CAPÍTULO 7
El jet empezó el despegue y adquirió rápidamente el ascenso antes de lograr un nivel estable de velocidad y altura.
-¿No has traído papeles en tu maletín? -le preguntó Herms mientras se soltaba el cinturón.
Draco se hundió en su asiento y la miró sonriendo.
-¿Vas a trabajar durante el vuelo? -insistió ella.
-¿Quieres que lo haga?
-No -contestó ella. Lo miró con picardía-. No es muy habitual que me dediques una hora de tiempo exclusivamente a mí.
Él alzó una ceja.
-Me refiero a una hora a mí sola, fuera del dormitorio -agregó. Luego extendió las manos y dijo como aceptando que se estaba metiendo en un tema espinoso-: De acuerdo, no sigo; me rindo.
-Muy inteligente por tu parte.
-¿Quiere café, señor Malfoy? ¿Zumo, señora Malfoy? -le ofreció la azafata.
-Gracias, Melanie.
La interrupción de la azafata en la cabina fue muy oportuna. La mujer sonrió con profesionalidad y dejó la bandeja. Luego, sirvió café y zumo.
-Estaré en la cabina del piloto. Llámenme, si me necesitan.
Herms se inclinó hacia adelante, tomó el vaso de zumo de naranja natural y sorbió.
-Cuéntame acerca del trato en el que estáis metidos John y tú con Gibson Electronics.
Draco se lo contó, contestó a todas las preguntas y discutió con ella varios puntos.
-Es duro, pero justo -dijo ella después de una larga charla-. ¿Crees que deberíamos insistir?
-Gibson necesita la buena fama de Malfoy- Granger en el mercado asiático.
-Y a cambio nosotros recibimos una parte de Gibson Electronics.
Los negocios eran un tema común que los unía. Sin ellos, pensó ella, tal vez no sería la mujer de Draco Malfoy Era un pensamiento poco tranquilizador, que le helaba la sangre, y en el que no se quería regodear.
Se encendió la luz para que se abrocharan el cinturón cuando el avión comenzó su descenso al aeropuerto.
Un coche los estaba esperando. Les llevó escasos minutos trasladar el escaso equipaje al maletero.
Draco le hizo una seña al piloto e intercambió breves palabras con el conductor mientras Herms se sentaba en el asiento del pasajero. Luego, Draco entró en el coche.
La Costa Dorada era la meca del turismo australiano. Tenía playas largas, arena dorada, se practicaba el surf, y había edificios altos y modernos. También había un moderno complejo comercial y un clima subtropical que ayudaba a que fuera el lugar ideal para tomarse unas vacaciones. Parques temáticos, un casino, hoteles, barcos para hacer cruceros, y lujosas viviendas hacían que el estilo de vida de aquel enclave fuera el de los ricos y famosos.
A Herms le encantó la atmósfera desenfadada, la enorme extensión del espacio residencial. Era una ciudad con pocas desventajas, comentó ella mientras Draco se adentraba en el tráfico.
La costa estaba bordeada de lujosos apartamentos. La temperatura era cálida, el sol brillaba sobre un cielo azul y las palmeras se balanceaban mecidas por una suave brisa.
Una sonrisa curvó su boca, y sus ojos parecieron reír. Aquello era el paraíso, pensó Herms. Y además tenía a Draco. Disfrutaría de aquel paraíso y de Draco durante dos días.
Lucius y Narcissa Malfoy habían comprado un gran terreno frente a la playa y habían construido una casa de vacaciones de tres plantas antes de que su valor hubiera aumentado debido a la construcción de la Avenida Hedges.
Draco había decidido quedársela como inversión, y se la había dejado cada tanto a dignatarios que deseaban la intimidad de una residencia personal en lugar de la suite de un hotel o un apartamento.
A Herms le encantó su localización, su acceso directo a la playa y el diseño de la casa.
Herms suspiró de placer cuando Draco llegó a los portones controlados electrónicamente y paró el coche, apretó el botón para abrirlos, y marcó el código para abrir las puertas del garaje.
El garaje tenía tres plazas y un salón de juegos al fondo, que daba a una terraza con una piscina. La planta baja tenía una oficina, un salón, una cocina y un comedor. La planta de arriba tenía una suite principal, tres dormitorios para invitados y dos baños.
