CAPÍTULO 5
Los rayos del sol estaban calientes después de la frialdad del aire acondicionado del edificio, y Herms sintió el calor proveniente del pavimento combinado con el de la oleada de gente que salía de las oficinas a almorzar.
Londres era una ciudad vibrante, con gente de diferentes culturas.
Herms fue al encuentro de Lily.
El restaurante estaba lleno, pero Herms había reservado una mesa. El maítre la recibió efusivamente y la condujo a ella.
Pidió agua helada. Lily llegó enseguida.
-El tráfico estaba terrible -comentó su amiga-. Y encontrar aparcamiento fue peor aun.
Herms sonrió y dijo:
-El tráfico es un infierno. ¿Pedimos?
-Buena idea. Me estoy muriendo de hambre.
Lily eligió una sopa seguida de una ensalada griega y fruta fresca.
Herms eligió lo mismo que su amiga, pero prefirió pasta en lugar de la sopa.
-¿Cuánto tiempo vas a estar en Londres? -sonrió.
-No mucho -Lily alzó el vaso que sonó con el hielo-. Unas pocas semanas. Luego, volveré a Europa.
-¿Qué novedades hay en la familia? –preguntó Lily cuando se marchó el camarero.
-Ninguna.
-¿Draco sigue increíble, Monique sigue agradable superficialmente, Tifanny una zorra, y John parece no enterarse de nada?
Aquella descripción era tan precisa, que Herms no sabía si reír o llorar.
-No se entera de lo que pasa selectivamente.
-Tu padre es un hombre astuto.
-¿Y el tuyo, Lily?
-Consumido con los negocios para poder darle a mi querida madrastra un increíble tren de vida, algo que ella insiste en decir que es importante -sonrió-. Mientras mi madre continúa yendo de un hombre a otro.
Terminaron con el primer plato y siguieron con la ensalada.
-James Potter... ¿Es de Londres?
-Él es de la segunda generación. Su madre es australiana.
-Es un hombre irritante.
James era muchas cosas, pero irritante no.
-¿Te parece?
-Un arrogante.
Tal vez tuviera razón. Aunque Herms le habría llamado «seguro de sí mismo».
-¿Prefieres no ir a cenar hoy?
Lily masticó el último bocado de ensalada tomándose su tiempo. Luego dejó el utensilio en el plato.
-No. ¿Por qué rechazar una noche interesante?
Herms sonrió.
-¿Una pelea de dos titanes?
-Será un desafío derrotar a un hombre en su propio juego.
Herms no estaba segura de que Lily ganase.
El camarero llevó una bandeja con fruta y pidieron el café.
-¿Quieres que te dé la dirección de James? -preguntó Herms recogiendo la nota. Lily protestó-. ¿O quieres que te recojamos?
-Te veré allí -dijo Lily. Sacó una pluma y papel de su bolso y tomó nota de la dirección-. ¿A las seis y media?
-Sí-contestó Herms.
Una vez en la calle, Lily le dio un beso en cada mejilla y ella le tomó la manó cuando se despidieron.
-¡Es estupendo volver a verte! Cuídate.
-Sí. Nos veremos esta noche -le prometió Lily.
Había varios mensajes en el escritorio de Herms cuando ésta volvió. Devolvió las llamadas, dictó varias cartas a su secretaria y trabajó en la reducción de gastos generales de una empresa subsidiaria. Hacía falta la supervisión sistemática para descubrir suministradores alternativos, quienes, estaba convencida, podían dar un servicio igual por un precio más competitivo. Hizo una lista de números a los que debía llamar.
El teléfono interno sonó. Herms apretó el botón.
-¿Sí? ¿Halle?
-Hay un paquete en recepción para usted. ¿Quiere que se lo traiga?
-Sí, por favor.
Un minuto más tarde, su secretaria apareció con un gran paquete rectangular envuelto en papel marrón.
-Hay un sobre. ¿Quiere que lo abra?
-No. Yo me ocuparé de ello. Gracias, Halle.
No podía ser que fuera...
Dejó el sobre en el escritorio y empezó a desenvolver el paquete.
Sonrió al ver que era el cuadro que había estado mirando en la galería de Theo.
