Respuestas a reviews:

Katha phantomhive: Síii.. fue un capítulo triste porque ya Sebastián se está dando por vencido en lo que a estar con Ciel se refiere.. DD: Y ya no quiso nada con él por eso, porque no quiere sufrir más de lo que debe, como le pasó con la boda.. Vincent es despreciable.. jajaja, ahora todo mundo cuando le sabe muerto en el manga se van a alegrar.. xDD Gracias por el review! :DD

Rebeca18: Yay! Me alegro que te haya gustado el capítulo y si, ya es el final.. :DD Gracias por el review! XDD


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"Las estatuas no caminan, no hablan y tampoco pueden moverse…"

Había pasado una semana. Una semana desde su boda. Una semana desde que robó el último beso que le fue posible. Sebastián. Le echaba tanto de menos y, a la vez temía tanto verle esa noche.

Abrió la ventana y tomó una enorme bocanada de aire. La casa de campo de los Middleford era hermosa. Había llegado hasta ahí sin Elizabeth y, no se arrepentía. De hecho, sonreía al imaginarla feliz con Jack. ¡Quién lo iba a decir! Su prima, quien en la niñez jugara con él a los bailes de sociedad, había crecido lo suficiente como para darse cuenta que el dinero no lo era todo y, contrario a la forma de pensar de su madre, antepuso sus sentimientos a cualquier otra cosa y… huyó. Dato curioso y feliz que Ciel albergaría en su memoria a partir de ese día.

Y él. Él tenía tantas cosas que resolver y aún una última carta para hacerlo. Hablaría con su padre porque si Sebastián habría de cobrar esa alma, entonces él estaría en paz con ella. Si perdería a ambos, por lo menos no se quedaría con el cargo en la consciencia de jamás haber hablado con él. No más planes, su plan ya era perfecto y, lo conservaría tal como estaba. El destino le alejaría de Sebastián y, ya no quería pelear. Ya no.

Fue hasta su equipaje, el cual ni siquiera había deshecho, y comenzó a buscar el libro que hace unos días leía. Lo abrió en la página que había dejado marcada con un pequeño doblez en la esquina y comenzó a releer el párrafo.

"El demonio que pierde a su amo o, cuyo amo muere sin haber cumplido el contrato quedará libre de toda atadura con esa persona, aunque, no podrá devorar su alma. Sin embargo, si el amo es asesinado, el demonio pasará a ser propiedad del asesino."

Y eso era lo que Ciel deseaba pero, la culpabilidad le atormentaba con solo pensar en asesinar a su padre. "Si pudiera provocar un accidente…" se decía; aunque era incapaz de llevar tal cosa a cabo.

"No. Debo aceptar perder algo. Es imposible poderlo conservar todo.", murmuró, como si temiera que alguien entre aquellas cuatro enormes paredes pudiera escucharle. ¡Vaya ironía! Si ni siquiera servidumbre había porque Elizabeth dijo a su madre que ella quería atender a su esposo "como se merecía."

-Probablemente me merezco algo como esto. – Susurró el menor, agarrando su cabeza entre sus manos, riendo. Riendo en un momento en el que sentía todo menos felicidad. Y, no pudo soportarlo más, miró hacia abajo y comenzó a llorar. Tenía sus ventajas estar solo, aun cuando tuviera que comer unos huevos a medio rostizar de desayuno y que tuvieran el sabor de un papel quemado. Incluso así, tener un tiempo lejos de cualquier otra persona en el mundo le venía excelente para aclarar sus ideas. - ¿Por qué la vida concede cosas buenas a todos menos a mí? ¡Mi padre encontró a Sebastián! ¡Además de poseer a Deborah, tiene dinero y cosas! ¿Por qué si siempre ha sido una persona mezquina para conmigo? Yo siempre veo pasar las cosas buenas a mi alrededor pero, jamás son para mí. Ni siquiera tú, Sebastián. Ni siquiera a ti pude tenerte. No importa lo que haga.

-Quizás para otros no importe lo que haga pero, para mí definitivamente es importante. – Musitó la voz aterciopelada del moreno justo detrás de él.

Ciel rió entre lágrimas. – Estoy enloqueciendo. Ahora hasta lo escucho.

-Ningún "enloqueciendo". – Dijo el mayordomo, riendo por lo bajo.- Estoy aquí, Ciel. Sabía lo que existía entre Jack y la señorita Elizabeth desde antes que me lo dijeras. – Se inclinó ligeramente para tomar la barbilla del ojiazul.

-¿Y no me lo dijiste? – Masculló. – ¡Me has hecho quedar en ridículo a propósito!

-No. Tan solo creí que era mejor que lo supieras por tu propia suerte. No quería adelantarte a los hechos.

Tenía razón. El menor asintió y se apartó de él. Sebastián le siguió, hasta el balcón. – Vete. No quiero estar contigo.

-Lo sé. No le gustan las despedidas. – Suspiró. – Ah, pero si irá a despedirse de su padre esta tarde.

-Sebastián. – Se giró para verle a los ojos. – Lo mío para con él no es una despedida. Es como la firma de un contrato. Para mañana a esta hora, él estará dando su primer paso en la Catedral y para la noche estará muerto. Él muerto y yo solo. – Volvió a voltearse.

-¿Por eso has querido despedirte de mí el día de tu boda?

-Exacto. No quería volver a verte. Intentaba hacerme a la idea pero, tenerte aquí de nuevo… Es tan difícil. Me hace desear… me hace desear asesinarle. – Apretó los puños, mirando hacia el verdor que se cernía afuera. – Lo que siento por ti ha perdido el nombre.

