CAPÍTULO 4
Herms se puso unos pantalones de seda rojos con una camisola a juego y una chaqueta. Era un conjunto deslumbrante, completado con sandalias de noche y un bolso a juego, que destacaba su pelo castaño y su piel.
Se maquilló cuidadosamente, y se cepilló el cabello para llevarlo suelto.
Se miró al espejo. En él se reflejaba una mujer segura y joven, cuya ropa y joyas ponían de manifiesto su riqueza. Tenía un aire de frialdad y serenidad que estaba lejos de sentir.
-¿Has escogido el color a propósito? –preguntó Draco.
-¿Por qué lo preguntas?
-Me da la impresión de que quieres decir algo con ello.
-¡Qué percepción!
Draco llevaba un esmoquin oscuro, una camisa blanca y una pajarita.
¡Era casi un pecado que un hombre irradiara semejante grado de química sexual!, pensó ella.
Tenía un aire de depredador peligroso.
-¿A qué viene esa sonrisa?
-Excitación -contestó ella.
-¿Por la exposición de Theo?
-Naturalmente.
-Podemos llegar tarde -sugirió Draco burlonamente.
Ella sonrió.
-Theo sufriría una decepción.
Y Tifanny también, pensó ella.
-Podría arreglarlo haciendo una compra exorbitante.
Ella se quedó pensativa, luego negó con la cabeza.
-Las bromas se pagan caras -dijo él.
-Ya estoy arrepentida.
-El arrepentimiento va perdiendo validez con cada hora que pasa -él vio un brillo de duda en los ojos de Herms. Le acarició la mejilla, pero se reprimió el beso que le habría dado.
Herms recogió su bolso y salió de la habitación. Cuando salieron de la casa, se sentó en el Jaguar en silencio.
-¿Cómo reaccionó John a tu propuesta? -preguntó ella. Hablar de negocios era algo que no entrañaba ningún riesgo. Draco la miró.
-¿Quieres hablar por hablar?
-Puedo preguntárselo a John -respondió ella.
-Vuelo a Melbourne dentro de un par de semanas.
Aparentemente, Draco se iba solo.
-¿Cuánto tiempo vas a estar fuera?
-Tres o cuatro días.
Debía de estar acostumbrada a sus ausencias. Sin embargo, siempre lo echaba de menos. Sintió ganas de decírselo, pero hacerlo hubiera sido admitir algo para lo que no estaba preparado.
Fijó la vista en la carretera. La luz del verano tardaba en desaparecer totalmente.
El tráfico a esa hora era mínimo y llegaron sin demora. Había un aparcamiento privado junto a la galería de arte, y Draco dejó el coche allí.
Herms salió del vehículo. Se trataba de una noche más en la que debía fingir que todo era como parecía ser: una pareja feliz; una mujer feliz.
Tenía mucha práctica en ello, se dijo.
El dueño de la galería los recibió efusivamente. Era un hombre sofisticado, tanto en su manera de vestir.
-Queridos míos, ¿cómo estáis? -les dijo al verlos.
Herms aceptó un beso en cada mejilla a modo de saludo.
-Bien, gracias, Theo... -respondió ella serenamente.
-Eso es bueno -tomó la mano de Draco-. Hay algunas obras maravillosas. Al menos una de ellas estoy seguro de que despertará gran interés. Te la mostraré a ti personalmente. Pero primero un poco de champán, ¿Oui? -tomó dos copas de una bandeja que llevaba un camarero. Luego le ordenó a un camarero uniformado que llevara una selección de entremeses-. Salmón ahumado, anchoas... -le indicó al camarero.
Herms se sirvió un canapé de salmón ahumado decorado con queso cremoso.
-Delicioso
-Gracias, querida -dijo Theo-. Y ahora, mezclaos con la gente. Conocéis a casi todo el mundo. Estaré con vosotros más tarde.
Ella se movió, consciente del interés que causaba entre la gente. Era el momento de sonreír, y saludó a los invitados con simpatía innata, deteniéndose para conversar de temas frívolos a cada paso.
¿Cuánto tardaría en entrar Jonh con Monique y Tifanny? ¿Quince minutos? ¿Veinte?
Fueron veinte minutos.
-Hola, querida -su padre le apretó la mano y luego saludó a su yerno.
-Monique... -Herms la saludó con el beso en el aire de costumbre-. Tifanny...
Tifanny llevaba un vestido negro ajustado, que le marcaba todas las curvas y que dejaba en evidencia la ausencia de sujetador.
Todos los hombres la miraron.
Pero Herms sabía que su objetivo era Draco.
-¿Has visto algo que te guste?
Herms oyó aquella pregunta de Tifanny y supo inmediatamente que iba dirigida a Draco.
