CAPÍTULO 8

El avión se apartó de la pista y aterrizó lentamente en un aparcamiento privado del aeropuerto.

Serg los estaba esperando con el Bentley. Después de meter los bolsos de mano en el maletero, Serg se puso al volante y se dirigió a la mansión.

Herms se hundió en el asiento y miró el paisaje por la ventanilla. El tráfico empezaba a aumentar, sobre todo en las principales calles, a una hora en que la gente se dirigía a su trabajo.

En una hora, Herms sería uno de ellos. Se miró la camisa de algodón informal que llevaba puesta, los pantalones y las zapatillas. No tardaría en cambiarse y ponerse un traje, medias y tacones.

Incluso en aquel momento tenía la sensación de que Draco estaba pensando en los negocios que lo esperaban a lo largo del día.

Marie sirvió el desayuno a los pocos minutos de su llegada a la casa, y poco después de las ocho, Herms se puso al volante y siguió al coche de Draco hacia la salida de la mansión.

Sería un día de bastante trabajo.

Herms pidió que le llevaran el almuerzo a su oficina.

Por la tarde, tuvo que esperar una confirmación por fax, por lo que se le hicieron las seis de la tarde para volver a casa y dejar su coche.

Cuando Monique era invitada se tomaba la libertad de no llegar puntual, pero cuando era la anfitriona de alguna cena o reunión insistía mucho en la puntualidad. Eso suponía que Herms tenía veinte minutos para ducharse, vestirse, maquillarse y arreglarse el pelo.

Empezó a desabrocharse la chaqueta del traje mientras subía corriendo a la planta de arriba. Se quitó los zapatos de tacón, de manera que cuando llegó a la habitación sólo le quedaba abrir la cremallera de su falda y algún que otro botón de su camisa todavía.

Draco alzó la vista mientras se afeitaba y arqueó una ceja cuando la vio entrar en el dormitorio.

-No me preguntes -le dijo Herms mientras se dirigía a la ducha y la abría.

Se pondría pantalones de seda negros con un top y una chaqueta a juego, zapatos de tacón y joyas de oro. El pelo recogido, un poco de maquillaje para destacar sus ojos, y ya estaría lista.

Herms no se detuvo siquiera a pensar, sino que siguió con sus tareas a gran velocidad, hasta que terminó, logrando un resultado aceptable, pensó, mirándose al espejo.

Recogió el bolso de noche y miró a Draco, que la estaba observando con curiosidad y un cierto grado de picardía.

-Nadie diría que has logrado ese resultado en tan poco tiempo —comentó él mientras bajaban las escaleras y se dirigían al garaje.

-Respiraré profundamente y pensaré en algo bonito -dijo ella.

Intentó hacerlo, pero no le sirvió de mucho. Al contrario, a medida que se iban alejando de la mansión y acercándose a la casa de John y Monique, se le iba haciendo un nudo en el estómago. Era una tontería, porque Tifanny no haría nada fuera de lugar en presencia de Monique y de John.

-Queridos... -los saludó Tifanny con un beso en ambas mejillas—. Dos de mis personas favoritas... -dijo con una sonrisa resplandeciente mientras se ponía entre Herms y Draco y se agarraba del brazo a ellos-. Venid al salón.

Miró a Herms con su traje de fiesta negro, y se miró su vestido ajustado negro.

-Es curioso, querida, parece que tenemos el mismo gusto en ropa -comentó con una sonrisa.

«La diferencia es que yo pago mi ropa, mientras que tú compras ropa de Calvin Klein y de Alaia con la tarjeta de crédito de John», pensó Herms. Pero se dijo que no debía seguir con esos pensamientos.

La casa de su padre era hermosa, decorada con gusto y dinero. Pero ella se sentía incómoda cada vez que la visitaba. ¿Sería por Monique, que había sido quien la había decorado, y había cambiado las cosas y los colores, de manera que desaparecieran prácticamente todos los recuerdos de su madre?

¿Y por qué no iba a imponer Monique su propio gusto?

John había querido ser condescendiente con ella conscientemente. Y el pasado, aunque tuviera recuerdos hermosos, no tenía espacio en la realidad de aquel momento.

-Hermione, Draco... -Monique se acercó a ellos con las manos extendidas—. Temí que llegaseis tarde.