El demonio sabía que sería rechazado pero, sin darle tiempo al menor de hacerlo, le rodeó con los brazos por la espalda. - ¿Por qué no me dejas preparar algo de desayuno para ti?

Ciel echó la cabeza hacia atrás, solo lo necesario para recostarla en el pecho de Sebastián. – No quiero comer. Además, has desobedecido una de las reglas.

-¿Reglas? – Preguntó el moreno, entre confundido y divertido. – Pensé que ya no existían las reglas para nosotros… Amo. – Susurró la última palabra contra su oreja. El aroma del ojiazul era delicioso parecía como si hubiera dormido en una almohada de algodón de azúcar.

-Existen hoy, porque así lo quiero yo, demonio. Y tú… - Su cuerpo tembló ante el contacto de la nariz y los labios de Sebastián. – has incumplido a la regla que establecía vendrías a mí en perfectas condiciones. ¿Has visto tu traje?

-Perdóneme, amo. Correr por el campo no es sencillo. –El moreno notó su chaqueta sin abotonar y cuando estaba a punto de hacerlo, el ojiazul le interrumpió.

-¡Deja eso! - Ciel se dio la vuelta para contemplarlo. – Además, desabotona esa camisa y ese chaleco. Voy a castigarte como a un caballo desobediente.

Sebastián sabía lo que le esperaba, sonrió lascivamente. - ¿Vamos a las caballerizas, entonces?

-Las manos atrás, demonio. – Ordenó el menor. El moreno obedeció y llevó los brazos hacia atrás. Ciel amarró sus manos con una de sus corbatas. – Ni se te ocurra desatarte.

-No, yo no sería capaz de faltarle al respeto.

Sebastián fue empujado hasta las caballerizas, donde Ciel le desató las manos y le obligó a sujetarse de las cuerdas de una silla de montar que se hallaba colgada en la pared.

Ciel tomó un látigo y golpeó el pecho desnudo de Sebastián con un golpe sordo. El moreno se sujetó a las cuerdas con más fuerza, el dolor que el ojiazul le provocaba siempre era una mezcla de dolor y sexualidad. – Ah. – Se encorvó ligeramente hacia adelante.

-¡Derecho! – Gritó el menor, propinando un segundo golpe.

-¡Ah! – La forma en que los golpes palpitaban en su piel. Le excitaba ser capaz de sentir de esa manera. De lo contrario era una comodidad impoluta.

-¡Habla demonio! – Un tercer, un cuarto golpe y, Sebastián gimió, echando la cabeza hacia atrás.

-Perdóneme… amo…

-¡Más fuerte! ¡No te oigo!

-¡Perdóneme, amo. – Gruñó. – Acabe conmigo, si quiere.

Ciel se acercó y, acarició las heridas que acababa de hacer. Cicatrizaban rápido y no quería perderse de algo especial. – Déjame probarte y, te dejaré ir. – El demonio asintió. La lengua del ojiazul resbaló suavemente sobre su pecho, probando el dulce sabor de la sangre. Y no era solo por nombre pues, eso era lo primero en lo que Ciel se había fijado alguna vez. El dulzor que poseía la sangre del mayordomo.

Sebastián jadeo. La textura de la lengua de Ciel le estaba encendiendo por dentro. Tomó el rostro de Ciel y susurró contra sus labios. - ¿Me dejará follarlo, amo?

Ciel meneó la cabeza en señal negativa. – Quiero verte cabalgar. – Murmuró, arrancando la chaqueta y lo que quedaba de su camisa y chaleco. El demonio le atrajo hacia sí, besándolo apasionadamente, tirando de sus cabellos y rozando su lengua contra la suya.

-Entonces… cabalgaré sobre usted. – Musitó el mayordomo, tomando los pantalones de Ciel por el cinturón y bajándolos.

-No hagas eso, Sebastián. – Gimió el ojiazul, sintiendo como el calor subía por su espalda cuando las manos del moreno se deslizaron por su cola hasta encontrarse con la raya de su trasero. – Eso no será tuyo hoy. – Sonrió maliciosamente.

-Grr… - El demonio gruñó, desabrochando sus propios pantalones. – Entonces, será como la otra vez. – Mordió la oreja de Ciel, haciendo que el menor soltara un grito ahogado. Sebastián empujó al ojiazul al suelo de la caballeriza, haciéndole caer en la paja.

¿Qué no era esa la mejor manera de burlarse de su "enemigo"? ¿Disfrutar del cuerpo prohibido aún después del sacramento del matrimonio? Pero, esa era su finalidad. Disfrutaría de Sebastián mientras pudiera. Bajó sus pantalones, olvidando la paja que producía una ligera comezón a su trasero desnudo. El mayordomo se arrodilló, colocándose justo en el regazo de Ciel y frotando su miembro contra el del menor.

Ciel tomó el falo que tantas veces había consentido su trasero y, le acarició sensualmente. El cuerpo del demonio se había tornado más delgado de costumbre o, bien, el ojiazul había olvidado la anatomía exacta de ese cuerpo maravilloso.

-Baja las caderas, Sebastián. – Susurró a su oído. El mayordomo experimentó entonces una sensación de calor que subía desde su estómago hasta su pecho. Era la primera vez que lo hacía con Ciel en esa forma. Muchos hombres habían abusado de él, era verdad. El demonio lo permitía por ser su trabajo mas, no significaba que en el fondo de su ¿alma?, el odio no se hiciera presente. Ahora que llegaba la ocasión, dudaba en lanzarse a esa sensación con la que le habían humillado tantas veces.

