Los secretos de un merodeador.


Disclaimer: Los personajes y el mundo en que se encuentran adaptados son de la maravillosa J. K Rowling, yo simplemente he intentado reconstruir la historia de Los Merodeadores y todo lo que hubo antes de Harry Potter. Espero no errar tanto y que se mantenga fiel a lo que ella entregó como guía.


Capítulo X

Memorias.


1975.

Los pequeños copos de nieve que caían desde el cielo tiñeron de un moteado blanco el abrigo de Lily. La joven pelirroja había recogido su cabello con ambas manos y lo había colocado debajo de la capucha del abrigo. Caminó por el camino más largo hacía su casa, necesitaba tiempo para pensar en todo lo que había ocurrido, necesitaba aclarar su mente e incluso sus sentimientos, porque lo que había ocurrido hoy jamás se pasó por su cabeza.

Cuando estuvo de pie frente a su casa, iluminada con las luces de navidad, suspiró agotada, puesto que todo lo que había andando no consiguió calmar la lucha interna que se batallaba en su pecho. Para su desgracia —no encontró otra forma de definir la situación— la que le abrió la puerta fue su hermana Petunia, a quién menos deseaba ver en ese preciso instante, aunque claramente no la culpaba de lo sucedido.

—No es hora para que vengas llegando, papá y mamá se fueron a su habitación recién y estaban muy preocupados—le reclamó.

—¡¿Llegó ya Lily, Petunia?!—gritó desde el segundo piso la madre.

—¡Si, mamá, ya llegué!—respondió Lily, quién subía las escaleras cuando la mano de Petunia la sostuvo.

—¿Por qué traes los ojos hinchados?—frunció el entrecejo—. ¿Te fuiste a reunir con tu novio rarito?

—No es mi novio, ahora haz el favor de soltarme, Petunia—Lily la miró directamente a los ojos, en su mirada había un atisbo de amenaza. Por un instante Petunia se sintió intimidada, pero luego la desafió nuevamente con la mirada.

—No puedes hacer cosas raras en casa, Lily, así que no me amenaces—alzó una ceja, mientras su mandíbula se tensaba en una sonrisa llena de desafío.

Lily ignoró a Petunia, se soltó del agarre que tenía ésta y terminó de subir las escaleras. Al llegar a su habitación se aseguró de cerrar la puerta y trabarla con el cerrojo, para finalmente dejarse caer en su cama y largarse a llorar.

Severus seguía en el columpio, no le importaba en absoluto que estuviese nevando, de hecho una pequeña capa de nieve se había posado en los hombros de su chaqueta. Se la quitó bruscamente y siguió con la mirada pérdida en una de las calles por las que Lily se había marchado.

No tenía ganas de volver a casa, su madre y su padre seguían discutiendo por cualquier excusa. En el fondo Tobías Snape jamás aceptaría que su esposa y su hijo fueran magos, situación que a sus ojos, le hacía más vulnerable y con menos autoridad, por eso, cuando tenía oportunidad, alzaba la voz y en más de una ocasión golpeó a su mujer e hijo, para demostrar su superioridad. Severus, evitaba pensar en eso, pero hoy era un día muy negro y aquellos recuerdos también afloraban.

Severus recordó con una claridad sorprendente a la pequeña Lily, sentada en el mismo columpio en el que él se encontraba años después. Una hermosa niña de cabello rojizo jugaba a llegar lo más alto posible, superando con creces a su hermana menor. Recordó su primera conversación, cuando él le dijo que era una bruja. No pudo evitar sonreír a recordar su reacción. Ella le había dicho « ¿Te parece bonito decirle eso a una chica?».

Un perfecto copo de nieve cayó sobre su rodilla. Severus lo tomó con cuidado, sin ánimos de romperlo, quería preservarlo tal cual estaba. No quería dañarlo ni alterarlo, solo quería observarlo, tocarlo y que le perteneciese para poder preservarlo tan puro como el día que cayó sobre su rodilla.

—Lily—susurró.

