Los secretos de un merodeador.
Disclaimer: Los personajes y el mundo en que se encuentran adaptados son de la maravillosa J. K Rowling, yo simplemente he intentado reconstruir la historia de Los Merodeadores y todo lo que hubo antes de Harry Potter. Espero no errar tanto y que se mantenga fiel a lo que ella entregó como guía.
Capítulo XI
Callejón Diagon.
1975.
Contrario a lo que cabía esperar, las brujas y magos de todo el Reino Unido no estaban de vacaciones en otros sitios, sino que se reunían en el Callejón Diagon para hacer compras posteriores a navidad, así como también disfrutar de la compañía de sus amigos. El ulular de las lechuzas, el maullar de los gatos junto con el croar de las ranas, se mezclaban con el cuchicheo de magos y brujas que paseaban por el estrecho callejón.
—¿Dónde está Marlene?—frunció el ceño, Lily.
—Debe haberse quedado a comprar Corazón de Bruja—sonrió, Alice—. Ya después se reunirá con nosotras.
—¡Ah, como detesto la aglomeración que se produce en estas fechas! No sé cómo me dejé convencer por ustedes—rodó los ojos.
—Ya, no es tan malo. Hay buenas ofertas en esta época, además que es útil cuando no has comprado todos los regalos de navidad.
—Solo espero que Marlene vuelva pronto—bufó Lily.
James Potter caminaba junto a Sirius y Remus, mientras se abrían paso en la vitrina para mirar la nueva Saeta de Fuego, el último modelo que habían sacado poco antes de Navidad y que aún relucía en la vitrina. Embobados por la alineación de las ramas de la cola y del lustre que poseía la escoba, entraron a la tienda, haciéndose paso entre los jóvenes que estaban maravillados con los artículos de Quidditch que podían encontrar.
—Dijiste que iríamos a un lugar donde se pudiera hablar, James—le reclamó Sirius.
—No hay mejor lugar para hablar que aquí, donde todos están distraídos con los maravillosos artículos, ni Gringotts podría ser más seguro—aseguró.
Quizá el joven Potter tuviese razón, el ajetreo de la tienda y sus novedosos artículos hacían que cualquiera se entretuviera entre ellos y pocos o ninguno estarían dispuestos a perder su tiempo escuchando los murmullos de un grupo de chicos que estaba en un rincón de la tienda fingiendo ver los uniformes de Quidditch. Pero, podrían estar equivocados.
—¿Por qué tanto alboroto?—preguntó Remus.
—Sirius lleva días teniéndome en ascuas porque no quería repetir la misma historia una y otra vez—reconoció, James.
—Y tendrá que hacerlo, ya que Peter no pudo venir—susurró, Remus.
—Si, si, como sea—les interrumpió Sirius—. Mi tío antes de marcharme, me dejó esto—extendió el pergamino en el cual se leían las mismas letras que había visto el primer día.
«Si deseas obtener información respecto al tema que tu hermano dijo que deseabas saber, debes ver aquello que el resto de los ojos no ven»
—¿Entonces?—dijo James, quitándole de las manos el pergamino a Remus.
—Lo que contiene este pergamino podría ser la respuesta a nuestra interrogante—dio énfasis a la palabra—. Ya saben.
—¿Siguen insistiendo con ser animagos?—susurró, Remus.
—Sabes que si—le miró James—, y no creas que es solo por ti, Remus, pero ser animagos es la onda.
—¡Cállense!—le reprendió Sirius—. No es como llegar y andar gritando a medio mundo lo que planeamos.
—Es un lugar seguro—sonrió, James—, nadie está pendiente de nuestra conversación, todos están embobados con la Saeta.
Remus sacó su varita y cubierto por los cuerpos de Sirius y James, pronunció suavemente «Aparecium», pero contrario a lo que esperaba Remus, en el pergamino no se apareció nada, de hecho permanecía tan inmutable como al principio.
—Eso ya lo intenté—rodó los ojos Sirius—, he intentado de todo, pero no hay caso, sigue igual.
—¿Has intentado contactar a tu tío?—preguntó Remus.