John dio un abrazo a su hija y puso una mano en el brazo de Draco.

-Venid y sentaos. Os traeré una copa.

Conversaron de cosas intrascendentes. Eran expertos en ello, en las sonrisas, en la risa en las reuniones. A los ojos de alguien de fuera parecerían una familia feliz, reflexionó Herms mientras tomaba asiento al lado de Draco en la mesa.

El cocinero de Monique había preparado varios platos con una magnífica presentación. Habían empezado con una vichyssoise verte.

-Anoche organizamos un partido de tenis –les dijo Monique mientras terminaban la sopa-. Os llamé para invitaros, con la esperanza de que os unierais a nosotros, pero Marie me dijo que habéis estado fuera el fin de semana.

Monique tenía la habilidad de hacer afirmaciones de manera que parecieran una pregunta. Herms pasó el dedo por el borde de su copa y luego se la llevó a los labios.

-Fuimos a la costa -dijo Draco.

-¿De verdad? -preguntó Tifanny con una sonrisa dirigida a Herms-. Me sorprende que hayas sido capaz de sacar a Draco de Londres -entonces dirigió su atención a Draco y sonrió coquetamente-, Pensé que entretenerse sola era un requisito de una esposa independiente y comprensiva.

Herms dejó la copa cuidadosamente.

-No creerás que eso excluye pasar un tiempo con su esposo, ¿verdad?

El cocinero sirvió poulet franjáis con verduras.

-Por supuesto que no, querida -dijo Tifanny -. Ha sido muy amable por parte de Draco el complacerte.

Herms levantó los cubiertos y empezó a cortar el pollo.

-Sí, ¿no crees? -se metió el bocado en la boca, lo saboreó, y luego halagó al cocinero-. Delicioso, Monique.

-Gracias, Hermione.

Herms contó hasta tres mentalmente. En cualquier momento, Monique iba a volver a intentar sacar información sutilmente.

-¿Lo habéis pasado bien?

-Fue muy relajante.

-Habéis estado en el Casino?

-No -dijo Draco-. Herms cocinó y nos quedamos en casa -se giró hacia Herms sonriendo con complicidad, lo que hizo que se derritiera de satisfacción.

«Estupendo», pensó. Había podido controlar el juego de Monique, y había dado la oportunidad a Tifanny de hacer más preguntas.

-Tú no cocinabas nunca en casa, querida -se rió Tifanny sin humor alguno.

-No hacía falta. Siempre teníamos una cocinera para preparar la comida.

Además, Monique nunca había querido que ella entrase en la cocina, ni siquiera cuando la cocinera se tomaba un día libre.

-Podríamos haberlo arreglado, y haberte dado la oportunidad de hacer la comida algún día, Herms –le dijo John.

Ella lo miró y respondió:

-No tenía tanta importancia.

-Deberíamos permitimos probar tu arte culinario, Hermione.

«¿Después de todos estos años, Monique?», pensó Herms.

-No me gustaría herir los sentimientos de Marie sugiriendo usurpar su lugar en la cocina.

-Marie libra una noche, querida -comentó Tifanny.

-Sí, las noches en que Draco y yo cenamos fuera.

Su hermanastra se miró las uñas perfectamente pintadas, luego sonrió forzadamente a Herms y dijo:

-Estás rehuyendo una invitación.

Tifanny era una víbora venenosa envuelta en pseudo-sinceridad.

-En absoluto. ¿Qué noche os viene bien?

Era una batalla de cortesía, pero una batalla al fin y al cabo.

-¿Monique? ¿John? -preguntó Tifanny.

-¿Puedo mirar mi agenda, querida, y contestarte?

-Por supuesto -contestó Herms.

-Me intriga saber qué nos servirás.

-Con Marie siempre tenemos garantizada una comida excelente-dijo Herms.

Monique achicó los ojos, al igual que su hija. Los hombres se dieron cuenta de la tensión existente en el ambiente y cambiaron de tema totalmente.

De postre, sirvieron Bombe au chocolat. Después se retiraron al salón para tomar café.

-He pensado que podríamos jugar a las cartas. ¿Póquer? -sugirió Monique.

-Mientras no apostemos hasta lo que llevamos puesto... -dijo Tifanny provocativamente-. Podría perder toda la ropa...

