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Capítulo 10
SERG me pidió que le recordase que llevara el Bentley esta mañana.
Herms alzó la vista del periódico y dejó la taza en el plato. Sonrió a Marie y preguntó:
-¿El XJ220 no?
-Le daría un ataque al corazón -respondió Marie escuetamente.
Herms se rió.
-No, no lo permitamos.
El poderoso coche deportivo era de Draco, pero era el orgullo de Serg. Él se encargaba de que estuviera siempre impecable, al igual que lo hacía con el Mercedes y el Bentley. Si el motor no sonaba como debía, se encargaba de que le hicieran una revisión mecánica. Durante los siguientes días el Mercedes estaría en el taller para que reparasen los arañazos y el faro de atrás.
Sonó el teléfono. Marie fue a contestar.
-Residencia de los Malfoy...
Unos segundos más tarde, Marie tapó el auricular y dijo:
-Es para usted, señora Granger.
Herms puso los ojos en blanco y se levantó para atender la llamada.
-Monique, ¿cómo estás?
-Bien, Hermione. He pensado que tal vez pudiéramos quedar para almorzar hoy. ¿Te viene bien?
La conversación frívola con su madrastra mientras picoteaban una ensalada no era uno de sus pasatiempos preferidos. Debía de haber una razón para que la invitase a almorzar, y seguramente pronto la averiguaría.
-Por supuesto. ¿A qué hora y dónde nos veremos?
Monique nombró un restaurante exclusivo no muy lejos de las Torres de Malfoy-Granger.
-¿A las doce y media? ¿Te viene bien?
-Estupendo. Me alegro de que nos veamos -mintió ella.
En realidad no era una mentira absoluta. La vida estaba llena de experiencias interesantes, y su relación con Monique era una de ellas.
El tráfico era denso. Los conductores parecían más impacientes que nunca, y un accidente mantuvo retenidos a los coches en una intersección.
En consecuencia, Herms llegó tarde. Había un mensaje de su secretaria para avisarle de que se encontraba indispuesta y que no iría a la oficina, al menos por la mañana, y el correo privado no había llegado con la documentación prometida. No era un buen comienzo para aquel día, pensó, mientras hacía la primera de las llamadas.
A media mañana, le prometieron que enviarían la documentación por la tarde. Suponía la pérdida de varias horas, y si tenía que analizar las cifras, supervisarlas y cotejarlas para la reunión del día siguiente, tendría que trabajar hasta tarde, llevarse trabajo a casa o llegar a la oficina temprano por la mañana al día siguiente.
La hora del almuerzo con Monique se acercaba. De mala gana, suspiró y apagó el ordenador. Fue al aseo y se retocó el maquillaje.
Diez minutos más tarde, salió del edificio. Llegó al restaurante un minuto antes de lo acordado.
Herms siguió al maítre a la mesa de Monique y se sentó.
-Hermione...
-Monique...
Como siempre hubo un intercambio de calidez y afecto artificial. Después de diez años, Herms se había resignado a ello. Jamás cambiaría.
Monique estaba perfectamente arreglada, como era de costumbre, con los accesorios conjuntados perfectamente con la ropa: Un bolso de Chanel, zapatos de Magli, y unas cuantas joyas caras. Tenía gusto, pero no era ostentosa.
-Tifanny vendrá a almorzar con nosotras. Espero que no te importe.
«¡Estupendo!», pensó Herms con ironía.
-Por supuesto que no -respondió con cortesía y pidió agua mineral al camarero.
- Tifanny dijo que seguramente agradecerías la compañía y el apoyo de la familia ahora que Draco está fuera.
Herms lo dudaba. A la única persona que tenía en cuenta Tifanny era a sí misma.
-¡Qué considerada!
-El banquete de ayer fue muy agradable.
Se trataba de una conversación que no la comprometía a nada.
-El menú estaba muy bien presentado. Y el desfile de modelos estuvo magnífico -comentó Herms.
-¿Pedimos el primer plato? Tifanny tal vez llegue tarde.
Tifanny jamás llegaba puntual. Herms decidió tomar aguacate con mango sobre un lecho de lechuga. Después de pedirlo al camarero tomó un sorbo de agua mineral.