—Dijo que él se comunicaría conmigo, aún estoy esperando—reconoció.
—Dame una pluma—pidió James—. He visto a mi papá hacer esto, quizá funcione.
Remus, que solía llevar de todo en caso de ser necesario, sacó del bolsillo de su capa, una pluma en perfectas condiciones, mientras que Sirius negaba con su cabeza mientras sonreía.
—¿Qué haces?
—He visto que existen pergaminos que absorben la tinta para luego revelar aquello que tienen oculto—explicó James, mientras esperaba.
—Nada—dijo Sirius, decepcionado.
—Será mejor que nos marchemos, ya luego buscaremos el misterio del pergamino—dijo Remus, cogiendo las hojas y doblándolas para luego echarlas en el bolsillo de su capa, que tenía un encantamiento de extensión indetectable.
Les costó abandonar la tienda, aún más de lo que les costó ingresar. Magos y brujas eran empujados por sus hijos para que observaran la Saeta de fuego, muchos de ellos armaban berrinches dentro del local, pidiéndoles tantas cosas como fueran capaces de enumerar sin respirar, algunos llegaban al extremo de ponerse azules.
—¿Marlene?—preguntó James a una chica que había pasado a su lado.
—Potter—se limitó a responder a modo de saludo.
Inevitablemente, los tres jóvenes se quedaron mirando. Todos esperaban que Marlene no hubiera escuchado su anterior conversación, por lo que la miraron como si quisieran adivinar en su rostro la respuesta. Pero el anguloso rostro de la chica no develó ningún secreto oculto, más que el que todos sabían: les detestaba profundamente.
—¿Vienes sola?—se aventuró a decir James.
—¿Acaso te importa?—alzó una ceja, desafiante.
—En realidad no—reconoció James, reanudando su camino.
La respiración de Marlene se mantenía entrecortada, había escuchado todo aquello que los chicos habían dicho y aunque no fuese capaz de comprenderlo todo al instante, si consiguió descifrar la más central de sus extrañas ideas y gracias a eso podía comprender aquellas extrañas actitudes que habían tenido últimamente estos chicos.
«¿Animagos? Así que Potter y su séquito quiere quebrar las leyes más allá de Hogwarts…—pensó Marlene—. Un buen momento para hacer justicia por lo de Lily» No hizo falta más, Marlene puso en andas un breve, pero eficaz, plan para coger el dichoso pergamino. Estaba segura que el tumulto de personas que se paseaba por el callejón Diagon sería más que suficiente para cubrir sus oscuros deseos y llevarla a la misma victoria.
Entre el gentío de brujas y magos, se encontró con los tres amigos, no fue difícil distinguirlos ya que James estaba riéndose exageradamente de vaya a saber uno qué cosa. Marlene se acercó al grupo de muchachos, lo hizo con sigilo, asegurándose de que nadie se percatara de su extraña actitud. No tardó en conseguir un lugar privilegiado en dónde el alcance del bolsillo de Remus era más fácil para su cometido.
«¿Dónde estás, pergamino? Vamos, vamos—pensaba—, ¿dónde te ha metido Lupin, dónde?» pero su mano rebuscaba en un bolsillo que era más grande de lo que realmente parecía. Mientras revisaba se topó con varios objetos que parecían demasiado grandes para estar en el bolsillo de Lupin. En dos ocasiones tuvo que quitar la mano, puesto que Remus se había movido.
Su corazón latía a tal velocidad, que tenía miedo que su zumbido alertara a los jóvenes de su presencia y de sus intenciones. Fue entonces, cuando ya casi perdía las esperanzas de conseguir el pergamino, que recordó un pequeño hechizo que le ayudaría a salir del apuro.
—Accio pergamino de Sirius—susurró, acercando su varita al bolsillo.
En ese preciso instante se materializó en su mano el mismo pergamino que había visto minutos atrás. Era el pergamino que Sirius había mostrado al resto. Sin pensarlo dos veces, se alejó lo más rápido que pudo del grupo de chicos que seguía riéndose.