Todas las plantas se comunicaban con una escalera de caracol con vestíbulos semicirculares, lo cual dejaba un gran espacio circular en el centro iluminado por una lámpara de cristal magnífica suspendida del techo de la planta más alta y que bajaba hasta abajo, a una distancia desde la cual prácticamente se la podía tocar desde el salón de juegos de la planta baja. Cuando estaba encendida por la noche, era un espectáculo.
-Pareces una estudiante que acaba de salir del colegio -comentó Draco mientras subían las escaleras a la planta de arriba.
-Me encanta este lugar -dijo ella simplemente.
-¿Qué te parece que hagamos hoy?
-¡OH, Dios, qué responsabilidad! -comentó Herms fingiendo pensar-. Podría llevarte a rastras a un parque temático. Podríamos alquilar un barco y hacer un crucero... Tomar el sol al borde de la piscina. O ver una película en el cine -su boca se curvó picaramente-. Por otra parte, podría ser una esposa comprensiva y decirte que te fueras a jugar un partido de golf... algo de lo que disfrutarías realmente.
Draco extendió la mano y le acarició la mejilla.
-¿Y a cambio?
-Yo elijo dónde cenar.
-Hecho -él se agachó y le dio un beso rápido y sonoro-. Iremos a un espectáculo o a ver una película.
-Llama al club de golf mientras deshago las maletas -dijo ella. Tenía un plan, y lo puso en acción-. ¿Quieres llevarte la furgoneta de tracción a las cuatro ruedas o el sedán?
-La furgoneta.
Media hora más tarde, ella sacó el sedán del garaje y se dirigió al complejo comercial más cercano. Fue divertido curiosear en las boutiques, tomarse un capuchino, antes de empezar con la tarea de la compra.
Había hecho una lista, y se dirigió al supermercado del Centro Comercial, eligió un carrito y empezó.
Cuando volvió, era cerca de mediodía y tenía cinco bolsas de compra, cuyos contenidos vació en el frigorífico y en la despensa.
Había pensado en un menú básico, y algunas salsas para acompañarlo. Vino, pan francés, un delicioso tiramisú para el postre... Licor de café... Y había alquilado un vídeo.
A las cinco, puso la mesa con un mantel de lino y encajes, cubiertos de plata y vajilla de porcelana. Luego, echó una ojeada al pollo que tenía en el horno y subió a ducharse. Después de ponerse ropa interior limpia, se vistió con unos pantalones de seda azul de noche y una blusa a juego. Se arregló el pelo recogiéndoselo y se maquilló apenas con un poco de colorete, una sombra suave en los párpados y un toque de carmín rosa en los labios.
Eran más de las seis cuando sonó el sistema de seguridad alertándola de que los portones se estaban abriendo, seguidos del ruido de las puertas del garaje. Las puertas del coche se cerraron. Y entonces apareció Draco.
Herms estaba excitada y salió a saludarlo.
Estaba magnífico con aquel pelo rubio despeinado por la suave brisa, aquellos hombros anchos y su soberbia musculatura resaltada por un polo azul marino abierto en el cuello... Con aquellas facciones pronunciadas y palidas a pesar de la exposición al sol durante varias horas.
-¡Hola! ¿Qué tal fue el juego?
Dracp tenía un aspecto muy masculino, del que emanaba un aire levemente agresivo, producto de la satisfacción de haber vencido al oponente.
Draco llegó al rellano y se acercó a ella, deteniéndose para darle un beso.
-Voy a la ducha.
-No te molestes en vestirte.
Draco alzó una ceja y sonrió.
-Mi querida Herms. ¿Quieres secuestrarme?
-Vamos a cenara aquí -dijo dijo ella. Después de haberse atrevido a tomar una decisión se sentía insegura de la reacción de él-. He preparado la cena.
Él la miró intensamente, dándose cuenta de la inseguridad en el gesto de herms, de su nerviosismo y del esfuerzo que estaba haciendo para disimularlo.
-Dame diez minutos.
A los nueve minutos estuvo listo. Se había duchado y afeitado y se había vestido con ropa informal: un pantalón y una camisa de manga corta.
-¿Quieres una copa?
Herms negó con la cabeza.
-Toma una copa tú, si quieres. Yo esperaré a la cena.
Él la siguió a la cocina y vio las numerosas cacerolas fregadas.
-Parece el trabajo de una profesional. Huele estupendamente. No sabía que ocultaras estos talentos.
Ella frunció la nariz y quitó la mano de Draco que iba a probar la salsa.
