Respuestas a reviews:

Micchu-TheVamp: Yay! jajaja, espero hayas recuperado tus ovarios.. XDD Muchas gracias por seguir la historia y el review! :DD

AezeMy: Gracias! Me alegro muchísimo que disfrutes de mis fics. Es un honor en serio. :DD Especialmente cuando he leído el tuyo y, es hermoso. :DD Y, bueno, sobre Deborah, aún tendremos un poco más.. XDD Gracias por el review.. :DD

Katha phantomhive: Hola! Sí, como lamento que últimamente he sido tan lenta para actualizar. ._. Sebastián uke, jajaja. Sí, era algo así, sobre todo para atentar contra el orgullo de Sebastián. O.O Deborah quiere tener a Sebastián porque ni siquiera aprecia a Vincent, solo le utiliza. Ahora que Ciel ame a Sebastián.. u_u todavía no lo aceptará en verdad creo. XDD Gracias por el review! :DD Espero te guste el nuevo capítulo.

mininahermosa29: No le creas demasiado a este Ciel, porque es demasiado egocéntrico y, jamás hace nada sin sacar provecho. Ya verás por qué te lo digo.. :DD Espero que te guste este capítulo y, gracias por el review.. :DD

Hime-Sora: ¡Qué bueno que te gusto el capítulo! Y, creo que tú me has leído la mente porque justamente algo así está planeando Ciel.. jajaja. Muchas gracias por el review! :DD


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La rubia sonrió, levantó la vista y deslizó otra pieza en el tablero de ajedrez. Le había tomado tiempo. Sin embargo, ahora comenzaba a representar un verdadero oponente para el ojiazul. Y no era que se quejara pero, el comportamiento de éste, comenzaba a fastidiarle. Esas miradas clandestinas que se dirigía con Sebastián.

Había tenido tiempo para darse cuenta de qué se trataba la rutina. El mayordomo entraba en la habitación, ofrecía té y pastelillos; luego, los servía y, su mirada se encontraba con la de Ciel. El ojiazul le dedicaba un seco gracias pero, sus ojos decían otra cosa.

Elizabeth jamás había sido celosa. Aunque , esta situación comenzaba a sacarla de quicio.

"Pedófilo.", decía la rubia en su interior. "¡Ciel podría ser su hijo, por lo menos su hermano menor!" ¿Sería que todo era producto de su imaginación? No, se repetía. Ella no era tonta.

-Jaque mate. – Musitó, deslizando una última pieza. Su interlocutor levantó la mirada sorprendido. - ¿Qué? ¿Tú me has vencido?

-Quizás si hubiera estado concentrado en el juego, me habría sido más difícil. – Ese par de años que habían pasado desde que Ciel no era capaz de enseñar a la rubia a jugar ajedrez habían quedado muy atrás.

-Estaba concentrado. – Masculló el ojiazul, bebiendo de su taza de té con estilo.

-Lo habrías estado si no hubieras tenido los ojos puestos en Sebastián todo el tiempo. – Susurró la joven. No había podido callarlo. Ciel levantó la vista y, observó en ella el mismo rostro amargo de su tía Frances.

-No es cierto. Jamás veo siquiera a ese mayordomo.

-¿Crees que no lo noto? – Reclamó Elizabeth. – Ciel… - Deslizó dos dedos en el puente de su nariz y miró hacia abajo. - ¿por qué miras de esa forma a Sebastián?

-Porque le quiero como mi aliado. - Dijo el menor, casi atragantándose con el té que bebía.

-¿Aliado? - La rubia movió la cabeza en desconcierto. - ¿Para destruir a tu padre? ¿Eso es lo que buscas, Ciel?

-Elizabeth... - A veces parecía que leía sus pensamientos. - Es más complicado que eso. No quiero destruir a mi padre pero, a veces... - El ojiazul tomó una bocanada de aire antes de continuar. Sus palabras debían ser convincentes. - la forma en que me trata me resulta demasiado humillante y, temo que tú y yo jamás podremos casarnos mientras yo esté bajo sus reglas. Solo mi madre deseaba nuestra unión.

-¿Solo tu madre? – Preguntó la joven con preocupación. Ciel sonrió mentalmente. Ya la tenía.

-Si mi padre no nos permite contraer nupcias nunca…

-Mi juventud se perderá… me quedaría soltera y, eso sería una vergüenza para mi familia. – Estalló la rubia. - ¿Y tú crees que Sebastián nos ayudará?

-Sí. Es el sirviente más cercano a mi padre. Si él le propusiera permanecer a mi lado siempre, mi padre seguro pensaría que nuestro matrimonio iba camino al éxito. Pero, en caso contrario, no creo que lo permitiera pues, su mayor deseo es mantenerme a la vista. – Explicó Ciel con frialdad.

-En ese caso, hemos de pedirle que nos acompañe. - Pleno convencimiento por parte de Elizabeth.