-Sí, amo. – Su voz trémula por primera vez y, el miembro erecto de Ciel le esperaba. Se penetró a sí mismo, sintiendo como la piel estirada por la erección rozaba contra su entrada, violando la única parte de su ser a la que le quedaba algo de dignidad por mantener. Mordió su labio inferior para no gemir. No quería que Ciel le conociera como un ser débil.

-Ahh… Sebastián. – El ojiazul no pudo evitar doblar las rodillas un poco al sentir la calidez de la entrada de su amante. – Muévete… - Jadeó, apretando los glúteos del moreno.

El demonio no ponía peso alguno en el cuerpo de su amo, más que el de sus caderas cuando se movían rítmicamente, subiendo y bajando; pero, siempre precavido, intentando no tocar ese punto suyo que sabía le haría derramarse a gusto de su amo.

Ciel en medio del placer, pudo notar el truco de su mayordomo y con una orden le obligó a permitirle penetrarle aún más profundamente. - ¡Mmm! – Gimió el moreno, sin poder evitar la tentación de repetirlo una y otra vez.

El ojiazul le sujetaba de las caderas, llenando su cuello de besos. Entonces, Ciel perdía terreno en esa guerra que tenían y Sebastián tomaba su rostro solo para seducirle con esa lengua suya que fascinaba al menor. Y el juego de ambos seguía, hasta que ninguno de los dos lo pudo controlar más. Lo único que importaba era llegar al orgasmo. Lo querían. Lo necesitaban.

Sebastián irguió su cuerpo, sus rodillas temblaron y no fue capaz de continuar las estocadas en ese instante. Los segundos en los que su cuerpo contrajo su interior, estrujando el miembro de Ciel y provocando que éste le llenara con su esencia. Y se corrió. Jamás hubiera deseado hacer algo así al menor. Empapar el vientre de su amo con su esencia.

Ciel se limitó a besarle. Besarle lenta y deliciosamente. Era la última vez que le besaría antes de hablar con su padre. Se alentaba con la idea que se despediría de él con un último beso al día siguiente aunque, era muy poco probable.

El demonio se levantó y se recostó en la paja al lado del ojiazul, quien se había dejado caer con parsimonia. - ¿Qué haremos ahora, Ciel? – El juego había concluido y Sebastián podía volver a llamarle como ahora acostumbraba.

-Vamos a arreglar mi equipaje, Sebastián. – El mayordomo le contempló con atención. – Mañana después de la boda de mi padre voy a marcharme. – Sonrió con amargura. – No resistiría decirte adiós, así que no quiero ver cuando te… te desvanezcas o lo que sea que suceda con los demonios cuando concluyen su tarea.

El moreno asintió. – Se hará como digas. – Acarició la mejilla de Ciel al ver el dolor que embargaba al que alguna vez había jugado con él, con su inexperiencia en muchas cosas que, a pesar de su vida demoníaca, el mismo Sebastián desconocía. – Si pudiera hacer algo, lo haría.

-Lo sé. Y soy quien menos derecho a criticarte tiene. Yo, alguien a quien su padre siempre manipuló a su antojo. ¡Hasta Elizabeth huyó de mí! – Se burló de sí mismo. – No podría criticarte a ti nunca por ser un producto más de la manipulación de Vincent Phantomhive.

Ciel se puso de pie y el demonio desnudo y recostado en la paja le sugirió una visión mucho más deseable de lo que hubiera querido. – Solo quiero quedarme aquí un poco más. – Musitó. La exquisitez de su cuerpo perdía campo cuando se subía la vista y su rostro triste la opacaba. Entonces el menor deseaba abrazarle y, quedarse ahí hasta morir.

Volvió a tomar asiento. – De camino a la mansión compraré una caja de madera. – Dijo, más para sí que para el mayordomo. El mayordomo le miró curioso. - ¿Alguna vez has comprado algo para ti, Sebastián?

-No. Nunca. – El demonio no parecía siquiera preocupado por el asunto. – Nunca he tenido ni una moneda que haya sido mía. Tampoco me interesa. No me gustan las cosas humanas. – Ciel le miró con resentimiento. – Excepto tú.

-Eres un demonio demasiado hablador. – Ciel sonrió. Con más honestidad de la que acostumbraba. – Antes de irme de la mansión mañana, dejaré algo para ti.

Sebastián asintió. – Lo que sea que me dé, lo guardaré. No pienso cambiarlo.

El ojiazul giró los ojos en blanco. – ¡Como quieras! – El moreno le miró, pensando que eso merecía un castigo según las reglas de Ciel que en realidad, no aplicaban sobre Ciel. El menor no notó semejante cosa pues, solo pensaba en la bolsa que Elizabeth le había dejado. Dentro habría muchas libras seguramente. La rubia había pensado que Ciel le cobraría la libertad así que le pagó sin acuerdo de por medio.


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Vincent se sentó en su escritorio. Ciel llegaría a las ocho de la noche con Elizabeth. Sospechaba que el mayordomo habría escapado para ir a buscarle y, con todas sus fuerzas deseaba que hubiera encontrado a la joven pareja en la cama; que Sebastián experimentara un dolor aún peor que el de la marca que le había hecho en el rostro antes.

Tomó el pequeño frasco que le había enviado Undertaker y otro frasco que había conseguido en la droguería. Luego, sirvió dos copas de vino tinto. Ambas exactamente iguales.

"No le consigas las rosas.", había dicho a Tanaka cuando le descubrió intentando robar dos rosas de los arreglos para la boda al día siguiente. El anciano se había girado claramente sorprendido. "Sé todo lo que sucede en esta casa, mi querido Tanaka."