-No se puede probar antes de tiempo. Nada de eso. Abre el vino. Tiene que airearse.
Herms sirvió el primer plato: champiñones con salsa, que se deshacían en la boca. El pan francés estaba caliente y crujiente.
El segundo plato era un filete tan tierno que se cortaba sin el cuchillo. Para acompañarlo tomaron espárragos con salsa holandesa, patatas pequeñas asadas, untadas de mantequilla, y zanahorias pequeñas.
Cuando terminaron, Draco chocó la copa con la de ella en un silencioso brindis.
-En ningún restaurante he comido mejor.
-Para los franceses, la comida es una pasión. Las comidas que compartí con la familia de Ron eran fiestas desde el punto de vista gastronómico, y obras de arte para la vista -sus ojos brillaron con los recuerdos de aquellos placeres-. Hice un trato con su madre -dijo Herms solemnemente.
-¿El trato fue que tú dejabas a su hijo si ella te enseñaba a cocinar?
-Casi -Herms se empezó a reír.
-Sólo con mirarte cualquier madre temería por la salud mental de su hijo -dijo Draco.
Ella lo miró.
¿Qué pasaría con su salud mental? ¿Estaba tan controlada que ninguna mujer podía perturbarla?, se preguntó Herms.
-Traeré el postre -Herms se puso en pie y recogió los platos. Luego, los llevó a la cocina.
Llevó el postre en dos platos. El tiramisú tenía un aspecto estupendo, con su crema y su chocolate cubriendo aquel bizcocho empapado en licor.
Estaba bueno, delicioso incluso, habría dicho ella.
Draco se sentó derecho y dejó la servilleta a un lado.
-Estupendo, Herms.
-Comemos fuera tan a menudo que pensé que sería buena idea cambiar y quedamos en casa.
-Te ayudaré a fregar los platos.
-Está todo hecho. Haré café. Hay una cinta de vídeo en el aparato.
Cuando se terminó de hacer el café, Herms lo sirvió, agregó unas gotas de licor y una cucharada de nata. Luego, llevó los vasos al salón.
Draco se había sentado en uno de los dos sofás de piel y le hizo señas para que ella se sentara a su lado.
La película era una comedia. Era divertida, y los actores eran muy buenos.
Herms bebió lentamente el café. Luego, cuando terminó, Draco recogió los vasos y los dejó en una mesa al lado del sofá.
Ella se relajó y apoyó la cabeza en el respaldo acolchado. Estar allí de aquel modo era algo casi mágico. Sin invitados, sin intrusiones de ningún tipo.
Draco le rodeó los hombros y la atrajo hacia sí. Ella no protestó. Sentía su respiración en su pelo. Draco apagó la luz con un mando.
La única luz era la de la televisión.
Cuando él la acarició, ella se estremeció. Y se quedó quieta al sentir la mano de Draco en su pecho. Él la besó en el cuello, detrás de las orejas... Ella apoyó la mano en el muslo de él, pero no siguió explorando.
Cada tanto él la acariciaba y a ella se le aceleraba el corazón y sentía-un calor intenso en todo su cuerpo.
Era un crescendo que llegaría a su apasionada cima...
Y llegó. Cuando ella pensaba que ya no le quedaban más caminos por recorrer en brazos de Draco, él la llevó por uno diferente, controlando su ritmo para que ella pudiera acompasar su placer al de él, antes de hacerla llegar al abismo de placer.
Casi dormida, murmuró con la cabeza apoyada en su pecho:
-Je t'aime, mon amour (Te quiero, mi amor)
Y se preguntó si él la habría oído.
Se levantaron temprano y dieron un paseo por la playa. Luego, se quitaron la ropa y se metieron al mar.
El agua estaba fría, las olas suaves. Después, volvieron a casa y se ducharon para quitarse las huellas del mar en el pelo y la piel, se pusieron ropa informal y tomaron el desayuno en la terraza.
-¿Qué te parece si damos un paseo por las montañas?
Herms tomó un sorbo de café, luego sostuvo la taza con ambas manos. La idea de comer al aire libre y de disfrutar de vistas panorámicas era excitante.
-¿Qué pasa con la llamada que estás esperando?
-He pasado las llamadas al móvil, he dejado el maletín en el asiento de atrás del coche, además.
