Respuestas a reviews:

Katha phantomhive: Vincent tiene demasiada envidia de Sebastián porque siente que tiene todo lo que él no. Belleza, el cariño de su hijo, poder... y otros que para qué decir jajajaja.. ;) Y ya veremos si Sebastián y Ciel se quedan juntos porque está difícil, muajaja, te tendré pensando hasta el último capítulo. :DD Y siii, al fin lo reconoció Sebastián.. :DD Gracias por el review!

Madame Red: Wiii! Qué bueno que te gusto! Gracias por el review! :DD

AezeMy: Créeme que bien podría pasar algo así como lo que has imaginado pero, bah, no te daré adelantos muajaja, hoy amanecí siendo mala, jajaja.. XDD Me alegro que te haya dado tiempo de leer y comentar esta vez, la verdad es que extraño mucho tus comentarios sino.. :DD Gracias por el review! :DD

Guest: Lo es! Sebastián no puede ir en contra de su naturaleza pero, sí ama a Ciel.. DD: Gracias por el review! :DD

Rebeca18: Me alegro muchísmo que te haya gustado.. :DD Espero que continúes leyendo la historia.. :DD Muchas gracias por el review! :DD


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Ciel deslizó la yema de los dedos suavemente por la mejilla de Sebastián. Volvía a ser lisa y perfecta. – Me asustaste. Por un momento pensé te quedarías con la marca de mi padre en el rostro.

Sebastián rió. – No, Ciel. Eso es imposible. Los demonios nos regeneramos para poder ser eternos. – Su cabello azabache algo revuelto por el movimiento que había tenido en la cama. Esa noche no había sido nada sexual, solo besos y caricias.

-Has vivido todo entonces. – Susurró el menor, besando los labios del moreno suavemente.

-Te equivocas. No he vivido un matrimonio y, eso es algo que tú vivirás. – El mayordomo tomó el rostro del ojiazul entre sus manos y le besó una vez más. – Por el tiempo que me quede, voy a extrañarte.

-¿Por el tiempo que te quede? - Preguntó Ciel con la preocupación clara en el rostro. No estaba preparado para decir adiós a Sebastián ni ahora ni nunca.

-Bueno, Ciel. Los demonios volvemos al inframundo después de cada contrato. Cuando el mío con Vincent esté terminado nos libraremos de él pero, yo no podré permanecer más tiempo aquí.

El menor le miró incrédulo. - ¡No! – Sebastián colocó un dedo en sus labios para intentar silenciarle, el cual fue retirado de inmediato. - ¿Por qué? – Y el mayordomo se sintió ligeramente contrariado. El rostro de Ciel decía rabia y su voz decía dolor. – ¡Se suponía que entonces estaríamos juntos!

-Eso es lo que tú has querido pensar. Yo solo he pensado en el deseo de librarte de tu padre que alberga ahí dentro. – Llevó una mano al pecho del ojiazul. Su rodilla apoyándose en la cama para levantarse un poco y poder mirar a Ciel desde arriba. No tenía ganas de continuar la conversación y lo mejor que podría hacer era irse.

-¡Espera! – Le tomó por las solapas y lo devolvió a la cama. Claro que el demonio lo había permitido pero, no por molestar sino, porque en el fondo respetaba a Ciel. – Entiendo perfectamente lo que dices. Sin embargo, pides demasiado de mí. No puedo escoger entre tenerte y deshacerme de mi padre. Él está acabando conmigo.

-Ciel, yo siempre estaré contigo. No puedo ir contra mi naturaleza demoníaca. – Suspiró. Parecía como si hubiera recitado esas líneas de memoria porque era lo que debía hacer. – Ni siquiera me pidas cambiarlo.

-¿Tan poco te gusta este mundo?

Sebastián rió. – De hecho, me gusta bastante. Sobre todo ahora pero, eso no es algo que pueda discutir con mi existencia.

Ciel mordió su labio inferior y el demonio se sintió preocupado al ver eso. – ¿Hay algo en su mente ahora?

-Mi mente siempre está llena, Sebastián Michaelis; aunque, creo que finalmente he armado el rompecabezas.