Era perfecto para la pared de su oficina.
La tarjeta tenía un mensaje escueto: «Para ti». Y estaba firmado por Draco.
Herms extendió la mano hacia el teléfono privado y llamó al número de Draco.
-Malfoy -contestó enseguida.
-Te diste cuenta de mi interés en el cuadro –dijo ella cálidamente-. Me encanta. Gracias.
-¿Por qué no das un paseo hasta mi oficina y me lo agradeces en persona? -le dijo Draco divertido.
-¿Para un rato de diversión?
-Muy breve -dijo él con humor-. Un socio me está esperando en el salón privado.
-En ese caso, no deberías hacerlo esperar –dijo ella picaramente.
El se rió.
-Esta noche, Herms...
Ella oyó el clic del teléfono cuando colgó él.
El resto de la tarde pasó rápidamente, y a las cinco apagó el ordenador, firmó las cartas, recogió su maletín y bajó al aparcamiento.
El coche de Draco estaba en el garaje cuando llegó a casa. Como iban a cenar fuera no pasó por la cocina. Subió directamente las escaleras.
Sería agradable desnudarse y relajarse en el jacuzzi, pensó mientras entraba en el dormitorio. Pero no tenía tiempo. Sólo veinte minutos para ducharse, vestirse, maquillarse y peinarse.
Oyó el ruido de la máquina de afeitar desde el baño. Se puso una bata de seda y salió.
Draco estaba de pie frente al espejo grande afeitándose, envuelto en una toalla. Era evidente que acababa de ducharse.
-Hola -dijo ella casi sin aliento al verlo semidesnudo.
Él alzó la mirada y la miró.
-Hola -dijo, fijando sus ojos en la boca de ella.
Ella hizo un esfuerzo y se quitó la bata; se metió en el compartimiento de la ducha, abrió el agua y entró en la ducha.
Cuando terminó, se dio cuenta de que estaba sola.
En diez minutos, se maquilló y se peinó. Fue al ropero y eligió unos pantalones de seda en color marfil y una camisola. Luego se puso una chaqueta de seda, joyas de oro y unas elegantes sandalias. Se echó unas gotas de su perfume favorito y recogió su bolso de noche.
-¿Estás lista?
-Sí, ¿nos vamos?
La casa de James era un ejemplo brillante de arquitectura de diseño. Tenía vistas al puerto.
James los saludó y los hizo pasar.
Techos altos y unas puertas de cristal del techo al suelo hacían que la luz inundara la habitación. Las contraventanas eran de madera, y el mobiliario tenía un toque de caribeño.
Lily no estaba. Herms se preguntó si su amiga habría calculado su llegada con cinco minutos de retraso.
El timbre sonó a los diez minutos cuando estaba saboreando un delicioso cóctel de frutas. James dejó que abriera su ama de llaves.
Al parecer, si Lily había empleado una estrategia, James también tenía la suya.
Lily estaba deslumbrante. Herms la aplaudió silenciosamente. Su amiga la miró un instante antes de dirigirse a su anfitrión.
-Por favor, acepte mis disculpas -dijo Lily.
-Aceptadas -dijo James-. ¿Quieres una copa?
-Agua helada -pidió Lily con una dulce sonrisa-. Con hielo.
-¿Mineral? ¿Con gas o sin gas?
-Sin gas, si tienes.
Herms sonrió y bebió un sorbo más de su cóctel.
Lily iba de negro, tal vez para remarcar su viudedad. Tenía todo el aspecto de una modelo internacional con éxito. Llevaba el pelo recogido en un moño descuidado, con unos pocos rizos que le enmarcaban la cara. El maquillaje estaba perfecto, aunque Herms dudaba de que le hubiera llevado más de diez minutos aplicárselo. Se había puesto su perfume favorito, Hermes Caléche, y no cabía duda de que su traje era de un diseñador italiano comprado a buen precio.
Herms se preguntó cuánto tardaría en llegar James a lo que había debajo de la concha protectora de su amiga, a su verdadera naturaleza. No sabía si Lily dejaría que lo intentase.
La cena consistió en platos variados, exquisitamente presentados en una vajilla de porcelana china.