Y seguramente disfrutaría mucho, pensó Herms, furiosa.

-Cerramos la mesa a las once y media. La mano que gane se lleva todo -dijo John a Draco-. ¿De acuerdo?

-De acuerdo.

Daba igual la suerte o habilidad que se tuviera en el juego, ganar o perder. Las apuestas eran minúsculas. Sólo era una excusa para entretenerse un par de horas.

Tifanny pareció deleitarse en inclinarse deliberadamente para mostrar sus pechos. Al parecer, no llevaba sujetador.

Cada vez que miraba a Draco sonreía maliciosamente y provocativamente. Cuando terminó la noche, Herms no aguantaba más.

-¿No tienes ningún comentario que hacer? -preguntó Draco mientras conducía a través de la verja por la que se salía a la calle.

Herms suspiró y echó el aire lentamente.

-¿Por dónde quieres que empiece?

Él la miró con curiosidad, luego se concentró el tráfico.

-Por donde quieras, siempre que dejes salir un poco de esa rabia.

-Te has dado cuenta.

-Probablemente he sido el único que lo ha notado.

-Es un alivio saberlo...

Ella estaba furiosa. ¡Hubiera querido golpear algo!

-No lo hagas -le dijo Draco con amabilidad.

Ella se dio la vuelta hacia él y le preguntó:

-¿Que no haga qué?

-Dar un puñetazo contra la ventanilla. Sólo conseguirías hacerte daño.

-Tal vez debiera pegarte a ti entonces.

-¿Quieres hacerlo ahora mismo o puedes esperar a que lleguemos a casa?

-No te hagas el gracioso, Draco -dijo ella, concentrando la mirada en la luna del coche.

Veía las luces de los coches que venían de frente, las luces fluorescentes de las farolas y las sombras que formaban en la oscuridad.

En cuanto Draco desconectó el sistema de alarma, Herms entró en la casa. Estaba a punto de subir las escaleras cuando una mano la detuvo. Draco la hizo darse vuelta y la abrazó. Ella no pudo evitar que la besara apasionadamente.

Era un beso hambriento, casi le hizo daño. Y surtió efecto: hizo que su rabia desapareciera. El cuerpo de Herms se ablandó contra el de él, y entonces Draco profundizó aquel beso y ella se aferró a él.

Herms gimió de placer cuando él la alzó y la llevó en brazos. A ella no se le ocurría nada qué decir mientras él la llevaba en brazos por las escaleras. Tampoco se le ocurrió hacer nada por detenerlo, por impedir que la dejara en la cama.

Hubo una larga exploración de los lugares que les producían placer. Él besó sus pantorrillas, la parte interna de sus rodillas, la de sus muslos... Ella sintió que su cuerpo se derretía, como la cera, bajo aquella llama de placer, hasta que se sintió totalmente suya, para que él hiciera con ella lo que quisiera.

Compartieron un exquisito tiempo de intimidad hasta la mutua satisfacción sexual. ¿Era eso lo único que encontraba Draco en la relación con ella?

Amor. Era una palabra que su corazón pedía a gritos, pero su cabeza se obstinaba en decirle que debía contentarse sin él.

Las entradas para El Fantasma de la Ópera se habían vendido con mucha antelación. Seguramente Draco había usado su influencia para conseguirlas en el último momento, pensó Herms cuando se estaba sentando a su lado.

-Un lugar privilegiado -comentó Lily cuando la orquesta empezó a tocar el primer tema que introducía el primer acto.

-Sí, ¿verdad?

-Estás deslumbrante con ese color.

Sabía que el cumplido de Lily era sincero, y Herms sonrió complacida.

-Gracias.

Llevaba un traje azul que destacaba el color de su piel y el pelo.

-Tú también estás muy guapa -le dijo a Lily.

Lily llevaba un vestido rojo de terciopelo que le quedaba excepcional, marcando las curvas de su cuerpo perfecto.

Sonó la música, el telón se levantó y empezó el Acto Primero.

A Herms le encantaban las representaciones en vivo, la presencia de los actores, los trajes, el suave aroma del maquillaje, los sonidos. Era una experiencia totalmente diferente a la de una película.

El entreacto dio tiempo suficiente para que la gente pudiera tomar algo, fumar un cigarrillo y conversar.

