importaba. – Respirando, Sebastián. – Sabía que tenía que pensar en algo para ayudar a Ciel pero, su mente en ese momento estaba completamente nublada. Cerró los ojos, imaginando que no era Deborah, sino el ojiazul quien le tocaba en esa forma. Lo que le haría después de eso.
Mordió su labio inferior, apoyándose en la parte superior de uno de los mostradores de la cocina. Una mano se aferró a la espalda de su camisa en ese momento. ¿Podría ser Deborah?
-Seb… - El moreno se giró para encontrarse, no con la dama sino con Ciel. – Sebastián…
El primer impulso del mayordomo fue el sujetarle contra su cuerpo. El ojiazul sostenía la copa que le había quitado antes y la botella completamente vacía. – Sabía que esto sucedería. – Musitó el demonio, sonriendo ante aquel aroma que le encantaba. – Amo, huele muy bien, si me permite decirlo. – Sebastián le rodeó con sus brazos para evitar que cayera, su rostro muy cerca del cuello del menor, quien seguro había dejado chorrear el licor de su boca.
-Cá… cállate… - Gimió el menor. - ¿Crees que no te he visto? – A pesar de la ebriedad, Ciel sujetó la corbata del mayor con fuerza y, le atrajo hacia sí.
-Amo, le juro que no he tenido culpa. Ella me ha tocado por su gusto. – Explicó el mayordomo inmediatamente. El ojiazul se quedó pasmado.
-¿Qué diablos estás diciendo? – Balbuceó. – Hablaba de esto. – Su mano se dirigió a la entrepierna de Sebastián. Éste ni siquiera se había dado cuenta de su estado. - ¿En qué estabas pensando, demonio?
El moreno pasó saliva e hizo más fuerte el abrazo. – En usted. – Susurró. – Pensaba en lo que se sentiría que me tocara.
Las piernas de Ciel temblaron. A pesar de la ebriedad, algo le decía en su interior que se estaba acercando a terrenos demasiado peligrosos. - ¿Te gusta? – Frotó suavemente el miembro endurecido del mayor.
-¡Ciel! – Gritó Vincent afuera.
Sebastián lo tomó por los hombros. – Amo, escóndase. Si el amo Vincent le encuentra en este estado, no le agradará en lo absoluto.
-¡No me esconderé más de ese mujeriego que tengo por padre! – Exclamó el ojiazul, empujando al mayordomo y, trastrabillando al hacerlo. – Quiero que me golpee para odiarle más, para ya no darme cuenta de cómo empeora cada día. Lo hace solo por convertirse de nuevo en un noble… - Chilló Ciel.
-¡Ciel! – Vociferó el Phantomhive una vez más y, Sebastián pudo escuchar como la mujer trataba de calmarlo.
-Perdóneme, amo. – Sonrió picarescamente, tomó al menor por las axilas y lo aventó bajó la mesa del pan.
-¿Qué haces maldito demonio? – Protestó pero, el moreno ya le había lanzado un costal de harina encima.
-Silencio. – Dijo con una sonrisa. – No querrá que la harina se arruine por sus gritos, ¿verdad? – Ciel le miró sorprendido pero, entendió que era mejor estar callado.
Vincent abrió la puerta de un golpe en ese momento. - ¿Dónde está ese hijo mío? ¡Estoy cansándome de sus berrinches! Cuando lo encuentre le castigaré por ser tan descortés.
-Amo, por favor. – Sebastián se acercó al hombre, rogando mentalmente porque no notara el estado de su entrepierna. Ya se imaginaba las respuestas.
"Sebastián, ¿estás duro?"
"Lo estoy, amo."
"¿Te has puesto así por Deborah?"
"No, amo. Su hijo me puso así."
Sacudió la cabeza. No, no era una buena conversación en lo más mínimo. Milagrosamente, había logrado sujetar al hombre por los hombros. – El joven Ciel seguro creyó que usted deseaba un momento a solas con la señorita Deborah. Recuerde que él es un niño muy sensible.