Hubo también una fuente de ensaladas artísticamente adornadas, con aguacates, mangos y nueces. ¿Sería una concesión a lo que James sospechaba sería una necesaria dieta para una modelo?, se preguntó Herms.
Lily, Herms lo sabía muy bien, comía bien, y no tenía demasiada necesidad de controlar su comida. Aquella noche, sin embargo, había comido poca cantidad, no comió postre y prefirió té de hierbas en lugar del café solo que solía tomar.
-Barrio del norte, con vistas al mar y árboles en el jardín -bromeó Lily mirando a James por encima del borde de su taza.
-Has acertado en casi todo -dijo James con humor-, ¿Tienes la suficiente curiosidad como para querer descubrir si estás en lo cierto en lo que queda?
-¿Te refieres al estudio separado y al BMW en el garaje?
-Sí.
Lily alzó una ceja y preguntó con desconfianza y un tono de superioridad:
-¿Es una invitación sutil a otra cosa?
-Pinto en el estudio y dejo para el dormitorio lo de hacer el amor.
Lily lo miró.
-¡Qué prosaico!
Herm pensó: «Déjalo, Lily. Estás jugando con dinamita. Además el BMW es un Lexus y, aunque el estudio está aparte, está encima del triple garaje y unido a la casa por un pasaje acristalado».
-¿Más té? -ofreció James.
-Gracias, no.
Draco se puso de pie con un suave movimiento, miró a su esposa y dijo:
-Si nos disculpas, James -sonrió-. La cena ha sido estupenda. Felicita a Louise de nuestra parte -sonrió afectuosamente.
-Ha sido una velada estupenda -dijo Herms recogiendo su bolso. Miró a Lily brevemente, pero no pudo sacar ninguna conclusión de su expresión. Su partida era una buena excusa para que Lily se fuera, y el interés de Herms aumentó al ver que su amiga no tenía intención de marcharse.
Tal vez Lily no quisiera salir corriendo con la primera excusa que apareciera para evitar estar a solas con James, pensó Herms.
-Lily puede arreglárselas sola muy bien -dijo Draco al sacar el coche a la calle.
-James también -le recordó Herms frunciendo el ceño.
-¿Eso te preocupa?
-Sí -contestó ella-. No me gustaría que le hiciera daño a Lily.
-No he visto ningún signo de presión por parte de James. Y ella desaprovechó la oportunidad de marcharse cuando pudo -Draco paró el coche en una intersección.
-¿Ahora vas a decir también que bailaremos en su boda?-dijo Hers ácidamente.
Draco se rió.
-No me sorprendería.
- Lily es una mujer joven muy hermosa que se merece ser feliz.
El semáforo cambió y el coche alcanzó velocidad. Herms centró su atención en las luces al otro lado del puerto. La escena era como una postal, y ella la había admirado muchas veces en el pasado. Sin embargo aquella noche no tenía el mismo atractivo.
-¿Piensas que no puede volver a enamorarse?
Herms se quedó callada unos segundos.
-El afecto, la estabilidad, y la seguridad pueden ser un buen sustituto.
Ella sintió como una punzada. ¿Era eso lo que él pensaba del matrimonio suyo? El fuego y la pasión... ¿eran sólo de ella?
El coche atravesó el Puente del Puerto, luego dobló hacia los barrios del este. Llegarían a casa enseguida. Y como otras noches, ella dormiría en sus brazos, después de hacer el amor.
Negar a DRaco era como negarse a sí misma...
Herms subió las escaleras en cuanto llegaron a casa.
-Iré a cambiarme.
Y se metería en el jacuzzi, decidió en cuanto llegó a la planta de arriba. Le aflojaría la tensión del cuerpo y la ayudaría a relajarse.
No la relajó tanto. Las dudas que la acompañaban siempre en su mente salieron a la superficie.
Las examinó una a una. DRaco la quería en su cama, pero, ¿la necesitaba? ¿Sólo a ella?
Probablemente, no, pensó con tristeza, sabiendo que habría cientos de mujeres dispuestas a ocupar su lugar. Con o sin matrimonio de por medio.
