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CAPÍTULO 9

MALFOY-GRANGER apoyaba económicamente a varias organizaciones caritativas y aquella noche tenían una cena anual en un lujoso hotel.

Se trataba de un evento importante desde el punto de vista social, y por lo tanto la asistencia era concurrida.

La alta costura destacaba entre las mujeres de la alta sociedad, y Herms pensó que con aquellas joyas se podría haber alimentado a un país entero del Tercer Mundo

Los hombres eran más discretos. Llevaban esmoquin negro, camisa blanca y una pajarita negra. Claro que el traje solía ser de Armani, o de Zegna, los zapatos hechos a mano y la camisa de algodón puro y caro.

Herms había elegido un vestido sin tirantes en una seda de muchos colores que imitaba el colorido de la primavera. Por detrás, tenía un gran escote, y en el cuello llevaba un fular a juego.

Había decidido llevar el pelo suelto, y el estilo poco formal de su peinado embellecía sus facciones.

La gente llegaba entre las seis y las siete. Charlaba con los asistentes y tomaba una copa mientras esperaba la hora de la cena.

A las siete abrían el comedor.

-¿Una copa de champán?

-Zumo de naranja, por favor -le dijo Herms al camarero que llevaba una bandeja llena de copas. Se sirvió la copa y miró a Draco, que la estaba observando con un brillo pícaro en los ojos.

-¿Necesitas estar lúcida? -le preguntó.

Ella sonrió.

-¿Cómo lo has adivinado?

John, Monique y Tifanny se sentarían a la misma mesa, con otros cinco invitados más.

-Siempre te leo la mente, querida -se burló él.

Ella se asombró al oír aquel tratamiento afectivo dicho en español. ¿Se daría cuenta Dracode que el uso de la lengua a ella la hacía estremecer?

Herms disimuló aquel desconcierto al ver que Draco saludaba a un hombre de negocios. Ella por su parte, se puso a conversar con la esposa durante unos minutos, hasta que Draco le dijo que debían ir a la mesa reservada para ellos.

Malfoy - Granger era uno de los patrocinadores del evento. El director de la obra de caridad estaba ya en la mesa, con su esposa, un dignatario, su mujer y su hijo.

Los cinco minutos antes de la cena eran un momento crucial, que centraba toda la atención de los invitados hacia aquellos que acababan de llegar. John, Monique y Tifanny hicieron su aparición en ese momento. Intercambiaron besos en el aire, como de costumbre, y el toque en la mano, como era de prever.

«Perfecto», pensó Herms. Monique lo había logrado nuevamente: que fueran los últimos en llegar y que todos notaran su presencia, dedicándoles saludos desde todas las mesas, llamando la atención del salón entero.

Cuando los camareros distribuyeron el primero de los tres platos, el animador agradeció a los invitados su asistencia y habló del programa de aquella velada.

Sonó la música de fondo. Herms tomó los cubiertos y comenzó a comer unas deliciosas gambas y un cóctel de mariscos.

Alguien había puesto a Tifanny al lado de Draco. ¿Habría sido Monique quien lo había sugerido? El hijo del dignatario estaba a la derecha de Herms.

Durante el primer plato, Tifanny puso la mano en el muslo de DRaco. Podría haber sido casual, pero Herms lo dudaba.

-Una velada muy agradable -dijo el hijo del dignatario.

No era un comienzo de conversación muy interesante, pero al menos le serviría de distracción.

-Una mezcla interesante. Una cantante profesional y un desfile de modelos -continuó su compañero de mesa.

-Y los discursos de siempre.

El muchacho le sonrió.

-Vas a muchos sitios como éste, ¿verdad?

-Sí -sonrió ella.

-¿Puedo tomarme el atrevimiento de decirte que estás encantadora?

-Gracias -le dijo ella mirándolo.

Les cambiaron los platos, y Herms sonrió a Draco cuando él llenó su copa de agua. La miró con ojos enigmáticos. Entonces, ella le apretó suavemente el muslo derecho.

-Gracias, querido -le dijo.

-Es un placer.

Ella lo miró desafiante.

El organizador anunció que habría un número de dos canciones interpretado por una cantante invitada. Herms escuchó con atención.

Sirvieron el segundo plato: pollo Kiev, patatas pequeñas redondas y verduras frescas.

-Una comida estupenda -comentó el hijo del dignatario.

Herms intentó no poner atención en las uñas de Tifanny posadas en el brazo de Draco.

