Respuestas a reviews:
Aeze My:Alguien siempre interrumpe por estos lados, jajaja. Es para que veas que hay lugares donde jamás hay paz.. XDD Respecto a Deborah, creo que más es lo segundo. Prefiere hacer lo que le conviene con tal de no buscarse que Ciel le cuente la verdad a su padre. Traté con todo que las cartas fueran verdaderamente dirigidas de uno al otro jajaja.. qué bueno que te gustaron.. :DD Gracias por el review! XDD
Katha phantomhive: Tan largo quedó? jajaja.. Yo la verdad es que los escribo a veces sin notar cuánto llevo y no me detengo.. XDD Sebastián siente cariño por Ciel y yo me atrevería a decir que hasta algo más pero, siente que su condición demoníaca lo limita. Vincent que agradeció una carta que nunca le escribieron a él.. XDD pobre, pero bueno, lo merece.. XDD Sebastián quiere a Ciel solo para él y, Ciel en el fondo quiere lo mismo, es por eso que limita a Sebastián hasta de tener placer consigo mismo. ;) Gracias por el review.. :DD
Hime-Sora: u_u mucho me temo que en este capítulo no hallarás el final de eso.. jajaja. Pero, bueno, encontrarás otras cosas.. XDD Yo también prefiero a Deborah que a Lizzie porque por lo menos siente algo, pero Lizzie está como vacía la verdad. Si, veremos a Vincent morir y bien justificado ya verás por qué.. ;) Gracias por el review! :DD
Guest: Me alegro que te haya gustado la historia y, aquí está ya la continuación.. :DD Gracias por el review! :DD
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Aclaraciones de éste capítulo
Este es un POV DE SEBASTIÁN. ¿Por qué? Bueno, porque es la forma que he escogido para separar la primera parte, de ésta segunda y final, la cuál es bastante corta y como mucho tendrá tres o cuatro capítulos. :DD Espero les guste.
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¡Demonios! A pesar de ser eso muchas veces creo que existen fuerzas superiores y mucho peores a la maldad que un ser de mi clase es capaz de provocar.
Quisiera… no, desearía que existiera una forma de detener las cosas pero, es tarde. Es demasiado tarde. Todo lo que alguna vez creí llegar a lograr, ahora me parece tan lejano y, a la vez, me es patético, ya ni siquiera sé que es lo que quiero conseguir.
Todo comenzó ese instante después que Ciel me provocará. Había ido demasiado lejos al tentarme y luego dejarme como a su perro. Desatendido. Recuerdo que la sangre fluía dentro de mi cuerpo con desesperación. Esa sangre que no sabía que aún tenía, mucho menos que corría dentro de mí a una velocidad superior. Se agolpaba en mi entrepierna y provocaba el más sensual y cálido de los espasmos. En ese momento, le hubiera concedido el mundo a mi Amo, si él me lo hubiera pedido.
La voz de su padre entonces y, el fin de juego para nosotros. El menor se puso de pie, sonriendo como siempre lo hacía cuando me castigaba. Sé cuánto lo disfruta y, sin embargo, se lo permito abiertamente porque me ha convertido en un ser masoquista y más sucio de lo que era antes. Ajusté mis pantalones y, le dejé marchar. Casi. Porque cuando se encontraba ya fuera de la habitación, extendí una mano y le halé hacia dentro una vez más. Estupidez. Jamás me dejaba besarle y, esa vez lo permitió. Por encima de las reglas, tomé el rostro de Ciel entre mis manos y lo hice. Lo besé como hace tanto quería hacerlo. Solo un instante pues, de inmediato, me empujó y se marchó. Yo no me atreví a detenerlo de nuevo, aunque el contacto me había dejado francamente maravillado. Primer error de ese día.
Salí de la habitación y divisé a mi amo. Estaba poniéndose las botas de montar en el pasillo, dando pequeños saltos para acomodarlas. Me lamenté por no haber hecho lo dicho por Vincent y, ayudarle a vestirse. Reí. Era graciosa la forma en que ese humano adolescente me ponía. ¡Las cosas que ingenia cuando estamos solos! Ciel… solo Ciel.
