Respuestas a reviews:
Katha phantomhive: Sí, al fin salió el lemon.. XDD Qué bueno que te gustó! jajaja, XDD Todos estaban ebrios causa de la festividad de San Valentín creo. Vincent sabe bien que Deborah no lo quiere, él tampoco la quiere a ella; así que se desquita con Ciel. Ciel por su parte, ama a Sebastián pero, bah.. no se atreve demasiado porque teme salir mal de la situación. Gracias por la comprensión.. :DD y ahora sí, actualizaré un poco más seguido jajaja.. XDD Gracias por el review! :DD
Hime-Sora: Entiendo que ya estés cansada de Vincent.. jajaja, es que el hombre no se da a querer ni un poquito.. Ahh pueda, que ya pronto le pase algo.. creeme, aunque quién sabe jajajaj. Espero que este nuevo capítulo te guste también. XDD Gracias por el review! :DD
AezeMy: Yo también te quiero! jajaja, no importa que no te conozca tampoco.. jajaja.. :DD Y me alegro que te haya gustado la escena y, pues, ahí Sebastián perdió la virginidad.. XDD ?) Gracias por el review! :DD
Micchu-TheVamp: Gracias! :DD me alegro que te haya gustado y, es un honor que piense en esa forma de mí.. *-* Por aquí está ya el capítulo 6... 6 de 10 por cierto así que ya vamos a la mitad.. Gracias por el review! :DD
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Sebastián se retorció en la cama y picó su cabeza. Algo no andaba bien con su cabello. Seguro era culpa de la harina que el menor puso en su cabello la otra noche.
-¿Qué pasa, Sebastián? - Una voz femenina le hizo dejar de pretender que dormía y sentarse en la cama. - ¿Tu cabeza necesita algo?
-Se-señorita Miller, - Y él que no era de tartamudear pero, la presencia de la mujer en otro de sus ajustados vestidos le hizo perderse en lo que estaba diciendo. - ¿qué hace usted aquí?
-¡Vaya pero, qué mayordomo tan atrevido! - Protestó la mujer. - Soy la prometida del dueño de esta mansión. ¿Es qué acaso los sirvientes tienen derecho a privacidad aquí?
-Pero, estoy desnudo... - Musitó el moreno. - Si usted me diera, cinco minutos, señorita. Yo me presentaría ante usted como es debido.
-Tal vez quiero que te presentes ante mí así como estás. - La mujer avanzó lentamente hacia la cama del mayordomo mientras desabotonaba su vestido del frente. No era como los que usaban las mujeres de esa época usualmente. Deborah tenía su propia modista y no le permitía practicar estilos de vestidos que usaran todas las demás mujeres de la sociedad. El vestido cayó al suelo, dejándola completamente desnuda.
Sebastián le miró boquiabierto. No sobraba ni faltaba nada en ese cuerpo. Era estilizado. Los pechos no eran grandes ni pequeños y, sus caderas eran tan anchas como delicadas. – Señorita Miller… - Jadeó el moreno, deseando que alguien le diera un golpe por estar imaginando esas cosas.
La mujer se sentó sobre el regazo de Sebastián y, la humedad de su sexo podía sentirse aún por debajo de la sábana. El mayordomo llevó una mano hasta el muslo de Deborah, quien gimió suavemente ante el contacto. - ¿Por qué no me dejas levantar la sábana y darte lo que mereces? – Susurró.
Sebastián pasó saliva. No, no era lo que debía estar haciendo. Se estaba dejando llevar por un impulso loco de su cuerpo. –Ciel… - Gimió el demonio, empujando de inmediato a la mujer. Ésta cayó fuera de la cama y lanzó un grito histérico. - ¡Criado estúpido!
-Lo siento, señorita Miller pero, no… soy solo un empleado y, no podría aprovecharme de la prometida de mi amo. – "Aprovecharse", ni Sebastián se creía eso. Era ella quien iba a aprovecharse de él.
El moreno se puso de pie y, fue rechazado cuando quiso ofrecer su ayuda a Deborah. La mujer no quería siquiera verle. - ¡Mayordomo ridículo! – Recogió el vestido del suelo y se dedicó a abrocharlo nuevamente.