Kreacher, que estaba limpiando el segundo piso de la casa número 12 de Grimmauld Place, encontró la puerta de la habitación del amo Sirius cerrada. Golpeó un par de veces, pero nadie respondió, por lo que ingresó a la estancia para ordenar la habitación del traidor a la sangre, como le habían denominado el resto de los miembros de la familia Black.

—¿Qué haces, Kreacher?—le preguntó Regulus al elfo.

—Amo Regulus, Kreacher entró a ordenar la habitación de su hermano, señor—respondió.

Regulus, quién solía evitar la habitación de Sirius, así como Sirius evitaba la de él, ingresó bajo la curiosidad de saber qué era lo que había sobre la cama de Sirius. Se acercó hasta que tomó el libro viejo que estaba allí. Revisó el empastado, pero este era tan antiguo que las letras doradas habían borrado el nombre del libro. Regulus pensó que no era propio de Sirius leer, mucho menos hacer tareas en vacaciones, por lo que algo debía de estar tramando su hermano. Abrió el libro sosteniendo la cinta que servía de marca página y se sorprendió al ver un dibujo en la hoja. El dibujo mostraba un rostro, mitad humano y mitad animal y el título decía: Animagos.

—¿Qué haces revisando mis cosas, Regulus?—dijo, desde el umbral, Sirius.

—Nada, solo me llamó la atención que tuvieses el libro del abuelo en tu habitación—sonrió Regulus.

—Solo quería leer una tarea de transformaciones—se justificó Sirius apresurándose a quitarle de las manos el libro a su hermano.

Conociendo a su abuelo, Sirius albergaba la ilusión que en él existiera algún indicio respecto a los animagos y la verdad es que no se equivocó, el libro contenía interesante información que, en caso de ser decodificada, podría ser útil. El único problema para Sirius era conseguir sacar el libro de la casa Black, más ahora que su hermano había descubierto el interés que tenía en él.

—Ya, transformaciones—dijo Regulus, antes de marcharse.

Una vez a solas en su habitación, hojeó el viejo libro. En él había notas respecto a algunos hechizos que su abuelo había mejorado, otros que había inventado y algunos que eran de exclusivo conocimiento familiar. Incluso, en esa reliquia de la familia Black, se hablaba de los animagos. El dilema, para el joven mago, consistía en descifrar los garabatos que su abuelo había escrito por el borde de las páginas. Asunto que lo tenía recluido tardes completas sin siquiera cenar. Lamentablemente, la cena de navidad no era un evento que pudiera omitir, por lo que se preparó para bajar al salón y reunirse con el resto de la familia.

—… pero aún no está en edad de servirle, sabes que debe pasar por mucho antes de serle útil y de seguro estará en el blanco de miradas en Hogwarts—le rebatía Walburga.

—Lo sé, pero Regulus tiene nuestra confianza… ¿No estarás sugiriendo que mandemos al inútil de Sirius?—dijo Orion, que no le importó ver en el umbral a su hijo mayor.

Sirius hizo caso omiso a lo que sus padres habían dicho, ingresó al salón y se sentó en el puesto que acostumbraba a ocupar. Por un incómodo momento, los Black permanecieron en silencio, mientras los elfos domésticos aparecían la comida en sus platos. La situación no mejoró, la familia permanecía comiendo en silencio y rara vez Orion le hablaba a su esposa respecto al menú.

—Quizá a Sirius le interese—dijo Regulus, luego de hartarse de la situación—. Si Sirius consigue lo que ustedes desean que haga, podrían darle a cambio lo que él necesita.

—Regulus—Orion le reprendió, mirándole directamente a los ojos.

—¿Qué?—alzó los hombros el joven Slytherin—. Conmigo no conseguirán mucho, Dumbledore sabe perfectamente las lealtades de nuestra familia, en cambio a él—apuntó a Sirius—, puede que se permita dudar de su lealtad al Señor Tenebroso.

—¡Yo no soy leal al Señor Tenebroso!—interrumpió Sirius—. Y no estoy dispuesto a ayudarles en nada.

La familia permaneció en silencio. Orion miró severamente a Sirius, quién hizo caso omiso de la indirecta que su padre le enviaba.