La cantante interpretó otra canción, a lo que siguió el postre. Luego, el director de la organización caritativa subió al podio.

En ese momento, Tifanny se puso en pie y desapareció discretamente yendo hacia un lado del escenario.

Mientras el organizador anunciaba el desfile de modelos sirvieron el café. Aparecieron tres modelos masculinos y tres modelos femeninos en la pasarela, mostrando modelos de diseñadores famosos de Londres, con una gran variedad de estilos que iban desde ropa apropiada para profesionales, a ropa de fiesta.

-Es impresionante, ¿no crees? -comentó el hijo del dignatario.

Herms siguió la vista del hombre y descubrió que su atención estaba puesta en Tifanny, que desfilaba por la pasarela.

-Sí -contestó.

Era cierto. Su hermanastra tenía todas las cualidades esenciales para ser una modelo de éxito: el cuerpo, la altura, la cara.

La mayoría de los hombres se quedaron extasiados. En cambio las mujeres parecían reconocer la artificialidad debajo de aquellas exquisitas facciones, de aquella imagen perfecta.

Tifanny participó varias veces, sonriendo con serenidad y estudiado gesto.

Aunque a medida que el desfile fue pasando, se hizo evidente que Tifanny dedicaba su desfile a una sola mesa, a un solo hombre, al que le dedicaba una sonrisa muy seductora.

Herms se fue poniendo cada vez más tensa, y se sintió impotente al ver que no podía hacer nada frente a aquella situación. Excepto sonreír.

Draco, ¡maldito sea!, se interesó en cada modelo y cada prenda. Había ropa deportiva y de ocio, que incluía trajes de baño, bikinis y bodys muy escotados. Tifanny estaba deslumbrante con un bikini minúsculo, y sabía muy bien el efecto que causaba.

Herms sintió ganas de matarla, pero tuvo que controlarse. No debía demostrar su disgusto a Tifanny por su comportamiento provocativo, porque ella lo habría interpretado como una victoria, y se negaba a darle esa satisfacción a su hermanastra.

La ropa de fiesta le dio otra oportunidad a Tifanny de deslumbrar. Apareció con un vestido con la espalda descubierta y sin tirantes, que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel.

Al final aparecieron todos los modelos participantes en el escenario para dar una última vuelta a la pasarela.

-¿Estás mirando algo en especial? -le preguntó Draco.

-El modelo moreno y alto -respondió Herms con una sonrisa deliberada, y se dio cuenta de que Draco la miraba con un brillo pícaro en los ojos.

-Te refieres a la ropa que lleva, claro.

Herms abrió los ojos asombrada, y lo miró maliciosamente.

-Por supuesto. Aunque realmente está impresionante en traje de baño.

-¿Te estás vengando?

-¿Por qué lo dices, Draco? ¿A qué te refieres?

-Ya me entiendes.

-¿De verdad?

-Podemos dejar la conversación y continuarla en privado.

-¿No crees que nos mirarían mal Si nos vamos?

-Pero a cambio conseguiría llevarte a casa –se llevó la mano de Herms a los labios y la besó-. Soy muy afortunado -luego besó todos sus dedos y los entrelazó con los suyos antes de dejar las manos descansando encima de la mesa.

Ella sintió un calor en todo el cuerpo. En cambio Draco no había cambiado la expresión excepto que tenía una sonrisa algo malévola, y que estaba acariciando con el pulgar la muñeca de ella.

-Eso sería como un premio de consolación.

-No, sería el primer premio.

Ella deseaba desesperadamente que fuera verdad todo lo que decía él, pero sabía muy bien que sólo era parte del juego.

-¡Ah! -exclamó ella con cinismo-. Dices cosas muy dulces.

-Gracias -dijo él en español.

Los camareros sirvieron otra ronda de café mientras los invitados se movían de una mesa a otra, deteniéndose a conversar con amigos mientras se marchaban lentamente hacia la entrada del edificio.

-He disfrutado mucho de tu compañía -le dijo el hijo del dignatario.

-Gracias -murmuró ella y sonrió deslumbrantemente al ver que Tifanny se acercaba a ellos.

-Algunos vamos ir a una discoteca -dijo Tifanny y miró a Draco antes de tocarle el hombro-. ¿Por qué no venís?

Herms no se había dado cuenta de que había contenido el aliento hasta que Draco contestó:

-En otra ocasión.

-Debemos quedar para almorzar, Hermione –dijo Monique cuando fue a despedirse y desearles buenas noches-. Ya te llamaré.

