Respuestas a reviews:

Mininahermosa29: Sí, ahora si ya es oficial. Este capítulo es el penúltimo y el próximo el final porque ya está escrito.. muahahaha.. XDD Me alegro muchísimo que la historia te haya gustado y gracias por el review! :DD

Katha phantomhive: Ciel por ser joven tiene la energía de querer vivir por mucho que diga que no, es por eso que de repente le dijo a Sebastián que huyeran y, pues, él por su parte ha aprendido a mantener las "costumbres demoníacas" por así decir.. XDD Lamento haberte dejado en el suspenso de lo que sucedía entre estos dos, y "el problema de Ciel" jajajaja.. es que ya verás como terminó el pobre al final de eso.. XDD Gracias por el review! :DD

AezeMy: Trataré de no lastimar a Ciel... demasiado.. muahaha.. XDD Mentiras.. bueno, ya veremos que pasa.. :DD Siii! Que Sebastián se vuelva humano y ya no tenga más contrato, qué bueno fuera pero, parte de la historia es ver como uno por amor tiene a veces que luchar contra circunstancias que uno mismo con su forma de ser provoca.. XDD Besos y abrazos virtuales para ti también, gracias por el review.. :DD

Guest: Lo sé.. XDD Sebastián es demasiado sensual y morirá por eso jajajaja.. Mentiras.. XDD Gracias por el review! :DD

Miyuki126: Mmm.. pueda que se queden separados pueda que no.. XDD Me alegro que hayas encontrado esta historia y te haya gustado. Yo he disfrutado mucho escribiéndola debo decir.. :DD Gracias por el review! :DD

nanamiluchia1411: *le gusta verla saltar como psicópata* jajaja.. :DD No te convenció el resumen? mmm.. es que no soy buena expresándome en tan pocas palabras.. Yo necesito unos dos párrafos para poder hacerlo bien jajaja.. :DD Igual, agradezco muchísimo que la historia sea de tu agrado, eso es un honor y sobre todo que la hayas leído de principio a fin. :DD Gracias por el review! :DD


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La marcha nupcial resonó en toda la catedral. Estaba repleta. La nobleza de Inglaterra se había dado cita en un mismo lugar ese día y, también para un mismo evento: La boda de Ciel Phantomhive, el único hijo del "alguna vez Conde" Vincent Phantomhive.

Nadie asistiría por ese hombre. No obstante, Ciel era "harina de otro costal". Todos recordaban a su madre. La mujer había sido toda atenciones y dulzura durante toda su vida. Muchas de sus amigas se habían alejado de la familia pero, ahora, que veían al "pequeño" de la difunta Rachel contraer nupcias. No podían evitar el deseo de asistir.

Ciel tragó en seco. Estaba nervioso. No por Elizabeth sino por lo que acababa de hacer.

La novia se acercaba. Caían flores por todas partes y la gente…

"Sebastián.", musitó. El moreno le había aparecido por detrás justo cuando él se encontraba frente al espejo. Estaba molesto con él porque cuando le había ordenado continuar, Sebastián se había detenido, aludiendo que era tarde y no quería retrasarlo.

El demonio no dijo nada. Se limitó a enrollar sus brazos en el tronco del ojiazul y besar su cuello suavemente. Ciel percibió el aroma del perfume que él le había regalado. Le quedaba perfecto. El estómago se le hizo un nudo. Quería despedirse de él, hacerlo una última vez. Pero no, al moreno no parecían gustarle las despedidas.

Ciel se giró deprisa. "Vete. No quiero que veas esto. No quiero verte en esa iglesia." Sebastián le devolvió una mirada un tanto apesadumbrada. "Como ordene, amo."

Ahora que lo pensaba detenidamente, el demonio podría haber querido decirle "Escapemos" pero, Ciel no había sido capaz de entenderle.