-¿Rompecabezas? – Sabía que se había perdido de alguna cosa en la conversación. Ciel siempre estaba dejándole con la información a medias y, ni siquiera siendo un demonio era capaz de entenderle muchas veces.

-Sí. – Afirmó Ciel. – Ahora vete y, dile a Tanaka que venga.

-No se tarde. Recuerde que debe ir a dormir temprano. Mañana es su boda con la señorita Elizabeth. – El ojiazul hizo una mueca de desagrado ante el comentario del moreno. Lo hacía por fastidiarlo, su sonrisa sarcástica lo confirmaba. – El tiempo pasa tan rápido.

-Sí, sobre todo cuando tu padre te obliga a contraer nupcias en dos semanas. – Miró hacia otra parte, intentando ocultar la ira que le invadía.

Sea positivo. – El moreno palmeó el hombro de Ciel, un gesto que no se permitía ni siquiera ahora que se habían llamado amantes. – Usted se casa y evita la deshonra de su familia. Su padre se casa con Deborah Miller y, la venganza se cumple. Él muere y, usted lo hereda todo gracias a la carta que le hizo firmar a ella. – Sonrió, tomando el mentón de Ciel entre sus dedos. – No podría haber esperado menos de usted. Un plan sin fallo alguno.

Ciel esbozó una media sonrisa. – Así es. – El aroma del mayordomo le recordó que su plan si tenía una falla. Perdería a Sebastián en el proceso. – Ahora ve y, llama a Tanaka. Necesito pedirle algo. Además, mi padre podría encontrarte aquí y, ambos sabemos que eso no sería nada bueno.

-Sí, mi señor. – Respondió el moreno sonriendo. El ojiazul sacudió la cabeza y apretó los labios. Sebastián siempre le hacía reír en su fuero interno.


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Deslizó sus dedos entre los cabellos castaños del hombre que le abrazaba. Reía, reía como no lo hacía con nadie más. Reía, aun cuando sabía que esa era su última noche juntos.

-Jack. – Susurró suavemente, acariciando ahora el rostro del mayor. Sus lágrimas habían comenzado a correr por sus mejillas sin pedir permiso. Ya no podía ocultarlo. Eso era lo que su corazón mandaba. – Te amo.

Las gotitas se tornaron frías en su rostro y él las limpió de inmediato. Había tanto frío que podrían convertirse en copos de nieve. – Yo también te amo, Elizabeth. Perdóname. Sé que lo que hice fue terrible.

-No. Mi tío te ha obligado, Jack. No creo que hubieras lastimado a Sebastián por otro motivo. – La joven parecía ahora resignada. – El tío Vincent se ha encargado de hacer miserable la existencia de Ciel y, si le ha visto encontrar consuelo en las palabras y acciones de Sebastián. Tiene todos los motivos para hacerle daño. Según su pensamiento, claro.

-Es la verdad, Elizabeth. De cualquier forma… - El entrenador de caballos ayudó a la rubia a sentarse en un tronco. Luego, él tomó asiento a su lado. – ha logrado separarnos.

Lizzie se giró para verlo. Sus botas altas y la coleta en que sujetaba su cabello siempre le hacían ver rudo. Ahora, a pesar de llevar las mismas botas y la camisa arremangada, su cabello ondulado, libre y que llegaba hasta su mentón, le hacían ver como un muchacho sensible y triste.

-Yo tampoco quiero separarme de ti. – Se acercó para abrazarle y, él le rodeó con sus brazos para protegerla del frío y brindarle un poco del calor de su cuerpo. Elizabeth escondió su rostro contra el pecho del joven. – He estado comprometida con Ciel desde que lo recuerdo. – Gimió. – Yo no lo amo. Eso puedo jurártelo.

-Yo lo sé, amor mío. Pero, eso no cambia las cosas. – La empujó suavemente para contemplar su rostro. – Mañana a esta hora serás la esposa de Ciel Phantomhive. ¡Seguro otro monstruo igual a su padre! – Exclamó, empuñando las manos por la rabia. – ¡Si se atreve a ponerte un dedo encima, te juro que…!

