Respuestas a reviews:
Maly Sutcliffe: Gracias por comenzar a leer esta historia.. :DD Cuando leas el libro verás que tiene sus diferencias con la mía, hay cosas que he alargado digamos y otras que he acortado o que simplemente no he puesto.. :DD Jajaja, creo que Deborah se hace odiar.. jajaja con esa manera de ser tan bitch que tiene.. XDD Gracias por el review y que bueno que te haya gustado.. :DD
Katha phantomhive: Gracias! Me alegro que te haya gustado y, esta vez la espera ha sido menos.. XDD Y pues, Elizabeth ve y desea no ver jajaja, porque de lo contrario no se casaría con Ciel siento yo. Sebastián perfumado.. *-* solo de imaginarlo me da *O* XDD Qué bueno que te gusto el lemmon.. :DD Espero que te guste este nuevo capítulo y gracias por el review! :DD
Mininahermosa29: Para que veas que en la vida de Ciel todos se meten. La verdad de Ciel es que pertenece a todo mundo menos a sí mismo y, es por eso que se siente bien dominando a Sebastián. Y, tienes razón, nunca se sabe que ha hecho Ciel planeado y que ha sido accidental. ;) Gracias por el review! :DD Besos!
AezeMy: Lo siento.. es que era un capítulo algo revuelto y, seguro por eso te toco leerlo dos veces.. XDD Me hace tan feliz que mis fics te emocionen.. :DD Deborah merece morir! pero no creo que muera aún, la mujer es más astuta que un zorro.. XDD Espero que te guste la continuación y, muchas gracias por el review! :DD
Hime-Sora: Jajaja, pueda que si. Ciel está cansado de ser dominado por todos y no está lejos que luego se deshaga de la "inocente" Deborah jajaja.. XDD Mmm.. creo saber como se podría deshacer Ciel de su padre pero, aun esta en veremos.. XDD Gracias por el review! :DD
Miss Blood Pain: Gracias! Me alegro muchísimo que te haya gustado.. :DD Y pues, el nuevo capítulo ya está por aquí, espero que te guste. Muchas gracias por el review! :DD
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El momento en que abandonó la habitación de Ciel supo algo, había perdido una parte de su esencia demoníaca en ese pequeño cuerpo. Ese cuerpo que le había satisfecho tanto también había cobrado una cuantiosa cantidad a su existencia.
Caminó hasta su habitación. Se sentía vacío y miserable. Vacío porque deseaba estar en brazos de alguien a quien no quería pero, que le afectaba en una forma que no conocía. Sebastián jamás había experimentado un sentimiento. Pero, ahora, aunque fuera en una leve manera, experimentaba una necesidad. Tenía la terrible necesidad de aferrarse a ése que le maltrataba y, eso era exactamente lo que le hacía miserable. Él nunca creyó sentirse así. Los demonios son eso, demonios.
Se recostó en la cama y cubrió con la sábana. No tenía ni frío ni calor. Ni siquiera eso era capaz su cuerpo de experimentar. ¡Qué fastidio! Era como vivir en una casa cuya chimenea alumbraba cuando hacía frío y, cuyas ventas se abrían al menor atisbo de calor. Jamás sentía hambre más allá de las almas que consumía. Tampoco sentía sed o tenía necesidades fisiológicas.
Sin embargo, en sus 250 años de existencia nadie le dijo que podía llegar a sentir, que eso que tenía en medio de las piernas disfrutaba pero, sobre todo, que disfrutaba en demasía cuando se encontraba a alguien en particular. Ciel era ese alguien. Sus encuentros sexuales aún podían contarse con los dedos de una mano pero, el menor sabía cómo ¿seducirlo? ¿Era esa la palabreja que debía utilizarse?
Lo seducía y, aunque no hubiera existido la maldita hoja que le amarraba al ojiazul, igualmente le hubiera obedecido hasta la muerte o más allá de eso. Era por ello, que no había podido negarse a llevar a cabo el ridículo-ingenioso plan de Ciel. Quería unir a Deborah y al pobre diablo de su contratista. ¡Va! Si el hombre no era más que un saco de tentaciones. Sebastián creía que con drogar a Deborah y acostarla en la cama de Vincent hubiera sido suficiente pero, Ciel quería hacerlo más difícil. El demonio creía que quería divertirse un poco con ellos más que nada.