Herms sintió un cierto cargo de conciencia por desear rechazar aquella invitación. No era muy habitual que su madrastra sugiriera la idea de quedar para almorzar a solas con ella.

-Llámame -dijo Herms por fin.

Pasó una media hora hasta que llegaron al coche y otros treinta minutos hasta que él lo dejó en el garaje.

-Una asistencia récord -comentó Draco cuando entraron en la casa-. El comité estará contento.

-Sí.

-No pareces muy entusiasmada.

-Estoy decepcionada.

-¿Por qué? -preguntó Draco mientras volvía a poner la alarma de seguridad.

-Es que me moría por ir a la discoteca.

Él se dio la vuelta y se acercó a ella. La miró desafiante mientras ponía una mano debajo de su pelo y sujetaba su cabeza por la nuca.

-¿De verdad?

DRaco estaba demasiado cerca. Su perfume embriagaba su sentido del olfato y se mezclaba con su particular fragancia de hombre, aquella fragancia que sólo tenía él.

-Sí. Podría haber sido muy divertido ver a Tifanny intentando seducirte -ella alzó una mano y pasó los dedos por la solapa de su traje.

-Estás sacando las uñas.

-Y yo que creía que estaba siendo muy sutil...

-¿Quieres que hagamos un debate sobre el comportamiento de Tifanny?

Ella lo miró con rabia y le dijo:

-No creo que se pueda hablar de «debate».

-Es muy tarde para un partido de tenis. Además, probablemente ganaría -el aliento de Draco movió suavemente los mechones rizados que ella tenía cerca de la oreja-, Y ése no sería el objetivo del ejercicio.

Ella quería generar una reacción que le permitiera desahogar su indignación.

-Al menos me daría la satisfacción de golpear la pelota con una raqueta.

Él la miró.

-Se me ocurre otra manera más productiva de gastar toda esa energía.

Draco le acarició la mejilla con el pulgar, luego lo deslizó hacia abajo, lentamente por el cuello.

Herms sintió el insidioso calor que se extendía por sus venas. Y empezó a estremecerse al pensar en las caricias que llegarían.

-No juegas limpio -le dijo Herms.

Él bajó la cabeza y le acarició la parte de atrás de la oreja con los labios.

-No estoy jugando.

Herms cerró los ojos y absorbió la embriagadora sensación de sentirlo cerca. Draco la besó. Sus dedos se hundieron en su melena castaña y el beso se hizo más apasionado, intensificando el lento ardor de su excitación hasta que ésta amenazó con hacerla perder el control.

Su cuerpo se tensó contra el de él, anhelándolo, deseándolo tanto que apenas era consciente de los pequeños gemidos que salían de su boca.

Lentamente, suavemente, él se echó hacia atrás y rompió el contacto con ella. Luego le puso un brazo debajo de las rodillas y atravesó el vestíbulo con ella en brazos para llevarla arriba.

-La cama es un lugar muy civilizado... -dijo Herms mientras le acariciaba el lóbulo de la oreja con la lengua y se lo mordía suavemente.

Cuando llegaron a su suite, cerraron la puerta.

-¿Quieres algo menos civilizado, Herms? -preguntó él, bajándola.

Aquellas palabras evocaron una imágenes muy eróticas, y ella tuvo que controlar la excitación que produjeron en su cuerpo.

-Éste es un vestido muy caro. Me gustaría volver a usarlo -dijo ella, provocativamente.

Un brillo especial iluminó la mirada de Draco. Un brillo primitivo que le aceleró el latido de su corazón.

Ella se quedó sin aliento cuando él puso la mano en la cremallera y la abrió, de manera que el vestido cayó en la alfombra. Fascinada, ella salió de la prenda. Draco tiró el vestido encima de una silla, sin dejar de mirar a Herms. Detuvo los ojos en sus pechos. Los acarició, jugó con los pezones, y luego deslizó lentamente los dedos debajo del elástico de sus braguitas y se las quitó.

Después, siguieron sus sandalias. Ella lo observó quitarse la chaqueta y echarla encima del galán de noche.

Luego Draco se quitó la pajarita, la camisa, los zapatos y calcetines. Sus pantalones aterrizaron encima de su chaqueta.

Entonces, él le tomó la cara y se la bajó para besarla. Con aquel beso Draco tomó posesión de ella y pareció exigirle rendición.