Y de nuevo. La gente, las flores y Elizabeth en su vestido blanco. Sonriendo tan falsamente que hasta el menor lo notó. Un tiempo atrás, él mismo había insistido en que esa boda se llevara a cabo, creyendo que así se libraría de las ataduras de su padre. Creía que podría llevarse a Sebastián con él en el día que su padre muriera pero, todo era tan diferente de sus planes. Ahora casarse con la rubia era una obligación.

Miró alrededor. Vincent estaba saludando a algunas personas, intentando agradarles y que le hicieran parte de sus conversaciones. Ciel conocía a la perfección esa actitud de parte suya.

La marcha nupcial tocó sus últimas notas. El orgulloso padre de Elizabeth se aproximaba, llevándola por el brazo, llevando a su "pequeña" por última vez. Sostuvo entonces la mano de Ciel y le entregó la de la joven. El ojiazul no pudo evitar sonreír, Elizabeth lucía tan nerviosa como él.

-¿Estás bien? – Preguntó en un murmullo.

-No. – Respondió la rubia, intentando volver a sonreír.

-Por lo menos no soy el único. – Respondió el joven.

Y ambos se giraron hacia el sacerdote. El hombre les miraba con alegría, seguramente ilusionado por el matrimonio de una pareja tan joven.


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Sebastián llegó entonces a la puerta de la catedral y suspiró. Ahí estaba Ciel, al fondo de ésta, contrayendo nupcias con Elizabeth Middleford porque eso es lo que los nobles hacen mejor. Casarse. El ojiazul no podía verle, eso sí. Después de todo le había dicho que "no quería verle en la iglesia". Claro, que el demonio podía llegar y no ser visto por Ciel.

-Veo tu cara y me sorprendo. – Musitó una voz masculina a su lado.

-Si está burlándose de mí, Jack, bien puede ir yéndose porque no me importa lo que diga. – Masculló el moreno. El cuidador de caballos le miraba expectante.

-No seas ridículo, Sebastián. No me trates como si fuera el señor Phantomhive. – El muchacho le tocó el hombro suavemente. – Lamento mucho que nos hayan puesto en una situación como la que ambos vivimos pero, nada puede hacerse ya.

Sebastián le enfrentó. No con el ánimo de pelear pero, sí con el de ver sus verdaderas intenciones. - ¿Y? ¿Has venido hasta aquí para decir eso? – Aunque el moreno ya sospechaba para qué había llegado Jack hasta ahí.

-Claro que no. – Sonrió. – Yo vengo a rescatar a Elizabeth. Mi Lizzy. – Enfatizó.

El mayordomo rió. - ¿Así que serás el príncipe azul de este cuento?

-No lo sé, pero vengo decidido a llevármela de aquí. – El cuidador abrochó su abrigo. Hacía frío ese día. – Si no es curiosidad, ¿Por qué Vincent te tiene tanta mala sangre? Es porque andas con su hijo, ¿no?

Sebastián retrocedió un paso. - ¿Qué cosas dices?

-Conmigo no finjas, Michaelis, que yo los he visto correr uno a la habitación del otro y, salir hasta muchas horas después. – El mayordomo no sabía qué decir.

-Yo…

-No es de mi incumbencia, créeme. Lo único importante es que no creo que se oponga a la partida de Elizabeth. – Jack sonrió y repentinamente detuvo la charla. Su mirada se perdió en el fondo de la catedral.

"Joven Ciel Phantomhive," musitó el sacerdote, "¿acepta a la señorita Elizabeth Middleford en sagrado matrimonio para amarla y respetarla cada día de su vida?"

Sebastián cerró los puños, deseando que Ciel dejara simplemente toda esa estupidez y fuera con él a la mansión.

El ojiazul tomó la mano de Elizabeth y sonrió. "Por supuesto que acepto." La rubia se deshizo en felicidad, o supuesta felicidad.

El moreno se quedó atónito. Ahí estaba el único por el que había experimentado una emoción desde que dejó de ser humano. Casándose con otra persona.