"Sensible tu culo, demonio hablador." Pensó el menor, jugando a hacer un hueco en el costal con el dedo.
-Además, la señorita Elizabeth no le ha venido a visitar en este día y, eso pareció entristecerle mucho. – Conforme hablaba, el moreno veía que su mentira ganaba terreno e, igualmente, lograba empujar a Vincent un paso más hacia la puerta.
-Supervísalo. – Masculló Vincent. – Si le ves hacer algo indebido… ma- mañana me dices y… le doy una tunda como nunca antes lo he… hecho. – El hombre ya no era de este mundo, gracias a tanto alcohol.
-Lo haré, amo. Lo prometo. – Sebastián volteó, sabiendo que el menor podía verle y, guiñó un ojo. – Cuidaré de él toda la noche.
-Gr- Gracias. – Balbuceó el hombre y, con la ayuda del mayordomo cruzó la puerta. El moreno se quedó unos momentos más cerca de ésta. Pero, dejó de preocuparse al ver que tanto él como Deborah dejaban la habitación. Sonrió, y se alejó de la entrada.
-Como ve, amo. Su padre se ha marchado pero, me ha pedido que le cuide durante toda la noche. – Se agachó para retirar el costal de harina de encima del menor.
-¡Cállate demonio! – El efecto del alcohol comenzaba a pasar. No cabía duda, los jóvenes tienen siempre esos hígados indestructibles al principio. Luego, era como si todo eso se fuera perdiendo.
-Pero amo, solo puedo obedecer sus órdenes cuando no esté haciendo nada para su padre. Y, él me ha pedido que cuide de usted. – El moreno ayudó al menor a salir de debajo de la mesa, solo para acorralarle contra ésta. – No pienso hacer mal mi trabajo. – Su mano enguantada acarició la barbilla del menor.
-¿Qué quieres, Sebastián? – El ojiazul apartó la mano de Sebastián de un golpe.
-Ya se lo dije, lo quiero a usted. – Se inclinó para besar el cuello de Ciel suavemente. – Solo cosas permitidas, si usted así lo desea.
Ciel cerró los ojos, aferrándose a las solapas del demonio. – Mi padre también dijo que hicieras conmigo lo que consideraras propicio.
El menor desafiaba su resistencia y, Sebastián no creía ser un demonio lo suficiente mayor para poder contenerse ante la tentación. – Lo sé, amo. – Susurró, estrechando su abrazo a la vez que deslizaba una mano por debajo de la chaqueta del ojiazul. Cerró los ojos y sus labios devoraron el cuello del menor con mayor devoción. El sabor, el aroma, todo era perfecto. El moreno se sentía explotar de tantas emociones. Era el alma perfecta la que se escapaba por los poros de ese niño.
-Sebastián. – Gimió Ciel. Sus manos temblaron al aferrarse al cabello del mayordomo. Y, éste comprendió que debía ir despacio si quería disfrutar del verdadero placer de jugar con el menor, tal como Claude lo hacía.
-Tranquilo. No le haré daño alguno. – Sus manos desvestían el cuerpo del menor con delicadeza. Rápido pero, sutilmente. Se encontraron con un cuerpo delgado, de temperatura cálida y, tan de piel tan suave como la que recordaba de la última vez que le estuvo permitido tocarla.
-¿Quién ha dicho que quiero que seas delicado? – Esa pregunta sacó al moreno de su concentración. – Si quiero esto de un demonio, es porque quiero todo el salvajismo que alberga tu ser. – Ciel tomó la corbata de Sebastián con la otra mano y lo atrajo hacia sí. - ¿Es que nunca se lo has hecho a un hombre?
El moreno pasó saliva. – Nunca, amo. Pero, si mis habilidades son tan grandes como mis deseos, usted quedará plenamente satisfecho.