"Pero… el joven amo. Él quiere protegerle…"

"Lo sé. Sin embargo, no tiene nada que temer pues, en mi oficina no haremos nada más que hablar. Sabes cómo es Ciel." Y Vincent había incluso rodeado los hombros del mayordomo con su brazo en señal afectuosa. "Realmente creo que Ciel está… Ah… ¡es tan difícil para un padre aceptarlo!" Sobreactuó. "Pero, creo que Ciel ha perdido la cabeza. ¡Mi niño, ha llegado a decir cosas increíbles!"

"¿En verdad amo?" Tanaka se detuvo en seco y miró al hombre con preocupación. "¿Qué clase de cosas? Si no le incomoda la pregunta."

El Phantomhive estaba seguro entonces que había atrapado al ojiazul en su propia red. "Dice que en esta casa entran demonios."

"Es… es verdad. Me dijo que… que haría un conjuro para evitar que cualquier ser maligno entrara a su oficina esa noche en que piensa conversar con usted." El mayor, aprehensivo, temiendo por la salud mental del joven de la familia.

"¿Lo ves? Yo temo tanto que Ciel cometa un atropello." Vincent bajó la mirada, fingiendo tristeza. "A veces le veo tan desesperado que temo se suicide."

Después de eso, Tanaka había desistido de conseguir los materiales que Ciel le había encargado. Vincent sonrió. "Entra en mi oficina cuando quieras, Sebastián. El destino de mi "amoroso" e inteligente hijo, está escrito."

Y continuó con sus preparaciones. Marcó una de las copas con apenas una gota de tinta negra. De esa forma, el juego estaba arreglado perfectamente. Vincent terminó la colocación de los instrumentos de su última partida con Ciel. – Bien hijo, ven. Estoy esperándote. – Musitó para sí, tamborileando los dedos sobre un libro. Para ser exactos, sobre la fotografía de Deborah Miller y su familia. Cerró los ojos, esbozando una mueca de satisfacción como si dentro de su mente, una sinfonía tuviera lugar.


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Ciel arribó a la mansión a eso de las ocho de la noche. Sonreía. Tanaka salió a recibirlo y, prefirió no preguntar nada cuando vio al moreno andando detrás de él con las maletas. Sin embargo, lo más extraño para los sirvientes fue verlo entrar sin Elizabeth mas, nadie se atrevía a preguntar.

-Lo sé, lo sé. – Musitó el ojiazul aún manteniendo esa sonrisa que él mismo se había impuesto. – Se preguntan dónde está Elizabeth, ¿no?

-Sí, joven amo. – Respondieron la mucama, el viejo mayordomo al unísono. Incluso el cocinero y el jardinero se había acercado a ver.

-Está en nuestra casa de campo. Elizabeth no se siente bien. – Ciel llevó una mano a su cabeza. Los sirvientes le observaron atentos. El "bocchan" no era como su padre. Todos gustaban de su presencia. Quizás por el simple hecho que Ciel jamás andaba entablando problemas con nadie. – La próxima vez que venga la traeré conmigo. Se los prometo. – Miró a su alrededor, fingiendo sorpresa. - ¿Y Jack?

-No… no sabemos nada de él, bocchan. – Respondió MeyRin, adelantándose a los demás. – Se marchó hace unos días. – El ojiazul asintió, convencido que en verdad el cuidador de caballos había sido lo suficiente astuto para que sus compañeros ni siquiera notaran la fecha de su partida.

-Es una pena. Alguien tendrá que hacer su trabajo ahora o tendremos que buscar un nuevo cuidador. – Agregó Ciel. Sebastián colocó las maletas detrás de "su" amo.

-Joven amo, ¿llevo todo a su habitación? – Preguntó el demonio.

-Sí, Sebastián pero, no desempaques nada. Mañana mismo partiré nuevamente. – Los sirvientes no preguntaron nada. Imaginaron que Ciel volvería a su casa de campo con Elizabeth.

-Bocchan, - Le interrumpió repentinamente el anciano mayordomo. – temo que hay dos cosas que debo decirle. En privado. – Puntualizó.

-De acuerdo, Tanaka. Vamos a la sala. – El menor caminó delante del sirviente, quien le siguió, mientras revisaba de vista que todo a su paso se encontrara en perfecto orden.

Llegaron a la sala y, Ciel se dejó caer en uno de los sillones. – Siéntate. – El hombre le miró. Dubitativo pues, el ojiazul nunca acostumbraba tener ningún tipo de consideraciones para con la servidumbre. Sin embargo, la vida le había hecho cambiar radicalmente.

-Gracias. – Tomó asiento en el sillón frente al de Ciel. – Bocchan, mucho lamento decirle que, su padre me ha ordenado desobedecerle. – El menor se quedó observándolo atentamente. – No me ha dejado conseguir los artículos que usted me pidió. – Tanaka suspiró, temiendo la decepción de Ciel.

El ojiazul no dijo nada. Su rostro lo hizo por él. – No te lamentes, Tanaka. Ahora sé que cuando hable con mi padre las cosas se van a tornar serias pues… - "Ya no le importa que Sebastián entre e interrumpa.", pensó. – ya no le importa nada que pueda suceder.

Apoyó un brazo en el sillón y empuñó la mano. Algo malo sucedería esa noche. Lo presentía.

Cuando la octava campanada del reloj sonó. Ciel Phantomhive supo que podía ser la última vez que caminara por ese pasillo. Tragó en seco y llamó a la puerta. Sebastián pasó entonces detrás suyo. El ojiazul se giró para mirarle. ¡Si tan solo hubiera renunciado a él, nada de esto sucediera!

-Adelante. – Respondió Vincent. Ciel se hubiera atrevido a decir que incluso sonó alegre.

