CAPÍTULO 2
VOGEL, por la línea dos.
La oficina de Herms estaba situada en un piso alto de una obra de arte arquitectónica del centro de la ciudad y tenía una gran vista panorámica.
Era una bonita mañana de un día de verano. El cielo estaba azul y el sol iluminaba el puerto de Londres.
Herms volvió a regañadientes a su escritorio y levantó el auricular para atender la llamada.
Cinco minutos más, tarde lo volvió a colgar, convencida de que ninguna mujer debería tener que cruzar guerras verbales con un arrogante macho sexista cuyo único objetivo en la vida era criticar a las mujeres.
Le apetecía un café caliente, dulce y fuerte. Se puso de pie para ir a buscarlo en lugar de que se lo llevara su secretaria. Tenía que examinar varios expedientes. Extrajo las carpetas pertinentes y las dejó en su escritorio.
Sonó la línea privada. Contestó con la idea de que se iba a encontrar con la voz de John o de Draco. Una posibilidad más remota sería que fuera Marie, y más remota aún que fuera Monique.
- Herms -su voz era inconfundible.
-Tifanny... -dijo Herms contrariada.
-¿Qué te parece si almorzamos juntas?
Postergar la invitación no resolvería nada. Echó una ojeada a la agenda.
-Puedo verte a la una - Herms nombró un restaurante exclusivo cerca de la oficina-. ¿Haces tú la reserva, o la hago yo?
-Mejor la haces tú, Herms -contestó Tifanny -. Tengo una cita con mi agente. Es posible que llegue tarde.
-Tengo que volver a mi oficina a las dos y media -le advirtió Herms.
-En ese caso, dame diez minutos de cortesía. Luego, pide, si quieres.
Herms colgó el receptor, pidió a su secretaria que hiciera la reserva, tomó su café, y luego centró toda su atención en el trabajo hasta la hora de arreglarse y salir del edificio. Se retocó el maquillaje y salió.
Diez minutos más tarde, Herms entró en el restaurante. El maítre la saludó afectuosamente y la acompañó personalmente hasta la mesa. Pidió agua mineral y miró la carta. Eligió una ensalada César y fruta.
Tres cuartos de hora más tarde de la hora en que habían quedado, Tifanny apareció en el restaurante, dejando una estela de carísimo perfume a su paso. Un vestido ajustado marcaba las curvas de su cuerpo delgado. Era alta, de piernas largas y delgadas; el maquillaje y el pelo oscuro recogido realzaban sus facciones exóticas.
No se disculpó por llegar tarde. Herms observó en silencio cómo pedía una ensalada diferente a la suya y fruta fresca.
-¿Cuándo tienes el próximo trabajo?
-¿Tienes tantas ganas de que me marche? -preguntó Tifanny con una sonrisa felina.
-Es una pregunta de cortesía -respondió con amable burla.
-¿Seguida de otra acerca de mi profesión?
Herms conocía bien los progresos de su hermanastra en su carrera de modelo. Monique no perdía la oportunidad de contar el ascenso de su hija en su carrera.
-Fuiste tú quien quiso quedar para almorzar –dijo Herms. levantó la copa a propósito y sorbió. Luego, la volvió a dejar en la mesa.
Tifanny la miró achicando los ojos.
-Nunca hemos sido amigas...
En privado, Tifanny siempre había demostrado ser una arpía vengativa.
-Tú hiciste todo lo posible por destrozar cualquier iniciativa por mi parte de ser amigas.
-Quería ser el centro de nuestra compartida familia, querida. Número uno -dijo Tifanny. Golpeó con las uñas el borde de la copa.
Herms cortó un trozo de melón.
-¿Qué te parece si me dices el propósito de esta cita?
-Monique me dijo que John está cada vez más nervioso y preocupado porque no cumples el trato.
El melón era suculento, pero de pronto pareció perder el sabor.
-¿De qué trato estamos hablando?
-Del necesario heredero de Malfoy-Granger
Herms la miró fijamente mientras ponía el tenedor en el plato.
-Me parece que es un tema que no te concierne, Tifanny.
-¿Tienes problemas, querida?
-El único problema que tengo es ese interés que demuestras por algo que no es asunto tuyo.
-Es un asunto de familia -respondió Tifanny con deliberado énfasis.
El respeto hacia los dueños del restaurante evitó que le tirase una copa de agua fría a su hermanastra.
-¿De verdad? Me cuesta pensar que mi padre te envía a ti como mensajera en un asunto tan personal.
-¿No me crees?
-No -el precio de su valentía podría costarle caro, ¿muy caro?, se preguntaba Herms.
-Querida -el tono paternalista implicaba lo contrario del afecto-, la única diferencia entre una hija y una hijastra es un documento de adopción legal –hizo una pausa-. Monique podría convencer fácilmente a John de que lo iniciase...