Era imposible negar el factor de la seguridad. Con ella, Draco tenía una esposa que algún día heredaría la mitad de una empresa de dos millones de dólares, lo que duplicaría su parte.
Y la estabilidad terminaría de consolidarse con los niños. Entonces, ¿por qué tomaba precauciones para impedir el embarazo?
Herms cerró los ojos para soñar. Vio la alegría compartida de los primeros tiempos de embarazo, su barriga abultada con el niño de Draco y luego al recién nacido succionando su pecho.
Pero era más que esa imagen idílica. Mucho más. El recién nacido se transformaría en un niño consciente de lo que lo rodease, de sus padres. La seguridad económica no sería ningún problema, pero, ¿y la seguridad emocional?
El divorcio tenía un efecto muy traumático, y tener que aceptar un padrastro o una madrastra en el lugar de un ser querido era peor todavía.
Ella quería que su hijo se criase en un hogar feliz con dos padres comprometidos emocionalmente el uno con el otro. Un matrimonio basado en los negocios carecía del ingrediente esencial de una relación estable: el amor.
Y el amor por parte de uno de ellos no era suficiente.
¡Maldita sea! La introspección no ayudaba en absoluto, pensó Herms.
-Dormir en un jacuzzi no es buena idea.
Herms no abrió los ojos al oír la voz de Draco.
-No estaba durmiendo.
-Me alegra saberlo. ¿Piensas estar aquí mucho tiempo?
-Un rato.
Draco no dijo nada, y se marchó. Tal vez hubiera ido abajo a ver el último informe económico de Londres, Nueva York y Tokio en el fax. O tal vez se hubiera desvestido y se hubiera acostado.
El agua caliente y a presión tenía un efecto relajante, y dejó volar sus pensamientos... Hasta su infancia, con bonitos recuerdos de su madre, y de John. Después de John, siguió... Monique, y...
Los ojos de Herms se abrieron de golpe al sentir un pie tocando el suyo. Se encontró con un par de ojos grises, mirándola con picardía.
-¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó sobresaltada, a pesar de que no era la primera vez que usaban el jacuzzi juntos.
-¿Te perturba tanto mi presencia? ¿Soy un intruso?
-Sí -dijo ella, aunque no era del todo cierto-. No -dijo luego, tratando de arreglarlo, sin poder dejar de mirar esas facciones: mandíbula ancha, una barbilla pronunciada, y la sensual curvatura de sus labios.
La boca se movió levemente, y pudo ver sus dientes blancos.
-Pareces insegura.
-Porque tal vez lo esté.
El aroma suave de su colonia tenía un efecto turbador, y ella dilató las pupilas cuando él dibujó sus labios con un dedo.
«Por favor», rogó ella en silencio. «No me hagas eso».
Draco empezó a destruir sus defensas lentamente, rompiéndolas una a una con la caricia de sus manos.
Los dedos se deslizaron por su cuello, luego acariciaron sus pechos, los tomaron y jugaron con sus pezones.
Ella abrió los labios y cerró los ojos.
Nadie debía tener tanto control sobre otra persona, pensó. Debería haber algún mecanismo por el que no se pudiera permitir tal invasión, tal posesión, pensó ella.
Unas manos fuertes se posaron en la cintura de ella, y sin esfuerzo, DRaco la giró para sentarla frente a él. Ella se sintió prisionera de la fuerza de sus hombros, de sus brazos musculosos que tocaban los suyos.
Sentía calor, un calor que no tenía nada que ver con la temperatura del agua, y cuando los labios de Draco mordieron delicadamente su cuello, ella suspiró, aceptándolo.
Él tenía el tacto y la sabiduría para excitar a una mujer hasta la locura. Y el control para mantenerla al borde del abismo de placer hasta que ella pidiera desesperadamente que la liberase de aquella erótica tensión.
Era un viaje muy sensual que atravesaba muchos caminos, a largo de los cuales Herms no quería a otro sino a él. Ella sabía que hubiera dado su fortuna, su vida, todo... porque él sintiera lo mismo.
Las manos de Draco se deslizaron por sus hombros, y la hizo mirarlo de frente. Luego, tomó posesión de su boca.