«¿Qué sería que lo que no podían encontrar en el pergamino? Quizá deba mostrarle a Lily lo que contiene, entre todas podríamos obtener alguna respuesta, incluso antes que Potter y su séquito.» Marlene caminó por el estrecho callejón, de vez en cuando miró hacia atrás para verificar si la estaban siguiendo. Cuando finalmente se encontró con sus amigas, que al parecer se marchaban sin ella, se sintió aliviada de haber conseguido alcanzarlas para contarles lo que le había ocurrido.
—¡Alice, Lily!—gritó, haciéndose espacio entre las personas que abandonaban el Callejón Diagon.
Ambas chicas se voltearon y se sorprendieron a ver que Marlene les estaba haciendo señas a cierta distancia. Una vez que las alcanzó, se agachó e intentó obtener el suficiente aire para recobrarse de su esfuerzo para alcanzarlas.
—¿Dónde te has metido? ¡Te hemos buscado por todas las tiendas!—le reclamó Lily—. Mis padres nos están esperando, sería bueno que nos apresurásemos o llegaremos tarde a la cena.
—Lo siento—respondió Marlene, una vez que controló su respiración—. Es que no me van a creer con quién me encontré…
—Ya, pero hablamos eso luego, chicas—interrumpió, Alice—. Por ahora lo mejor es apresurarnos a coger el tren.
Lily se quedó mirando a Marlene, mientras ésta se ponía de acuerdo con Alice para cruzar el callejón todas de la mano, así no se perderían. Había algo en Marlene que era diferente, estaba entusiasmada con estar en Callejón Diagon y conociéndola, sabía que algo era extraño. A Marlene no le gustaban los tumultos de personas, solía ser grosera con quién se encontrara en su camino, digamos que no era del tipo de personas que es miel y avena, no es más bien del tipo amargo-ácido, que se gana el cariño por su lealtad más que por su simpatía. Esa tarde estaba demasiado simpática para ser bueno…
—Lo siento—respondió automáticamente, Lily.
El chico la quedó mirando directamente a los ojos. Habían chocado entre el tumulto de personas y en ese pequeño lapsus, había soltado la mano firme de Marlene. Lily no tardó en reconocer al chico, era Flinn Avery, del mismo curso de Severus, también era un Slytherin.
—Gentuza—murmuró, antes de marcharse sin siquiera disculparse.
—¿Estás bien?—preguntó, Alice.
—Si, lo estoy—sonrió Lily, sobándose el brazo donde habían colisionado.
Miró hacía donde se había marchado el Slytherin y entre la gente, le vio. Era alto, no era difícil identificarle desde donde ella se encontraba. Se percató de que se había reunido con otro grupo de chicos, los reconoció de inmediato como estudiantes de Slytherin. Al parecer estaban esperando a alguien, estaban a mitad de Callejón, todos tenían sus rostros serios, incluso con el ceño fruncido. Marlene y Alice comenzaron a tironearle las mangas de su ropa, pero ella insistió en quedarse un momento más. Quizá no debería haberlo hecho, porque al chico que estaban esperando era a Severus Snape. Su amigo, si es que aún podía llamarlo así, se reunió con ellos y todos juntos se perdieron entre la gente, hasta que lo último que vio de ellos fue cuando se acercaron hacía la callejuela que conectaba a otro gran callejón, el Knockturn. Lily había oído cosas acerca de ese callejón. Allí solo iban los magos oscuros para comprar artilugios de esa procedencia, en ese callejón había brujas y magos que colaboraban con el que no debe ser nombrado. Ir a chismosear era muy peligroso, a no ser que no fueras solo de chismoso, sino que hubieras sido invitado allí, que hubieras recibido una citación junto a magos oscuros… «Severus, ¿hasta donde has llegado?» pensó Lily, antes de sentir que Marlene y Alice la empujaban a la entrada del Caldero Chorreante.
—¿Qué te ha pasado, chica?—le reclamó Marlene—. No es como si le estuvieras haciendo un encantamiento de contacto visual al idiota que te empujó, ¿o si? —Lily no respondió—. ¡Hey, chica!
—¿Qué?—preguntó, distraída.