¡No podía creerlo! ¿Por qué le sorprendía tanto aquel plan siniestro?
-El testamento de John es muy claro. Monique hereda la residencia principal, las obras de arte, las joyas, y una generosa cantidad anual. Las acciones de Malfoy-Granger pasan a mí directamente.
-¿Crees que no sé eso? - Tifanny pinchó la ensalada-. Pero se te escapa algo...
No, no se le había escapado.
- Draco -agregó Herms.
-Muy inteligente, querida.
-Quieres ser su querida...
Tifanny se rió sin humor y contestó:
-Su esposa.
-Apuntas alto.
-A lo máximo, cariño.
Herms sintió la tentación de causar un incidente con el café caliente o el agua helada, le daba igual.
-Pero hay un problema. Él ya está casado –dijo Herms.
-Pero puede quedar libre fácilmente.
-Pareces muy segura -dijo con serenidad, aunque estaba furiosa por dentro.
-Un hombre rico quiere una anfitriona ejemplar en el salón y una prostituta en la cama - Tifanny se miró las uñas pintadas perfectamente, luego miró a Herms -. No puedo imaginar que la pasión sea tu fuerte.
Herms no pestañeó casi.
-Quizás te equivoques.
-¿De verdad? No sé por qué no te creo.
Herms llamó al camarero, pidió la cuenta y firmó la tarjeta de crédito. Entonces, se puso de pie y se colgó el bolso del hombro.
-Será mejor no volver a tener este tipo de encuentros. ¿No crees?
-Querida, yo estoy sin trabajar ahora, ¿y qué mejor que tomarse un descanso en la propia ciudad de una? -la miró con satisfacción-. Como familia que somos, debemos mirar la una por la otra. ¡Los acontecimientos sociales son tan interesantes!
-Y tú quieres estar presente en todas las reuniones y eventos -respondió Herms burlonamente.
-Por supuesto.
No quería agregar una palabra más. Era mejor irse en silencio dignamente.
Al volver la estaban esperando tres mensajes. Dos de ellos eran por asuntos de negocios. Los contestó e hizo las anotaciones pertinentes en el ordenador antes de ir a su teléfono privado.
Sintió un nudo en el estómago mientras esperaba que contestase Draco.
-Malfoy -su voz era profunda y mantenía un leve acento americano que se le notaba más por teléfono.
-Has llamado cuando estaba fuera...
Herms se imaginó a Draco poniéndose cómodo en su silla de piel.
-¿Qué tal el almuerzo? Draco
-¿Hay algo que no sepas? -preguntó ella apretando el teléfono.
- Tifanny preguntó por tu número de extensión -dijo él, imperturbable.
Cualquier excusa era buena para ponerse en contacto con Draco, pensó Herms en relación a su hermanastra.
-No has contestado a mi pregunta -dijo Draco.
-El almuerzo estuvo bien. ¿Has llamado por eso?
-No. Para hacerte saber que no voy a estar para cenar. Un asociado de Taiwán quiere invertir en propiedades y me ha pedido que le recomiende un agente inmobiliario de prestigio. Sería descortés por mi parte no presentarlos en una cena.
-Muy poco cortés -dijo ella solemnemente-. No te esperaré despierta.
-Será un placer despertarte -bromeó él.
La llamada terminó. Herms sintió un estremecimiento al recordar las numerosas ocasiones en que la había despertado el tacto de sus labios y cómo ella se había regocijado en recibirlo.
Hizo un esfuerzo y colgó. El resto de la tarde se concentró en el trabajo.
Eran casi las cinco y media cuando abandonó el edificio y, aunque el tráfico era denso, empezó a aligerarse.
Al bajar del coche notó que el sol estaba caliente, y que el nivel de humedad era alto.
Tomó una bebida fría y luego decidió hacer unos largos en la piscina. Eso la relajaría.
Se quitó la chaqueta y fue hacia la cocina.
Marie estaba terminando de preparar un plato frío.
-¿Está segura de que no quiere más que una ensalada?
Herms se sirvió un vaso de zumo de manzana y luego se sentó en uno de los taburetes de la cocina.
-Sí -contestó Herms, y tomó un trozo de mango de una fuente hermosamente decorada, que contenía lechuga, nueces, queso fresco-. ¡Está estupendo!
Marie la miró.
-Hay fruta fresca y helado después.
Herms tomó el zumo.
-Creo que me cambiaré y me daré un baño.
La idea de nadar y de quedarse al sol un rato le resultaba decididamente atractiva.
-¿Por qué no terminas con esto, Marie? No hace falta que te quedes sólo para aclarar los platos y meterlos en el lavaplatos.