Ella le rodeó el cuello, hundió sus dedos en su pelo y lo abrazó fuertemente.
Había pasión en aquel beso, por parte de los dos. Saboreó la dulzura de su boca, el calor de su lengua.
Ella quería jugar con él, comprobar el nivel de autocontrol. Y ver si era capaz de romperlo.
Herms deslizó los brazos, y acarició el cuello de Draco, tomándose el tiempo para explorar la dureza de sus musculosas ondulaciones, las sinuosidades de sus hombros.
Su pecho estaba cubierto por vello oscuro y crespo. Ella jugó con él, tiró de él suavemente.
Bajó la cabeza y le besó los hombros, luego acarició centímetro a centímetro el recorrido hacia su oreja, usando la punta de su lengua con picaro deleite, y acariciando con ella el lóbulo antes de mordisquear la oreja suavemente.
Después, se movió para acariciar sus párpados antes de llegar a su nariz.
Aquella boca sensual era una tentación imposible de resistir, y tocó sus labios con la punta de su lengua; los mordió suavemente, los probó: primero uno, luego el otro. Luego, se apartó cuando vio que él estaba dispuesto a tomar el control.
Herms negó con la cabeza en silencio. Después, se puso de pie y salió de la bañera. Tomó una toalla y se envolvió en ella, tomó otra y se la extendió.
Draco la miró unos segundos. Ella vio en sus ojos el brillo de la pasión. Él se puso de pie también.
Su cuerpo emergió, grande, magnífico, musculos.
Pisó el suelo de mármol con cuidados movimientos. Se acercó a Herms sin dejar de mirarla y extendió la mano para que ella le diera la toalla. Ella agitó su cabeza y dio un paso al frente para secar la humedad de aquella piel morena.
Empezó por un hombro, luego con el otro, siguió con el pecho, tomándose el tiempo para secarlo lentamente. Le secó la cintura, las caderas, luego sus poderosas piernas. Se puso detrás de él para secarle la espalda. Observó el movimiento de sus músculos al tensarse y relajarse bajo el tacto de sus manos.
-Un hermoso trasero -bromeó ella cuando deslizó la toalla hacia las piernas.
-Estás jugando a un juego muy peligroso -le advirtió Draco cuando ella dio la vuelta y se paró delante de él.
-¿De verdad? No he terminado todavía.
-Y yo ni siquiera he empezado.
Cada palabra tenía la suavidad de la seda, y parecía acariciar la piel de Herms.
¿Estaba loca?, pensó ella. ¿Por qué quería hacer desaparecer su autocontrol? ¿Para invitarlo a algo que luego no podría manejar?
Pero no podía «arrojar la toalla», literalmente, pensó ella riendo por dentro, mientras le secaba aquellos muslos fuertes.
La excitación de un hombre era un testimonio erótico muy potente de su sexo, su poder y su fuerza. Con sabiduría y experiencia, podría volver loca a una mujer.
Herms miró su sexo con fascinación. Espontáneamente deslizó un dedo por su longitud, por la punta, y acarició su base.
Quería probarlo, usar su lengua y su boca como si estuviera saboreando algo exótico.
-¿Sabes a qué me estás invitando con esto?
¿Leía el pensamiento Draco? ¿Eran imaginaciones suyas o su voz parecía ronca y levemente tensa?
Ella movió la cabeza y encontró la mirada intensa de sus ojos.
-Sí.
Ella sintió en todo su cuerpo un estremecimiento de anticipación al pensar en lo que él podría pedirle, atrapado en aquella pasión. Junto a aquella sensación excitante apareció el temor a su fuerza cuando perdiera el control y la dejara en libertad.
Herms tragó saliva. Era el único gesto que expresaba su nerviosismo. Los ojos de Draco registraron el movimiento.
-Entonces, ¿a qué estás esperando? -le preguntó él.
El desafío silencioso era evidente en la profunda mirada de Draco y evidente en el gesto de su boca.
Ella había empezado aquello. Ahora tenía que terminarlo.
Sin decir nada, extendió una mano. Él se la tomó.