—Sirius quiere saber sobre los animagos, quizá acceda si le consigues esa información—le delató Regulus.

—¿De los animagos?—frunció el ceño Walburga—. ¿Qué quiere saber de los animagos?

—Supongo que cómo se convierten. ¿O no, Sirius?—sonrió Regulus.

—Yo no necesito información de los animagos, te dije que estudiaba para transformaciones—se justificó Sirius.

—Lástima—dijo Orion—. Yo conozco un grupo de animagos ilegales, de seguro estarían encantados de ayudarme si se los solicitara…—se silenció—, por un precio, claro está. Un precio que el Señor Tenebroso impondría por nosotros.

—Convertirte en mortífago y repara los daños que tú mismo has provocado entablando relaciones con sangre sucias y la gentuza de la casa esa dónde te pusieron—sentenció Walburga.

El joven Sirius no pudo responder nada, puesto que la puerta del salón se abrió de improvisto, viendo llegar a su tío Alphard, hermano de su madre, quién hacía entrada a la cena, como siempre, con retraso. Se disculpó vagamente diciendo que la red flu estaba con serios problemas y que preferiría en otra ocasión la escoba. Alphard, quién no era de agrado para Orion, se sentó entre sus dos sobrinos y pidió que se reanudara la conversación como si nada hubiese ocurrido.

—Es tu deber con los Black—sentenció Orion.

—¿Cuál es tu deber con esta familia, Sirius?—preguntó Alphard, para comprender el tema de conversación.

—No me convertiré en mortífago ni asesinaré a los magos y brujas provenientes de familias muggles—sentenció Sirius.

—Dile algo, Alphard—dijo Walburga—, has entender a este crío que debe dar honor a su familia, hazlo entender.

—Pues no soy quién para decirle al chico lo que debe hacer, eso debería hacerlo Orion, no yo—respondió Alphard.

La discusión fue el único tema de la noche y mientras más pasaban los minutos, más tenso se tornaba el ambiente y más arriesgadas se volvían las amenazas. Orion, que había perdido la paciencia con Sirius, le dijo que no dudaría en usar un Imperius con tal de que se reivindicara, mientras que el joven mago insistía en que no cambiaría de parecer.

—Basta—dijo Alphard—, deja que el chico lo consulte con la almohada y mañana te dará una respuesta.

—¡Que no tiene qué pensar!—gritaba Orion fuera de sí—. ¡Este crío malnacido, desagradecido y traidor a la sangre debe hacer lo que se le ordena! ¡Vive bajo mi techo y me debe obediencia!

—¡Pues si tanto te importa donde viva, encantado me voy de tu casa!—le gritaba Sirius, mientras que Alphard le sostenía de un hombro para que no se marchara en ese preciso instante.

—¡Te voy a mandar a las mazmorras de los Malfoy!—gritaba Orion—, allí aprenderás lo que es amar a tu línea sanguínea, por las buenas o por las malas.

—Ya, ya. Aquí nadie va a ir a ningún sitio—dijo Alphard—. ¿No es así, Walburga?—ésta no dijo nada—. Será mejor que los chicos suban a sus habitaciones, mañana de seguro que Sirius habrá cambiado de parecer.

Sirius estaba dispuesto a replicar, pero su tío le presionó el hombro lo suficientemente fuerte para que se callara y se marchara en silencio, junto a Regulus.

Esa noche, Lily no fue capaz de conciliar el sueño. Desde su discusión con Severus todo se había complicado, todo dolía más y nada parecía suficiente. Quería a Severus, él fue su gran apoyo en momentos en los que no entendía nada y a su vez, ella estuvo para él cuando la necesitó. Habían sido el apoyo fundamental del otro y sin darse cuenta, anhelaban la compañía de quién le aconsejaba para bien. Aquel que no hizo diferencias con ella por ser hija de muggles y que ahora soltaba a la ligera aquella horrible palabra: sangre sucia. Severus ya no era el mismo crío que ella conoció y eso era algo que no podía obviar. En su mente, los recuerdos de su infancia con Severus. Recuerdos que eran tan vívidos que Lily cerró los ojos y se dejó llevar por ellos.