"Señorita Elizabeth Middleford," Ahí venía la segunda parte. "¿acepta al joven Ciel Phantomhive para amarle en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y la pobreza?"

Elizabeth volteó hacia la entrada por un instante. Vio a Jack en la puerta y, supo que éste podría ser el peor error de su vida. "Acepto."

El mayordomo se cerró el sobretodo y comenzó a caminar de vuelta a la mansión. ¿Por qué había desaprovechado el último momento en que tuvo a Ciel? El menor le había rogado porque se marchara con él. No podía culparlo ahora de haberse casado. Su última esperanza era que Jack no cejara en el empeño y escapara con la rubia.

El aire helado golpeó Londres ese día. Ciel sonreía mas en el fondo su corazón se dividía al pensar que Sebastián no había hecho nada por impedir su boda con Elizabeth.

Subieron al carruaje. Vincent ayudó a la joven con el vestido mientras Ciel le sujetaba la mano. Ambos se sentaron en silencio. – No tengo ganas de ir al banquete, Ciel. – Musitó Elizabeth en un hilillo de voz, justo antes de echarse a llorar.

-Calma, Elizabeth. – Le consoló el ojiazul. – Sé que no me amas. Yo no puedo decir que te ame tampoco. - Ridícula, la situación era ridícula pero, Ciel no le encontraba la gracia aún.

-Pero… - Sollozó. – es que es algo peor. Y… no creo que quieras ayudarme. - Escondió el rostro entre sus manos, llorando como una niña cuya madre le ha abandonado en medio de la multitud.

Ciel se acercó un poco más a la joven e hizo algo que no pertenecía a su naturaleza. Abrazó a Elizabeth contra su cuerpo, dejándole recostar el rostro en su pecho. El sombrero de copa le temblaba en la cabeza debido al traqueteo y su corazón latía a mil por hora. La rubia quería dejarle y, eso ya era algo que no le desagradaba en lo absoluto. – ¿Quieres escapar?

-Sí. Quiero escapar… con Jack… - Gimió, horrorizada de sus propias palabras.

-¿El cuidador de caballos? – El ojiazul la alejó de él para ver su rostro. La muchacha asintió. – No sabía que él… bueno, que ustedes…

-Hemos mantenido una relación furtiva por mucho tiempo, Ciel pero… ya no puedo más. ¡Quiero estar con él! ¡Quiero ser su esposa! – Exclamó. Las lágrimas creando surcos en su joven rostro. - ¡Perdóname, por favor! Yo no quería traicionarte.

-Elizabeth… yo también amo a alguien más. No voy a juzgarte. – Tomó su rostro entre sus manos y la besó suavemente. – No es un beso de amor, es un beso de agradecimiento por haberme confiado la verdad.

La rubia sonrió sinceramente. – Gracias, Ciel. – Y ambos se abrazaron.

-Sin embargo, te aclaro que no podrás escapar antes que lleguemos a la que sería nuestra casa de campo. – Elizabeth prestó toda su atención al ojiazul. – Es probable que sea mi padre quien nos escolte hasta ella para asegurarse que yo no escape.

-Entiendo. Encontraré la manera de decírselo a Jack. – Asintió.

-No te apures. Le diré a Sebastián que lo haga por ti.

-¿Y él? ¿Ya no es la mano derecha de tu padre? – La voz trémula de la rubia hizo una maraña en los pensamientos del ojiazul. – Porque si lo fuera, correría a decírselo.

-Elizabeth… - El menor se mordió el labio inferior y miró por la ventanilla, ligeramente avergonzado de su mentira. – eso no es cierto. Eso lo inventé yo para que no te enteraras de mi verdadera relación con Sebastián.

La joven posó una mano en el hombro de Ciel. Comprendía lo que quería decirle. – Estás enamorado de Sebastián, el mayordomo, ¿no es así?