En silencio Herms lo llevó al dormitorio. Cuando llegó a la cama se inclinó y quitó la colcha. Se volvió hacia él y puso sus manos en su pecho. Luego lo empujó suavemente hasta que él se cayó encima de las sábanas.
Aquello lo hacía para que él sintiera placer. Ella se puso de rodillas al lado de él.
Lentamente, Herms empezó a explorar centímetro a centímetro su piel, metiendo la punta de la lengua en cada recoveco. Su textura no era suave ni dura, sino pura masculinidad y sabor a almizcle.
Sintió satisfacción al ver que los músculos de Draco se tensaban y contraían, al oír su respiración, el suave gemido de Draco mientras sus manos acariciaban su sexo.
Con suma delicadeza exploró la sensible punta, acarició el resto suavemente. Luego, bajó la cabeza y siguió la exploración con la suavidad del tacto de una pluma.
No se contentó con eso. Siguió hacia su cadera, pasó por su vientre, y le dio una serie de besos suaves por toda la piel hasta la parte interna de su muslo.
Con movimientos deliberadamente lentos alzó la cabeza y lo miró, luego se soltó el pelo y agitó su melena.
Sonrió y se agachó pasando su pelo por su pecho, haciéndole cosquillas con él, luego fue hacia su cintura, y acarició con sus labios la parte más sensible de su anatomía.
Control. Draco lo tenía. Se preguntaba por cuánto tiempo, mientras levantaba la cabeza y acariciaba la base húmeda de su masculinidad con la punta de sus dedos.
Ella no dejó de mirarlo en ningún momento. Entonces se levantó, y con un gracioso movimiento, se puso a horcajadas sobre él.
Él no la tocó. Pero sus ojos se oscurecieron llenos de pasión.
Ella quería besarlo, pero no se atrevía. Aquél era un juego de ella, pero no había duda de quién haría el tanto.
El elemento sorpresa era la única arma que tenía ella, y la usó desvergonzadamente al frotarse contra él, jugando con el corazón húmedo de su feminidad sobre su piel. Luego se arqueó contra él, saboreando la anticipación de la posesión completa durante unos segundos, antes de recibir plenamente a Draco dentro de su cuerpo.
Lo sintió excitarse dentro de ella, y disfrutó de aquella sensación. Luego ella se empezó a mover, disfrutando de la sensación de pérdida parcial seguida de un apresamiento completo y lento; una danza circular que ponía en riesgo su propio control.
Sus dedos se aferraron fuertemente a los hombros de Draco mientras intentaba defenderse contra las demandas del deseo, y gimió cuando él le sujetó las caderas para adentrarse más profundamente en ella.
Luego, Draco repitió la acción una y otra vez hasta que ella se sumergió en el ritmo y perdió el sentido de la realidad, envuelta en una oleada de emociones intensas.
Cuando ella alcanzó la cima del placer, él le deslizó una mano por debajo de la nuca y apoyó su cabeza en su pecho.
Ella estaba quieta, echada encima de él. Su respiración iba haciéndose gradualmente más lenta junto a la de él. Sentía una sensación de poder, de satisfacción, que tenía poco que ver con el estado en que normalmente se encontraba después de haber alcanzado el orgasmo. La piel de Draco estaba tibia y húmeda y sabía un poco a sal. Ella la saboreó, y sintió que él se estremecía.
¿Sentiría un hombre aquella sensación de gloria después de haber tomado a una mujer? ¿Sería consciente de que aquella sinfonía sexual que había orquestado y dirigido había llegado a su punto máximo con un crescendo tan maravilloso?
-Gracias -murmuró él, buscando su boca para besarla apasionadamente.
Draco le acarició la espalda. Ella gimió mientras él rodó con ella hasta dejarla de espaldas.
Volvieron a iniciar el juego del amor
Fue una repetición que superó todo lo anterior. Y había sido ella quien había perdido el control, pensó Herms tristemente. Quien había gemido desesperadamente envuelta en las llamas de la pasión.
Pasó un rato hasta que ella estuvo acurrucada en brazos de él.
Al borde del sueño, se dijo que no le importaba que aquello no fuera amor. Si el placer era el premio, no importaba nada más. Era posible ganar aun cuando se perdiese.