-Sí, uno o dos cuadros.
-¿Vas a comprar? -preguntó Monique.
Herms se preguntó si John sabría lo que estaba maquinando su hijastra.
-Posiblemente. Los números cinco y treinta y siete -agregó Draco.
-Herms, ¿por qué no llevas a Monique y a Tifanny a dar una vuelta por el salón? -sugirió John- Hay algo de lo que quisiera hablar con Draco.
¿No se daba cuenta su padre de que la estaba arrojando a los leones?
-Las chicas pueden ir -dijo Monique dulcemente-. Yo quiero hablar con una amiga que no he saludado en años.
Herms sonrió y le dijo a Tifanny:
-¿Comenzamos?
Llegaron enseguida al cuadro que había elegido Draco.
-Va a dar luminosidad a una de las paredes de la oficina -dijo Herms.
-No te molestes, Herms -dijo Tifanny con tono de aburrimiento-. Estas exposiciones son horribles.
-Pero socialmente estimulantes, ¿no crees?
-Monique vino a hacerse ver, y...
-Y tú también -agregó Herms.
-Por Draco -dijo Tifanny.
Herms sintió un nudo en el estómago.
-Debiste suponerlo, ¿verdad?
-No esperaba otra cosa.
-Entonces nos comprendemos.
Herms extendió una mano hacia una fila de cuadros.
-¿Fingimos que miramos los otros cuadros expuestos? -Tifanny sonrió-. Eso te dará un tema de conversación luego.
-Tifanny era una actriz consumada, pensó Herms. Ninguna persona en aquel salón hubiera imaginado que había enemistad entre las hermanastras. Y a ella le disgustaba participar en la farsa.
Dieron una vuelta, se detuvieron y examinaron cuadros antes de volver adonde estaban Draco y John. Monique no estaba a la vista.
-Una elección maravillosa, Draco -dijo -Tifanny en tono seductor-. Hay una escultura que quedaría estupenda en un rincón de tu oficina. Debes venir a verla -se dio la vuelta hacia Herms-. Es muy espectacular. ¿No es verdad, querida?
-Espectacular -repitió Herms, tomando una copa de champán de una bandeja que llevaba un camarero.
Miró a su marido. A Draco parecía hacerle gracia aquella situación.
-Entonces tendré que echar un vistazo -dijo Draco.
-¿Por qué no conversas con John, querida, mientras llevo a Draco a ver la escultura? –Sugirió –Tifanny
-Tifanny e se ha transformado en una muchacha muy atractiva -dijo John.
Herms inclinó la cabeza.
-Muy atractiva, sí -repitió Herms.
-Y con mucho éxito también.
-Sí -Herms bebió champán.
-He mirado el informe que me enviaste. Es excelente.
-Gracias -contestó Herms intentando no mirar hacia Draco.
-Tienes la integridad de tu madre, y su estilo -dijo James amablemente-. Estoy orgulloso de ti, Herms. Y de lo que has conseguido.
Herms le dio un beso en la mejilla y le dijo:
-Yo también te quiero.
-John...
Herms se dio la vuelta al oír una voz desconocida, sonrió y se quedó de pie al lado de su padre mientras éste hacía las presentaciones.
Era un socio, preocupado al parecer por las próximas elecciones al estado. Con una excusa, Herms se alejó de los dos hombres y se marchó a la otra punta de la sala. Se paró a saludar a algunas personas a las que conocía. Luego, se acercó a volver a mirar un cuadro que le había llamado la atención.
-Herms.
-¡Lily! -saludó efusivamente a la modelo pelirroja-. ¡Tengo la impresión de que hace siglos que no nos vemos!
-Mucho tiempo... Los pases han sido demoledores, y... la familia desalentadora.
-¿Quedamos para almorzar para conversar de todo esto?
-¿Mañana?
-¡Estupendo! -exclamó Herms. Y le nombró un restaurante de moda cerca de su oficina-. ¿Alas doce y media?
-Hecho -contestó Lily y le tomó el brazo-. ¿Quieres que observemos el intento de -Tifanny de tenderle una trampa a Draco?
-No -contestó Herms.
-Entonces hagamos algo inesperado y miremos los objetos de arte por si hubiera un talento oculto entre ellos. Debe de haber alguno, ¿no?
-Lo importante es el ojo de quien lo contempla. Es él quien ve la belleza -dijo Herms solemnemente mientras iban de un cuadro a otro.
-Los precios son escandalosos -opinó Lily en un aparte-. ¿Ha habido alguien que haya hecho una oferta?
-Aunque parezca mentira, sí.
-Ya.
-Se sabe que algunos ricos y famosos de la ciudad a veces compran obras por capricho y después hacen una buena operación cuando el artista se hace famoso.
-¿Y si no se hace famoso?
