Respuestas a reviews:

Katha phantomhive: Sí, yo sé que el capítulo daba rabia por eso.. Vincent fue muy malo con Ciel y aparte, se esfuerza por demostrar a Sebastián que él tiene poder sobre su persona. Por otra parte, Ciel que no quiere dejar ir a Sebastián y, Sebastián que tampoco lo quiere dejar ir a él.. *_* A mí me gusto escribir esa parte jajaja.. Espero que te guste el nuevo capítulo y, gracias por el review! :DD

Lil Joker: Qué honor en serio recibir un review de parte tuya! :DD No hay pena, no importa si no dejas ya reviews porque sé que sigues mi historia y, eso me ha hecho muy feliz.. XDD Y, bueno, Sebastián está enamorado por primera vez y, de ahí la complicación de no saber ni siquiera cómo expresarlo.. Espero que te guste el nuevo capítulo. :DD Tu historia es genial, no importa si es triste un capítulo o diez más, realmente, es algo que vale muchísimo la pena leer, excelente, y que deja como dirían "un buen sabor de boca.." XDD Gracias por el review! :DD

AezeMy: Lamento y a la vez me agrada que te haya hecho llorar.. jajaja, lo último solo porque sé que entonces sí transmite la emoción que yo quería.. XDD No soy tan mala.. :DD No imagino cómo harías la descripción del Vizconde Druitt.. XDD creo que me encantaría leerla, jajaja.. :DD Muchas gracias por el review! :DD

mininahermosa29: Gracias! Me alegro que te haya gustado y, muchas gracias por el review! :DD

Arlenes: Gracias! :DD Todo el amor es bien recibido y, correspondido jajaja.. :DD Sebastián no le dice a Ciel que lo ama porque simplemente no sabe que eso es lo que siente por él.. u_u así que no nos queda otra que tenerle paciencia.. XDD Sobre la hermana de Paula.. mmm.. ya dentro de poco se sabrá.. ;) jajaja.. pero mientras te dejaré con la intriga.. xDD Me alegro que te guste el fic y, aquí está el nuevo capítulo.. Gracias por el review! :DD

Guest: Gracias amiga! :DD Espero que lo continúes leyendo.. Gracias por el review.. :DD


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Arregló la última flor. Todo estaba preparado para esa noche. La noche en que el joven Phantomhive pediría la mano de la señorita Elizabeth Middleford. Una ocasión esperada por los mayores para celebrar, por Ciel para librarse de su familia. Pero, ¿y él? ¿Era esperada por él?

Sebastián aspiró el aroma de la rosa roja que acababa de elegir y, luego la colocó delicadamente en el jarrón. Todos exactamente iguales. Una docena de rosas blancas y una roja. Una solo rosa roja en medio de todo el arreglo.

-A mí no me engañas. – Musitó la joven mucama pelirroja, abrazando al moreno por la espalda. – Estás triste.

-No. En lo absoluto. – Sebastián se giró para encarar a la mujer y sonrió. – El amo contraerá nupcias, es una ocasión de felicidad. Si provoca alegría al amo, la provocará en mí también. – Lo malo era saber que no provocaba la menor felicidad al ojiazul. Si hubiera sido así, tal vez el corazón del mayordomo no hubiera experimentado sensación alguna.

-¿Nunca has amado a nadie, Sebastián? – MeyRin no creía en la frialdad del moreno del todo. Lo miró con escrutinio, poniendo los brazos en jarras. Hasta había detenido su labor de limpieza con tal de interrogar al moreno.

El moreno sonrió. – Los mayordomos existimos para servir, no para enamorarnos.

-¡Qué patraña! – Alegó la joven. – Los mayordomos no son de papel ni de cera. Los sirvientes somos humanos y… y como tales tenemos sentimientos. – MeyRin bajó la mirada involuntariamente. Tratar semejantes temas con quien provocaba esos sentimientos en ella no era sencillo.

-Pues yo me he esforzado en no tener ninguno. – Masculló Sebastián. Luego, volvió a su tono de voz habitual, tranquilo. – Ahora si me permite. Continuaré con mis tareas. – Tomó el paño con que había estado limpiando los jarrones y abandonó la habitación.