Sebastián humedeció una toalla y limpió su cabello. Ahí que Deborah viera cómo se las arreglaba sino quería su ayuda. No creía que fuera a decírselo a Vincent pues, no era tan ingenua como para acusarlo y correr el riesgo que él le descubriera ante el hombre con la realidad de los hechos.
-Sebastián, ¡ya casi es hora del desayuno! – Llamó Bard el cocinero desde afuera. Pero al ver que no obtenía respuesta por parte del moreno, abrió la puerta descuidadamente.
-La madre que me… - El rubio se quedó paralizado. Sebastián se llevó una mano a la cabeza. Todos parecían invadir su habitación esa mañana. La castaña ya se había vestido pero, el cocinero sospechó lo que sucedía ahí. – Perdóneme, señorita Miller. No vuelvo a interrumpir. – Se disculpó, con una sonrisa sarcástica en el rostro. Tenía que contarle esto a MeyRin. "Sebastiancito" al fin había decidido probar mujer. ¡Ese sí era un chisme gordo! Y él que ya culpaba al mayordomo de homosexual. Interesante.
-Lárguese. – Masculló la mujer, sin demostrar mayor emoción.
-Claro. – Se regresó para preguntar. – Eh, ¿no desea algo en especial para desayunar?
-No. – Deborah aún no perdonaba la ofensa de Sebastián. Su desprecio. Y, cualquier signo de apetito había desaparecido. – Lárguese.
"Pelea de pareja", pensó Bard. "¡Ah! Pobre Vincent, le pusieron el cuerno.", se decía mientras andaba alegremente hasta la cocina, mascando su acostumbrado cigarro matutino. No le estaba permitido fumar entre la casa en consideración al asma que padecía Ciel.
-MeyRin. – Llamó el rubio al entrar a la cocina.
-Estoy aquí. – Respondió la muchacha con la voz rasposa. – Pero, tienes que acercarte. Tengo la garganta inflamada y no puedo hablar fuerte. – Tosió. Sin embargo, no interrumpió en lo absoluto su tarea de fregar los platos.
-¿Te has enfermado? – Preguntó el cocinero, preocupado.
-Sí, y todo por causa tuya. ¡No me habría enfermado de no necesitar levantarme antes para limpiar esa mesa! – Protestó la pelirroja. - ¡La has dejado asquerosa! ¿Es qué acaso dormiste sobre ella?
-No. – La voz del muchacho chilló ligeramente. Mentía en parte, pues él sabía que había hecho un desorden. Aunque no creía que hubiera sido tan grande. – Perdóname.
-No debería. – Susurró. – Pero, ¿qué era eso que querías decirme?
-¡Ah, eso! – Sonrió, emocionado nuevamente. – He encontrado a una mujer en la habitación de Sebastián.
-¿Una mujer dices? – La joven le miró extrañada. Sabía que Sebastián tenía otro tipo de intenciones con Ciel. ¿Tan pronto se le habría esfumado la ilusión? ¿O bien intentaba volver al camino correcto? – Raro.
-¿Raro por qué? – Ciel estaba de pie detrás de ambos, sosteniendo un pedazo de torta de chocolate. – Seguro como cualquier otro hombre necesita tirarse a una muchacha tonta. – Agregó con sequedad.
Bard y MeyRin se miraron sorprendidos. El ojiazul jamás se servía algo de comer por sí mismo y, mucho menos se levantaba de la cama en pijama para comerlo. Tenía que estar muy cansado o, muy deseoso de llegar a la cocina.
-Joven amo, ¿le molesta que Sebastián haga ese tipo de cosas? – La pelirroja no soportaba la curiosidad.
-No. Yo solo hacía un comentario. – Ciel se dio la vuelta y, marcho de vuelta a su habitación. Su rostro se tornó triste. Sebastián únicamente gustaba de jugar con él. Se había levantado temprano para verle en la cocina y, se encontraba con el otro par de sirvientes comentando sobre cómo el moreno se tiraba a alguien en su habitación por las noches. – Maldito. – Masculló. – Pero esto no se queda así.