-No. No sigas. – Le interrumpió la rubia, besando el rostro del joven. Su piel morena clara, de ese color por los días de sol en que cuidaba a los equinos, rozó contra sus labios y, supo que no podría dejarle. – No te dejaré.

Jack le miró confundido. Sonriendo entre lágrimas. - ¿Qué dices, niña tonta? ¿No me dejarás?

-No. Nos escaparemos. – Elizabeth sonrió. – Huiremos después de la boda. Al anochecer.

El cuidador le tomó las manos y acercó a su cuerpo, riendo por la mera ilusión del plan. - ¡Estás loca! Ciel no te dejará ir.

-Lo hará. Yo aún creo que él no es igual a su padre. – Susurró la rubia, abrazando una vez más a Jack. Quería besarle hasta quedarse dormida. Lástima que bien sabía eso no se podía. Cada día desde que había conocido al cuidador de caballos había sido una eterna lucha de su madre por hacerle quedar en casa, como si supiera a lo que salía.

No obstante, Elizabeth continuaba fingiendo visitas a los Phantomhive para verle. Le había conocido después de un al fin del caso. ¡Qué bueno que a Ciel ella no le importara! De lo contrario, habría notado el carruaje en que llegaba, o el hecho que jamás nadie bajara de él y fuera hacia la mansión.

-Es usted muy dichosa, señorita Elizabeth. – Musitó el mayordomo, quien observaba la escena desde la ventana. Miró hacia abajo. – Ojalá Ciel fuera igual a usted, para cambiarlo todo por quien ama. Ojalá yo fuera igual a Jack, así podría permanecer a su lado y no tendría que abandonarle para ir a buscar algo que ni siquiera me importa demasiado ya. Comida.


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El anciano mayordomo llegó hasta la habitación a la que había sido convocado. Ciel ya no le llamaba muy seguido; ahora todo en sus labios era "Sebastián".

-¿Me llamó, joven amo? – Preguntó Tanaka, llamando a la puerta suavemente y abriendo la perilla ante la afirmación del ojiazul.

Cuando el hombre entró, pudo notar que el ojiazul leía meticulosamente un libro. Parecía como si en él hubiera encontrado la respuesta a algo que buscaba desde hace demasiado tiempo. - ¿Joven amo? – Volvió a preguntar. Temiendo interrumpir a Ciel.

-Sí, Tanaka. Verás. Necesito que consigas dos flores de azahar, dos velas y dos rosas rojas robadas. – Puntualizó el menor, sin levantar la vista del libro.

-¿Robadas? Pero si me lo permite, joven amo, usted jamás ha necesitado de robar. – El mayordomo apenas podía creer lo que escuchaba.

-No me refutes o llamaré a Sebastián para que sea él quien lo haga. – Amenazó el menor, aunque en su fuero interno no quería tener siquiera cerca al moreno mientras estuviera trabajando en sus planes.

-No es necesario, amo. Lo haré. – Respondió el mayordomo, haciendo una leve inclinación para reverenciar al ojiazul. - ¿Para cuándo debo tener todo?

-Para la noche antes de la boda de mi padre. Ni antes ni después, querido Tanaka. – Sonrió el ojiazul.

"¡Sebastián!"

El grito de Vincent interrumpió los pensamientos de ambos. Tanaka permaneció unos segundos más en silencio, esperando escuchar los pasos del moreno, Ciel por su parte, sabía que el demonio no necesitaba siempre de caminar con sus dos piernas para llegar al lugar donde se requería su presencia.

-Como he dicho, Tanaka. Esa noche, necesito de estos artículos.

-¿Hará algún tipo de conjuro, amo? – Preguntó el anciano.

-Exacto. Haré uno que no permita ningún mal espíritu o fuerza entrar en esa habitación mientras mi padre y yo conversamos por última vez antes de su boda. – Tanaka le miró con curiosidad y ternura. Ciel sonrió. – Solo a mi padre pudo habérsele ocurrido preparar dos bodas tan rápidamente, ¿no crees? – Agregó para cambiar el tema.