"Sebastián, escribe una carta de amor como si fueras mi padre y, yo escribiré una como si fuera Deborah.", esas habían sido las palabras de Ciel. El ojiazul quería que su padre se enamorara de la aristócrata como un adolescente y, esperaba la misma actitud por parte de ella. Sebastián como siempre había accedido. Al amanecer, Ciel tomaría la carta de Sebastián y la llevaría a Deborah; y, el moreno, llevaría la de Ciel a Vincent.
El mayordomo se sentó en la cama y sonrió. Al menos ya había olvidado el drama de un par de minutos atrás. Era mejor que se levantara y escribiera esa carta.
Fue a la cómoda de su habitación llevando puesta solamente la camisa. No estaba de humor como para vestirse solo porque escribiría un maldito papel. Arrimó una silla y, se sentó a escribir. Era estúpido pero, escribiría la carta pensando en el mocoso que arruinaba sus días.
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Respiró profundo. Por eso necesitaba casarse con Elizabeth cuanto antes. Ya gozaba demasiado de Sebastián como para continuar con eso. Era enfermizo. Él era un futuro negociante y un hombre de sociedad, no podía andar por ahí arrinconándose con el mayordomo de la casa y, disfrutándolo. Era mal visto.
Mordió su labio inferior e internamente apresó las ganas de llorar. A veces no deseaba separarse de Sebastián nunca. En el fondo, muy en el fondo, sabía que se había enamorado de él. Pero, esos sentimientos no eran bien vistos en la sociedad y, él acabaría con ése que le invadía tan malvadamente. Se casaría con Elizabeth como cualquier persona normal, tendría hijos normales y una vida normal; porque ¿eso era lo que un hombre normal siempre quería, no?
No. Los hombres no siempre querían eso. Por eso gustaba de castigar a Sebastián. A veces deseaba comérselo a mordidas, ¡que dejara de existir! Así su tentación se acabaría, así su amor lloraría lo perdido y entendería que no tenía futuro.
Se levantó de la cama. Ciel Phantomhive había dicho que, en la mañana, ese mayordomo y él intercambiarían cartas para entregarlas a Deborah y su padre. No podía faltar a su palabra. Avanzó hasta el escritorio, en su habitación y, procedió a escribir la mencionada nota.
Una lágrima rodó por su mejilla. Una carta para su padre.
"Querido padre:
Soy yo Ciel, tu hijo. Lamento decirte que debido a todos los maltratos e insultos que he recibido por parte de tu persona, no puedo hacer otra cosa que odiarte. Ojalá el demonio con el que follo todas las noches te lleve a un lugar de donde no puedas escapar…"
Rompió la hoja de inmediato. No era él quien escribiría la carta sino Deborah Miller. La zorra lambiscona de Deborah, la cual juraba amar a Vincent pero, Ciel no le creía nada. Eso era pura patraña para aumentar la fortuna de la familia.
Escribiría una carta pensando en ese ser que llenaba su mente y su corazón.
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La mañana llegó antes de lo que Ciel y Sebastián se esperaban. El primero, esperaba el día con enormes ojeras. Bostezo tras bostezo. Ni siquiera podía darse el lujo de no prepararse debidamente pues, podía alguien sospechar de sus acciones.
Claro, que ya podía ver como sucedería todo. Recibirían las cartas, las leerían, cada uno sonreiría por lo encontrado y, luego fingirían demencia cuando el otro agradeciera la carta que no habían escrito. Aunque, considerando lo ebrios que había estado últimamente, bien podrían creer que habían actuado en momentos de poca consciencia.
Sebastián llamó a la puerta de su joven amo y, este en medio de un gruñido le indicó que podía pasar. – Amo, aquí tengo la carta, ¿ha terminado usted la suya?
Ciel se sentó en la cama y asintió. Solo había dormido dos horas, por escribir una carta que en realidad no abarcaba más de una página. Claro, que también había escrito otra que le sería de mucha utilidad. – Está sobre mi escritorio. Deja ahí la tuya y toma la mía.
-Como ordene, amo. Pero, no olvide llevarla pronto. Su padre despierta siempre antes de las ocho. – El mayordomo sonrió y, el ojiazul pasó saliva. ¿Cómo hacía para lucir siempre impecable y perfecto? Tenía ganas de castigarle por eso también.
-Sí… sí. Estaré ahí a tiempo. No me molestes. – Masculló.
-Pero… ¿no necesita que le ayude a vestirse?