-Se le ve molesto. – Recalcó MeyRin en voz baja. - ¿No crees?
-Lo está. Es mejor no decir nada pero, se molestaría más si supiera con quién estaba Sebastián. – Murmuró el rubio.
-¿Con quién?
-Con la señorita esa. La que es toda remilgada y sale con el Vincent.
-¿Deborah Miller? – Preguntó la joven, incrédula.
-¡Esa! Ese Sebastián es un suertudo por gustarle a mujeres como esa. – Suspiró con envidia Bard.
Sebastián entró entonces a la cocina. Llevaba la chaqueta colgada en un brazo y, arremangaba su camisa mientras caminaba. Colocó la chaqueta en una silla y se amarró el delantal. En su cuerpo aún la sensación del orgasmo no culminado. ¿Por qué sufría de esas extrañas sensaciones? Y esa estúpida moralidad que no le había dejado hacerle a Miller lo que hacía con Ciel. Más allá de las reglas claro, las cuales eran muy estrictas y… algo le decía que eran mejores los premios que recibía sobre la mesa de la cocina que los castigos que el menor podría darle.
-¿Y bien? ¿No vamos a servir el desayuno? – Preguntó tan jovial como pudo. Aunque bien sabía que Bard le había encontrado en la supuesta "faena" matinal.
-Seguro, "Sebastiancito". – Dijo el rubio, codeando al moreno.
-¿A qué se debe eso, Bard? - Sebastián pretendía no saber.
-No te hagas. Eres un suertudo. Que la vieja esa cambie al Phantomhive por ti. – Guiñó un ojo al mayordomo.
-Entre la señorita Miller y yo, no sucedió nada. – Sabía que eso era muy poco probable que alguien lo creyera. Sin embargo, dudaba que se lo comentaran siquiera a Ciel. No tenían por qué, ¿o sí?
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Sebastián sirvió el desayuno. Ciel se presentó por sí solo. No espero que el moreno le vistiera o arreglara el cabello. Lo hizo él mismo y, parecía que el menor comenzaba a valerse por sí mismo mejor que antes.
Durante la comida, Deborah no apartó la vista de Vincent. El hombre por su parte lucía embobado y, Sebastián agradecía mentalmente a la mujer que supiera un poco acerca de cómo comportarse.
La castaña no le miró siquiera una vez.
Ciel, por su parte, se preguntaba quién podría ser la mujer a la que el moreno había metido en su habitación. Hasta los dientes le rechinaron en ese momento. Seguro había tragado lo que tenía en la boca y no lo había notado. "¡Qué rabia!", decía en su fuero interno.
-Joven amo, ¿gustaría de algo más de comer? – Preguntó la aterciopelada voz de Sebastián en el oído del menor.
-No. – Hizo acopio de todas sus fuerzas para no insultarle ahí mismo. – Solo recuerda que cuando termines tus tareas te quiero ver en mi habitación.
-Por supuesto. – Respondió el mayordomo, dedicando una leve inclinación hacia el niño.
-Con permiso, padre y, señorita Miller. – Dijo Ciel, levantándose de la mesa. – Debo marcharme a continuar con mis estudios. – Aunque en realidad se habría marchado con cualquier clase de justificación. No quería ver a ninguno de los presentes.
Caminó vagamente por el pasillo sin saber exactamente qué hacer o adónde ir. Su padre no le permitía dejar la mansión por mucho tiempo. Era raro el día en que podía salir y ver el mundo exterior sin que su padre le estuviera presionando con cosas como: "Ciel, esa postura no es la indicada."; "Ciel, no debes hablar con extraños." O "Ciel, no te comportas como un noble sino como un niño que vive debajo de un puente." Cada una de sus palabras era igual o peor que la anterior.
Sin querer, llegó hasta la oficina de su padre y, entró. No le gustaba esa oficina ahora. Cada vez que la viera recordaría que ahí era donde su padre estaba con Deborah Miller. Le parecía un asco. Sin embargo, aún cuando se esforzaba no conseguía que lo suyo con Sebastián también se lo pareciera. Suspiró. Fue hasta donde su padre dejaba la fusta con que le golpeaba y la tomó. Sonrió picarescamente.