-Sí, joven amo. Ya conoce como a su padre le gusta apresurar las cosas. – Respondió el sirviente, perdiendo la atención de todo lo que hablaban anteriormente. - ¿Algo más que desee?

-Nada. Otro día te pediré algo más. – Musitó el ojiazul. – Ahora debo ir a dormir. Buenas noches, Tanaka.

Y con eso, se aseguró que el anciano se marchara y le dejara en paz. No tenía ganas de pensar o fingir ya. Solo dormir.


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"¡Sebastián!"

Gritó Vincent por segunda vez. El mayordomo se tardaba demasiado últimamente y, eso le fastidiaba. El libro que sostenía entre sus manos le había confirmado una noticia mucho peor. Algo que su amigo Undertaker ya le había anticipado esa mañana.

-¿Puedo ayudarle en algo, amo Vincent? – Preguntó el moreno, entrando sin siquiera detenerse a tocar la puerta. Sus modales se habían ido a la basura desde hace algunos días.

-De hecho. Creo que finalmente servirás para algo, mayordomo inútil. – Musitó el Phantomhive con una sonrisa. – Mi amigo Undertaker tiene algo para mí. Quiero que vayas, lo recojas y lo traigas sin abrirlo ni curiosearlo, ¿de acuerdo?

-Sí, mi señor. – Sebastián dedicó una reverencia al hombre. – Lo traeré de inmediato.

-Ah y… Sebastián, – Vincent le detuvo cuando el moreno estaba a punto de cruzar la puerta. – no creas que dejarás de ser mi sirviente aún. Eso simplemente no sucederá. Yo soy tu amo y te obligaré a vivir a mi lado todos los años que pueda.

-Lo sé, amo. – Susurró el moreno, mirando de reojo al hombre. Ya se había adelantado a los hechos, imaginando lo que le sucedería una vez Ciel se marchara.

Solo una noche lo separaba de su destino.


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La luz de la mañana golpeó su rostro. Deseó haberse quedado dormido durante el día entero. Se había llegado la esperada boda.

-Aquí viene el circo… - Masculló Ciel por lo bajo. Se levantó y anduvo de puntillas hasta el pasillo, se asomó por el bordillo de la baranda que daba a la planta baja y al salón principal de la mansión. Los sirvientes corrían de un lado a otro llevando todo tipo de cosas.

Dulces de todos sabores, flores de todos colores. En la mente de Ciel ya se podía escribir un poema acerca de las cosas hermosas que componen una fiesta de boda. Aunque, algo se debía reconocer, los sirvientes de la mansión Phantomhive eran siempre eficientes.

Bajó las escaleras para poder contemplar el espectáculo de cerca. Ahora podía ver la diferencia entre los bocadillos dulces que iban desde trufas de chocolate hasta los más rebuscados confites de Inglaterra y quizás del mundo. También había bocadillos salados, manteles blancos almidonados a la perfección, sillas, mesas, copas, vasos y, en fin, todo lo que Ciel había y no había imaginado que se fuera a necesitar.

Alguien gritó entonces, "¡Pastel!" El ojiazul contempló al moreno llevando un enorme pastel de tres niveles, bellamente decorado y del cual él ni siquiera sabía de su existencia. Su padre lo había preparado todo, él y la tía Frances. Suspiró.

-¿Es de su gusto que el pastel se encuentre al centro y los bocadillos alrededor, amo? – Preguntó la seductora voz de Sebastián, acariciando su oído.

Ciel pasó saliva y se giró para verle. Su rostro ardía pero, aún no era notorio. – Es perfecto, Sebastián. – Los sirvientes continuaban corriendo a su alrededor. El menor ya no los notaba, ahora eran simplemente sombras coloridas. Sus ojos y su atención estaban en él. – Sebastián Michaelis. – Susurró.

-Dime, Ciel. – Musitó el mayordomo en voz baja.

-Si te dijera que tomaras tus pertenencias y huyeras en este momento conmigo, ¿qué dirías? - Repentinamente la esperanza que afloraba dentro de su ser. Su mente decía ya no más pero, su corazón le obligaba a intentarlo una última vez. – Yo… yo me olvidaría del dinero de mi padre, del odio y… nos iríamos juntos.