-No, además, me daré un baño de esponja antes de hacerlo. – Y no era que le gustara bañarse de esa forma tan breve pero, no tenía de otra si quería estar listo a tiempo. Sebastián podría ser un "demonio de mayordomo" pero, no podía hacer milagros en cuanto a calentar grandes cantidades de agua en poco tiempo. Tendría que conformase con poca y, eso significaba baño de esponja. Mejor que el asco de saberse aún sudado y llevando el regalo del miembro de Sebastián en su interior.
El moreno salió con la carta sin decir nada más. Ciel observó la carta desde su cama. Moría por leerla. Aunque no fuera para él, la curiosidad le mataba. Se puso de pie y caminó en puntillas hasta su escritorio, se sentó en la silla y abrió la carta.
A mi apreciada señorita Miller:
Aunque sé que el conocernos fue algo sorpresivo e inesperado para mi persona,
debo confesarle que su presencia me ha afectado más de lo que alguna vez creí posible.
Me encuentro a mí mismo pensándole una y otra vez, deseando que nuestro siguiente
encuentro sea más pronto de lo que siquiera alcanzo a imaginar.
Mis deseos y pasiones hacía su persona llegan a un punto de considerarse inmodestos
pero, su sola presencia me seduce, la armonía de su ser me abraza. Simplemente creo
que cada vez pierdo un poco más el control sobre mí al contemplar sus labios rosa y
desear besarlos fogosamente.
Los sentimientos no siempre son fáciles de explicar mi adorada dama. Sobre todo
cuando uno ha vivido tanto tiempo sin experimentarlos o descubrirlos al lado de
alguien como usted.
Desde lo más profundo de mi ser.
Vincent
Ciel suspiró. No le fue posible evitarlo. Hubiera deseado que las palabras del moreno fueran verdaderas pero, sobre todo, que fueran dirigidas a él.
"Malditos sentimientos.", susurró el menor, imaginando que si pudiera, correría a los brazos del mayordomo y lo besaría. A la vez le pareció denigrante. Él, un noble, besando a un simple sirviente. Sí, podría ser demonio y lo que quisiera pero, jamás sería un noble. Los de su clase, jamás se enamoraban de alguien como Sebastián, porque esa era la clase de gente que solo existía para servir.
Suspiro. De tristeza pero, más que todo de orgullo.
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Llevó la carta hasta su nariz y la rozó suavemente contra el borde del sobre. Delicioso. El aroma de Ciel siempre era único.
-¿Qué tienes ahí, eh, Sebastiancito? – Preguntó el cocinero al pasar al lado de Sebastián.
-Una carta de la señorita Miller… para el amo Vincent. – Mintió.
-Ah, y tu seguro triste que no ha sido para ti, ¿eh, morenazo? – Bromeó Bard, riendo sonoramente.
-Ya lo he dicho. Entre la señorita Miller y yo no ha sucedido nada. – Respondió Sebastián secamente, girándose en sus talones para continuar con su labor.
-¿Por qué eres tan serio, Sebastián? Si es broma… - El rubio puso los ojos en blanco y, rió un poco más.
-Sí, aunque me hagas esos ojos. – Añadió el moreno, girando los ojos de igual forma, justo en el momento que Ciel salía de su habitación. - ¡Sebastián!
El cocinero se quedó helado ante el grito del ojiazul y, de inmediato partió hacia la cocina. Sebastián le escuchó decir algo como "Mejor me voy…" pero, podría haber sido cualquier cosa por la velocidad con la que habló y, luego echó a correr.
El mayordomo contempló al cobarde y, luego devolvió la mirada a Ciel por unos instantes, solo para inclinarse ante él, llevando una mano a su pecho. -¿Joven amo? Ha de disculparme, no he notado su presencia.
-No es eso. – Masculló Ciel. – Odio que la gente gire los ojos en blanco. Es una terrible educación. – El moreno le miró atento, nunca nadie había cuestionado su educación durante toda su existencia.
-Yo… amo… no volveré a hacerlo. – Ciel asintió al escuchar eso. Odiaba ese gesto porque le recordaba a cuando era pequeño y, los hijos de los amigos de su padre se burlaban de él, corriendo a su alrededor y cantando "¡Ciel ojos de huevo! ¡Ciel ojos de huevo!"; solo para luego, poner los ojos en blanco a la vez y, asustarlo terriblemente. - ¿Le sucede algo?
-Nada. – Respondió el menor, secamente, solo para luego sonreír maliciosamente. – Pero, si vuelves a poner los ojos en blanco, no tendré otra que castigarte.