-He convencido a John de que se tome vacaciones -empezó a decir Monique mientras esperaban el primer plato.
-¡Qué buena idea! ¿Cuándo?
-El mes que viene. Haremos un crucero. Lo tomaremos en Nueva York.
El crucero sería relajante para su padre, y supondría una oportunidad de relaciones sociales para Monique.
-¿Cuánto tiempo planeáis estar fuera?
-Casi tres semanas, incluyendo los vuelos y las paradas.
-Será un buen descanso para ambos.
Su padre se lo merecía. Su dedicación a Malfoy- granger sobrepasaba bastante el horario de nueve a cinco de la tarde.
Llegaron los primeros platos. Estaban esperando el segundo plato cuando llegó Tifanny envuelta en un halo de perfume.
-El desfile duró más de lo previsto -dijo mientras se hundía en una silla frente a su madre.
Aparecieron dos camareros solícitos mientras ella elegía el menú. En cuanto éstos se alejaron, dijo a Herms:
-¿Qué tal te arreglas sin DRaco?
La tentación de decirle alguna mentira fue muy fuerte.
-Bastante mal.
Tifanny achicó los ojos.
-Si estabas... tan desesperada -dijo con énfasis-. Podrías haberlo acompañado.
Herms decidió seguir.
-No es fácil organizar un tiempo para pasarlo juntos fuera.
Tifanny levantó la copa de agua y dijo:
-¿De verdad, querida? ¿Por qué? -dejó la copa-. Todo el mundo sabe que tienes un trabajo para distraerte, y que la compañía te paga un alto salario por un servicio que considera superfluo.
Era un golpe demasiado bajo. Y no quería pelearse con Tifanny en presencia de Monique.
-Mis calificaciones merecen ese trabajo y el salario que cobro. No te olvides que salí elegida entre veinte personas que se presentaron al puesto.
Sabía que no tenía necesidad de justificar nada, pero se había sentido demasiado molesta.
-En su momento, John dejó bien claro que la elección se hacía basándose en la eficiencia y los resultados-agregó.
-¿Quieres que me crea que no hubo ninguna influencia por su parte?
Era hora de dejar aquel tema.
-La junta directiva jamás aprobaría malgastar el dinero en un puesto ficticio -la miró disimulando la furia.
Deseaba levantarse y marcharse, pero las normas de cortesía se lo impedían. Y debía esperar al postre y el café.
La comida había estado soberbia, pero ella había perdido el apetito, y empezaba a sentir dolor de cabeza.
En cuanto terminó el café, sacó la tarjeta de crédito del bolso.
-Deja eso, Hermione -insistió Monique-. Yo te he invitado.
-Gracias. ¿Me disculpáis? Tengo una reunión a las dos.
Tifanny alzó una ceja.
-¡Qué dedicación!
-Se trata de consideración -la corrigió Herms mientras se ponía de pie-. A una representante de una empresa cliente que es muy puntual.
Fue una frase que no estuvo mal como despedida y broche final.
Era una pena que Monique hubiera estado presente, pensó Herms mientras volvía a la oficina. En un cara a cara con Tifanny habría sido diferente.
Al volver encontró una rosa en un florero de cristal en su escritorio, junto a un sobre blanco.
Herms lo abrió y sacó la tarjeta.
«Te echo de menos. Draco», ponía.
Pero seguramente no la echaría tanto de menos como ella a él.
Olió la fragancia de la rosa.
Mañana volvería a casa. Consultaría con Marie y organizaría una cena especial para dos. Con velas, vino, música suave, y después...
Oyó el sonido del teléfono interno, lo que la devolvió a la realidad.
Se inclinó encima del escritorio y apretó el botón.
-Michelle Bouchet la está esperando en Recepción.
-Gracias, Halle. Dígale a Katherine que la haga pasar.
Herms colgó el receptor.
Miró el reloj y sonrió.
Le llevaría una hora al menos mirar los informes, y otra media hora meterlos en el ordenador.
Tenía dos opciones. Llevarse el trabajo a casa o quedarse trabajando en la oficina.