—¿Y nos la traerá una lechuza?—preguntó Lily en voz baja.

—Normalmente llega así. Pero tú eres hija de muggles, de modo que alguien del colegio tendrá que ir a explicárselo a tus padres.

—¿Tiene mucha importancia que seas hijo de muggles?

—No—respondió—. No tiene ninguna importancia.

«No, no tiene ninguna importancia, Severus. Eso me decías, eso me hiciste creer y ahora, ahora parece tener importancia, una que ahora nos separa» pensó Lily mientras cubría sus ojos con el antebrazo para ocultar sus nacientes lágrimas. Apagó la luz y se volteó en la cama, intentando conciliar el sueño.

—Sirius—una voz lejana le hablaba—. Sirius, despierta.

Aquella mano que le movía desesperadamente, parecía tener conexión con la voz lejana que estaba oyendo. Con dificultad abrió sus párpados, pero fue incapaz de enfocar aquel rostro que tenía frente a él. Era su tío Alphard.

—Tío—murmuró Sirius, somnoliento—. ¿Qué haces aquí?

—Debes marcharte, hijo—le dijo ayudándole a sentarse en la cama—. Tu padre ha enviado una lechuza a los Malfoy para que te reciban en sus mazmorras.

—¿Qué?—frunció el ceño Sirius, que aún estaba medio dormido.

—Debes marcharte, no querrás caer en manos de Abraxas Malfoy, por lo que sé, está experimentando una nueva forma de tortura, hijo—le decía su tío—, será mejor que te marches. ¿Tienes donde ir?

—No, tío—murmuró Sirius, alzándose de la cama—, pero ya lo arreglaré.

—Cualquier sitio es mejor que este. Toma Sirius—extendió su mano. En ella había una pequeña bolsa—. Espero que con esto te baste para los primeros días, si necesitas más solo mándame una lechuza.

—Gracias, tío—dijo Sirius una vez de pie.

—No hay de qué, chico—sonrió Alphard—, sabes que eres mi sobrino favorito. Pero ahora debes marcharte, estaré en el vestíbulo esperándote.

Una vez a solas, Sirius se vistió rápidamente, recogió todo aquello que necesitaba para Hogwarts y una que otra cosa que quería conservar, aunque en ese momento en sus pensamientos no había cabida suficiente para cosas materiales, solo buscaba su utilidad y las empacaba. Debió hacer un encantamiento agrandador a su maleta y finalmente consiguió cerrarla. Antes de salir, miró su habitación y contrario a lo que pensó, no se lamentaba en dejarla.

Una vez en el vestíbulo, agradeció a su tío una vez más por todo lo que estaba haciendo por él, le preguntó si estaría bien y si no corría peligro al estarle ayudando en ese momento.

—Tus padres no pueden hacerme nada—sonrió—, pero a ti si, así que será mejor que te marches pronto antes que alguien se levante.

En ese preciso instante, Alphard alzó su varita apuntando detrás del sofá de la estancia. Preguntó quién andaba ahí, pero nadie respondió, volvió a formular la pregunta y entonces ante ellos apareció Kreacher, el elfo doméstico.

—¿Dónde va el amo Sirius?—preguntó el elfo.

—No es de tu incumbencia, Kreacher—dijo Alphard, hostilmente.

—El amo Orion y la ama Walburga de seguro…

—No te entrometas, Kreacher, si no quieres ser castigado—volvió a advertir Alphard.

Kreacher se fue reclamando respecto a los traidores de la sangre y otras cosas inteligibles en ese momento, para Sirius y Alphard.

Sirius abrazó a su tío, dándole las gracias por todo, mientras que Alphard le recomendaba no irse por lugares demasiado solitarios, que evitara enviarle lechuzas durante lo restante del mes y que él se encargaría de contactarlo, donde quiera que estuviera y que solo le escribiera mientras estuviera en Hogwarts. El joven Gryffindor estaba por abrir la puerta, cuando su tío le volvió a detener.

—Olvidaba esto—le tendió un pergamino—. Me enteré que querías saber algo de los animagos, quizá esto te ayude. Ahora vete, hijo.