—Olvídalo, chica—rodó los ojos, Marlene.
—¿Estamos muy apresuradas?—preguntó Alice—. Muero por una cerveza de mantequilla.
—La pediremos para llevar y nos vamos a la estación—respondió, Lily.
Mientras Marlene pedía las tres cervezas de mantequilla para llevar, el vendedor le quedó mirando como si esta bromease. Usualmente los clientes no pedían sus refrescos para llevar, aunque estaba la opción. Marlene le miró y sostuvo su mirada, hasta que el vendedor fue por las tres cervezas de mantequilla para llevar, no de buena gana.
—Alice—le llamó Lily—. ¿Es cierto lo que se dice del callejón Knockturn?—susurró.
—¿Por qué lo dices?—susurró, Alice.
Últimamente nadie hablaba mucho de ese callejón, todos sabían que allí se escondían las grandes y más oscuras alianzas con El que no debe ser nombrado, así que solían fingir como que ese callejón no existía y nunca nadie mencionaba si iba allí por algún motivo, mucho menos se apuntaba a las personas que ingresaban constantemente allí, por miedo a las represalias o por hacer una acusación infundada. Todos aquellos propietarios que habían tenido tiendas decentes de herbología, habían cerrado sus tiendas en el callejón y se estaban mudando a un nuevo espacio que estaban destinando cerca de Gringotts. Todos los magos y brujas sabían lo que allí ocurría, pero nadie tenía el valor de decirlo en voz alta, como todo lo que ocurría con el que no debe ser nombrado.
—Es solo que vi a alguien entrar allí—reconoció.
—Si no estás segura de quién se trata, será mejor que no lo menciones. Ya sabes lo que pasa con aquellos que han acusado a personas que asisten al Knockturn—susurró.
—¿Será cierto?—murmuró más para ella que para Alice.
—Si, mi papá dice que han hecho varias redadas al callejón y que han encontrado varios mortífagos allí, incluso hace un mes prohibieron al profeta publicar la muerte de un auror en el callejón. No quieren que las fuerzas oscuras se enteren de las medidas que toma el ministerio, así que todo es secreto—le respondió Alice, preocupándose de que no hubiese nadie cerca.
«Mortífagos. Entonces es cierto. Severus no estaba mintiéndome, ahora él es uno más de ellos»
Una vez que las cervezas estuvieron listas, las pagaron y se marcharon del Caldero Chorreante. Marlene se fue todo el camino reclamando por la atención del muchacho del local, mientras que Alice estaba en silencio, preguntándose en su interior si había hecho bien diciéndole a Lily lo que su padre le había confesado. Cada una tenía lo suyo que pensar, por lo que en el camino la única que habló fue Marlene, hablaba para evitar pensar en lo que tenía en mente. De vez en cuando se tocaba la capa y se aseguraba que allí aún estaba el pergamino. A estas alturas Potter y su séquito se debería haber dado cuenta del robo, o quizá no.
—¿En tren?—frunció el entrecejo, Sirius—. Pensé que usaríamos la Red Flú.
—¿Qué tú no lees El Profeta?—le preguntó Remus—. La Red Flú y las escobas no son un medio de transporte seguro, el ejercito de ya sabes quién esta intentando intervenirlos, ni siquiera los medios de transporte muggles son seguros, pero en estos momentos es lo más seguro.
—¿Entonces por qué salimos?—dijo Sirius.
—Porque quedarse en casa tampoco es seguro—intervino James.
—Por lo menos en este tiempo perdido podríamos intentar descifrar lo que dice el dichoso pergamino—acotó Sirius.
Alice, Marlene y Lily caminaron entre los vagones, aún quedaba suficientes estaciones como para buscar donde sentarse, luego de la última estación, tendrían que hacer un cambio de línea para coger el tren que les llevaría a casa de Lily, donde todas tenían planeado quedarse a dormir por un par de días. Algo que para Lily era bueno, para su madre era maravilloso, mientras que para su hermana era un suplicio. Así eran las cosas en la casa de los Evans.
—Este vagón está bien—reclamó Lily—. ¿Sentémonos?