El ojiazul se tronó los dedos y haló de la manija. – Padre. – Hizo una leve inclinación. El mayor le ofreció una mano y Ciel se apresuró a estrechársela. – Hijo mío.

-Sé que ambos esperábamos esta noche de una manera u otra. – Dijo el menor. Vincent hizo un gesto para invitarle a sentarse al otro lado del escritorio.

-Ciel, - El hombre levantó una ceja y luego miró al menor. – digamos que hay demasiadas cosas acerca de ti de las que me he enterado. Pero, antes dime, ¿cómo está Elizabeth? ¿Dónde está?

-Padre, esta noche me he prometido no mentirte. – Ciel no titubeó ni un poco. – Elizabeth se marchó con otro hombre. Dentro de unos meses nos encontraremos en Francia y anularemos el matrimonio.

-¿Qué? – Vociferó Vincent. - ¡Eres un inútil! – Bordeó su escritorio con tanta prisa que el ojiazul no le vio venir cuando lo cogió por las solapas de la chaqueta. - ¡No puedo creer que seas hijo mío!

-Si eres tan grande padre, ¿por qué requeriste de la ayuda de Sebastián? – Y el golpe sordo de Vincent en su rostro le hizo callar.

-¡No te atrevas a decirme nada! ¡No eres quién para reclamar!

-¡Eso ya no será posible! – Ciel apartó la mano del hombre y se puso de pie. - ¡Acéptalo! Amo a Sebastián Michaelis.

-Y te irás al infierno por eso. – Susurró el hombre, empujando a Ciel contra el muro de la chimenea. El golpe de la espalda de éste retumbó. – Cada día, cada hora y cada segundo de la eternidad, arderás porque has traicionado el designio divino.

-No me hables de rectitud, padre. – Masculló Ciel, casi sin poder evitar las lágrimas. - ¡Estoy harto! Has hecho de mí una marioneta. ¡Quiero que rompas el contrato con Sebastián! – Exclamó, empujando al mayor. – ¡No quiero tu fortuna! ¡No quiero nada! Pero, ¡déjame llevarlo a él!

-¡Nunca! ¿Me has escuchado? Mientras viva jamás le tendrás. – Sonrió maliciosamente. – Claro, que ya has planeado una manera de que termine con el contrato, ¿o me equivoco? – El mayor tomó al ojiazul por el brazo y le llevó al escritorio. - ¿Ves? Condesa Miller, ¿no? ¿Matrimonio? ¿Cartas de amor? ¿Te recuerda algo? Mañana no voy a casarme. ¿Era ése tu plan o me equivoco?

Ciel se liberó de su agarre nuevamente y le miró con rabia. - ¡Lo era! Y yo lo he ingeniado. ¿Pero no entonces estoy siendo el mejor de los hijos por buscar que cumplas tu meta? – Vincent le miró con ira contenida. - ¿O será que pusiste esa cláusula porque era algo que jamás creías conseguir? ¡Solo de esa forma Sebastián estaría a tu lado hasta la muerte sin cobrar nada a cambio!

Vincent sacudió la cabeza y luego aplaudió. - ¡Bravo, Ciel! – Rió con sarcasmo. - ¡Bravo! Has descubierto el hilo negro. Y de paso, quedas como el héroe de esta familia. – Caminó hasta el muro contrario, en donde la pintura de su familia descansaba. – Sin embargo, los héroes siempre mueren al final.

-¿Me matarás, padre? - Ciel rió. - ¿Has caído tan bajo que matarás a tu propio hijo?

-No. – Respondió secamente, enfrentando a Ciel. – No soy esa clase de monstruo, querido hijo. Vamos a jugar a un juego juntos. – Ladeó la cabeza ligeramente. – Después de todo, sé cuánto te gustan los juegos. – Sacó una hoja doblada de su escritorio y comenzó a leerla. – "Regla número uno. El demonio obedecerá todas las órdenes del amo sin discusión alguna." ¡Vaya! ¡Qué encantador!

-¡Basta! ¡Eso no te lo permito! – Las lágrimas finalmente rodaron por el rostro de Ciel.

-¿Llorar, Ciel? ¿Es porque te recuerda a lo bonito que fue cuando se enamoraron? – Se burló, tomando la hoja y partiéndola en pedazos. – Esto es lo que pienso de tu amor. ¡Desgracia la mía! Saliste igual a tu madre.

-Lloro porque al lado de Sebastián conocí lo que olvidé contigo. – Susurró Ciel. – Amor, respeto, lealtad. – El ojiazul secó su rostro con la manga de la chaqueta y se acercó a su padre. – Puedes quitarme todo. Incluso a Sebastián pero, no borrarás mis memorias. No te quedarás con la satisfacción y la felicidad que en algún momento he sentido a su lado. – Vincent se mordía el labio inferior, temblaba y se contenía de no golpearlo. - ¿Sabes lo que se siente tener el cuerpo de la persona que amas sobre el tuyo? ¿Besarle? ¿Desearle? ¿Buscarle? No padre. Ya no sabes lo que es eso porque no amas a Deborah Miller y, mi madre está muerta.

-Y es exactamente por eso que no soporto siquiera verte. – Musitó el Phantomhive, echando los pedazos de la carta al fuego, sin despegar la mirada de esas llamar ardientes. Ciel se distrajo por un momento con el fuego. Después de todo, él le había dicho que en la muerte de su padre habría llamas. No eran necesarias. El alma de Vincent ya ardía en ellas. – ¡Tu madre era una ramera! ¿Sabías que contrajo la enfermedad que le llevó a la tumba por estar en el parque con otro? El frío le enfermó pero, ¡qué le importaba a ella! ¡Solo quería placer!

