CAPÍTULO 3
Herms miró el reloj y gruñó. Eran las siete y media. Hora de levantarse, de ducharse, de tomar el desayuno y de internarse en el tráfico de la ciudad.
Por suerte era viernes y tenía el fin de semana por delante.
Draco había aceptado una invitación para ir a jugar al tenis aquella noche a casa de Blaize Zabini, director de contabilidad. Al día siguiente irían al estreno de una representación al Centro de Ocio Londres
.
La posibilidad de que Tifanny descubriera sus planes para la noche de aquel día era remota, pensó Herms mientras se sentaba al volante. Y no era muy probable que Monique consiguiera una entrada para el estreno con tan poca antelación.
Era un día hermoso y el aire aún no se había llenado de contaminación a aquella hora de la mañana.
Herms dejó el coche en el aparcamiento, donde la saludaron los guardias de seguridad. Luego, le dieron la bienvenida en Recepción al pasar hacia su despacho. Al llegar, su secretaria la saludó cordialmente, con un café en una mano y un cuaderno de notas en la otra.
A medida que fue pasando la mañana Herms intentó no pensar en la noche anterior, pero no lo consiguió.
Al terminar el día se alegró de volver a casa.
El coche de Draco estaba aparcado en el garaje cuando llegó. Se puso nerviosa al entrar.
Fue a ver a Marie a la cocina. Luego, subió a cambiarse.
Draco se estaba quitando la corbata cuando llegó a la habitación.
-Llegas temprano a casa -la saludó.
Ella lo miró.
-La cena estará lista a las seis.
-Eso me dijo Marie -Draco empezó a desabrocharse la camisa.
Herms siguió sus movimientos. Luego volvió a mirar sus facciones. No había nada que expresara su estado de ánimo.
-Tengo que pedirte disculpas -dijo Herms.
Él sonrió débilmente.
-¿Se trata de buena educación, Herms? –Draco se quitó la camisa y se puso un polo de color oscuro.
-Simplemente de sincero remordimiento –dijo ella.
-Aceptada la disculpa.
Ella respiró, después de haber mantenido la respiración durante un buen rato.
-Gracias.- Herms fue hacia el espacioso ropero que formaba una pequeña habitación, recogió el equipo de tenis y unos pantalones de lino y una blusa.
Oyó el ruido de la máquina de afeitar mientras se vestía.
-¿A qué hora quieres salir?
-A las siete y cuarto.
Bajaron juntos las escaleras. Comieron la ensalada de pollo que había preparado Marie, bebieron agua mineral y luego tomaron fruta fresca. Una comida ligera que cena completada con una cena después del último partido de tenis.
Conversaron sobre negocios y sobre la agenda de la próxima reunión.
Blaize y Pansy Zabinni residían una casa vieja restaurada. Tenía hermosos jardines y un cuidado parque con arbustos y setos. Las pistas de tenis no hacían más que agregar perfección al paisaje.
Había unos pocos coches cerca de las pistas. Herms salió del Bentley mientras Draco sacaba sus bolsas de deporte del maletero.
Jugar al tenis como acto social tenía sus propias reglas, de acuerdo con los gustos del anfitrión y con el número de participantes.
Los compañeros de juego eran elegidos por los participantes, y se suponía que dos vueltas de dobles mixtos precederían a dos vueltas de dobles femeninos y terminarían con dos vueltas de dobles masculinos.
Herms y Draco fueron nombrados en primer lugar para jugar con una pareja a quien Herms no conocía. Los cuatro eran buenos jugadores, pero Draco tuvo la altura, la fuerza y la habilidad como para hacer lo que quiso con la pelota, y salieron victoriosos al final del juego, con una puntuación de cinco a dos.
Hasta que apareció Tifanny, con un aspecto sensacional, con ropa de tenis de diseño, deslumbrando a todos los presentes.
-Siento llegar tarde -sonrió.
-Los mixtos acaban de terminar -le informó Pansy-. Ahora les toca a las chicas.
Tifanny se dio la vuelta hacia Herms.
-¿Quieres ser mi compañera de juego? Será como en los viejos tiempos.
Herms no sabía bien a qué se refería. Tal vez estuviera hablando de algún partido que hubieran jugado durante las vacaciones del colegio.
Pansy las puso juntas en la segunda vuelta. Herms aceptó una bebida fría. Los invitados se volvieron a reunir mientras. Los hombres formaban dos grupos, y casi enseguida Tifanny logró la atención de Herms.