-¡Sebastián! – La voz de Vincent resonó en el pasillo. El mayordomo aún no terminaba de recorrerlo y… no importaba lo que hiciera o dijera. Cada vez que el hombre le llamaba, él debía acudir sin demora alguna. Al fin del caso, era su amo. Lo quisiera o no.

Sebastián giró en sus talones y regresó en sus pasos hasta llegar al despacho de su contratista. –Amo, ¿qué puedo hacer por usted? – Dijo, dedicando una reverencia al Phantomhive, mientras éste se acomodaba en su silla acojinada.

-Cierra la puerta, Sebastián. – Ordenó, bebiendo un sorbo de la copa de coñac que mantenía en su escritorio. Era un vicio recién adquirido. Se lo había contagiado Deborah, quien siempre estaba bebiendo mimosas en su oficina.

El moreno obedeció y, el amo señaló una silla para que tomara asiento. Sebastián se acercó contrariado. – Señor, yo no podría… Soy solo…

-Calla y siéntate. – Vincent ya no parecía temerle tanto como los días anteriores. Bien pudiera ser efecto de la bebida. Sebastián tomó asiento y apoyando las manos sobre las piernas. – Dígame, amo Vincent.

-Estoy al tanto de lo que sucedió entre tu persona y mi hijo. – Los ojos de Vincent brillaron cuando musitó esas palabras con una sonrisa maliciosa en su rostro. – Solo quiero que sepas que me encargaré de hacer de tu existencia un infierno peor al que existe en el inframundo. – Arregló su chaleco, como si acabara de relatar una historia de lo más común.

-Puede castigarme cuanto quiera, amo. Soy su siervo después de todo. – Las pupilas de Sebastián se tornaron gatunas, mientras sus ojos adquirían un color violáceo. – Mas no olvide que algún día he de tomar su alma, y lo he de hacer sin compasión alguna si, usted no es capaz de tenerla para conmigo.

-No me retes demonio. – El Phantomhive se puso de pie, observando al moreno. - ¿Sabes? Hasta encuentro el motivo de porqué a Ciel le gustas tanto. Eres la viva encarnación de la lujuria. – Avanzó hasta quedar detrás del mayordomo. Colocó ambas manos en sus hombros y susurró al oído de éste. – Quítate la chaqueta. Sé exactamente cómo vamos a castigar esa hermosura tuya. – Se acercó a la puerta y gritó. – ¡Jack! ¡Tráelo! – Se giró para mirar al moreno. Sebastián le miraba expectante. – Sé que tu piel se recuperará en unos pocos días pero, mientras, me daré el gusto de ver la marca que he puesto en esa cara tuya.

El Phantomhive era un poco más alto que Sebastián. Se acercó a él nuevamente y lo obligó a ponerse de pie. – Escúchame bien. Te ordeno no moverte hasta que haya terminado, ¿de acuerdo?

Sebastián pasó saliva. – Sí, señor.

-Lo calentaré un poco más, amo. – Respondió el cuidador de caballos, entrando en la habitación con un instrumento de hierro para marcar el ganado. Se acercó a la chimenea para que el calor del fuego alimentara el metal hasta que éste, se enrojeciera.

-¿Conseguiste el que te he pedido? – Pregunto Vincent, tranquilo. Se podría haber dicho que hasta con cierto tono de diversión en alguna forma.

-Por supuesto. - El hombre, quien daba la apariencia de ser del campo por siempre vestir pantalones vaqueros y botas, se aproximó con una sonrisa asquerosa en el rostro. Sostenía en sus manos el sello de hierro con la letra "V"

-Amo. – El moreno titubeó. No había dejado de ser humano por el suficiente tiempo como para no sentir un vago temor al dolor. – Pero… yo ya le pertenezco.

-No lo suficiente al parecer. – Vincent sonrió. – Sujétalo, Jack. – Indicó al cuidador y, luego susurró para el moreno. – No te atrevas a moverte, es una orden.

Sebastián se dejó sujetar. – No imaginas como terminarás Vincent Phantomhive. – Murmuró.