—Hay demasiados muggles—murmuró, Alice—. Veamos en el siguiente.
Para Lily no tenía sentido cambiar de vagones a cada momento, de hecho si hay muchos muggles o no, es irrelevante, obviamente habrían muchos porque era su sistema de transporte, no el de las brujas y magos, aunque después de lo que le había contado Alice, respecto a el que no debe ser nombrado, no se admiró de ver que muchos brujas y magos estaban usando el sistema de transporte muggle.
—Ahora si—sonrió Alice—, este vagón está bien.
En ese preciso instante, Marlene vio lo que menos se imaginó. En unos asientos casi al final del vagón estaban Potter, Lupin y Black, no tenían muy buena pinta, parecían algo exaltados y ella creía saber por qué. Tomó a Alice y a Lily del brazo y las obligó a salir del vagón para volverse al anterior.
—¿Qué haces, Marlene?—frunció el ceño, Alice.
—Volvamos al vagón anterior—suplicó en susurros, Marlene.
—No, éste está bien—insistió Lily, cansada de pasearse por todos los vagones del dichoso tren.
—Anda, no sean porfiadas y marchémonos del vagón, el anterior estaba muy bien, por favor—susurraba, suplicándoles a sus amigas.
Entonces Lily comprendió la insistencia de su amiga, miró el vagón por completo, debía haber algo que a ella no le gustaba, como para querer marcharse. Entonces lo notó. Estaba allí Potter, Remus y Sirius.
—Alice, marchémonos, Marlene tiene razón, el otro vagón estaba bien—susurró, volteándose antes de que la viesen, pero fue demasiado tarde.
Mientras Remus estaba desesperado buscando en sus bolsillos el dichoso pergamino, Sirius hacía lo propio. Solo James, que no lo había cogido, estaba pendiente de si los muggles del vagón se daban cuenta de que Remus estaba sacando una cantidad incalculable de objetos que eran imposibles de llevar en un simple bolsillo. Entonces, entre los jadeos desesperados de Remus y los gritos reprimidos de Sirius, vio allí en el vagón a Lily Evans, que estaba acompañada de sus amigas de siempre. En el preciso momento que se iba a levantar para saludarla, ella le miró con sus grandes ojos verdes. Podría haber dicho que su corazón se detuvo, pero no fue así, lo que se detuvo bruscamente fue el tren.
Los chirridos del tren al detenerse fueron tan desagradables que las muchachas prefirieron cubrirse los oídos en vez de sostenerse. Los muggles no comprendían qué estaba ocurriendo, ellos tampoco lo sabían, hasta que vieron las columnas negras de lo que parecía humo pasar alrededor de los vagones.
—¡Fuego!—gritó un muggle—. ¡Hay fuego en el tren!
«Fuego, ¿en serio? Muggles, que maravilla no saber nada de lo que realmente pasa.» pensaba James, mientras buscaba su varita.
—¡Debemos bajar del vagón!—gritó Lily, convenciendo a los muggles que estaban allí, que lo mejor era abandonar el vagón.
Increíblemente, para sorpresa de Lily, tanto como para sus amigos, los muggles le hicieron caso. Intentaron abrir las salidas de emergencia del vagón, pero les fue imposible. Algunos desesperados intentaron romper los vidrios.
—¡Quizá en el otro vagón se pueda escapar!—intervino Alice.
Fue entonces como todos los muggles abandonaron el vagón, justo a tiempo para que Alice, Marlene y Lily sacaran sus varitas. Lo propio habían hecho los chicos. Todos se reunieron a la mitad del vagón, fue por instinto. Estaban esperando la llegada de los mortífagos.
—Con ustedes siempre hay problemas, ¿no?—dijo Marlene más preocupada del pergamino que de los mismos mortífagos.
Los seis jóvenes magos y brujas formaron un círculo, todos con sus varitas en mano, estaban esperando el momento en que un mortífago entrase por alguna de las puertas del vagón. Nadie decía ni una sola palabra, aunque a todos les latía el corazón tan fuerte que el zumbido de cientos de panales de abeja se quedaría silenciado en un instante.