Un escalofrío recorrió el cuerpo del moreno, haciéndole desear esa reprimenda. - ¿Y podría saber cuál será el castigo?
Ciel tomó la barbilla del moreno entre sus dedos y se acercó, casi rozando sus labios con los del demonio. – No querrás saberlo. Ahora ve y, entrega esa carta porque la sigo viendo ahí. –Susurró. Sebastián se puso de pie y, simuló caminar diligentemente hasta la habitación del Phantomhive.
No obstante, se detuvo a mitad del camino. No podía entregar esa cosa sin leerla antes, ¿o sí? No, como mayordomo demonio de Vincent era su obligación informarse... ¡Qué patraña tan grande!
A mi querido Vincent:
Esta misiva puede parecer impredecible e incluso apresurada mas, los
sentimientos que invaden mi corazón y mi alma ya no son posibles de
silenciar. He encontrado en usted al único ser que no necesita indagar
para conocer la naturaleza de mi persona.
Una dama jamás debería expresarse en esta forma pero, su aroma, su
sencillez y el carisma que irradia su ser me son en exceso atractivos. Nací
y crecí en un ambiente donde no existen los sentimientos ni mucho menos
la rebeldía. Sin embargo, a su lado me encuentro rogando por saber lo
que se siente experimentar la libertad y la violencia que las pasiones como
la nuestra desarrollan en el interior de un corazón y un alma.
A partir de aquí, no soy capaz de continuar. Simplemente, agradeceré por
su presencia en mi vida.
Con amor,
Deborah.
Sebastián se recostó en la puerta de la habitación de su contratista e imaginó a Ciel diciendo las mismas palabras para él. Se maldecía por estar sintiendo esa necesidad de un afecto inexistente. Pero lo deseaba. Su mente y su cuerpo lo deseaban. Y su corazón... si es que tenía uno.
Sin embargo, antes de cualquiera de sus necesidades personales, debía cumplir con lo que su amo le había mandado. Llamó a la puerta suavemente.
"Adelante.", balbuceó Vincent, aún despertando de su confortable sueño.
El demonio abrió la puerta y entró sigilosamente. - Amo Vincent, la señorita Deborah Miller le ha enviado esta carta.
El hombre se sentó en la cama precipitadamente, tanto que Sebastián tuvo que sostenerle para que no cayera de la cama. - ¿Una carta, dices? - Deborah jamás le había escrito una antes y, eso le hacía creer que su relación estaba mejor que antes. Tomó el sobre y, justo antes de abrirlo, se giró y miró al moreno. - Sal Sebastián, quiero leer esto en privado. Ah, y busca ropa de montar para Ciel, le llevaré conmigo luego.
Sebastián sonrió y asintió. Los demonios no necesitaban de órdenes cuando ya habían leído las cartas de sus amos.
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Deborah llegó al comedor dando volteretas de felicidad. Ciel no creía en esa felicidad del todo pero, sospechaba que se debía a que veía cercana la petición de mano por parte de su padre.
-Buenos días, señorita Miller. - Saludó Ciel secamente, sin detener su desayuno. Ya luego se excusaría diciendo que tenía apetito o que el no comer temprano afectaba su salud. - ¿podría conocer la razón de tanta alegría?
-Buenos días, Ciel. Respecto a tu pregunta, debo decirte que quizás muy pronto ya no tengas que llamarme señorita Miller. - Comentó la mujer, sentándose a la mesa con una sonrisa. Tanaka le colocó una servilleta en el regazo y, la dama tomó un panecillo.
-¿Ah no?
-No, podrás llamarme Deborah o como mejor gustes pues, con la mejor de las suertes, perteneceremos a la misma familia. - Ciel sonrió, o intentó hacerlo. La mujer mordió el panecillo y su labial rojo quedó impregnado en él.
-Entiendo. - El ojiazul no consiguió callar por más tiempo. - Lo que no entiendo es por qué no le ha dicho a mi padre que en realidad usted es una condesa.
El ataque había sido certero. ¿Cómo sabía el mocoso eso? Ella no se lo había dicho a nadie. "Naturalidad, Deborah. Naturalidad." - Porque no desearía presumir de un título que tu padre ha perdido, Ciel. - Miró fijamente al menor, retándole.
El ojiazul sonrió. - Estoy de acuerdo con usted, señorita. Y por eso mismo le pido, no le diga a mi padre acerca de su título hasta que las cosas se tornen más serias.