-He pasado una tarde estupenda llamando por teléfono a amigos y poniéndome al corriente de todas las noticias.
-Y una de ellas fue el partido de tenis en casa de los Zabinni, ¿no es verdad?
-Sí, ¿por qué?
-¿Vamos con los demás?
Pasó media hora hasta que tomaron posición en la pista. Sus oponentes tenían un nivel parecido al suyo, pero al final ganaron.
Sirvieron mariscos al final del juego, seguido de café.
Herms suponía que Tifanny iba a intentar llamar la atención de Draco. Lo que no se imaginó fue que iba a chocar su brazo y le iba a tirar el café.
-Estoy bien -dijo Herms cuando Draco fue hacia ella. Sólo se había manchado los zapatos.
-Podrías haberte quemado -comentó Tifanny, aparentemente preocupada.
-Por suerte no ha sido así.
-¿Estás segura de que estás bien? -le preguntó Pansy-. ¿Quieres más café? ¿O algo más fuerte? -agregó con una sonrisa.
Herms se sintió tentada, pero no por las razones que imaginaba su anfitriona.
Herms negó con la cabeza y dijo:
-Gracias, de todos modos.
Eran casi las doce de la noche cuando se sentó en el coche de Draco.
-¿Qué pasó en casa de los Zabinni?
Herms esperó que el coche alcanzara velocidad antes de contestar.
-¿A qué te refieres?
-Tú no sueles ser torpe.
-¡Ah!
-¿Fue por culpa de Tifanny?
-No lo sé.
-Ella estaba de pie a tu lado.
-Preferiría no hablar de ello.
Herms entró primero en la casa. Draco se quedó metiendo el coche en el garaje.
Ella subió a la habitación y se desnudó. Luego, se metió en la ducha.
A los pocos minutos, Draco se unió a ella. Los dos terminaron al mismo tiempo, salieron juntos y tomaron una toalla.
A Herms le resultaba casi imposible ignorar la presencia de Draco, sobre todo de un Draco desnudo. Y no podía evitar la aceleración del latido de su corazón, ni sentir el calor que se iba apoderando de ella al iniciar su ritual nocturno.
Cuando se giró hacia la puerta una mano se posó en su brazo y la obligó a mirarlo.
Ella maldijo la fragilidad que sentía frente a su mirada y que no pudiera ocultarla.
Pero deseaba el calor de sus brazos, la satisfacción de su boca. Herms alzó una mano y le acarició la mejilla, luego dibujó el contorno de sus labios con su dedo.
Él tomó los dedos de ella en su boca, y los mordió suavemente. Aquel gesto hizo que ella sintiera un fuego en su interior.
Herms lo atrajo hacia sí, y disfrutó del calor de su cuerpo masculino contra el de ella, de su fragancia, del beso apasionado que le borró todo pensamiento.
Ronroneó de placer cuando él la llevó a la habitación y la echó en la cama.
Si los compromisos de los negocios no se lo impedían, Draco solía pasar los sábados en la pista de golf mientras ella se dedicaba a hacer las cosas que no había podido realizar durante la semana.
Algunas veces iba al cine por la tarde o almorzaba con amigas.
Aquel día decidió comprarse algo de ropa y acudir a la peluquería y al salón de belleza.
Volvió a casa a las seis de la tarde. Draco estaba entrando con su coche también y lo siguió.
Él se quedó esperándola.
-¿Has tenido un buen día? -preguntó ella mientras salía del coche.
-Sí. ¿Y tú?
-He ido de compras -le señaló las bolsas que estaban en el asiento de atrás.
Draco parecía relajado. Su fuerte masculinidad despertó en ella una profunda respuesta al pasar por su lado para recoger las bolsas.
Tal vez algún día dejara de sentir aquello, pensó ella.
Eran más de las siete cuando se marcharon al Centro de Ocio.
A Herms le encantó el show. El hecho de que Tifanny no estuviera por ningún sitio agregó placer al espectáculo, un placer que se repitió al día siguiente cuando Herms y Draco quedaron con unos amigos para navegar.
El lunes prometía ser un día de mucho ajetreo, pensó Herms al llegar a la oficina y reunirse con su secretaria.
La mañana transcurrió de prisa metiendo datos en su ordenador. Necesitaba concentración, y ni siquiera hizo un descanso para tomar café.
Terminó después de mediodía. Sólo le quedaba revisar el trabajo después de comer. Pero no saldría fuera a almorzar, decidió. John le había pedido los datos para el día siguiente a la una. Pero quería dárselos esa misma tarde.