Pero, ¿por qué tenía que marcharse corriendo a su casa? Además, las palabras hirientes de Tifanny le habían dejado huella. Seguiría demostrando su valía en la compañía.
Tomó la decisión de quedarse y llamó a Marie para decirle que llegaría tarde. Luego, pidió que le llevaran un café con dos comprimidos para el dolor de cabeza. Y se puso a trabajar.
Eran casi las siete cuando Herms apagó el ordenador. Tenía frente a sí las hojas impresas. Se sentía satisfecha de su trabajo y de saber que la junta agradecería poder contar con su análisis de los datos.
Recogió su bolso y se marchó de la oficina. Saludó al vigilante de seguridad del edificio y se dirigió al aparcamiento subterráneo.
Nadaría en la piscina, pensó mientras el ascensor bajaba en silencio al aparcamiento. Luego, se daría una ducha caliente. Tomaría un plato de ensalada de pollo y miraría televisión. Después, se iría a leer a la cama.
El ascensor paró. Herms salió en cuanto se abrieron las puertas. Quedaban coches en el aparcamiento aún. Debían de ser de ejecutivos que estarían en reuniones que se habían prolongado más de lo previsto. Aquella actitud de dedicación a la empresa por parte de los altos cargos, ¿sería dedicación? ¿O codicia? Tal vez fuera codicia, pensó Herms mientras se dirigía al Bentley.
Desactivó el sistema de alarma y apretó el mecanismo que abría el coche.
-Despacio, señorita -le ordenó una voz masculina.
Ella sintió algo duro contra sus costillas en el mismo instante en que sintió que una mano le agarraba el brazo.
-No grite, no se resista, y no le haré daño.
-Tome mi bolso -le dijo ella con serenidad, aunque el corazón se le salía por la boca-. Tome el coche.
La puerta de atrás se abrió.
-Entre -le dijo el hombre.
¿La iría a secuestrar?
-No.
-Oiga, cariño... -le susurró la voz fríamente contra su oído-. No queremos más que unas fotos.
-¿Queremos? -repitió ella.
O sea que había más de una persona. Eso limitaba sus posibilidades de escapar.
-Puede cooperar y hacérnoslo fácil, o puede resistirse y que le hagamos daño.
Las manos la empujaron al asiento de atrás del coche. Ella gimió cuando el hombre se echó encima de ella.
-¡Quítese de encima!
Las manos encontraron la blusa y la abrieron.
Herms se defendió como un gato salvaje, y gritó cuando el hombre le sujetó las muñecas fuertemente. La desesperación se apoderó de ella cuando el desconocido le soltó el sujetador. El hombre intentó besarla, pero ella torció la cabeza y se lo impidió.
Herms no tenía la fuerza suficiente para defenderse. De pronto, sintió que el hombre le rozaba los labios con sus dientes, y en ese momento la deslumbró la luz de un flash de una cámara de fotos. Ella emitió una queja de disgusto y repugnancia hacia él y se revolvió. Cuando el asaltante le soltó las manos, ella alcanzó la cabeza del desconocido y le clavó las uñas en el cuero cabelludo y en el cuello.
-¡Tú, zorra!
El hombre volvió a bajar la boca, aquella vez hacia sus pechos, y se los mordió fuertemente. Aquello le dolió terriblemente, pero la rabia y la desesperación le dieron la fuerza suficiente para alzar una rodilla y golpearlo entre las piernas. El certero golpe arrancó un gemido de dolor al desconocido y una retahíla de epítetos contra ella.
Entonces, Herms oyó que se abría la puerta del coche del lado contrario, y que dos manos arrastraban a su asaltante fuera del coche.
-Venga. Vayámonos de aquí. Ya hemos conseguido lo que quería.
-¡Maldita gata salvaje! ¡Voy a atraparla!
-Te han dicho que la asustases un poco. Nada más, ¿recuerdas?
La puerta del coche se cerró y Herms apretó el mecanismo que cerraba el coche con llave.
Luego, se puso al volante. Las llaves. ¿Dónde estaban sus llaves? ¡OH, Dios! Probablemente estaban en la puerta todavía.