No se trataba de seducción. Era un hambre feroz la que la reclamaba, la necesidad de devorarla.

Ella no se defendió. No quería. Quiso cabalgar en la cima de su pasión, y dejarse llevar por aquellas sensaciones arrasadoras.

Se convirtió en un saqueo de la mente y el cuerpo, del de ella, y se rindió. Él la acarició y saboreó y succionó atormentándola de placer, hasta volverla loca.

Ella no ejercía control sobre su cuerpo tembloroso, ni sobre la convulsión en la que aquella tormenta de pasión desembocó. Y no se dio cuenta de los gemidos que aquella emoción expresó por su boca, mientras le rogaba a Draco que no parase.

Era una forma hermosa de morir, pensó Herms embriagada por aquellas sensaciones, mientras él la llevaba a la cama. Entonces no sintió más que el placer silencioso. Él la penetró, una y otra vez, cada vez más profundamente, con un ritmo que los asomó al abismo de la satisfacción.

Después de hacer el amor, ella quedó tendida en la cama en un lío de sábanas, con las piernas entrelazadas a las de él, sin ganas de moverse.

No tenía fuerzas ni para alzar una mano, y permaneció con los ojos cerrados, porque abrirlos requería demasiado esfuerzo.

-¿Te he hecho daño?

Ella gemía por dentro. ¡Cuánto gemía! Pero era de placer, no de dolor.

-No -sonrió ella-. Aunque no creo que esté lista para una segunda vez.

Él se inclinó y le dio un beso en el hueco de la base del cuello, luego se deslizó hacia su boca.

-Relájate, querida -dijo él en español-. No es algo que pueda hacer tan pronto.

Ella lo sintió moverse, y las sábanas descender sobre su piel. Suspiró y apoyó la cabeza en los hombros de Draco. El paraíso no podía ser mejor que aquello.

Herms se despertó al sentir unos labios rozando sus mejillas. Se estiró y arqueó como una gata, contenta bajo las caricias de su amo.

Sonrió y abrió los ojos.

-¿Es tarde?

-Bastante tarde, querida.

Él se había vestido y afeitado, y si ella no se equivocaba, estaba listo para salir.

Ella sintió pena.

-Iba a ir contigo al aeropuerto -le dijo Herms.

-Pero te puedes relajar en el jaccuzzi, disfrutar de un delicioso desayuno y echar una hojeada al periódico antes de irte a la oficina.

-Debiste despertarme -protestó ella, viendo que él la miraba con picardía.

-Acabo de hacerlo -él le señaló una bandeja en la mesilla-. Y he traído zumo de naranja y café.

Ella se sentó en la cama y se abrazó las rodillas. Lo miró con malicia.

-En ese caso, estás perdonado.

-Puedes localizarme en el móvil.

Ella lo miró. Draco se había puesto uno de los trajes de ejecutivo que tenía, y con aquel acto había dejado su papel de amante y había asumido la responsabilidad de su cargo y su papel de hombre de negocios. Seguramente su mente estaba en la primera de las reuniones a las que tenía que asistir.

Ella tomó el zumo de naranja y bebió. Agradeció aquel sabor fresco.

Le habría gustado despertarse temprano, hacer el amor con él, bañarse juntos en el jacuzzi y remolonear en el desayuno. Ahora tenía que conformarse con un dulce beso y verlo desaparecer por la puerta.

El beso fue más ardiente de lo que ella había esperado, pero menos de lo que había deseado.

Eran sólo cuatro días y tres noches. Muy poco tiempo. Él sé había marchado más tiempo otras veces. Entonces, ¿por qué sentía tan profundamente su ausencia?

Terminó de beber el zumo de naranja, se levantó y fue al cuarto de baño. Media hora más tarde, bajó las escaleras y se dirigió a la cocina.

-Buenos días, Marie.

-Buenos días. ¿Quiere desayunar dentro o en la terraza? -preguntó el ama de llaves con una sonrisa sincera.

-En la terraza -contestó Herms.

-¿Cereales y fruta, tostadas con café? ¿O prefiere algo caliente?

-Cereales, gracias. Yo lo llevaré -sacó un cuenco del armario de cocina, puso cereales, le agregó un plátano, sacó leche del frigorífico y atravesó el ventanal de cristal que daba a la terraza.

El sol estaba tibio, a pesar de que era temprano. Hubiera sido fácil olvidarse del trabajo aquel día, quedarse en casa y pasarse varias horas leyendo debajo de una sombrilla...