-Se lo propondré y, no creo que se niegue. - Dijo el ojiazul. Sin embargo, la pregunta llegó: ¿Cómo haría para que Sebastián se fuera con ellos si su padre era el que le había contratado? Sebastián no podía alejarse de aquella casa. Era como si estuviera pegado a su padre.

-Ciel... ¡Ciel! - Exclamó la joven, al ver la mirada perdida de su prometido.

-Perdóname, Elizabeth. Creo que repentinamente me he dejado de sentir bien. - Masculló, fastidiado por no conocer la respuesta a su predicamento.


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Ahora que todo estaba en silencio, tomó el libro que había dejado abandonado esa mañana y pretendió leerlo. La noche anterior se había desvelado pensando y, la visita de su prima y futura esposa de esa mañana no le había dejado "tan bien" como buscaba. No podía sacarse de la mente ese momento de... ¿sinceridad? No, no podía haber sido eso. Tenía que haber sido un momento de debilidad. Decirle al demonio que lo amaba, ¡qué estupidez tan grande!

Porque, era mentira, ¿o no? Él jamás había sido de demostrar afecto a nadie y, menos a un demonio que en realidad jamás podría amar a nadie. Aunque no podía negar lo mucho que ese demonio le afectaba. La forma en que le veía. Mordió su labio inferior al recordar sus jadeos, la forma en que se despeinaba su cabello cuando tenían sexo. Le encantaba pero, eso no quería decir que le amara en verdad. O por lo menos, eso gustaba Ciel de creer.

Sus intereses iban mucho más allá del amor o desamor del mayordomo. Estaba cansado de las humillaciones de su padre y, justo después de castigar al moreno había decidido casarse con Elizabeth. Eso significaría su libertad. Sin embargo, sería su atadura a la rubia y, la renuncia a Sebastián. Ahora que lo examinaba con la cabeza fría, se daba cuenta que la historia que inventó para la rubia era una mera utopía. Su padre, jamás dejaría ir a Sebastián. Nunca, el hombre le había contratado para que le protegiera.

Abrió el libro y se quedó estático ante una fotografía.

"Miller", musitó y, su rostro se iluminó con una sonrisa.

-Le he traído té y galletas, amo. - La voz del moreno le hizo despertar de su ensoñación.

-¿Y no has podido tocar la puerta antes de entrar? - Levantó la vista, imaginando lo que diría el moreno si hubiera estado pensando en voz alta.

-Lo he hecho varias veces pero, usted no me ha respondido. Creí que estaba dormido. - El moreno mordió suavemente su labio inferior en medio de una sonrisa y, el ojiazul sintió un cosquilleo en el cuerpo.

El menor tomó la taza del té, le dio un trago y volvió a abandonarla en el platillo. - Arrodíllate, demonio. - Ordenó. El demonio se acercó, sonriente y elegante. Se arrodilló frente al menor y le miró a los ojos. - ¿Solamente, amo?

Ciel se mordió los labios y fue incapaz de resistirse. Tomó al demonio por la corbata y le besó. Éste de inmediato respondió, deslizando su lengua en la cavidad bucal del menor y, saboreando el té que acababa de preparar. Sus manos se dirigieron a la espalda baja del ojiazul para aproximarlo un poco más hacia su persona. - ¿Quiere decir esto que el castigo ha terminado?

-Sí, ha terminado. - Respondió Ciel, jadeando levemente mientras deslizaba sus dedos entre los cabellos azabaches de Sebastián. - Hueles delicioso pero, tengo algo en mi habitación que te haría oler aún mejor. - Agregó para cambiar el tema.

-¿Habla del agua de colonia que uso? - Preguntó el moreno con fastidio, imaginando que su amo se burlaría.

-Sí. Pero, recuerda que una de las reglas dice que siempre debes estar perfumado para mí, perfumado a mi gusto. - Afirmó.

-Lo sé, amo. - Asintió Sebastián, dejando que sus ojos carmesíes vieran a los de Ciel luego, hacia el suelo. Sabía que debía mostrar humildad ante el mocoso aún si era fingida. Haría todo lo que le pidiera, así fuera asqueroso o morboso. Todo, con tal que el menor volviera a repetir lo que había dicho el día anterior. No era que él creyera en el amor pero, que un humano se humillara de esa forma era sensual. O por lo menos eso quería creer el mayordomo. - Si gusta, podemos ir a su habitación y buscarlo.

-Vamos. - El menor se puso de pie y avanzó hacia la puerta, luego por el pasillo que conducía a su habitación. El demonio le siguió desde atrás. Dentro suyo se mezclaban una serie de sensaciones que no sabía identificar.

Llegaron a la habitación y, Ciel se paró de puntillas hasta alcanzar un frasco. Sebastián le ofreció ayuda pero, el ojiazul quiso hacerlo solo.