El ojiazul asintió, justo antes de desbocarse contra Sebastián. Le besó salvajemente, intentando poner en práctica todo su conocimiento y la poca experiencia que tenía. El demonio correspondió el beso, acariciando la espalda del ojiazul.
Si alguien hubiera descrito en ese momento al moreno, utilizaría una sola palabra: Inseguro. Sí, porque las veces que sus contratistas masculinos le habían pedido un "favor" de esos; se limitaban a ponerlo de rodillas y hundirle el rostro entre sus piernas hasta que el demonio entendía que debía dedicarse a lamer y succionar. Ese sabor que dejaban en su boca no era exactamente desagradable, era la forma en que le obligaban la que le molestaba.
Ciel sonrió. – Creo que conozco el lugar prohibido para hacerlo en esta cocina.
-¿Ah sí? – Sebastián sonrió también, lasciva y curiosamente. El menor deslizó su mano sobre la mesa de "pan y pasta". Ésta estaba llena de harina pues, el cocinero había trabajando en ella. – Se molestará, Bard. – Y al decir esto, Sebastián dejó caer sus guantes al suelo.
-Soy su jefe, no puede hacer nada contra mí. – El ojiazul atrajo al mayordomo. El demonio se deshizo de sus prendas superiores, dejando su pecho al desnudo para disfrute de su amo. El brazo de Ciel le rodeo por el cuello, mientras su mano acariciaba su pecho.
Sebastián empujó al menor hasta la mesa y le sentó sobre ella de un aventón. El ojiazul mordió su labio ante el contacto fuerte del moreno. Era de eso de lo que tenía ganas. Si no podía experimentar amor, experimentaría lo que era el sexo de verdad. El demonio se arrodilló en la mesa para luego andar a gatas sobre ella hasta alcanzar el extremo donde se encontraba el menor.
Ciel se estremeció, cuando el cuerpo del demonio le apresó contra la mesa, haciéndole lanzar un gemido de placer. La mano de Sebastián descendió hasta su miembro, acariciándolo generosamente. - ¡Ah! Maldito…
-¿No le gusta? – Y eso era lo que el ojiazul adoraba. Ese respeto que el moreno le demostraba. Sentir que era él quien lo dominaba y, nadie más.
-Sé que puedes hacerlo mejor. – Le retó.
Sebastián sonrió, deslizándose sobre la mesa hasta que su rostro se encontró con el falo de Ciel. Le miró una vez más, sin cambiar de posición, simplemente llevando su mirada carmesí a la azul del menor. Sus labios estaban entreabiertos, mordiendo su propia lengua con sus muelas para que el moreno no viera lo deseoso que estaba. Se había apoyado en la mesa y, ahora sus manos estaban llenas de harina, la cual jugueteaba entre sus dedos.
El moreno cerró los ojos e introdujo la punta del falo en su boca. Un gemido ahogado llegó hasta sus oídos. El miembro del menor se tornó duro y, por consecuencia, el suyo. – Amo… - Jadeó Sebastián, antes de deslizarlo completamente en su cavidad bucal. Su nariz frotó suavemente contra el vello púbico de éste. – Mmm… - Sin darse cuenta de sus movimientos, aferró sus manos a las caderas del menor, mientras su cabeza subía y bajaba, succionando. La pre- eyaculación de éste le había provocado un escalofrío. Ahora quería más. Por primera vez, quería todo ese sabor para él.
Las manos enharinadas de Ciel llegaron a su cabello, aferrándose a él nuevamente. El polvo blanco entre los cabellos azabaches y, el ojiazul solo quería gritar el nombre de ese demonio. – Más… rápido… - Forzando las palabras, sentía que hasta su garganta palpitaba de placer.
El mayordomo aceleró los movimientos, repasando con su lengua ese espacio en el falo de Ciel que hacía a éste retorcerse de placer. Masajeó la base y los testículos dando ligeras mordidas a la punta. El ojiazul dobló una rodilla, dando más espacio al demonio. Sentía que explotaría en cualquier momento.