-No me importa. Mientras me sirvas, te mostraré que solo eres eso… un mayordomo. Mi mayordomo. – Y dicho esto, prensó el sello hirviente contra el rostro de Sebastián.

El moreno apretó los dientes. Podía sentir como el calor atravesaba su piel hasta llegar al músculo de su mejilla.

"Padre…"

Ciel llamó a la puerta en ese instante. Un gemidito lejano le advirtió que algo sucedía ahí dentro.

-Pasa, hijo mío. – Musitó el hombre, despegando el sello del rostro de Sebastián, provocando que éste jadeara por el dolor. La mejilla le latía y, una humedad extraña la llenaba. Pero sobre todo, ardía. Tanto como ese día, como el día en que su existencia se había convertido en una eterna.

El ojiazul hubiera deseado no haber entrado jamás. - ¡Qué has hecho! – No era una pregunta pues, podía ver exactamente lo que había hecho.

-Me aseguro que no vuelvas a acercártele. – Afirmó Vincent. – Porque… no querrás que lo vuelva a lastimar, ¿cierto?

Ciel cerró las manos en puños. Deseaba tanto poder hacer algo y, a la vez le era imposible. – Pues… lo merecía. Es tu sirviente después de todo. – Espetó el menor, acercándose hasta el moreno, deslizó un papel en su mano y luego se alejó, simulando recorrer toda la escena con frialdad. – No me interesa ver como castigas a tus sirvientes, padre. De hecho, lo único que he venido a hacer, es a asegurarme que este hombre tuviera lista toda la decoración para el evento de esta noche.

El ojiazul dio un último vistazo, el estómago le dio un vuelco. Eso era lo último. Cerró la puerta tras de sí y corrió hasta su habitación. Se arrodilló en el suelo y apretó los puños, cerrando los ojos. – Te juro que esta vez no voy a perdonarte, padre. ¡No te lo dejaré pasar! – Llevó una mano a su rostro. – Sebastián. ¿Cómo te has atrevido a tocarlo? – Se sorprendió a sí mismo. Ahora podía estar seguro de lo que había dicho unos días atrás, más a modo de provocación que cualquier otra cosa.

"¡Padre, yo amo a Sebastián Michaelis!", solo para luego echar a reír. "Tú, el perfecto Vincent Phantomhive, tiene un hijo al que le gustan los hombres."

"¡Maldito! ¡Desde hoy no tengo hijo!", había gritado el hombre, enfurecido y, eso había desatado los golpes que Ciel había recibido.

Y no era que entonces no amara a Sebastián pero, desde que estaba lejos de él, se había dado cuenta que le amaba en verdad. Más ahora que le veía en riesgo, ¡qué tonto de su parte haber jugado con el demonio todo este tiempo! Debería haberse dedicado a disfrutar de eso que sentía por él.

"El amor debe ser recíproco es verdad. Pero, si en caso no pudiera serlo, ¿por qué no tomar siquiera la oportunidad de disfrutar a esa persona mientras se le tiene al lado? ¿Tan necesario es decirle que lo amas?", musitó para sí.

No, no era necesario. Pero, él ya lo había hecho. No obtuvo un "yo también" pero, tampoco fue rechazado.

Fue hasta la cocina y pidió un paño a MeyRin y unas flores de hipérico. No sabía cómo curar demonios pero, algo tendría que intentar.

¿Ir a buscarle o no? ¿Decirle que le había cambiado la vida y modificado su forma de ser? No, mejor esperar.

Habría que esperar. No quedaba de otra. El orgullo no permite tanto.


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"Espérame en el kiosco."

Ya había leído el pedazo de papel diez veces. No quería que nadie lo viera hasta que su mejilla sanara. Vibraba de la rabia y del deseo de asesinar a Vincent. A penas podía contenerse. Si lo hacía, lo hacía por Ciel porque "él" era su amo y, no quería decepcionarlo.

Se sentó al lado de la mesa, intentando ocultarse tanto como le era posible. No estaba escondido pero, no quería que nadie le viera medio rostro quemado. No cabía duda, el hombre se había asegurado herir al moreno, por muy poco que durara el daño, duraba el suficiente para hacerle pasar la vergüenza. Él que era un demonio tan poderoso, sumido frente a un hombre cualquiera por algo tan vulgar como el hambre.