-¡Vaya! ¿De dónde la ha obtenido, amo? Si no es molesta la pregunta. - El moreno destapó el frasco y le dio una olida. Era definitivamente uno de los mejores perfumes que habìa tenido el gusto de oler.

-Mi padre me lo regaló hace algún tiempo. Tengo muchos y, quisiera darte ese. - Ciel miró hacia otra parte.

-Gracias... por el regalo, entonces.

-No es un regalo. Es simplemente "dar algo". - "Dar algo porque, voy a utilizarte.", pensó el menor, quien por momentos se arrepentía de la decisión que había tomado.

-Igualmente, se lo agradezco. Lo utilizaré esta noche, antes de venir con usted. - Los ojos carmesí del demonio refulgieron al pronunciar esas palabras. Ciel sintió un escalofrío en el interior.

-Te estaré esperando. - Susurró.


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Sus cuerpos se retorcían entre las sábanas mientras, el aroma del perfume de Sebastián mezclado con el aroma de éste llenaba los sentidos de Ciel. El cuerpo del moreno no podría haber tenido una mejor complexión pues, aunque carente de una musculatura exagerada, poseía la fuerza suficiente para someter a alguien. Ciel gustaba demasiado de ser ese "alguien" a quien el demonio poseía con aparente fuerza descomunal. El ojiazul creía que podía tener mucha más fuerza que esa pero, se limitaba a utilizar la necesaria para no lastimarle.

Sensual. Sebastián Michaelis no necesitaba de un traje carísimo como su padre con Deborah Miller. Su piel era lo suficientemente dulce y delicada como para satisfacer a cualquiera con solo verle.

-¡Ah! - Gimió el menor, al sentir las estocadas del mayordomo dentro de su cuerpo. ¡Cómo le gustaba ese Sebastián! ¿Qué haría cuando fuera él quien tuviera que follarse a Elizabeth? Tendría que imaginar al moreno, eso era seguro. Pero, ¿no acabaría siendo un fastidio el fingir todo el tiempo?

-Amo... - Jadeó Sebastián. - Si sigue apretándome de esa manera no podré evitar correrme. - El mayordomo presióno el cuerpo del ojiazul contra el suyo embistiéndolo más profundamente.

-Seb-Sebastián... córrete si quieres. Tengo ganas de sentirte. - Rodeó la cintura del moreno con sus piernas y, luego de un par de estocadas más, ambos terminaron en un delicioso orgasmo.

El moreno intentó besar al menor pero, solo recibió un pequeño ósculo antes de ser empujado. - ¿Desea que me recueste a su lado o prefiere que me vaya? - No había podido medir el tono de fastidio en su voz. Se sentía ofendido de ser utilizado por Ciel... solo entonces se había sentido asqueado de ser usado.

-Quédate. Hay algo que quiero preguntarte. - Respondió Ciel, girándose en su costado, dando la espalda al demonio.

-Seguro, amo. - Sebastián se inclinó para lamer el hombro sudoroso del ojiazul. Eso era lo que más le gustaba, saborear la esencia que despedía el menor cada vez que tenían sexo. Luego, deslizó su mano hasta su vientre, retirando los restos del semen de Ciel y, aprovechando a saborearlo ya que éste no podía verle.

-¿Qué te pidió mi padre a cambio de su alma? - Dijo secamente.

El moreno sonrió cínicamente. - Me pidió que le devolviera su fortuna, su honor y, dijo que debería permanecer a su lado hasta que recuperara su nobleza.

-Algo así recordaba... - Susurró - ¿Y no te gustaría saborear esa alma ya? - Ciel se dio la vuelta para enfrentar a Sebastián, quien se quedó pasmado.

-Por supuesto, amo. Pero, el hombre no ha recuperado eso último...

-Aún. - Puntualizó el ojiazul, señalando a Sebastián con el dedo. - Mi padre desea recuperar su título de conde y, Deborah Miller es una condesa.

-¿Cómo lo sabe?- Hasta el demonio se sorprendía de ese mocoso a veces.

-He encontrado la foto de su familia en un libro esta tarde. Y, eso me ha dado una idea. - Sonrió. - Una que estoy seguro te agradará tanto a ti como a mí. - Suspiró. - Ayudaremos a mi padre a contraer nupcias con la señorita Miller.

-¿Nupcias? Pero... amo, eso significaría que justo después del matrimonio, él se convertiría en un conde nuevamente y, yo... - Sebastián no creía que el menor deseara deshacerse de su padre así nada más pero, se equivocaba.

-Lo sé, Sebastián. Entonces, tú estarías libre y yo, poseería toda la fortuna de mi padre.

-Es ahí donde falla su plan, señor. - Comentó el moreno. - La fortuna de su padre sería heredada por la condesa Deborah, su esposa.

-Todo por pasos, Sebastián. Todo por pasos.