-Gracias -contestó el ama de llaves, complacida.
No era la primera noche que Herms pasaba sola, y no sería la última.
-Vete. Te veré en el desayuno mañana.
Marie se quitó el delantal y lo dobló.
-Serg y yo estaremos en casa, si nos necesita.
-Lo sé -contestó Herms amablemente.
Al rato se fue arriba y se puso un bikini negro, se extendió crema protectora solar y bajó con una toalla y una bata a la piscina.
Dejó la bata y la toalla en una silla y se zambulló. Luego empezó a nadar. Hizo unos largos y se puso de espaldas, disfrutando de aquella quietud.
Era una forma estupenda de relajarse física y mentalmente, pensó. Y de ver las cosas con la suficiente objetividad. Incluso el almuerzo con Tifanny, aunque tal vez eso fuera demasiado.
No era difícil calcular el siguiente movimiento de su hermanastra, dada la agitada vida social de la sofisticada élite de la ciudad.
Malfoy-Granger era el soporte económico de varias obras de caridad, y Draco seguía la tradición de Narcissa y Lucius Malfoy, sabiendo astutamente que los negocios se hacían tanto en la oficina como en los eventos en los que se recaudaban fondos para obras de caridad.
La idea de tener que ver a Tifanny en alguna reunión o fiesta no le hacía ninguna gracia, y menos aún tener que aguantar las indirectas de Monique.
¡Maldita sea! Así no podía relajarse. Herms se dio la vuelta y nadó hasta el borde de la piscina. Salió y se secó.
Decidió comer fuera, al lado de la piscina. Llevó la ensalada y un vaso de agua helada a la mesa que había allí.
La vista del puerto era espectacular. Se quedó observándola un rato.
Cuando terminó de cenar, se hizo un café. Eligió algunas revistas y volvió afuera a mirar la puesta de sol. El color anaranjado que se iba transformando en rosa mientras el sol se hundía en el horizonte, una luz opaca luego hasta que llegaba la oscuridad.
Se encendieron las luces de la piscina dándole un color turquesa.
Hojeó las revistas. Había una reseña sobre un gurú que hablaba de la superficialidad de una sociedad en la que nunca se podía estar seguro de que un amigo lo fuera de verdad y no por interés.
Leyó después un artículo sobre una madame de alta sociedad que procuraba prostitutas a ricos y famosos por un precio astronómico. Lo seguía otro sobre celulitis, que le pareció demasiado prosaico. Pasó a la sección de viajes. París, una ciudad sin igual, tanto por la elegancia de sus mujeres, como por su comida. Estaba de acuerdo. Recordó los momentos vividos en París. Un joven estudiante que casi la había llevado a la cama. Se rió por dentro.
-¿Un artículo interesante?
Herms alzó la mirada al oír aquella voz profunda, y se encontró con Draco asomado al salón de ocio.
Llevaba la chaqueta al hombro y se había aflojado la corbata y desabrochado algunos botones de la camisa de algodón azul.
-No sabía que fuera tan tarde -dijo Herms mientras lo veía acercarse.
-Son poco más de las diez -se quedó de pie al lado de ella-. ¿Recuerdos agradables?
Herms lo miró.
-Sí. Fue hace mucho tiempo, y yo era muy joven.
-Pero lo suficientemente mayor como para aceptar las atenciones de un joven -dedujo Draco con cinismo y sentido del humor-. ¿Cómo se llamaba?
-Ron -dijo ella sin dudarlo-. Era muy romántico y sus besos eran estupendos. Visitamos juntos las galerías de arte y tomamos café en numerosos bares. Los fines de semana iba a visitar los viñedos de su familia. Era gracioso -recordó aquella familia numerosa, las comidas compartidas con toda aquella gente.
-¿Qué quieres decir con «gracioso»?
-Tenía una madre muy estricta, que quería casarlo con la hija de un vecino vinicultor. Una chica de habla inglesa como yo, aunque fuera rica, podría haberlo convencido de irse a vivir a la otra punta del mundo.
-¿Se casó con la hija del vinicultor? –preguntó Draco, entretenido y divertido con la historia.
-Sí.
-¿Lo amabas?
-Éramos buenos amigos.
Evidentemente no había sentido lo que sentía por Draco, pensó ella.
-¿Y os separasteis con tristeza cuando tuviste que marcharte?
Ella sonrió antes de contestar.
-Prometimos no olvidarnos el uno del otro. Durante un tiempo nos escribimos cartas muy poéticas.
-¿Y las cartas se fueron haciendo más cortas, menos y más espaciadas?
-Eres terriblemente cínico.
-Realista -la corrigió.