Una vez se hubieron marchado, me dediqué a las tareas de la casa. Últimamente me distraía demasiado y, ya no aseaba ni realizaba las tareas como siempre. La madera del suelo había comenzado a tornarse opaca debido a mi poca atención para con ella, por lo que decidí limpiarla.
Busqué algo de cera y unos paños, me aseguré que no hubiera nadie fisgoneando y comencé la labor. No podía ejecutarla en poco tiempo sin abuso de mis facultades demoníacas. Tampoco era que disfrutara atesorándolas dentro de mí todo el tiempo.
Miré el reloj, eran las once y quince. Tenía que terminar la tarea pronto pues, a las doce, la señorita, digo, la Condesa Miller, exigiría su baño listo. ¡Esa mujer podría sacar a un demonio de sus casillas! Y no lo digo por lo hermosa que es, sino por lo mucho que exige y porque cree que tiene al mundo entero para servirle.
Once treinta. Estaba jadeando y, sabía que era el momento de cambiar mi camisa y volver a ajustar el resto de mi ropa. El suelo ahora estaba brillante y bien pulido. ¡Ah! ¡Qué placer el contemplar las tareas ejecutadas con la presteza suficiente!
Me dirigí entonces a la cocina. Coloqué dos ollas de agua en la estufa antes de ir a mi habitación. A veces, ese era la parte más agotadora y ridícula de todo el trabajo. Soportar las costumbres humanas, la suciedad humana. Los humanos sudaban, hacían cosas asquerosas en bacinillas que los sirvientes, como yo, teníamos que salir a lanzar al canal que pasaba por las calles. Por si fuera poco, comían como cerdos muchas veces y, luego pretendían meterse en pequeñas prendas de vestir a fuerza de corsés y fajas. Comer, bailar, dormir y discutir. Eso hacen los humanos.
Ciel es distinto. Su gusto por la lectura fina, los postres delicados y esa elegancia que irradia por donde sea que va. Es por eso que le llamo Amo a él, aunque a voz pública le llamé así a Vincent, no lo considero eso ni por un momento. Ese joven es mi único dueño.
-Eso se llama amor. – Dijo MeyRin cuando pronuncié esa aseveración en voz alta.
-Imposible. Se le llama lealtad. – Respondí. – El joven amo es un líder nato.
-¡Ha! – La mucama se quitó el gorro por un instante, compuso su cabello y luego volvió a colocarlo. – Sebastián, bien sé que tú y el bocchan mantienen una relación en secreto.
¡Ah! Mujeres, ¿cómo es que siempre saben lo que ocurre aún sin ver nada?
-No sé a qué te refieres. El joven amo y yo simplemente mantenemos la misma relación que antes. Todo lo demás solo ha sido una broma de su parte.
-La hermana de Paula no decía lo mismo. – Tarareó, intentando obtener más información. – Recuerda Sebastián que a él le gusta jugar con todos.
-Lo recordaré. – Mascullé. Sabía desde hace algún tiempo que la mucama me había tomado un afecto mayor a la amistad pero, luchaba a toda costa porque jamás lo creyera correspondido. Los demonios no podemos amar, o al menos eso pienso yo.
MeyRin se encogió de hombros y se marchó. No pensaba insistirme y, yo aún tenía cosas que hacer.
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Llevé el agua a la habitación de Deborah. Diez baldes. Eso era lo que se necesitaba para llenar la tina, además del suficiente control para no salpicar las escaleras que acababa de limpiar.
La mujer vestía una bata de satén color vino, la cual dejaba a simple vista, la silueta de su cuerpo que se aferraba a la tela a cada movimiento suyo. Si pudiera permitirme una sola tentación más, sería el tener una noche con ese cuerpo. No con ella, sino, con esas curvas suyas que provocaban tantas sensaciones dentro de mí.
-Señorita Miller, - Mordí mi labio inconscientemente.
-¿Sí, Sebastián? – Deborah se giró, me miró fija y lujuriosamente.