No solía tomarse todo un fin de semana libre habitualmente. Se pasaba demasiado tiempo en su despacho frente al ordenador, navegando por Internet para estar al tanto de las noticias económicas de todo el mundo. El tiempo de ocio estaba relegado a la vida social, e incluso entonces los negocios hacían su aparición aunque sólo fuera en conversaciones.
-Vayamos -dijo ella decidida-. Haré sándwiches.
Él le puso una mano en el brazo y le dijo:
-Compraremos algo de camino.
Sonó el teléfono. Herms sintió pánico cuando Draco fue a atender la llamada. Ella sintió una gran desilusión cuando lo oyó hablar con aquel tono profesional, lo vio tomar notas en un papel y luego doblarlo antes de meterlo en el bolsillo de su camisa.
Era una pena que tuvieran que abandonar aquellos planes tan placenteros, pensó ella mientras recogía los platos del desayuno y los llevaba a la cocina.
Pero estaba decidida a no demostrar su decepción.
-¿Te llevo café al despacho?
El la miró muy serio.
-Necesito una hora. Tal vez menos. Y luego nos marcharemos.
-¿Puedo ayudar?
Él asintió y ella lo siguió al despacho.
La máquina de fax tenía papel, y Draco lo recogió. Al poco rato, la máquina empezó a funcionar.
Trabajaron juntos hombro a hombro. Cuando el documento estuvo terminado y comprobaron que estaba bien, lo imprimieron y luego lo enviaron por fax a los Estados Unidos.
-Bien. Vayámonos de aquí.
A los cinco minutos, Draco estaba sacando el coche a tracción del garaje y dirigiéndose al oeste, por la carretera de montaña de Mount Tamborino.
-Gracias.
-¿Por qué?
El paisaje estaba verde después de la lluvia tropical. Había granjas, prados, colinas con bosques...
-Por el fin de semana —dijo ella.
Por aquellos placeres que suponían un tiempo dedicado exclusivamente a ella, un tiempo muy valioso que no podía comprarse con todo el dinero del mundo.
-El fin de semana no se ha terminado aún.
No. El sol brillaba más que nunca y el cielo era inmensamente azul.
Al ir ascendiendo por la montaña disfrutaron de un paisaje espectacular con el océano al fondo, como una joya de zafiro realzando todo lo demás.
Recorrieron la carretera que bordeaba la cima, pasando por casas de varias épocas y diseños, por un hotel de estilo inglés y una cafetería muy pintoresca.
El pueblo era una mezcla de tiendas y terrazas. Se detuvieron a comprar una botella de agua mineral fría, jamón, panecillos y fruta. Luego, volvieron a la furgoneta y condujeron hacia un prado desde el que se veían las maravillosas vistas del valle.
Era un sitio aislado y pintoresco, y Herms tuvo la impresión de que estaban en la cima del mundo, alejados de todo y de todos. Era un sensación embriagadora, más que el vino.
Draco abrió una manta y la extendió en la hierba, debajo de la sombra de un árbol cercano. Comieron hasta hartarse y luego se echaron cómodamente, disfrutando del paisaje y del silencio.
Aquello era un verdadero picnic. A Herms le traía recuerdos de los muchos que había compartido con Ron, cuando la risa asomaba con facilidad a sus labios y las únicas preocupaciones que tenía eran la de estudiar y aprobar con buena nota los exámenes.
-Me gustaría saber en qué piensas -le dijo Draco.
Herms se giró al oír su voz y le sonrió.
-Deberíamos hacer esto más a menudo.
-¿Pensabas en eso?
-¿Quieres que te confiese mis más profundos pensamientos?
-Algo es algo.
Decirle «Te amo» era muy fácil, pero muy difícil de retractarse luego. Una cosa era susurrarlo en las tardías horas de la noche, y otra muy distinta decirlo por la tarde, en la cima de una montaña.
-Estaba pensando que esto es un trocito de cielo —dijo ella—. Lejos de la ciudad, de las presiones de los negocios, de la gente.
-¿Te refieres al lugar o al hecho de que lo estamos compartiendo?
Ella sonrió con la boca y con la mirada, con aquellos ojos castaños tan vivos.
-Por las dos cosas, por supuesto. No sería tan placentero si estuviera sola.
Draco le pasó un brazo por debajo del cuello y la besó tiernamente, provocativamente, y paró cuando estaba a punto de perder el control.
-Eres una bruja -murmuró él un segundo más tarde, por detrás de su oreja-. ¿Quieres quedarte aquí o explorar más la montaña?