Caía el atardecer. El tiempo no pasaba tan despacio para él como para los humanos. Sin embargo, ese día se le hizo eterno. Finalmente, se aventuró a palpar la marca que le habían impuesto. Era un círculo con una letra "V" en el medio. Ardía porque era enorme en parte, ocupaba casi toda su mejilla. Vincent no marcaba su ganado o sus caballos con una "P" por su apellido, sino con la inicial de su nombre. Así todos sabían que todo era de Vincent, que nada era de Ciel.

-Veo que me esperaste. – Susurró el menor, sin poder evitar fruncir el ceño al ver el rostro del moreno asomarse.

-No podía hacer otra cosa, ¿o sí, amo?

Ciel sonrió y se acercó a él. – Es Ciel. – Se sentó junto al moreno y extendió el paño. En él había envuelto las flores para que nadie le viera, las apretó entre este hasta que el líquido que desprendían las suavizó ligeramente. Sebastián le dirigió una mirada y, luego vio hacia el horizonte. Sin prestar mayor atención al menor. – Imagino que conoces el hipérico. – Musitó, apoyándose en una rodilla y, llevando las flores al rostro del moreno. – Muchos soldados han sobrevivido gracias a la cicatrización de esta planta.

-Lo sé. – Sebastián llevó una mano a su rostro, sosteniendo los pétalos contra su rostro. – No creo que quiera verme así.

-Heridas de guerra, como las nuestras. – Susurró el ojiazul, sin apartarse del frente del mayordomo. – Yo sé que no eres capaz de sentir nada por mí. – Suspiró. – Que alguna vez fuiste un humano, lleno de sentimientos probablemente y, yo no tuve la dicha de conocerte entonces pero… - Miró hacia abajo, intentando encontrar las palabras. – yo te amo y, te prometo que te liberaré de mi padre, aún si en ello me pierdo a mí mismo.

-Ciel… - Dijo el mayordomo, llevando una mano al rostro del menor y acercándolo al suyo propio. El ojiazul no tenía ninguna reacción adversa a su herida. Es más, le había intentado ayudar. – yo…

-No, no digas nada. – Ciel se puso de pie. – Debo irme ya. No pensé que nuestro encuentro sería así. En realidad, cuando escribí esa nota. Solo pensaba en verte. – Intentó sonreír. – Tengo que arreglarme para ver a Elizabeth. Mientras no consiga lo que busco, tendré que continuar haciendo lo que Vincent diga.

El moreno observó desde su asiento aquella comedia fina que la vida le ofrecía. No, hoy no le dejaría ir así. – Ciel… espera.

-¿Sí? – Se giró y, el aire esparció su aroma por el kiosco. No el de su perfume, sino aquel que solo Sebastián era capaz de percibir y, el menor sabía perfectamente que tenía.

-Yo… yo también te amo. – Se puso de pie. Finalmente una parte suya liberada. La sombra que le ataba al limbo de su eternidad y, no le dejaba pertenecer ni al infierno ni al mundo humano.

El rostro de Ciel quedó lívido. Y no eran las dudas, era la certeza. El demonio se había puesto de pie y avanzado hasta él, mirándole como solo se sueña ser visto y amado por alguien.

El ojiazul se abrazó a él. - ¿Estás mintiendo? – Aferrado con toda la esperanza que dijera que no. Imaginando como sonaría la palabra y, horrorizado que pudiera decir lo contrario.

-No, Ciel. No miento. Lo sé hace mucho pero, no he sido capaz de decirlo. – Musitó el mayordomo.

Ciel le miró fijamente, maravillado. Se paró en puntillas y le besó suavemente, apoyando su mano en la mejilla de Sebastián sin querer. El moreno sonrió y presionó la mano del ojiazul sobre la herida. – Quiero todo el dolor que puedas infundirme si esa es tu voluntad.

-No, Sebastián. – El ojiazul quitó la mano, colocando las flores con cuidado nuevamente. – Lo nuestro es solo un juego de aquí en adelante. Esto es lo único que quiero que sea de verdad. A ti.