-No. Estoy enamorado de Sebastián, el hombre. – Respondió el ojiazul, sonriendo hacia la nada. – Estoy encantado con su ser. Completo, no solo la parte suya que trabaja como sirviente en la mansión. – Y era la verdad, Ciel estaba fascinado con cada fibra del demonio. Su sensualidad, su cuerpo, su personalidad y ese rostro impecable que reflejaba astucia y adoración a la vez.

Elizabeth asintió. Alguna vez exigió fidelidad y se disgustó por pensar que Ciel le fuera infiel. Ahora entendía que ella no podía pedir tal cosa pues, también había faltado a su palabra como prometida.

-¡Vivan los novios! – Gritó alguien desde afuera. Ambos se miraron, confundidos. Ni siquiera se percataron de cuándo recorrieron el trecho de la catedral a la mansión Phantomhive.


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Ciel y Elizabeth descendieron del carruaje. De inmediato, ambos jóvenes se vieron cubiertos por una lluvia de arroz. Todos parecían en extremo emocionados con la unión. La rubia apretó la mano del ojiazul. – Tranquila. – Susurró el menor. – Saldremos de esto.

Hubo vals, champaña y pastel. Sin embargo, Ciel no pudo ignorar los ojos carmesí que le observaron desde una columna. Vincent había contratado meseros para servir y el demonio simplemente no había sido requerido. El ojiazul creía que su padre lo hacía para molestar a Sebastián, con el único fin de torturarle.

En medio de una de las piezas, Ciel dejó a Elizabeth con su hermano Edward y tuvo tiempo de escaparse. Estaba deseando un momento para refugiarse entre los brazos del mayordomo, aunque eso era algo que jamás admitiría.

-Sebastián. – Le llamó en el momento en que entró a la cocina. El demonio no quería verle. Estaba claro que cuando le vio avanzar hacia él, se movió tan rápido como le era sutilmente posible. – Basta. – Sujetó la copa que llevaba con más fuerza aún y, bebió hasta la última gota de un solo trago.

-Dime. – Masculló el moreno, fingiendo que lavaba los platos como si de un día cualquiera se tratara. El ojiazul mordió su labio inferior por la rabia, estaba seguro que hacía un instante Sebastián no estaba ahí.

-¿Por qué huyes de mí?

-No quiero ver a quien ya es parte del pasado ahora. – Respondió Sebastián secamente.

-No eres parte del pasado. ¡Sabías bien que este día llegaría! – Exclamó el ojiazul, su voz cargada de enojo. Y más que enojo, era una sensación de incomprensión. – Ni siquiera sabes lo que sucede.

-A ver… ¿qué sucede? – El mayordomo dejó los platos y se giró para verle. Desenrolló sus mangas y se quitó el mandil.

-Elizabeth escapará con Jack. – Susurró el menor, ligeramente intimidado por la actitud del moreno.

-Eso ya lo sé. La señorita Elizabeth se marchará pero, eso no va a beneficiarnos en nada. No perteneceré menos a Vincent por eso. – Ciel asintió ante tales palabras.

-Estoy de acuerdo contigo, demonio. – Sebastián le miró confundido. Contrario a que la voz del ojiazul siempre parecía quebrarse cuando se daba cuenta que jamás podrían estar juntos, hoy le había respondido con un aplomo que solo era suyo en otras ocasiones. – La última orden que te doy es que le ayudes a Jack y a Elizabeth para que puedan escapar.

-¿Solo eso? – No se daría por vencido en su afán de obtener algo de esa mísera conversación.

-Solo eso. – Ciel se aproximó, se paró de puntillas frente a él y le besó. Sebastián apenas pudo corresponderle en medio de las emociones que se aglomeraban dentro de él. – Adiós, Sebastián Michaelis.

Y abandonó la cocina. El moreno se repasó los labios con la lengua. No le creía. No creía en las despedidas de Ciel.