Ahora sabía cómo castigaría a ese mayordomo.
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El demonio se coló en la habitación, tan sigiloso como siempre. Lástima que no lo suficiente para engañar al ojiazul.
El menor abrió un ojo. Solo un poco para ver la cara del mayordomo, quien seguro ahora pretendería haber llegado hace mucho, aunque no lo dijera por la prohibición que tenía sobre las mentiras.
Ciel pretendió desperezarse en ese momento. – Veo que has llegado.
-Estoy aquí para servirle, amo. – El menor se sentó en la orilla de la cama y, Sebastián apoyó una rodilla en el suelo para verle de frente. Tomó su barbilla y le besó la comisura de los labios.
Ciel lo apartó de un empujón. – Basta.
El mayordomo le miró sorprendido. – Pero, amo… yo… - La otra noche había sido demasiado para el joven demonio. Tenía tantos deseos de probar más que, creía no podría contenerse si Ciel no le ordenaba volver a poseerlo.
-No tienes suficiente conmigo, según veo. – El ojiazul se puso de pie y tomó la fusta, dando ligeros golpes contra su mano mientras caminaba por la habitación. – El cocinero me lo ha dicho.
Sebastián retrocedió. – Amo, yo… puedo jurarle que no ha sucedido nada. La señorita… - ¿Qué tanto sabía? Eso era lo que el mayordomo deseaba saber. ¿Qué tal si hablaba de más?
-¡No me importa saber quién era! Si era una señorita o una vulgar prostituta. – Exclamó Ciel. – Lo único que sé es que eres asqueroso. E insaciable. Aunque lo segundo me conviene mucho. – Sonrió con malicia. – Quítate la ropa.
-No lo haré. No dejaré que me humille de esa forma. – Protestó el moreno.
-Bien. Aunque es una lástima que no vayas a probar nuevamente mi alma. – El ojiazul le sorprendió con una expresión que rayaba entre lo inocente y lo malvado. – Una regla rota y no castigada, causa la inmediata ruptura de cualquier contrato.
Sebastián frunció el ceño. - ¿Qué hará conmigo?
-No te lo diré. No tengo porqué hacerlo pues, las reglas claramente decían que el castigo sería ordenado por el amo. – Sonrió nuevamente. – Ahora quítate la ropa.
El demonio hizo una mueca. – Como ordene… amo. – No le parecía demasiado buena la idea. Pero, la obedeció de igual forma. Se retiró la chaqueta, luego el chaleco. Entonces, se dio cuenta que era mejor quitarse los pantalones de una vez, pues, sería lo que el chico querría ver.
Se bajó la ropa interior. Solo la camisa, arrugada de la parte inferior por encontrarse dentro de los pantalones, cubría parte de su miembro. Ciel le miraba atento. Sebastián desabotonó la camisa y, la dejó caer al suelo, junto al resto de su ropa.
-Woof. – Ciel ladró y, luego sonrió. – Quiero que te arrodilles y coloques en el suelo como si fueras un perro. – Señaló la alfombra. – No, no al lado de la cama. Aquí. En medio de la habitación.
Sebastián avanzó. Se arrodilló mientras sonreía seductoramente al ojiazul. – Aquí me tiene, amo. Disponga usted de mí.
Ciel no pudo evitar sentir un cosquilleo en el cuerpo cuando vio el miembro de Sebastián colgar debido a la posición. –Bien, ya que te gusta experimentar cosas nuevas. Yo gustosamente te mostraré una. – El menor acarició el trasero de Sebastián suavemente y luego, tomó la fusta y lo golpeó una vez.
-¡Ah! – El moreno no pudo evitar gemir de dolor. El golpe le había agarrado por sorpresa y, terminó con las sensaciones que la caricia de Ciel comenzaba a despertar.
-¡Vaya, vaya! Los demonios sienten dolor. – Gratamente sorprendido de la reacción del mayordomo. - ¿Te volverás a acostar con alguien más? – Preguntó, golpeando por segunda vez.