-Colocan la obra en el vestíbulo de su oficina y fingen que su origen desconocido lo transforma en una obra curiosa. La ventaja adicional es que luego se pueden deducir impuestos por su compra.
-¡OH! ¿Cuándo te has hecho tan cínica?
-He crecido.
-¿Y Draco?
-Nos entendemos el uno al otro.
-Es una afirmación que entraña muchas cosas. Yo pensé que Draco era tu príncipe azul.
-Ese es un mito que pertenece a los libros.
-No siempre -dijo Lily-. Yo he experimentado algo de ello.
Había sido muy breve, sí. El matrimonio de Lily con un famoso piloto de coches de carreras había durado seis meses. Un accidente hacía tres años había acabado con su vida y con la de otro conductor, una terrorífica escena que los informativos habían inmortalizado para siempre.
Herms había volado a Mónaco para asistir al funeral y no había sido capaz de pronunciar las palabras adecuadas entonces; como no era capaz de pronunciarlas ahora.
-Está bien -dijo Lily serenamente, como si se diera cuenta de lo que estaba pensando su amiga-. Estoy aprendiendo a hablar de ello.
Herms había sido testigo de aquel amor compartido, y se había preguntado si sería posible superar semejante pérdida.
-Mario era...
-Uno entre millones -la interrumpió Lily-. Fue mío durante un breve tiempo. Al menos tuve eso -señaló un cuadro con pinceladas torpes de colores vivos-. ¿Será un trabajo de un niño pequeño que se ha mezclado con los otros cuadros?
-Es un cuadro abstracto -dijo una voz masculina-. Y estás mirando al niño que pasó toda una tarde pintándolo con la esperanza de que alguien lo valorara y pagara para que yo pueda tener pan en mi mesa.
-Un pan muy caro -dijo Lily-. Zapatos hechos a mano, corbata de Hermes y un Rolex.
-Podrían ser falsos.
-No -dijo Lily con la certeza de alguien que conocía bien los diseños.
Herms miró la escena entre su amiga y el hombre de ojos castaños y hombros anchos.
-¿Ahora vas a decirme dónde vivo y qué coche llevo también?
-No creo que sea lo que la gente esperaría de un pintor -dijo Lily sin pensarlo-. Apuesto a que un elegante barrio del norte, frente al mar, árboles en el jardín, un estudio separado y un BMW en el garaje.
Herms sintió la presencia de Draco antes de que le pusiera los dedos en la cintura. Sonrió y se giró hacia él.
-Draco -Lily lo saludó afectuosamente-. Hacía tiempo que no nos veíamos.
-Sí -dijo él-. ¿Conoces a James?
-No nos han presentado formalmente –Lily sonrió a propósito al mirar al hombre a su lado.
-James Potter. Empresario y pintor a ratos –le dijo Draco-. Lily Evans.
-Debéis venir a cenar a mi casa. Traed a Lily.
-¿herms? -Draco miró a Herms pidiéndole que ella fuera quien tomase la decisión.
-Gracias. Estaremos encantados de ir.
-No -la atractiva viuda rechazó la invitación.
-Pongamos un día -dijo James-. Con Draco y Herms presentes, estarás a salvo -sonrió-. ¿No estás ni siquiera interesada en ver si tienes razón?
Herms observó a Lily.
-No me interesa saber dónde vives -contestó ésta achicando los ojos y mirando fríamente.
-Mañana -insistió James-. A las seis y media.
Se dio la vuelta y se marchó al otro extremo de la galería.
-¡Qué hombre tan prepotente! -exclamó Lily cuando se fue.
-Es un hombre muy rico y con mucho éxito – dijo Draco-. Se dedica al arte y dona muchas de sus obras a organizaciones caritativas.
-¿Es amigo tuyo?
-A veces hemos hecho negocios juntos. Pasa mucho tiempo fuera del país. En Nueva York, Atenas, Roma.
-El champán, el caviar y las ostras no son de mi agrado -dijo Lily.
-Tenéis algo en común -dijo Draco divertido.
-¿A qué se debe su invitación a cenar? –preguntó Lily.
-Admira tu encantador ingenio.
-No he tenido intención de parecer encantadora.
-Tal vez tenga ganas de descubrir por qué no.
-Debe de ser que las mujeres no suelen rechazarlo.
Draco se río y dijo:
-Pocas veces lo rechazan.
Herms vio un brillo especial en los ojos de su amiga. No pudo reprimir una sonrisa y le dijo:
-¿Aceptarás entonces?
-Hace mucho que no me ofrecen una velada tan interesante -comentó Lily -. Mañana te contestaré durante el almuerzo, Herms.
Draco llamó su atención sobre una escultura de acero. A los pocos minutos, Lily se marchó.