-¡Cállate! – Y Ciel no fue dueño de su cuerpo en ese instante. Abofeteó a su padre y no experimentó el menor atisbo de pena. - ¡No hables así de mi madre!

-¡No te atrevas a golpearme de nuevo! – El mayor tomó el brazo del ojiazul por la muñeca y le estrujó hasta hacerlo gemir de dolor. – Si lo haces, traeré a Sebastián aquí y le sacaré los dientes uno a uno.

Ciel jadeó por la ira. – Has dicho que quieres jugar a algo. ¡Hagámoslo entonces!

-Muy bien. Pero, ten en cuenta que solo uno de nosotros sobrevivirá al juego. – Aclaró Vincent.

-¡Lo sabía! – Espetó el menor, golpeando el escritorio y provocando que la pluma fuente abandonara el tintero, salpicando todo a su paso. - ¡Es una trampa!

-No. – Mintió el hombre. – No hay trampa alguna, hijo. – El Phantomhive mostró los dos frascos. – Uno de estos frascos contiene un veneno poderoso, mientras que el otro contiene un simple anestésico. Ambos provocan casi los mismos efectos, con la única diferencia, que después del anestésico despertarás. No obstante, el veneno no tiene esa misma prerrogativa. Piénsalo. – Le tentó. – Si ganas, Ciel, tendrás a Sebastián pues, yo no habré cumplido el contrato. Además, tendrás toda la fortuna de la familia, la compañía… - Se echó a reír a carcajadas. – Hasta podrías comprarte una idiota que acepte ser la esposa de un homosexual.

Ciel le observó fijamente, entrecerrando los ojos. – Eres un ser despreciable padre. Pero dime, ¿qué obtendrás si ganas?

-Tendré a Sebastián. El demonio sufrirá por eterna memoria. Cada día disfrutaré recordándole que has muerto por intentar salvarle. – Vincent peinó su cabello con los dedos hacia atrás. – Contrario a tu madre, Ciel. Yo vengo de una familia muy longeva. Viviré lo suficiente para enloquecerle y, hacerle intentar hasta la última forma de suicidio posible. Gozaré viéndole y sabiendo que no puede morir.

El ojiazul retrocedió. Una parte suya temía perder. Perder a Sebastián y perder la vida. Estando vivo, aunque fuera lejos, podría encontrar forma de ayudarle. – Yo…

-¿Qué pasa? ¿Ya no quieres? – Vincent tomó las dos copas. – Tienes tantas oportunidades como yo de ganar.

Ciel apretó los puños y asintió. – Está bien. Acepto.

-Ten. – Dijo el mayor, entregándole el frasco con el veneno. – Coloca tú el veneno en esa copa. – Señaló la copa del frente. – Yo colocaré el anestésico en esta. – Y dicho eso, vertió el líquido en una de las copas. Ciel vació el veneno en la que le habían indicado.

-¿Cuánto tiempo tardará en hacer efecto?

-Media hora. – Respondió el Phantomhive, mirando hacia abajo por un instante. – Bien, vamos a mezclarlas. – El hombre tomó ambas copas y las intercambió una y otra vez. Tantas que por un momento él mismo estuvo confundido.

-Me toca. – Dijo Ciel y volvió a mover las copas, una y otra vez hasta haber olvidado cual era la que contenía el veneno. Las cambiaba de lugar, a veces las dejaba en el mismo.

-Quiero ésta. – Vincent tomó la que se encontraba frente a Ciel, dejándole la otra. – De acuerdo, padre. Yo tomaré ésta entonces. – El menor tomó la copa y la alzó frente a la de su padre.

-Un brindis, Ciel. Porque quien sobreviva sea muy dichoso y tenga una larga larga vida. – Una sonrisa burlesca adornando el rostro de Vincent.

-Brindo por lo mismo, padre. Por la vida y por la muerte. – Chocaron las copas y ambos bebieron el vino, cuyo sabor no se había transformado siquiera un poco debido a la alta calidad que poseía.

Vincent bajó la copa y sonrió triunfal. – Adiós, Ciel. – Señaló la base de la copa. Una pequeña mancha de tinta.

-Me engañaste. – Susurró Ciel, sintiendo una punzada en el corazón. Sus manos se tornaron heladas al darse cuenta de lo que acababa de hacer.

-Lo siento, hijo. – Se acercó y tomó el rostro del menor, quien cayó sentado en la silla que se encontraba detrás suyo. – Nos vemos en el infierno. – Besó su frente.

Luego, se incorporó, tomó uno de los puros de su escritorio y se marchó. – Iré a caminar. Así cuando duerma por el anestésico, lo haré más plácidamente. - Aprovecha que no te dejé hacer ningún conjuro a la puerta y grítale a Sebastián que venga.

Ciel cerró los ojos, sintiendo con dolor como había sido derrotado en una forma tan estúpida. – Sebastián… - Musitó y, se olvidó de llorar. Había una última cosa que debía hacer.


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Anduvo con dificultad hasta su habitación. Las maletas estaban en el suelo y, la oscuridad no le ayudaba demasiado. Estaba helado y, había comenzado a temblar. Le dolía el estómago terriblemente. - ¡Ah! – Se quejó. Muy bajo para evitar que Sebastián le escuchara. – Por favor, que no me encuentre. – Suplicó al cielo, cuya luna dejaba sus rayos filtrarse a través de la ventana.

Ciel se lanzó hacia la maleta en donde había colocado el dinero y, la caja de madera que compraron el demonio y él antes de llegar a la mansión. La cabeza le dolía. Bien pudiera que fueran simples nervios aunque, el ojiazul creía que era el veneno corriendo por sus venas, invadiendo cada espacio de su ser.