-¡Ah! Crea lo que quiera. – Otro golpe le hizo mantener la boca cerrada. Los golpes le dolían como a cualquiera, solamente que no eran capaces de dejar una marca como sucedía en la piel humana.
El ojiazul deslizó la fusta en medio de las piernas del moreno, tocando su miembro con ella. – Es esto lo que debería castigar. – Susurró Ciel.
Un escalofrío atravesó la espalda de Sebastián. Su falo parecía no ser parte de él cuando sentía dolor pero, ahora que el menor le tocaba en esa forma, creía que tendría una erección de un momento a otro.
-¿Te gusta? – Jugueteó un poco más y, luego en un rápido movimiento le golpeó nuevamente. Rió ligeramente ante el quejido ahogado de Sebastián. Se arrodilló detrás de él. – Voy a castigarte de una mejor forma. Te mostraré lo sucio y pecaminoso que es tu cuerpo.
-Aceptaré el castigo sin darle más gusto, amo. – El demonio se sentía demasiado humillado como para continuar con el juego.
-Como quieras. - Ciel se encogió de hombros y deslizó la fusta en la entrada de Sebastián. Fue lento, no quería lastimarle. Ahora quería hacerlo tragar sus palabras y gemir hasta que no pudiera más.
El moreno estrechó su entrada contra el objeto. Había algo que no quería que alcanzara. – No, amo…
-Silencio. – El ojiazul sacó la fusta un poco y volvió a meterla más profundo.
-Mmm… - Y el objeto se deslizó dentro de él, alcanzando su próstata y haciéndole estremecerse. Quería más.
Ciel notó el efecto de su travesura y comenzó a embestir el trasero del moreno con la fusta. Apoyó una mano en él. Metiendo y sacando rítmicamente. - Ni te atrevas. - Masculló, al ver la intensión de demonio de llevar una mano a su endurecida entrepierna. - Te correrás cuando yo lo quiera.
Sebastián cerró los ojos y, olvidando su orgullo, comenzó a mover las caderas contra el objeto, penetrándose a sí mismo. - Arg...
El ojiazul movió la mano con mayor velocidad, haciendo que el mayordomo jadeara. - Júrame que no te acostaste con otra.
-Se lo... juro, amo... - El moreno empuñó las manos y, echó la cabeza ligeramente hacia atrás. - No... ahh... ¡no puedo más!
Ciel llevó una mano hasta el miembro endurecido de Sebastián, el líquido preseminal se había corrido entre sus piernas, dando al ojiazul una ligera humedad para darse el gusto de masturbarle. Con una mano movía frenéticamente la fusta mientras, con la otra le acariciaba. Él mismo estaba sufriendo una erección por ver al mayordomo en esa forma. -Córrete. - Susurró en el oído del demonio. - Es una orden.
Un par de estocadas más y el cansado cuerpo del demonio cedió, derritiéndose como mantequilla en las manos de Ciel. - Ciel... - Gimió, viniéndose en la mano del menor.
-¿Qué has dicho? - Preguntó el ojiazul arrogantemente.
-Nada, amo. Nada. - Se dejó caer al piso, aún jadeando. Se apoyó en sus brazos pero, éstos aún temblaban por tanta excitación. El orgasmo le recorría las piernas y el resto del cuerpo, dejándole esa sensación embrigante.
-Sebastián, te amo. - Susurró, retirando la fusta y dedicándose a mirar al mayordomo en el suelo.
-¿Qué? - Sebastián había escuchado esa frase claramente.
-¡Nada! ¡Vístete y continúa con tus quehaceres! No quiero nada más de ti... por hoy.
El mayordomo se puso de pie. Ciel estaba de espaldas. Solo podía ver la fusta en su mano. Sonrió satisfecho y, recogió la ropa del suelo para volvérsela a poner.
El ojiazul escuchó cada ruidito que hizo el demonio al vestirse. Espero a que saliera y, entonces llevó a su boca la mano en la que le había quedado la esencia de Sebastián. Ese demonio era suyo y, le castigaría cuántas veces fueran necesarias para conseguir su completa obediencia.