Ciel. Ese nombre siempre llega a mi mente cuando estoy cerca de ella.
-Su baño está listo. – Respondí secamente y, abandoné la habitación. No quería continuar con ese juego de "tienta al demonio". No era sano.
Descendí las escaleras. Deborah pronunció un par de insultos contra mi persona.
"¡Sebastián eres un hijo de puta!"
Suerte que no tengo madre desde hace un par de siglos o en verdad me hubiera molestado.
Reí por lo bajo, mientras me dirigía a la biblioteca. Era el único lugar que me faltaba por limpiar. Siempre lo dejo de último porque es el "escondite de Ciel".
Limpié todo rápidamente y, tenía algo de tiempo hasta la hora del almuerzo. Además, olía bastante bien, podía ser que el chef finalmente hubiera cocinado algo decente.
Me tomé el atrevimiento de coger un libro al azar y de sentarme en el ottoman. No hubiera podido ocupar su espacio en esa butaca. Leí la portada. "Orgullo y prejuicio." Era un libro que había sorprendido a muchos últimamente. Las mujeres lo leen a escondidas y, los hombres lo compran y lo mantienen en la casa como si fuera una muestra de machismo.
No me detuve a leer el principio. Abrí el libro por la mitad. El título me había hecho pensar en Ciel. Ése que me hacía percibir tantas sensaciones nuevas para mí. Sus enormes ojos azules. Sonreí, de nuevo estaba pensando en él y, volví a la lectura.
"Somos pocos los que tenemos suficiente valentía para enamorarnos del todo si la otra parte no nos anima. – pensó Elizabeth."
Me quedé meditando en las palabras. ¿Podría enamorarse Ciel Phantomhive de alguien como yo? El solo hecho de preguntármelo ya era una ridiculez pues, el niño jamás demostraba sentimientos por nadie. No obstante, algo en mi interior deseaba con pasión que él quisiera estar conmigo, que me viera a mí como el centro de su vida, tal como sucedía en esas novelas que se atesoraban en la biblioteca. Segundo error, quizás el peor. Desear lo que no quería aceptar: amor.
Me interrumpieron las voces que provenían de afuera. Ciel había regresado. La necesidad de verle me apremió y, fue entonces cuando salí de la biblioteca y leí en los ojos de Vincent que sabía algo sobre mí. Sobre nosotros.
-Amo. – Musité, haciendo una reverencia. Sus zapatos estaban llenos de barro pero, no me atreví a decir nada. - ¿Puedo ayudarle a usted y al joven a limpiarse?
-Sebastián. – Intentó ser lo más cortés posible. Lo podía leer en la vena que saltaba de su frente. No me faltaba al respeto porque desconocía lo que un demonio podría hacerle y, lo temía. – No quiero que sirvas a Ciel ya. Nunca más. Tanaka se encargará de eso.
Sentí algo que se me aglomeraba en el estómago, en la garganta. Quería tomar a ese hombre por el cuello y lanzarlo contra la pared. – Sí, señor. – Asentí, llevando una mano a mi pecho.
Sonreí. Me gustaban más los retos que las cosas que se daban simples. Pero, ¿por qué Ciel no había entrado pidiendo algo de beber? Estoy de acuerdo en que no me lo pidiera a mí pero, habría escuchado cuando se lo pidiera a Tanaka. No me quedaba más que esperar a que anocheciera para poder ir a buscarle.
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Terminé de limpiar la cocina y, entonces, me percaté que no había vuelto a escuchar ni un suspiro proveniente de la habitación de Ciel. Ahora que Vincent dormía al igual que todos los demás podría hablar con él finalmente.
Deslicé una llave por dentro de la manga de mi camisa hasta mi mano. Servir a Vincent toda la tarde me había sido de utilidad para robarle la llave. No quería causar ningún tipo de estruendo al forzar la puerta.
Avancé hasta ésta y la abrí suavemente. El candelabro en mi mano titubeó al momento en que no encontré a Ciel a primera vista.