Deborah cambió completamente el gesto en su rostro. Esperaba todo menos esa respuesta por parte de Ciel. - No entiendo. Pensé que me obligarías a decírselo a Vincent.
-No. Según leí en un libro, su familia obtuvo el título a cambio de realizar algunos favores para la Reina, lo cual muestra que usted no es una noble en realidad. Simplemente ha ganado un título por los servicios que su familia prestaba a la corona. - Ciel entrelazó los dedos, sosteniendo su mentón sobre ellos. - Su padre era el amante de la Reina y, su madre lo permitía sin cuestionamiento alguno.
-Eso sí no te lo permito. - Masculló Deborah, conteniéndose para no alzar la voz.
-Niéguelo entonces. Estoy seguro que puedo encontrar pruebas de lo que digo. - El ojiazul arrimó la silla hacia la de Deborah. - Todos tenemos secretos y, yo podría guardar el suyo a un precio muy favorable.
-Explícate. - La mujer pareció convencida que no podría librarse del menor.
-Firmando esta carta. - Dijo Ciel, mostrando las páginas que había escrito la noche anterior. - Mi padre contraerá nupcias con usted, se lo puedo asegurar. Pero, al morir usted no reclamará nada como suyo. - Deborah estaba a punto de interrumpirle. - No, no se moleste. Yo le daría todo lo necesario para vivir pero, todo quedaría a nombre mío.
-Habla como si su padre fuera a morir en poco tiempo. - Añadió la mujer.
-Nadie tiene la vida comprada y, yo como todo un Phantomhive. Debo defender los intereses de la familia. Perdone mis palabras pero, usted jamás podría cargar con la responsabilidad de ella. - Extendió la carta y, entregó una pluma a la mujer.
-Supongo que no me ha dejado salida, ¿no es cierto? - Sonrió, con sarcasmo, tomando la pluma y dando vistazos al documento.
-A cambio tendrá una boda y una vida única, señorita Miller. Además, a su familia le faltará cualquier cosa, menos el dinero.
-Es verdad. Felicidades, Ciel. - Firmó el documento y lo devolvió al ojiazul. - Ya veo porque tu padre es tan cruel contigo. - Sonrió maliciosamente, tocando un cicatriz en la mejilla de Ciel. - Intenta dominar al demonio que hay dentro de ti pero, es más fuerte. - Se inclinó y besó suavemente la cicatriz, dejando rastros de su colorete en ella.
El ojiazul miró hacia abajo. Había terminado su desayuno y, ni siquiera lo notó.
-¡Buenos días! - Exclamó Vincent desde la puerta, entrando justo en ese instante. Cualquiera que le hubiera visto pensaría que era un padre modelo. - Me alegro encontrarlos juntos. Ciel, me alegro que estés compartiendo la mesa con esta mujer maravillosa que pronto formará parte de nuestra familia.
-¿Qué dices, amor? - La castaña se puso de pie inmediatamente, sonriendo ampliamente.
-Tu carta de esta mañana, cariño. - Era la primera vez que la llamaba así. Deborah avanzó hasta él, confundida pues, no recordaba haber escrito ninguna carta. La otra noche estaba demasiado lúcida como para hacerlo. Volteó a ver a Ciel y éste hizo una leve reverencia de complicidad.
-¡Ah! Sí, la carta. ¿Te... te ha gustado? - Preguntó dudosa.
-Me ha encantado, Deb. - El hombre rodeó su cintura con sus brazos. - Esta noche nos reuniremos con tu familia. Voy a pedir tu mano.
-¿Eso significa que...?
-Quiero que seas mi esposa, Deborah. - Ante la sonrisa de su padre, Ciel se sintió levemente culpable. Muy culpable en realidad porque su felicidad de contraer matrimonio sería su final. - Y, Ciel, luego iremos a montar a caballo.
-Pero, padre, bien sabes que no sé montar. - Se quejó el aludido.
-No importa, aprenderás. - Respondió, autoritario. Ciel se limitó a asentir. - Iré a mi habitación a prepararme entonces, padre.
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Cuando estuvo en su habitación, se lanzó sobre la pila de almohadas que había en su cama. Estaba agotado. El día apenas comenzaba y ya no quería hacer otra cosa más que quedarse en la cama.
Alguien llamó a la puerta.
"Adelante."
-Amo, no debería estar holgazaneando tan temprano. - Dijo Sebastián, entrando en la habitación. Llevaba en el hombro un traje y un par de botas en la mano. - Además, su padre me ordenó prepararlo para ir...