-Ahh... - Un grito ahogado cuando sintió que el mundo comenzaba a girar más de prisa de lo normal.

Le dolió en estómago entonces, tanto que le hizo detenerse para abrazar su abdomen fuertemente. Miró hacia el reloj. No, aún no era hora. Le quedaban veinte minutos si llevaba bien la cuenta. Observó el anillo en su dedo, así como los zarcillos que su madre le había puesto desde el día en que nació. Se quitó todo y lo echó en la caja.

Se puso de pie y avanzó hasta su escritorio, cargando la caja con toda devoción. Estaba tan confundido como asustado pero, necesitaba ordenar sus ideas lo mejor posible para escribir una última carta al moreno. De lo contrario, Sebastián pensaría que todo eso había sido su culpa. Tomó el tintero y lo abrió torpemente, derramando un poco de su contenido sobre la madera brillante y pulida. No le importo. Claro, no era momento de preocuparse por un mueble que no volvería a ver.

Sebastián:

Nuestro juego ha terminado. Es aquí en donde me despido de ti, demonio. Irónico. Tanto llamarte un ser del mal para al final venir y darme cuenta que eres lo único bueno que sucedió en mi vida.

No sé cuál será tu reacción al leer esto. Ni siquiera sé si tendrás una pero, te pido Sebastián, por una vez en tu existencia olvida las reglas. Ve a donde mi padre no pueda alcanzarte. Llévate esta caja que dejo contigo. No olvides que has prometido aceptar un regalo de mi parte.

Y dejó de escribir. Ya no podía continuar escribiendo coherentemente cuando su cuerpo exigía lo contrario.

Te amo, Sebastián. Debes saber que no es tu culpa que yo muera. No he apostado la vida por tu existencia solo. La he apostado por mi vida con tu existencia a su lado. No he perdido nada, pues, la vida que me quedaba era sin ti. Y así, para qué vivirla.

Se sentía cansado. Sus ojos eran demasiado pesados como para mantenerse despierto por más tiempo.

No le permitas a nadie más esclavizarte. Hazlo por mí.

Ciel.

Dobló la hoja en cuatro y la puso sobre la caja. El dolor se había ido y ahora se apoderaba de él una sensación pacífica. Tenía miedo pero, no tanto como antes. Se recostó en el escritorio. Siempre que se quedaba dormido así, se caía pero, hoy cuando se cayera no importaría ya.

Pensó en el rostro de Sebastián. Con sus ojos carmesí que se tornaban más brillantes cuando se emocionaba. En cuando sonreía, a veces de verdad, otras de mentira. Imaginó sus labios sobre los suyos. La primera vez que le había besado. El día en que llegó a su casa y hasta mal le había caído por la cara de perfeccionista que tenía. Sin embargo, Sebastián solo tenía un rostro. No como él que tenía uno para cada emoción. Una máscara para encubrir cada una de sus sombras, desde las claras hasta las más oscuras. Y el mayordomo, victorioso y paciente, se había encargado de quitar cada una de ellas hasta encontrar al verdadero Ciel.

-Solo tú me conoces, Sebastián Michaelis. – Susurró, y cerró los ojos en lo que creía la última vez en su existencia.


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Los sirvientes se disponían a cenar y, por primera vez, Sebastián no tenía nada qué hacer. La casa estaba impecable, no había cena para el amo que servir, ni siquiera Deborah Miller había pedido cosa alguna pues, estaba recluida en la biblioteca leyendo su libro favorito.

-¿Sebastián? – MeyRin le habló, con voz trémula. - ¿No quisieras cenar con nosotros?

El moreno estaba a punto de declinar la invitación pero, algo en su interior le detuvo. ¿Por qué negarse a comer con los humanos si él era más prisionero en este mundo que ellos? Si MeyRin, Bard, Finnian o Tanaka hubieran querido marcharse, nada los habría detenido. Las cosas no eran iguales para él. "Yo soy el verdadero esclavo.", pensó.

Bard miró a MeyRin como diciéndole "¿por qué le invitas si sabes que dirá "no"? "

-Será un gusto. – Respondió el mayordomo con una sonrisa. - ¿Qué cenaremos?

-Una receta de pasta que Bard ha inventado. – Dijo la mucama, sonriendo mientras servía sendos platos para todos.

-Y debo decir que me ha quedado muy buena. – Se halagó a sí mismo el cocinero, dejando el cigarrillo para echarse el primer bocado.

-Hasta donde se ve. Parece deliciosa. – Sebastián observó el platillo. Estaba bastante bien cocinado para ser producto de los inventos culinarios del rubio. Sujetó el tenedor y enrolló un poco en él. Jamás tenía hambre pero, hoy tenía curiosidad.

Metió el tenedor a su boca y saboreó. Ahora se daba cuenta que en realidad el sentido del gusto lo tenía bien desarrollado, a pesar de solo usarlo cuando condimentaba la comida que servía. Los demás sirvientes pusieron toda su atención en él. – Está delicioso. – Comentó el moreno. No era perfecto. No obstante, el cocinero se había lucido al hacerlo.

-¿Y el bocchan? – Preguntó el jardinero, curioso. Su rostro con pequeñas gotitas de salsa y rompiendo el silencio.

-Yo vi al amo Vincent salir de la mansión hace un rato. – Comentó Tanaka.

-¿Salir? – Sebastián tragó con dificultad lo que tenía en la boca.

-Sí. Supongo que la charla entre ellos ha terminado. – El anciano continuó con su cena. Estaba acostumbrado a las peleas entre ellos dos.

El moreno tuvo una sensación inexplicable entonces. – Me disculparán un momento. – Se puso de pie, limpiándose los labios con la servilleta. – Solo me cercioraré que el joven amo no necesite nada.