No creía hasta que vio al ojiazul pedir a uno de los sirvientes que cargara sus maletas en el carruaje que lo llevaría a él y a Elizabeth hasta la casa de campo.

El demonio observó la escena y prefirió apartarse. Aún tenía una última orden que cumplir. Buscó al cuidador. Jack estaba sentado en el mismo tronco de árbol donde Sebastián le veía siempre.

-Es hora. – Murmuró, sentándose a su lado. El viento helado sacudía la bufanda del cuidador y atentaba contra el sobretodo que Sebastián había vestido para salir al exterior. Entregó un arma al cuidador. – No le dispares a Ciel. Si le haces algo, yo mismo iría a por ti. - Sus ojos se tornaron violáceos por un momento. - Además, ha sido su voluntad que te dé esa arma para ayudarte.

-Gracias, Sebastián. – El hombre revisó que el arma estuviera cargada y lista. – No te preocupes. Simplemente le amenazaré y tomaré a Elizabeth conmigo. un juego, nada más.

"Mata a Vincent.", pensó el moreno. "Al fin del caso, lo mío con él es solo un juego y nada más."

-Buen viaje.

El cuidador tomó un morral de cuero y se lo echó al hombro. – Adiós, Sebastián. – Hoy era el día de las despedidas definitivamente. El moreno se limitó a dedicarle una inclinación de cabeza y, Jack se perdió corriendo entre la parte trasera de la mansión. Probablemente escaparía por el bosque y esperaría al paso del carruaje.


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El mayordomo suspiró, entró en la mansión y se percató de dos terribles realidades: Ciel se había marchado y, Vincent no le había acompañado, el hombre siempre parecía sospechar de los ataques planeados en contra suya. El Phantomhive le esperaba al pie de las escaleras con un rostro de satisfacción asqueroso.

-Se ha ido, Sebastián.

-Lo sé, amo Vincent. – El demonio bajó la vista, llevando una mano a su pecho. – Lamento que su único hijo se convierta en un hombre.

Vincent bajó los dos peldaños que le separaban de Sebastián y le tomó por el brazo con brusquedad. – Maldito demonio, ¡hablas como si Ciel no tuviera las marcas de tus asquerosas garras en su cuerpo!

-Yo no le he hecho daño alguno. – Masculló el moreno. – Ciel siempre estuvo conmigo porque quiso. – Sonrió lascivamente, aún si sabía que eso podría traerle problemas. – Estuvo conmigo porque yo le hago sentir bien.

Vincent deseaba golpearle cuanto menos pero, se detuvo a sí mismo. – Lo tuyo Sebastián, será el peor de los castigos te lo puedo asegurar. – Liberó al demonio y se arregló la chaqueta. – No me retes. – Se giró y subió las escaleras. Sabía exactamente lo que haría para purgar la existencia del mayordomo.


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"¡Elizabeth!"

Un grito resonó en medio del bosque mientras ambos iban en el carruaje, escoltados por uno de los sirvientes que su padre había contratado por la ocasión.

-Jack. – Murmuró la rubia, emocionada y a punto de asomarse por la ventana.

-¡No! – Interrumpió Ciel, sujetándola. – Debe parecer que te han robado.

Jack disparó al cochero una sola vez, apuntándole al brazo para no causarle una herida mortal, aunque si una bastante dolorosa. -¡Ah! ¡No dispare más! – Gritó el hombre, cayendo de la carreta completamente horrorizado. Su brazo sangraba y se podía ver una herida que traspasaba el músculo y llegaba al hueso.

-¡Déjeme llevármela entonces! – Vociferó el cuidador, corriendo hasta el lugar, jadeando y apuntando a la cabeza del cochero.

-¡Llévesela! – Exclamó el hombre, apretando su brazo para mitigar el dolor. – Solo deje que el joven Phantomhive y su esposa bajen de ella. – Añadió, pensando que se refería a la carroza.