-Amo. – Susurré. Sabía que él podría escucharme aún si hablaba muy bajo. Todo estaba en silencio.
Alumbré las esquinas de la habitación y, le sorprendí acurrucado contra una esquina de ésta.
-Lárgate. – Murmuró con rabia contenida en su voz. – No quiero volver a verte.
-Pero, amo… - Me acerqué lentamente y, me arrodillé frente a él. – Yo siempre he querido ayudarle, únicamente.
-Y lo harás. – Su voz fue diferente, podía sentir el odio y eso me hizo agua la boca. Ciel siempre sabía cómo explorar lo más recóndito de la maldad y el pensamiento humano. – Cuando Vincent se case con Deborah lo harás. – Era la primera vez que llamaba a su padre por su nombre y, eso me hizo afirmar mis sospechas. Algo había sucedido.
Alumbré con el candelabro su cuerpo, aún llevaba puesta la ropa de montar. – Déjeme cambiarlo. Sé que la situación entre usted y su padre no es la mejor.
-Él te ha prohibido acercarte a mí.
-Sí, lo ha hecho pero, no pienso seguir esa orden. – Sonreí, llevando una mano a su rostro. – No quiero separarme de usted. – Mi mente habló por mi cuerpo.
-Golpéame, Sebastián. Tal como yo lo hice aquella vez contigo. – Musitó, tomando mi mano con la suya. Temblaba y estaba sudando helado.
-No podría. Además, ese era un castigo ¿o no? – Intentaba distraerle. – Usted no ha hecho nada malo.
-De hecho, sí he hecho algo muy malo. Pero no has sido tú quien me ha castigado por eso.
-¿Qué quiere decir con eso? – Aproximé mis manos a su espalda y, me di cuenta del terrible espectáculo que me esperaba. La camisa de Ciel estaba pegada con la sangre seca a su espalda. Vincent le había golpeado nuevamente pero, esta vez había sido despiadado.
-Se ha dado cuenta que te he besado. Cuando me hiciste regresar a la habitación en la mañana, ¿recuerdas? Ha dicho que no se permitirá tener un hijo homosexual. Que lo corregirá sin importar el precio…
Me quedé en silencio por unos instantes. – Perdóneme. He sido yo quien…
-No, no te culpes. Por primera vez es culpa mía. Yo nunca debí permitirme a mí mismo esto. – Susurró, dando espacio para que pudiera ayudarle a levantarse.
Le llevé a la cama y humedecí la camisa con un poco de agua de la jarra que siempre dejaba en la habitación. Retiré suavemente la prenda y noté que no eran demasiadas las heridas. Era lo profundo de dos de ellas lo que había provocado el sangrado. Las limpié con delicadeza, no quería lastimarlo más. Se veía que estaba avergonzado de los golpes de su padre. Odiaba que fuera capaz de causarle dolor. A mi me fastidiaba ver como marcaba su piel. Su piel que era tan suave, sensual y capaz de provocar hasta el más ínfimo de los seres de éste mundo. Hubiera deseado ajusticiarlo con mis propias manos, sin esperar contrato ni nada.
-Permitido. ¿Se refiere a tener sexo con un demonio? – Pero la respuesta que mi pregunta tendría era muy distinta de la que alguna vez esperé. Le quité los zapatos, buscando un pretexto para mantener la vista baja.
-Me refiero a amar a un demonio. – Subí la vista, incrédulo; solo para que sus ojos azules me confirmaran eso. – Se lo he dicho a la cara. Me casaré con Elizabeth pero, solo lo haré para destruir ese amor que siento por ti.
Permanecí en silencio. Las lágrimas aparecieron en sus ojos, las limpió rápidamente. - ¡Lárgate de aquí, Sebastián! ¡Deja de sentir pena o de fingir que te doy lástima!
Tercer gran error de ese día. – No. – Mi voz fue autoritaria aunque muy baja. – Yo siento algo muy grande dentro de mí. Me he vuelto adicto a ese juego que usted ha creado. – Tenía que decirlo.