Ella le dio un beso en el cuello y saboreó el suave gusto que sólo él tenía: gusto a calor masculino mezclado con limpieza y agua de colonia cara.
-Estamos cerca de una carretera pública. Es un parque público, y no estaría bien escandalizar a cualquiera que pase -bromeó ella, haciéndole cosquillas con el borde de sus dientes-. Además, hay un avión esperándonos para llevamos de vuelta a ese lugar horrible.
-Mañana por la mañana. Al amanecer -comentó él.
Tenían la noche.
-No deberíamos desaprovechar un solo minuto -dijo Herms con una reverencia burlona, y empujó suavemente el pecho de Draco-. Cuando lleguemos a la costa, podemos pescar gambas y almejas para que luego las hagas a la barbacoa mientras yo preparo una ensalada. Abriremos una botella de vino, comeremos y veremos el atardecer.
Él la soltó, la observó ponerse de pie, y tomó la mano que ella le ofreció para que se levantase.
Cuando volvieron a la casa, eran más de las cinco, y por acuerdo tácito dieron un largo paseo por la arena mojada y compacta que había dejado la marea. Luego volvieron reacios sobre sus pasos.
El la llevó de la mano. La suave brisa levantaba su blusa y jugaba con los mechones sueltos de su pelo. Su piel brillaba por la exposición al sol y al aire fresco del mar, y sus ojos tenían una profundidad que se debía en gran medida al placer que había experimentado aquel día, y a la excitación que le producía el sentimiento de anticipación de la noche por llegar.
Después de preparar la comida, tuvieron tiempo de cambiarse y ponerse los bañadores y hacer unos largos en la piscina antes de secarse.
El aroma de la barbacoa de mariscos despertó su apetito, y después de preparar la terraza para cenar, Herms probó una gamba; luego otra. También probó la ensalada.
-Tienes una mancha de gambas en el mentón –le dijo Draco.
Ella le sonrió.
-¡Qué descuido! -exclamó ella, comiendo una almeja.
Monique se habría escandalizado si los hubiera visto. No había ningún cuenco con limón en la mesa. Y las servilletas de papel no podían ser jamás un sustituto de una fina mantelería.
El sol empezó a esconderse y la luz fue desapareciendo, dejando rosa una parte del cielo, que lentamente se transformó en anaranjado. Aquel color se fue apagando, y desapareció dejando detrás un opaco resplandor.
Se encendieron las luces de la piscina, y de la terraza.
Herms oyó el teléfono, y observó a Draco levantarse de la silla para atenderlo. Ella recogió los mariscos, puso los platos en una bandeja, y los llevó dentro. Luego, cerró las puertas que daban a la terraza y activó el sistema de seguridad.
Fue a la cocina y colocó los platos y vajilla en el lavaplatos, y ordenó la cocina. Su pelo estaba seco ya, pero necesitaba enjuagarlo para quitarle el cloro de la piscina. Subió a la planta de arriba para darse una ducha.
Después de ponerse ropa interior limpia, se calzó unos pantalones blancos y una blusa a juego abierta delante. Se secó el pelo y se lo dejó suelto, se puso brillo en los labios y bajó a la cocina.
Tenía ganas de tomar café, fuerte, solo, con unas gotas de licor.
El café acababa de hacerse cuando apareció Draco. Ella lo miró inquisitivamente.
-¿Algún problema?
-Nada que no pueda solucionarse.
Ella no lo dudaba. Sirvió el café y se lo alcanzó.
-¿Te hago falta?
Él la miró con un brillo intenso en los ojos y contestó:
-Sí.
Ella sintió que su corazón se aceleraba
-Pero ahora mismo tengo que hacer unas llamadas telefónicas -bajó la cabeza y le dio un beso suave que la dejó con ganas de más
Luego, Draco se marchó al estudio
Herms llevó su café al salón, se acomodó en un asiento y encendió la televisión. Seguramente encontraría algo entretenido en la televisión por cable. Cambió de cadena hasta que encontró un programa que le gustaba.
Vio un programa detrás de otro, e hizo un esfuerzo por no quedarse dormida. Pero no lo logró del todo.
Más tarde, tuvo la vaga sensación de estar rodeada de unos fuertes brazos, la sensación de que alguien la desvestía, luego la suavidad de la almohada debajo de la mejilla, y un cuerpo cálido que se amoldaba al suyo contra su espalda.