Los dos hombres salieron corriendo. Ella los vio meterse en una furgoneta, y después de oír el ruido del motor los vio huir deprisa hacia la salida.
Hasta que no se fueron, no se atrevió a bajar la ventanilla del coche y agarrar las llaves.
Todavía tenía la blusa abierta. Se la cerró todo lo que pudo. Estaba temblando, tanto que tuvo que girar dos veces la llave del coche para ponerlo en marcha.
Una vez en la calle, Herms se concentró en el tráfico. Por una vez, se alegró de que hubiera tantos coches, autobuses, ruido, gente... la hacían sentirse a salvo.
Cuando llegó a casa, agradeció las medidas de seguridad. Marie y Serg estarían en su casa, y no quería alarmarlos.
Subió las escaleras y fue directamente a su dormitorio. Se quitó toda la ropa: la falda, la blusa estropeada, la ropa interior. Las apartó para tirarlas a la basura. No quería volver a verlas.
Luego fue al cuarto de baño del dormitorio y abrió la ducha. No sabía cuánto tiempo se había quedado debajo de la ducha. Sólo sabía que se había frotado dos veces cada centímetro de su piel, y que se había puesto champú tres veces. Luego, se había quedado quieta y había dejado que le cayera el agua como una cascada.
¿Quiénes eran? ¿Por qué lo habrían hecho? Las preguntas no dejaban de atormentarla. Fotos... ¿Sería un chantaje? La idea parecía ridícula. ¿Quién iba a querer amenazarla? ¿Qué ganarían con ello?
Entonces, recordó las palabras que había dicho el cómplice de aquel hombre:
«Te dijeron que la asustases un poco. Nada más. ¿Recuerdas?».
¿Quién podría querer asustarla, pero no hacerle daño? ¿Quién les había dicho que no se atrevieran a hacerle daño?
Herms agitó la cabeza como queriendo aclararse.
Unas fotos tomadas a propósito...
¿Podría tratarse de Tifanny? ¿Podría haber llegado a esos extremos? No podía ser.
Herms cerró el grifo. Sintió pánico al presentir la presencia de alguien en la habitación.
-¿Herms?
Era Draco.
Pero no podía estar de vuelta. No regresaría hasta el día siguiente.
Desesperada, extendió una mano hacia una toalla.
Entonces lo vio.
Era Draco, que la miraba con sus ojos grises, y una sonrisa en los labios.
-Has llegado antes... -murmuró ella.
Herms estaba pálida, temblorosa, se sentía débil.
El se quedó en silencio, un silencio tenso que casi daba miedo.
Cuando Draco habló por fin, lo hizo en un tono frío y sereno, que helaba la sangre.
-¿Qué pasó? -preguntó Draco sin preámbulos.
¿Era tan transparente ella que con sólo mirarla ya sabía que le pasaba algo?, se preguntó Herms.
Herms se sujetó la toalla y fijó la vista en el impecable nudo de su corbata.
-¿Qué tal el viaje?
-El viaje no tiene importancia. Dime qué pasó -dijo él con tensión en la voz.
-Me quedé en la oficina para trabajar con un informe...
-¿Por qué hiciste eso si podrías haberte traído el disquete a casa?
Era una buena pregunta. ¿Por qué lo había hecho? Tragó saliva y vio que él se daba cuenta de ello.
-Unos hombres se metieron en el aparcamiento, a pesar de las medidas de seguridad.
-¿Te han hecho daño? -preguntó él, mirándola detenidamente.
Ella alzó una mano y luego la dejó caer.
-Sólo unos rasguños.
Draco se los había visto, evidentemente.
-Tranquila, Herms -le dijo él suavemente. Le acarició la mejilla con la palma de la mano-. Cuéntame todo desde el principio. Y no te olvides de ningún detalle.
La furia de Draco era evidente, y ella sintió miedo. No por ella, sino por lo que podría pasar si esa rabia salía fuera.
-Abrí la puerta del coche... Entonces alguien me sujetó por detrás, me empujó al coche y me metió en el asiento de atrás.