Sirius, que llevaba su maleta de Hogwarts llena y además a su vieja lechuza en su jaula, caminaba tan rápido como podía. Pensaba en dónde podría ir, primero pensó en ir a casa de Remus, pero de seguro tendrían suficientes problemas como para recibirle. No es que los Lupin no fueran amables, todo lo contrario, pero con Remus en casa, de seguro sería complicado recibirle a él también. Y ni pensar en marchar a la casa de los Pettigrew, nunca se habían llevado bien con los Black y de seguro Peter se excusaría al respecto. Y sabía que su mejor opción era irse a casa de James, sabía que el señor y la señora Potter eran dos personas muy amables, pero no había querido ir a molestarles ni abusar de su confianza, aunque en su mente escuchaba lo que James le diría si se enterara que se fue a quedar a un hostal para magos en vez de irse a su casa, por lo que decidió irse a casa de los Potter, el problema era ¿Cómo llegar allí? Recordaba tener un par de cartas de James en la maleta, pero esta estaba tan llena que encontrarla sería un caos.

Se sentó en la vereda y abrió su maleta. Estaba llena y con el encantamiento, aún había más cosas de lo que cabría esperar, por lo que mirando aún el caos, desistió de la idea de buscar la dichosa carta, hasta que recordó un método mejor.

Accio carta de James—apuntó con su varita.

En ese instante salió desde el fondo de la maleta una pequeña carta. Allí aparecía, en la parte reversa del sobre, la dirección de James Potter. Por lo que ahora todo se hacía más fácil para Sirius, aunque el problema principal no estuviese resuelto. Caminar era lo que debía hacer, el problema era hasta dónde debía hacerlo. En ese momento hubiera amado la idea de tener una chimenea para viajar por red flu, pero no la tenía y volver a su casa sería una pésima idea, además su padre tenía controlada la red. Mientras cerraba a duras penas la maleta, sintió un extraño ruido proveniente de la calle, alzó la mirada y frente a él estaba el más extraño autobús que hubiese visto nunca. El autobús tenía tres pisos, estaba cubierto con una pintura morada y en un costado con letras doradas se leía: Autobús Noctámbulo. Las puertas chirrearon al abrirse y un hombre delgaducho de nariz ganchuda se bajó de él. Parecía somnoliento y llevaba una barba de aproximadamente tres días.

—Bienvenido al autobús Noctámbulo, alargue la varita, suba a bordo y le llevaremos donde desee—dijo el hombre.

—Me puede llevar aquí—le entregó el sobre de la carta de James. El chico miró la letra.

—¿Acaso no he dicho "donde desee"?—le preguntó mientras tomaba su maleta y la subía al autobús.

Una vez asignada su cama, Sirius sintió vértigo al sentir a la velocidad que el autobús transitaba. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y allí encontró el pergamino que su tío le había entregado. Debatiéndose si era un lugar seguro para leerlo o si era mejor esperar, mantenía su mano en el bolsillo. Se aseguró que nadie le estuviese mirando, pero se dio cuenta que todos roncaban, por lo que sacó el pergamino de su bolsillo y lo desdobló. Éste decía:

«Si deseas obtener información respecto al tema que tu hermano dijo que deseabas saber, debes ver aquello que el resto de los ojos no ven»

Los otros dos pergaminos restantes estaban vacíos…


Lumos!

Juro Solemnemente que mis intenciones no son buenas.

Espero que todos estén de maravilla, la verdad es que no había podido subir capítulo antes porque estaba en una fiesta de navidad para los niños de donde vivo, entonces no me había podido sentar a terminar el capítulo. ¡Pero aquí está! Espero sus lechuzas, como siempre me tiene muy contenta su recepción a este fic, aunque lamento que no todos dejen sus mensajes para saber si les gusta o qué les pareció el capítulo. Para mí es importante.

Con cariño.

Manne Van Necker.

Nox!

P/D: El ministerio de magia avala que para pasar una linda navidad y un próspero año nuevo deben dejar reviews en este capítulo o sino un dementor os visitará en ambas fechas.