Ciel bajó del carruaje y miró a Jack. – ¡Déjala escapar conmigo, Phantomhive! – Exclamó, su voz era firme y apuntaba el arma hacia el ojiazul. Temblaba, en el fondo Ciel sabía que el cuidador estaba temblando y ésa era solo una máscara de valentía.

-No me opondré, Jack. – Musitó el menor, mirando alrededor se dio cuenta que no faltaba mucho para llegar a la casa de campo. Podía llevar las maletas hasta ahí. Un poco de trabajo le caería bien. – Tan sólo déjame bajar mi equipaje.

El hombre no dejaba de apuntarle. Atrajo a Elizabeth a su lado y la rubia le abrazó por el cuello gentilmente. – Calma, Jack. Ciel no va a oponerse.

-Eso es cierto. – Respondió el ojiazul aún sin moverse del lugar. – No haré nada porque quiero que por lo menos una persona de esta historia sea feliz.

Jack continuó apuntándole. Estaba demasiado nervioso. Se obligó a bajar la guardia, tragó en seco y guardó el arma en el cinturón de sus pantalones. – Le creo, bocchan. – Musitó, respirando profundo.

Ciel suspiró y tomó las maletas que había llevado. Las colocó en el suelo, sin importarle que la tierra pudiera ensuciarlas. – Bien, Elizabeth. – Se sacudió la tierra de las manos y se aproximó a su prima. – Creo que no te veré en mucho tiempo.

-No digas eso, Ciel. – La rubia no pudo contenerse y le agrazó con todas sus fuerzas. – Nos veremos muy pronto. No pienso alejarme de ti por siempre. - Tomó una bolsa del carruaje y se la entregó. – Ten. Lo que hay dentro es para ti y para Sebastián.

El ojiazul cogió la bolsa, más por curiosidad que nada. El ruido que produjo le anunció que se trataba de dinero. La rubia pensaba que él y Sebastián podían huir juntos y, Ciel agradecía el que le otorgara la cualidad de la valentía con ese gesto. -Cuida de ella, Jack. – Dijo al cuidador de caballos, quien asintió y cambió su gesto tosco por uno más amable.

-Gracias, bo…

-No. – Le interrumpió. – Llámame Ciel. – Y el ojiazul no lo hacía solo por demostrar camaradería sino, porque en el fondo de su ser deseaba ser alguien común. Una persona que fuera dueña de sus propias decisiones y no la marioneta de un noble que ha caído en desgracia.

-Gracias, Ciel.

-Por nada. – Señaló al hombre en el suelo. Estaba inconsciente ahora. – Eso sí, tú le disparaste, tú le llevarás a dejar al pueblo más cercano.

Jack sonrió. – Por supuesto.

Cargó al hombre en la carroza, luego él y Elizabeth subieron al frente. - ¡Adiós, Ciel! – Gritó la joven, agitando un pañuelo.

Ciel esbozó una sonrisa y agitó la mano. – Adiós, Elizabeth.

Una despedida más. Ese día ya se había convertido en una monotonía estúpida para el ojiazul. Se volteó y miró las maletas. Levantó la vista y se enfrentó nuevamente al trecho que tendría que recorrer con ellas. –Vaya… - Dijo para sí mismo. – Al menos voy a entretenerme un rato con esto.

Tomó la primera maleta, la bolsa de las monedas y echo a andar. Nadie aguardaba por él y, ese pensamiento le resultó reconfortante. Por primera vez no se ceñiría a un horario. Tenía todo el tiempo del mundo para sí mismo.

Llegó a la casa de campo y le echó un vistazo. El lugar parecía sacado de una novela romántica. Ciel se sentó en el suelo a contemplar el lugar. Tenía otros viajes pendientes, unos cuatro si pensaba llevar maleta por maleta pero, no le importaba. Necesitaba cansarse para poder dormir, para alejar a quien despidiera unas horas antes.


Y después de esto.. el final.. ;)