-¿Por qué no lo haces cuando termine la cena? – Preguntó el cocinero.

-No. – Sebastián sacudió la cabeza y, luego, se encogió de hombros. – Además, me tomará solo un par de minutos.

-Como quieras. – Respondió el rubio y, todos continuaron con su cena.

El demonio no esperó la aprobación de nadie más. Subió las escaleras rápidamente y fue al estudio de Vincent. – Nadie. – Excepto por la copas.

Dos segundos le tomó al moreno comprender que se había llevado a cabo un brindis "mortal" en esa habitación. El olor del veneno en una de las copas. Era una de las tantas pociones de Undertaker. Él mismo la había ido a recoger.

-¿Tinta? – Sebastián tomó uno de los cristales. - ¡Maldito Vincent! ¡Has marcado las copas!

Diferentes marcas y tinta regada por el escritorio. El demonio pensó la posibilidad de una mancha accidental pero, no había tiempo para eso.

-¡Ciel! – Llamó, precipitándose al corredor. – No. – Masculló. - ¡No él!

Abrió la puerta de la habitación del ojiazul de un golpe y le encontró. Ciel estaba en el suelo, tal como él lo había predicho. Sebastián se arrodilló en el suelo y le tomó en sus brazos. Rápidamente acercó el oído al pecho del menor. ¿Respiraba o era su imaginación?

Ya creía que era lo segundo. El cuerpo del ojiazul estaba helado. Sebastián sintió como si le hubieran arrancado algo del pecho. Una parte suya desaparecía si Ciel ya no estaba. – Te necesito. – Posó su frente contra la del menor. Hacía más de doscientos años que no necesitaba de nadie. Jamás había contado la razón de porqué su madre le había vendido al demonio. Tal vez porque no la recordaba o quizás porque su mente la había embargado con tal de no volver a vivirla.

Su madre no se dedicaba a la brujería antes de él. Era algo que no se atrevía a decir. Su progenitora se había convertido en eso, solo por separarle de un chico del que se había enamorado. "Los hombres no se enamoran de otros hombres.", dijo ella. Sebastián no lo recordaba claramente pero, algo le había dado a beber. Luego, rezaba a su alrededor.

El moreno no había entendido todo ya que, no conocía más que unas cuantas palabras en latín. No obstante, ella musitó algo a la figura obscura que apareció delante de ella. "Llévale a un lugar donde no pueda volver a encontrarlo."

Se había equivocado. Quizás él no podría encontrar nunca al muchacho del que se enamoró entonces. Ni siquiera recordaba ya su rostro claramente pero, no había fallado en encontrar a alguien y volver a sentir ese calor en el pecho.

-¡Ciel!

Creía haberlo susurrado pero, en realidad estaba gritando. Aferrando el cuerpo del ojiazul contra el suyo. No lloraba pero, sentía que algo dentro suyo desgarrándose. Miró hacia el escritorio del menor y vio la caja. Ahora nada más le importaba. Desabotonó la ropa de Ciel y frotó su pecho. Cuando sus amos habían tenido ataques al corazón, él había hecho eso y algunas veces funcionaba.

Volvió a llevar su oreja hasta el toráx de Ciel y ahora comprobaba que estaba en lo correcto. El menor estaba respirando. – Por favor, Ciel. Despierta. – Palmeó sus mejillas ligeramente. Estaba helado aún. En su desesperación, Sebastián no había sido capaz de diferenciar el frío de la muerte del que provoca un sedante fuerte.

-¡Ah!- El mejor se quejó, llevando una mano a su cabeza y agarrándola débilmente. - Me duele.

-Estás bien. – Dijo el moreno, poniendo su frente contra la del ojiazul una vez más, besando sus labios suavemente.

-Eso… creo… - Susurró. El cuerpo le pesaba una tonelada.

Sebastián lo levantó en vilo y, fue entonces cuando ambos escucharon un grito. El mayordomo ni siquiera preguntó, tomó a Ciel y se encaminaron escaleras abajo. Los sirvientes iban de un lado a otro. Deborah Miller gritó una vez más.

-¡Vincent! – Sujetó su cabeza con ambas manos y se arrodilló en el suelo. Tanaka intentaba ofrecerle un vaso de agua pero, la mujer era incapaz de pensar en algo siquiera. - ¡Vincent!

El demonio descendió las escaleras velozmente. La puerta que daba al jardín estaba abierta y los sirvientes entraban y salían, viéndose con horror. Ciel debatiéndose entre mantener la consciencia o dejarse llevar por la droga al mundo de los sueños.

Sin embargo, lo que vio entonces le apartó los deseos de dormir. Vincent estaba sentado en una de las sillas del kiosco. Tenía los ojos cerrados y sonreía. Levemente, muy levemente pero estaba sonriendo, sosteniendo su puro en la mano que descansaba en el brazo del mueble.

Sebastián llevó a Ciel hasta el lugar. Vincent parecía un demonio. Uno igual o peor al mayordomo. Pequeños copos de nieve, arrastrados por la ventisca, caían en su rostro. Estaba muerto. Muerto y sonriente, la piel comenzando a tomar un tono más pálido debido a la falta de sangre. Seguramente imaginando cómo sería el funeral de Ciel, qué diría cuando le preguntaran. Probablemente, ya pensaba achacar la muerte del menor a un suicidio. El ojiazul suicidándose con el veneno.

Se sentó, orgulloso de su trabajo. De la victoria sobre Ciel y, murió, seguro que despertaría.

El mayordomo sonrió, imaginando el epitafio del hombre.

"Vincent Phantomhive, el que murió por una mancha de tinta."