Se levantó de su escritorio para tomar el sándwich de ensalada de pollo que su secretaria le había dejado en el pequeño frigorífico. Tomó una botella de zumo de manzana y volvió a su asiento.
Después de almorzar, se sintió con energía suficiente nuevamente.
Sonó el teléfono. Se limpió las manos en una servilleta de papel y lo atendió.
-Es Liliane Evans -le dijo su secretaria.
Herms se sorprendió y se alegró a la vez.
-Pásamela.
Dos segundos más tarde, exclamó:
-Lily, ¿dónde estás?
-En casa. He llegado ayer por la mañana de Roma.
-¿Cuándo quedamos?
Indudablemente se verían. Habían compartido el mismo internado, las mismas clases y ambas tenían una madrastra. Era algo que las había unido siempre.
Lily se rió.
-Esta noche, si Draco y tú vais a la exposición de Theo.
-Las exposiciones de Theo tienen un lugar especial en nuestra agenda -rió Herms.
-¿Irán John y Monique?
-Y Tifanny -agregó Herms. Enarcó una ceja ante la ruda respuesta de Lily-. Las niñas buenas no maldicen.
-Ésta sí. ¿Cuánto tiempo lleva molestándote tu querida hermanastra?
-Una semana.
-Le gusta ir de diva -comentó Lily-. He tenido la desgracia de tener que compartir unas cuantas pasarelas con ella en Italia.
-Gracioso.
-No mucho. Al menos no es la gracia que te hace reír. Tengo que darme prisa ahora. Nos veremos esta noche, ¿de acuerdo?
-Espero ansiosa que llegue el momento -le aseguró Herms y colgó.
Se quedó pensando en los recuerdos compartidos con Lily, los tiempos vividos con ella en vacaciones en el extranjero, invitadas de honor en los compromisos de ambas, y damas de honor en las bodas de cada una de ellas.
Volvió al ordenador e hizo un esfuerzo por concentrarse en las cifras.
Una hora más tarde, imprimió el trabajo y pidió a su secretaria que hiciera copias para John y Draco y que se las entregase. Estaba bastante satisfecha del resultado. Había logrado la reducción de un punto de porcentaje en las negociaciones con la empresa de leasing de coches de Malfoy- Granger, ahorro que serviría para incentivos al personal sin un coste adicional para Malfoy- Granger, y sin perder las ventajas en los impuestos.
Llegó a casa hacia las seis de la tarde.
-Draco ha llamado -le dijo Marie cuando Herms, apareció en la cocina-. Tardará unos veinte minutos más en llegar.
El tiempo suficiente como para ducharse y lavarse el pelo.
-Huele muy bien -le dijo a Marie.
-Espárragos con salsa holandesa, carne con verduras, y tarta de limón de postre.
Herms tomó un vaso y fue al frigorífico a buscar agua helada.
-Llegaron varias invitaciones por correo. Están en el estudio.
-Gracias.
Minutos más tarde, Herrms se quitó la ropa y se metió en la ducha. Luego, se puso ropa interior limpia, vaqueros y una blusa amplia. Se recogió el pelo en un moño. Se aplicó crema en la cara y un toque de color en los labios y decidió que estaba lista.
Draco entró en la habitación cuando ella salió.
Él sonrió y ella le preguntó:
-¿Una reunión que se demoró?
-Dos llamadas telefónicas y un atasco -dijo él.
-La cena estará lista en diez minutos –comentó ella yendo hacia la puerta.
-Tenía esperanzas de poder compartir la ducha contigo.
-Demasiado tarde.
-¡Qué pena! -sonrió él.
Ella se puso nerviosa.
-Una ducha fría te ayudará.
-Esto también -dijo él, y la besó apasionadamente.
Ella sintió que se iba abandonando a aquel placer. Gimió suavemente. Cuando él alzó la cabeza, sintió que el latido de su corazón se había acelerado, y su piel estaba tibia. Sus labios temblaron cuando él se apartó.
-No juegas limpio -lo acusó ella temblorosa, mientras él le acariciaba la mejilla.
-Ve a ver a Marie -le dijo él sonriendo pícaramente-. Iré enseguida.
La cena fue deliciosa.
-¿Café? -preguntó Marie.
Herms miró el reloj. Tardaría media hora en vestirse, maquillarse y peinarse.
-Yo no, gracias -dijo.
-Café solo para mí, por favor -dijo Draco cuando Herms se levantó de la mesa.