Herms esperaba ver a John, Monique y a Tifanny entre la gente. Lo que no esperaba era que Tifanny se separase rápidamente de Monique y John y fuera a charlar durante todo el intervalo con Lily, James y Draco. A parte de un saludo formal, a Herms no le prestó ninguna atención.

-¿El aseo? -preguntó Lily.

Herms le indicó con la cabeza que la acompañaría, y en ese momento Tifanny se unió a ellas.

-Una noche fabulosa -dijo su hermanastra con una sonrisa.

-Sí, ¿verdad? -respondió Herms-. Si nos disculpáis a Lily y a mí un momento...

-Por supuesto -contestó Tifanny satisfecha-, Me encargaré de entretener a Draco y a James.

-No se da por vencida, ¿verdad? -le preguntó Lily mientras seguía a Herms entre la multitud-. ¿Le has dicho que desaparezca de tu vista?

-Sí -entraron en el aseo y se pusieron a la cola.

-¿En la versión educada o en la menos controlada de sacar las uñas?

-Civilizadamente, digamos -dijo Herms con una sonrisa.

-Un poco de fuego no te vendría mal. Los italianos son muy buenos para eso -la miró con un brillo en los ojos-. Nos gritamos, tiramos cosas...

-No te he visto en acción jamás -dijo Herms, divertida por el comentario de su amiga.

-Porque nunca he estado furiosa contigo.

-Dios no lo permita -dieron unos pocos pasos-. ¿Puedo preguntarte qué ocurre entre James y tú?

-Dentro de poco tiempo le tiraré algo a él.

Herms se rió.

-¿Crees que se lo debo advertir?

-Deja que sea una sorpresa.

James era un hombre del calibre de Draco: dinámico, decidido, muy activo. Y solía ser incansable en la persecución de aquello que creía inalcanzable. Herms se preguntó cuánto tiempo más permitiría que Lily dirigiera el juego. El resultado sería interesante, pensó Herms.

El timbre que anunciaba el comienzo del siguiente acto sonó cuando ya se habían refrescado y retocado el maquillaje en el aseo. Volvieron a sus asientos cuando las luces empezaron a apagarse.

Fue una representación impecable. Los cantantes tenían unas voces excelentes. Cuando cayó el telón al final del último acto, hubo un fuerte aplauso del público que hizo que volvieran a levantarlo.

El teatro estaba atestado de gente y tardaron cierto tiempo en salir.

-¿Vamos a cenar a algún sitio? -preguntó James cuando llegaron al aparcamiento.

-Me encantaría -dijo Herms-. ¿En qué sitio estás pensando?

-¿Draco?

-Eliges tú, James -contestó Draco.

-Hay un lugar excelente en Double Bay -dijo James-. Os veremos allí.

-Relájate -le dijo Draco a Herms cuando el Bentley pasó por el Jardín Botánico-. Dudo que Tifanny se dedique a recorrer los restaurantes de la ciudad para intentar encontramos.

-¡Qué listo! -dijo ella burlonamente-. Pero seguramente no habrás ignorado el entusiasmo que ponía Tifanny cuando estaba contigo.

-Pero tú sabes que yo no aliento nada de lo que supuestamente quiere de mí.

-Querido Draco, ¿no te das cuenta de que eso no es necesario?

-Pareces una esposa celosa.

-Bueno, por supuesto.

Él la miró y luego dijo:

-No bromees...

Ella sonrió maliciosamente.

-Una debe desarrollar cierto de sentido del humor en estos casos.

-Podría darte un azote.

-Hazlo y verás mi venganza.

Él se rió provocativamente.

-Valdrá la pena.

-Creo que deberías prestar atención a la carretera.

El restaurante estaba situado en un bloque de tiendas en el paseo principal de Double Bay. El ambiente era auténticamente griego, y enseguida se hizo evidente que James no sólo era un cliente privilegiado, sino amigo personal del dueño.

Herms no quiso tomar café y prefirió una taza de té, acompañada de unas pastas que habían servido.

James tenía un gran sentido del humor y Herms se rió mucho con él

Cuando se despidieron eran las doce de la noche

Y la una de la madrugada cuando Herms se deslizó entre las sábanas y Draco extendió la mano para apagar la luz.