-Claro. ¿Qué más podría sentir un demonio? – Me miró con ira, ya no con el amor del primer momento.
-Olvide lo que he dicho. No sé expresar lo que siento con exactitud. – Le ayudé a colocarse boca abajo en la cama y, comencé a aplicar un poco del bálsamo que había dejado en la mesa de noche hacía un tiempo atrás.
-Ah, Sebastián. Si tan solo fueras humano. Entonces no serías prisionero de Vincent tanto o más de lo que yo lo soy. – Se giró y me miró. Todo el cinismo que siempre escondía su rostro se había desvanecido. Era Ciel, solo él y nada más. El verdadero que solo se mostraba para mí. – A partir de mañana no quiero que volvamos a vernos.
-Pensé que nos encargaríamos de ayudar a su padre a conseguir la última parte del contrato. – Luchaba por mantener la calma pero, imaginarlo lejos me rompía por dentro.
-Y lo haremos. – Musitó. – Pero, no tengo escape. Si no me caso con Elizabeth, él ha dicho que no lo hará con Deborah pues, no puede comprometerla a la vergüenza de un hijastro homosexual. – Rió por lo bajo al ver mi expresión. No sé qué cara habré puesto pero, Ciel se sentó en la cama y acarició mi rostro. – Eres tan bueno actuando que hasta creo que me extrañarás.
-No actúo. Es la primera vez que me siento parte de algo. Amigo, cómplice, amante. Todo eso lo he experimentado con usted, amo. – No sentí cuando rodé en la cama y lo coloqué sobre mí. – Si quiere escapar, escaparemos. Si quiere que asesine al amo ahora mismo, faltaré a todas las reglas y lo haré.
-Eres mi dolor feliz, Sebastián Michaelis. – Me dijo, mirando fijamente a mi rostro. Creo que él sabía y sabe mejor lo que siento. – Pero, no sería capaz de hacerlo. En medio de todo, esta noche aún lo considero mi padre. Deja las cosas ser. Mañana seré el mismo de siempre.
Y yo estaba consciente que así sería. Para mañana Ciel habría dejado de llorar, de sentir como ahora lo hacía y, todo el orgullo que había dentro de él volvería a florecer. Acaricié su espalda y gimió por lo bajo. –Lo siento.
-Ya sabes. A partir de mañana, no volveremos a estar así.
-No quiero. – Mis brazos se cerraron en torno a su cadera. – No voy a dejarlo ir. – Necesitaba una excusa. - Las reglas dicen que siempre debo estar con usted cuando no esté con Vincent.
Me besó suavemente. Se recostó en mi pecho y permaneció ahí, escuchando a mi falso corazón latir. Falso y que sentía tantas cosas por él. –No me vuelvas a llamar amo. Llámame Ciel.
-Ciel… - Susurré. Deseaba decir "te amo." Pero, los demonios no experimentamos eso, ¿o sí?
-Debe ser muy bueno ser demonio. No se tiene familia. – Dijo, rodando en su costado y tumbándose a mi lado. Me apresuré a sentarme, percatándome de la falta de respeto que cometía al acostarme a su lado. – Quédate.
-Pensé que había dicho que me fuera. – Sonrió y lo negó con la cabeza. – Y respecto a lo de no tener familia. Yo sí tuve una madre alguna vez.
-¿Te amaba? – En su rostro se veía claramente que deseaba siquiera yo hubiera sido feliz en ese sentido.
Lástima que no me estaban permitidas las mentiras para con él. – No. Era una hechicera y vendió mi alma al demonio. Tan solo fui un humano por 25 años.
-Vaya. – Miró hacia abajo. – Demonio. Fuego. Quiero fuego para el día de la boda de mi padre. Los demonios se llevan bien con el fuego después de todo, ¿no?
-Habrá fuego, amo… Ciel. Todo el que quiera. – Era increíble como su persona jugaba con la maldad y la estrategia. Le miré a los ojos. – ¿Quiere ver a su padre morir en las llamas?
-Algo así. – Sonrió. – Tengo una idea de cómo hacerlo sin levantar sospechas.