-Te diría que no. – Sebastián sabía que había esperado muchísimo tiempo por una propuesta de ese tipo. Sin embargo, no estaba en condición de aceptarla pues, cuando Vincent notara su ausencia le llamaría, le castigaría y tal vez hasta le obligaría a hacerle daño a Ciel. – Sabes que no puedo.

Los sirvientes estaban tan ocupados que no notaron cuando el ojiazul cogió a Sebastián por la corbata. - ¡Se mío entonces! Te daré mi alma…

-Tampoco puedo aceptar eso. Yo ya tengo un contrato. – Respondió secamente. – Y como veo que no tiene nada más que decirme, creo que continuaré con mis tareas.

-¡Cómo quieras! – Masculló. – Iré a arreglarme. – Y se dirigió a las escaleras, más enojado que de costumbre. Claro, que había un accidente que a Ciel le sucedía con frecuencia cuando se molestaba. Su entrepierna se tornaba deseosa de caricias y atenciones. Estaba "caliente", como vulgarmente el menor se hubiera denominado a sí mismo.

Llegó a su habitación, azotó la puerta al cerrarla y se lanzó a la cama. No planeaba vestirse o arreglarse hasta haber solucionado el problema que se desataba en medio de sus piernas.

-Mmm… -Gemía, frotando de arriba abajo con rapidez, luego con lentitud, haciendo que el deseo entre su cuerpo creciera.

Colocó una mano atrás para apoyarse y permanecer sentado. Le gustaba más así. En su mente, Sebastián era quien estaba tocándole. Recordaba la primera vez que el moreno deslizó sus labios por su cuello, las manos por su cuerpo, cuando le recostó en la fría mesa de la cocina y se sintió dentro de su boca. – Seb- Sebastián… - Jadeó el ojiazul, moviendo su mano con mayor rapidez y, aferrándose a las sábanas. También pensaba en ese cuerpo marmóreo que parecía esculpido por los ángeles irónicamente y, que le provocaba tantas sensaciones con solo verlo.

-Ahh… - Apretaba su mano alrededor de su miembro ligeramente, permitiéndose embestir contra su mano ligeramente.

Sebastián se acercó a la puerta en ese momento. Había subido las escaleras y los gemidos de Ciel le habían llamado la atención. Cerró los ojos y relamió sus labios con lujuria al imaginar al menor tendido en la cama y complaciéndose a sí mismo.

-A-Ahh… - Jadeó una vez más, viniéndose en su mano y, de inmediato, la curiosidad invadió su mente. ¿Qué sabor tendría su esencia? Tenía que ser muy bueno pues, el moreno se deleitaba cada vez que la probaba. Llevó sus dedos a su boca. Justo en el momento en que metía el líquido en ella, Sebastián no pudo contenerse más.

Embistió contra la puerta y ésta enseguida cedió para permitir el paso al moreno. El menor le miró sorprendido y, el demonio sabía que tenía poco tiempo antes que su amante tragara el líquido por el que su ser suplicaba.

Se lanzó sobre él. Su cuerpo poderoso aprisionó a Ciel contra la cama, se recostó sobre él y se inclinó para besarle apasionadamente. El sabor invadía ahora todos los sentidos de Sebastián. Delicioso, el demonio gimió y se sintió estar a punto de correrse con tan solo probarlo. – Ciel…

El mencionado envolvió las caderas del demonio con sus piernas. ¡Qué delicia sentirle así! La tela de su ropa contra su piel desnuda. Las manos de Ciel luchando contra la chaqueta, solo para luego encontrar estorbo en su chaleco pero, daba igual. La sensualidad de su espalda haciendo crujir la tela con sus movimientos era suficiente.

-Sigue Sebastián… - Gimió Ciel. - Lo quiero aunque sea la última vez.


Notas finales:

Éste es el antepenúltimo capítulo de esta historia.. :DD Tan solo nos quedan 2 más. Gracias por leer y comentar.. :DD