-¿Quieres quedarte a la fiesta de Theo? –preguntó Draco minutos después.
Herms lo miró.
-Supongo que le habrás dado un suculento cheque para apaciguar su enfado por nuestra ausencia, ¿no es verdad?
Draco sonrió.
-Los cuadros cinco y treinta y siete, además de la escultura que me recomendó Tifanny.
Herms sintió un nudo en el estómago.
-Un regalo para John -agregó Draco.
-Estoy segura de que lo apreciará -dijo ella después de un largo silencio.
-No has contestado a mi pregunta -le recordó él.
-John, Monique y -Tifanny no se han marchado aún -dijo ella.
-No sabía que eso te condicionara -dijo él.
En realidad, ella no le perdonaba que se hubiera dejado arrastrar tan fácilmente por -Tifanny, ni que se hubiera dejado atrapar en una conversación tan larga.
-Si quieres que nos marchemos... -dijo ella.
-¿No vais a asistir? -intervino Monique-, Theo se disgustará si no asistís a su fiesta.
-Dolor de cabeza -dijo Draco.
Monique miró intensamente a Herms.
-¡OH, querida! ¿De verdad? -la miró con desconfianza.
-¡Qué pena terminar la noche tan temprano! -exclamó -Tifanny. Miró a Draco-. Tal vez no le importe a Herms que la dejes en casa y vuelvas a la fiesta, ¿no crees?
-Soy yo quien tiene dolor de cabeza -comentó él, mirando a Herms para que ésta supiera que se trataba de un sufrimiento de naturaleza sexual.
-Tifanny la miró maliciosamente.
-Que os divirtáis -murmuró su hermanastra, apretando el brazo de Draco a modo de caricia.
Herms deseó no ponerse colorada.
Draco se despidió de todos, la tomó de la mano y empezó a atravesar la habitación.
Theo estaba conversando con un grupo de gente.
-¡OH, queridos! ¿Os vais?
-¿No te importa?
-¡OH, me alegro tanto de que hayáis podido venir! -sonrió Theo beatíficamente, gracias al cheque de Draco.
Herms esperó a que Draco sacara el Jaguar del aparcamiento para empezar el ataque verbal.
-¡Ha sido imperdonable!
-¿A qué te refieres exactamente?
Ella tenía ganas de pegarle, pero permaneció en silencio hasta que él llegó a Vaucluse, metió el coche en el garaje y entró a la casa.
-¿Quieres café? -le preguntó Draco después de activar el sistema de seguridad nuevamente.
-No -dijo ella.
Él no la tocó.
-Estás demasiado enfadada para tomar café, parece.
-¿Y qué esperabas?
-Algo de gratitud quizás, por escaparnos, ¿no crees?
Ella intentó controlarse.
-¿Te ha molestado que quiera hacer el amor contigo? -le preguntó él.
-No esperaba un anuncio formal de tus intenciones -le dijo enfadada mientras él le tomaba la nuca y bajaba la cabeza para besarla-. ¡No! ¡Déjame!
Pero él la besó y ella se entregó a su abrazo con ferocidad. Todo su cuerpo lo deseaba y abrió la boca para recibirlo.
La pasión remplazó al enfado. Ella registró aquella traición durante un segundo y se preguntó cómo era posible.
No era justo que él tuviera aquel efecto en ella. O que ella tuviera tan poco control. El sexo motivado por la lascivia no estaba mal, pero el amor era el verdadero premio.
Ella quiso protestar cuando él le puso un brazo debajo de las rodillas y la alzó contra su pecho. Sabía que debía protestar. Él la llevó por las escaleras hacia la habitación. Le quitó la chaqueta y la dejó en una silla.
La suave luz de dos lámparas se reflejaban en un espejo y ella vio dos figuras. Una alta y la otra pequeña y vestida de rojo. Después, se perdió en el calor de la mirada apasionada de Draco mientras ella le quitaba la ropa con tanta avidez como la de él al desnudarla.
Sintió sus músculos bajo sus dedos, la tensión en ellos, su pecho musculoso, su cintura dura y el empuje de sus poderosas piernas.
El latido del corazón de Draco se aceleró junto con el de ella cuando la dejó en la cama. Ella se alzó encima de él, excitada ante lo que se avecinaba. Quena darle tanto placer como sabía que iba a recibir. Llegó al éxtasis lentamente, disfrutando de cada paso del camino hacia él, hasta que dejó de sentir que eran dos, hasta que sus almas se fundieron en un solo cuerpo.
Y luego, se quedaron echados, con los brazos y las piernas entrelazadas, disfrutando de las suaves caricias en la tibia piel, de los labios sobre la piel, en un «después» lleno de ternura hasta que el sueño los reclamó a los dos.