Herms cerró la revista y la dejó encima de la mesa. Con una elegante economía de movimientos se levantó, alcanzó el albornoz, se lo puso y se lo ajustó a la cintura.
-¿Quieres café?
-Sí, por favor.
Herms fue hacia la cocina. Draco la siguió. Puso café en la cafetera y la encendió.
La cocina estaba equipada con todas las modernidades concebibles.
Herms sacó dos tazas de café del armario.
-¿Qué tal la cena?
-¿Te interesa realmente? ¿O lo haces por hablar de algo?
Ella se preguntó si Draco se daría cuenta del efecto que causaba en ella. En la cama, seguramente lo notaba. Pero probablemente fuera de allí, no. Seguramente Draco estaba más interesado en crear un imperio económico que en analizar las relaciones con la gente.
-Interés real -contestó ella.
-Comimos comida asiática en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. El asociado recibió una buena impresión, y el agente ganará una buena comisión.
-Le habrás ofrecido tu jet particular, lo que te llenará de prestigio frente al asociado taiwanés, que en contrapartida te recomendará a sus conocidos –dijo ella secamente.
Draco se sonrió con picardía.
-Eso se llama preocuparse de los negocios.
-Y los negocios son lo más importante.
-¿Es ésa una afirmación o una queja?
Ella lo miró y dijo:
-Se sabe que los beneficios han sobrepasado las estimaciones en los últimos años. Los continuos éxitos de Malfoy-Granger son atribuidos a tus incansables esfuerzos.
-No me has contestado la pregunta.
-¿Y por qué iba a quejarme? -le preguntó ella.
-Es cierto. Tú tienes intereses en la empresa de la familia.
-En más de un sentido.
-¿Qué quieres decir?
-La demora en dar un heredero a John parece ser tema para conjeturas familiares.
A Herms le pareció ver un brillo de rabia en la mirada de Draco, pero inmediatamente desapareció bajo una máscara impenetrable.
-¿Es un tema que Tifanny ha querido recordarte? - Draco le acarició la mejilla.
-Sí.
Draco deslizó la mano hacia abajo y le acarició un pecho, jugó con el borde de su bikini, luego con el pezón duro. Luego, la retiró.
-Hemos estado de acuerdo en que el control de la natalidad era una prerrogativa tuya -dijo Draco.
Ella tragó saliva, lamentándose del modo en que su cuerpo reaccionaba al tacto de aquellas manos.
-Tu hermanastra está demasiado pendiente de sí misma como para perder la oportunidad de empezar un juego verbal. ¿Quién ganó?
-Ambas nos retiramos con heridas superficiales -dijo Herms solemnemente.
-¿Puedo saber cuándo continuará el juego?
-¡Quién sabe!
-¿Y el arma?
Ella sonrió.
-Es Tifanny. Y tú el premio. La adopción legal por parte de John la convertiría en una Granger. Nuestro divorcio sería una mera formalidad para que pasara a llamarse Malfoy.
Draco alzó una mano y le acarició la mejilla.
-¿Debo deducir que no te alegra eso?
Ella se quedó en silencio, pero hubiera gritado que no.
-¿Crees que te escogí como esposa con ese propósito, con el futuro de Malfoy-Granger en mente?
-Los matrimonios son manipulados por los ricos por numerosas razones. El amor no es un requisito necesario.
Draco permaneció impasible y dijo:
-¿Y lo que compartimos en la cama? ¿Cómo lo definirías?
Ella sintió un nudo en la garganta.
-La maestría de la experiencia.
Él la miró con dureza un instante. Luego, sus ojos se suavizaron.
-¿Quieres decir que me relegas al puesto de semental?
Ella cerró los ojos. «¡Dios santo!», pensó.
-No. No -dijo ella.
-Me alegro de que seas tan misericordiosa.
Estaba enfadado, era evidente.
De todos modos, ¿qué había esperado? ¿Que le dijera que ella era demasiado importante como para que otra ocupase su lugar?
-El café se ha hecho ya.
Ella hizo un esfuerzo por concentrarse en la tarea de servir el café y agregar azúcar.
Draco tomó una de las tazas.
-Me llevaré el café al despacho.
Ella lo observó mientras se alejaba de la cocina: sus hombros anchos...
«¡Maldita sea, Tifanny!», pensó Herms. Tiró el café en el fregadero y dejó la taza en el lavaplatos. Luego, apagó la cafetera, las luces de la cocina y se fue arriba.
Subió a la habitación, se quitó el bikini, abrió la ducha, y se metió dentro.
Se acostó después de la ducha y leyó un rato.
No supo a qué hora se había acostado Draco, ni lo sintió abandonar la cama temprano por la mañana. Cuando se despertó, el único signo de su presencia que descubrió fue su almohada y la huella de su cuerpo en la sábana.