-Sigue... -dijo él severamente.
-Luego se me echó encima...
-¿Te tocó? -preguntó él con gesto tenso.
Ella tembló al recordar aquellos dedos sujetándole las muñecas mientras le abría la blusa.
-No del modo en que piensas.
Los ojos de Draco endurecieron la mirada.
-¿Llamaste a la policía?
Ella negó con la cabeza.
-No robaron nada. El coche no sufrió daños. Y a mí no me atacaron.
Draco le puso las manos en los hombros y luego las deslizó por sus brazos.
-La palabra «atacar» tiene muchos significados -dijo él, y siguió acariciándole los brazos.
Ella sintió pánico cuando Draco le tocó las muñecas. Él se las examinó y luego se las llevó a los labios y las besó.
Después, le bajó la toalla. Ella sintió miedo, porque sabía que él le vería la parte enrojecida de sus pechos.
Draco se puso furioso y apretó las manos en forma de puños.
Ella recordó que muchas veces había querido que él perdiera el control, pero no de aquel modo.
-Lo arañé bastante-explicó ella-. Y se echó atrás.
Había algo primitivo en la expresión de Draco que le daba miedo.
-Su propósito no era hacerme daño. Tenía un cómplice que llevaba una cámara de fotos.
Un brillo de depredador pareció alumbrar la mirada de Draco. Era una señal de la alerta.
El sonido del teléfono hizo que se sobresaltará.
Miró el teléfono del baño petrificada.
-Descuélgalo cuando yo levante el teléfono del dormitorio -le dijo Draco.
Ella hizo que lo que le ordenó. Lo observó atravesar la puerta del cuarto de baño y dirigirse al teléfono del dormitorio.
Ella descolgó el auricular.
-Herms Malfoy... -dijo ella.
-Hermione...
Herms sabía bien quién la llamaba, y apretó el auricular.
-Tifanny... -la saludó ella con cautela.
-Tengo en mi poder fotos que te muestran en una situación considerablemente embarazosa, mon enfant...
Herms se imaginó la sonrisa cruel de Tifanny al otro lado del teléfono, el tono de su voz la delataba.
-Mañana le enviarán copias a Draco por correo privado una hora después de que llegue. Las recibirá en cuanto llegue; junto con las fotos irá una ficha con los datos profesionales de Tony, un gigoló -hizo una pausa, y luego añadió con delicado énfasis—. También hay una lista de otros servicios que puede ofrecer y su precio.
Herms no podía creer que fuera el blanco de tanto odio.
-¿Te has quedado sin palabras, querida?
-Sin habla.
Se oyó una risotada al otro lado del teléfono.
-Si me hubieras tomado en serio, no habría habido necesidad de llegar a esto... -dijo Tifanny.
Herms apretó el teléfono.
-No te sorprendas de que Tony te pida más dinero por peligrosidad. Recibió un rodillazo en sus partes, y unos cuantos rasguños.
-Las fotos lo valen. Demuestra que tienes un poco de inteligencia, y empieza a hacer las maletas -sugirió Tifanny con dulzura fingida.
-Draco...
-Sufrirá un shock con las pruebas.
-Sí.
Hubo un silencio espeso.
-Puedes darme las fotos y la ficha personalmente, Tifanny -dijo Draco con voz suave desde el otro lado del teléfono-. Si eres lista, estarás esperándome en la puerta de tu casa con ellas en la mano dentro de diez minutos. Después de lo cual, le explicarás a Monique y a John que has recibido una llamada urgente de tu agente que reclama tu presencia. Muy urgente -continuó él-. Que tienes que reservar un vuelo para mañana. Yo me ocuparé del billete de avión... Si te atreves a poner un pie en Londres otra vez, te denunciaré por ataque y extorsión. Y no se te ocurra hacer una llamada de advertencia a tu Tony. No hay ningún lugar donde no pueda encontrarlo. ¿Has comprendido?
Draco dejó el teléfono. Ella colgó también. Fue incapaz de pronunciar una sola palabra cuando él estuvo a su lado nuevamente y la besó.
-Vuelvo enseguida -dijo Draco.