-Por favor, amo. Déjeme probarlo. – Musitó el moreno, acariciando la cara interior del muslo del menor, mientras su lengua suplicaba por obtener una recompensa.
-¡Ah! – Las manos de Ciel se tensaron en torno a su cabello, dejando su esencia fluir en la boca de Sebastián.
El demonio gimió sonoramente, aquel era el sabor del alma de Ciel. Parecía como si todo el amor, el dolor, la felicidad, la arrogancia y, todos los demás sentimientos que el menor experimentaba estuvieran contenidos en esa pequeña porción de él.
No sintió cuando pero, su voz pidió al menor darse la vuelta. Ciel le obedeció y, Sebastián se lanzó sobre él, penetrándole en una sola estocada. Su cuerpo le estaba exigiendo una atención que nunca antes había parecido necesaria. – Ciel… - Susurró, esperando que el menor no le escuchara y reprochara su falta de respeto.
El interior del ojiazul había rechazado al principio la intromisión pero, ahora comenzaba a volverse dócil. Ciel gemía, ya ni siquiera ponía esfuerzo en detenerse sobre la mesa; el peso de Sebastián le había hecho quedar acostado sobre la mesa, dejando al demonio poseerle a su antojo.
El moreno lamió el cuello del ojiazul como si fuera un gato, cada gota de sudor con esa poca de maldad y frialdad que había dentro de él. Deslizó un brazo por debajo del cuerpo de éste, acercándole más a su miembro y, dando unas estocadas más certeras y profundas. No quería a nadie más, ahora solo quería explotar entre esas entrañas tibias que le acogían con tantas ganas. Seguro, Ciel sabía cómo eran esas relaciones desde antes, a diferencia de él que lo había hecho por puro impulso.
Sus caderas comenzaron a moverse más de prisa, estaba tan cerca que quería gritar y tirarse del cabello. – Sebastián… ahh… ¡ya! Por favor, ¡acaba! Quiero… - Jadeó el menor, y Sebastián deseaba lo mismo, solo que como todo siervo, se obligaba a sí mismo a ser silencioso y satisfactorio. – Gime, quiero escucharte. – Ordenó Ciel.
-Mmm… me gusta lo apretado que es, amo. Veamos, cuántas embestidas más aguanta. – Gimió el moreno. El cuerpo del menor estaba resbaloso por el sudor, y, el suyo no era la excepción. – Uno… Dos… - Sebastián contaba las estocadas, entre jadeos. Ciel cubrió su boca para no gritar. Cada estocada se la ponía más dura y, no podía. Ya no podía resistir más. – Tres… Cuatro… Cinco…
-¡Ahhhh! – Gimió el menor, viniéndose de una vez. El mayordomo había agarrado su miembro y, eso había sido demasiado. La entrada del ojiazul se estrechó alrededor del demonio y, este había terminado por ceder. Un espasmo recorrió su cuerpo mientras llegaba al orgasmo.
Cuando Sebastián abandonó su cuerpo, Ciel se dio la vuelta y quedó acostado en la mesa. El moreno se recostó a su lado. Ambos cubiertos de harina. La mesa que solo servía para hacer pan, hasta antes de esa noche, claro.
-Sebastián... - Musitó Ciel, dándole la espalda para que el moreno no pudiera ver la sonrisa picaresca que había en su rostro. - quiero pan recién horneado mañana.
-Pero, tendré que limpiar la mesa primero... - Entonces comprendió lo que el menor quería. Quería algo que tuviera un poco del sabor que sus cuerpos hubieran dejado en el mueble. - Lo tendra, amo. Tendrá un delicioso bollo para desayunar. - Y se acercó para besar el hombro del menor. Lo habría lamido de haber podido pero, era mejor contenerse.