-¡Cállate! - Ni siquiera sabía por qué le había gritado así. - Ven aca. - Musitó, sacando de su chaqueta un papel.
-Amo... - Sebastián dirigió sus pasos hasta el menor, de mala gana. Éste le extendió el papel y, el moreno casi se lo arrebató.
-Firmado por la misma Condesa Miller. - Añadió, al ver como los ojos del mayordomo se abrían más conforme leía. - ¿No te lo dije Sebastián? Todo paso por paso.
-Ahora ya tiene un poder sobre todo lo que heredaría ella al momento de morir su padre. Encuentro todo perfecto mi amo pero, fallo en algo. No encuentro la humanidad en esto.
-¿Humanidad? - El menor río. - Sebastián, yo solo me defiendo a mí mismo.
-¿Qué tal si te equivocas al hacerlo todo así, Ciel? - El menor se volteó y abofeteó al moreno, tan fuerte que le ardió la mano. - ¡No vuelvas a llamarme por mi nombre!
El moreno se llevó una mano al rostro y, su orgullo arremetió contra su pecho. - ¿Por qué? - Tomó al menor por los hombros y le sacudió. - ¿Por qué no puedo llamarte por tu nombre si quiero? Cumplo con todo lo que dices pero, a esa mocosa sí se lo permites.
Ciel se quedó paralizado, no le gustaba perder el control. - ¿Qué te pasa? - Reaccionó finalmente, empujando al moreno.
-No lo sé. Solo entiendo que deseo estar conti... con usted. - Se corrigió el mayordomo. El ojiazul subió la mirada, aunque intentaba mantenerse firme, veía la marca roja que su palma había dejado en el rostro de Sebastián y le dolía.
-¿Mientes?
-Yo jamás miento. - Susurró el mayordomo. Aprisionando con su cuerpo al ojiazul contra la pared.
-Dé... déjame ir... - Jadeó el menor, respirando el aroma de Sebastián.
-No, no lo haré.
-Te castigaré luego. - Ciel cerró los ojos, la lengua de Sebastián lamía su cuello de forma seductora.
-Quiero todo ese castigo, amo. - Dijo muy despacio al oído del menor.
-Mmm... - El ojiazul sonrió picarescamente. - Creo que sé exactamente lo que haré. - Se arrodilló lentamente frente a Sebastián y bajó la cremallera de sus pantalones. El bulto en medio de las piernas del moreno era enorme y Ciel no podía evitar desearlo dentro de él.
Sin embargo, sabía que tenía poco tiempo para hacerlo. Vincent seguramente estaba listo para irse.
Tomó el miembro de Sebastián y lo metió en su boca. El demonio puso los ojos en blanco ante el placer de sentir la boquita tibia y húmeda de Ciel.
-¿Qué te dije sobre poner los ojos en blanco? - Preguntó con sarcasmo. - Ahora si voy a castigarte.
-Lo lamento, amo. No he podido evitarlo. - Gimió.
Ciel comenzó a succionarle con rudeza. El demonio se sujetó de la pared, su cuerpo le estaba enviando espasmos exquisitos. - Ahhh...
El ojiazul sacó el falo casi por completo de su boca y, jugueteó la punta de éste con su lengua. Podía sentir el sabor de la piel de Sebastián. El moreno se habría bañado pero, el olor a sexo que había en la parte baja de su cuerpo era delicioso. No tenía un solo vello, su piel era completamente lisa.
Las manos de Ciel apenas se alcanzaban para acariciar la parte sus muslos que alcanzaba a ver. Movió su inexperta boca un poco más abajo y sintió como los testículos del moreno, se escondían para dar paso a su prominente erección.
El ojiazul succionó la punta nuevamente. - No tiente... a un demonio, amo. - No pudo contenerse más, cogió a Ciel por los cabellos y metió su falo hasta casi tocar la garganta de menor.
El menor jadeó, quitó las manos de Sebastián y volvió a succionarlo con fuerza.
-¡Ciel nos vamos! - Gritó su padre y, el ojiazul se detuvo de inmediato. Sebastián no atinó a decir palabra. Su miembro ardía y, él moría por culminar en esa boca suave.
-Disfruta tu castigo. - Ciel le guiñó un ojo. - Te quiero insatisfecho y frustrado. Así serás aún mejor durante la noche. - Rió, tomó sus botas, su traje y se marchó.