Y entonces se fue. Ella se quedó temblando. A los pocos minutos, oyó el motor del coche.
Herms se quitó la toalla y se puso un pijama de satén color marfil. Fue hacia la cama y levantó la colcha. Luego se sentó en la butaca frente al espejo del tocador y empezó a cepillarse el pelo.
Draco volvió a los veinte minutos. Ella lo miró.
-¿Dónde están las fotos? -ella apenas reconoció su propia voz. Apenas podía hablar.
-Las he destruido -dijo Draco suavemente.
-¿Las has visto? -preguntó ella.
-Sí -le dijo él, poniéndole las manos en los hombros.
Ella no pudo reprimir el llanto.
-Supongo que eran...
-Una basura.
-¿Habrías creído...?
-No -él le acarició la mejilla con un dedo-. La intención era hacerte un chantaje con ellas -le dibujó los labios-. ¿Cuál era el precio, Herms?
-Yo. Que te dejara -dijo ella con sinceridad.
La mano de Draco le acarició el cuello.
-¿Y tú creías que yo iba a dejarte marchar?
-Tifanny contaba con ello.
Los dedos de Draco se deslizaron hacia el botón de arriba del pijama y lo desabrochó, luego siguió con el otro. Y con el tercero y el último. Suavemente le quitó el satén.
Herms lo miró. Él estaba mirando las sombras rojas de sus pechos.
-Espero que el desgraciado ése de Tony haya cobrado bastante dinero, porque los médicos son caros.
Ella abrió la boca, luego la volvió a cerrar y pasó los labios suavemente por los de él.
Ella se estremeció al sentir el poder que irradiaba de Draco, y cómo se extendía a su alrededor.
-Has vuelto antes... -susurró Herms-. ¿Por qué?
-Porque no quería pasar otra noche sin ti -contestó él.
Ella dejó caer unas lágrimas. Sintió los dedos de Draco en el mentón, luego un beso suave en una mejilla, luego en la otra. En los párpados...
-No llores -dijo él.
Ella hubiera deseado decirle que lo amaba, pero se calló.
-Mañana nos vamos a Hawai -dijo Draco.
Ella iba a protestar y empezó a decir:
-La oficina...
-Pueden arreglárselas sin nosotros -le aseguró él mientras la abrazaba.
-El negocio con Gibson...
-John se ocupará de él.
-Draco...
-No digas nada -le ordenó él, la tumbó en la cama y la abrazó.
Ella sintió que su pulso se aceleraba al sentir la boca de Draco detrás de la oreja, cerca de la sien...
Se sentía segura, protegida. Por ahora eso le bastaba.
Herms extendió la mano hacia el nudo de su corbata, luego desabrochó los botones de la camisa.
-Necesito sentir tu piel contra la mía.
Draco le colocó las almohadas y se puso en pie. Ella observó cada uno de sus movimientos mientras se quitaba la ropa lentamente.
Luego él se acostó a su lado. Se apoyó en un codo y miró sus ojos azules, su boca...
-¿Quieres que hablemos?
Herms pensó que tal vez sería mejor hablar al día siguiente. Esa noche, ella necesitaba sentirse segura en sus brazos, su cuerpo íntimamente unido al de él.
Ella alzó un brazo y le acarició la mejilla. Lo miró intensamente, hasta que él no aguantó más, se inclinó y la besó.
Recorrió con su boca centímetro a centímetro, hasta llegar a su muñeca. Entonces le soltó la mano y se inclinó hacia su pecho para acariciarle las heridas con sus labios.
—Draco...
Él alzó la vista.
-Te necesito...-le dijo Herms.
Y vio en sus ojos la llama del deseo en su mirada.. Ella le rodeó el cuello, y su boca tembló bajo la de él.
La lengua de Draco invadió su boca y exploró todas sus partes, incluso las que Tony había dañado. Al besar la zona enrojecida, Draco se puso tenso y gruñó de rabia. Ella lo acarició para calmarlo.
Aquella noche hicieron el amor con reverencia. Ella hubiera gritado de felicidad.
Después, se durmió en sus brazos, con la cabeza descansando en el pecho de él.