Los mortífagos se paseaban alrededor de los vagones, de seguro estaban buscando a alguien en especial, aunque no sabían a quién, el simple hecho de ser magos y brujas, les ponía en peligro. Ninguna de sus familias servía al Señor Tenebroso, excepto la de Sirius, pero todo el mundo sabía las lealtades del joven Black, por lo que no se podían sentir seguros. Ninguno.
A sus espaldas oyeron los vidrios quebrarse, se voltearon todos para encontrarse con un mortífago que caminaba por el vagón con una seguridad aterradora. Lily intentó reconocerlo, pero llevaba una máscara que cubría su rostro. El joven hombre era tan alto que tocaba el techo con su cabeza y en ocasiones se agachaba para no tocarlas lámparas. Su sonrisa era tan aterradora como su apariencia, entonces se acercó a Lily, tanto, que ésta pudo sentir su hálito sobre su rostro.
—Mmm—dijo absorbiendo el aroma de Lily—. Carne fresca.
Al ver sus dientes tan cerca de ella, pudo reconocer sus facciones, aunque no estaba del todo segura creyó haberle visto en el profeta en un aviso de "se busca", pero no recordó el nombre.
Potter se interpuso, entre Lily y el mortífago. Al hombre no le gustó la actitud del joven mago. Alzó su varita para lanzarle un hechizo, cuando sintió unos pasos detrás de él. Era otro mortífago, igual de joven que el primero.
—¿Están aquí?—dijo, observando a su alrededor.
Lily intentó recordar aquella voz, le parecía familiar, pero al llevar la máscara le pareció difícil saber de quién se trataba, hasta que vio su ropa. Era el mismo chico con el que había chocado en el callejón Diagon: Flinn Avery.
—No—gruñó el hombre—, pero tenemos con qué entretenernos.
Avery se envaró al ver que quienes estaban allí eran sus compañeros de Howgarts, todos de Gryffindor, pero al fin y al cabo no le habían reconocido. Eso creía, ya que llevaba la máscara de mortífago, para variar encontrarse con Evans, era el último pasatiempo que había adquirido. «Snape estaría feliz en éste vagón» pensó Avery.
—Entonces marchémonos—dijo el joven Slytherin, antes aproximarse a la salida del vagón.
Potter seguía apuntándole con la varita al mortífago, éste hacía lo propio con la suya. Habían venido buscando específicamente a un mago que había asesinado a dos mortífagos hace tres días, pero al parecer se habían equivocado de tren porque no estaba en éste.
En ese preciso instante se reunieron otros dos mortífagos en la salida del vagón. Ninguno de los Gryffindors bajó sus varitas, estaban atentos a todo lo que sucediera, ante cualquier ataque de los mortífagos, ellos responderían.
—¡Hey, chico!—llamó el mortífago a Avery—. ¿Éste no es Sirius Black?—dijo mirando a Sirius.
Avery, junto con los otros dos mortífagos, se acercaron al grupo. Avery sabía los nombres de cada uno de los que estaba allí, pero no quería hablar más, no quería arriesgarse a ser reconocido, después de todo, su gran misión estaba dentro de Hogwarts, junto con sus otros dos compañeros, hablar de más y reconocer a Black, solo implicaría que pudieran reconocerle a él.
—No sé—mintió, Avery.
—Pues acércate a ver, tú también—apuntó al otro mortífago que estaba más distante que los demás—. Reconózcanle bien, su padre está dando una cuantiosa suma de dinero a quién le devuelva a casa.
Sirius no le permitió acercarse más, le apuntó directamente a la máscara. Si daba un paso más, le lanzaría un hechizo.
—¿A quién pretendes asustar con esa varita?—le gruñó el mortífago—. No seas niñato, no me costaría nada llevarte ante tu padre…
—Ya basta—dijo el mortífago que se había alejado del grupo—. Aquí no está el mago que andamos buscando, podemos marcharnos.
El corazón de Lily se detuvo por un milisegundo. Esa voz ella la conocía muy bien, estaba tan segura como si de su nombre se tratara. Era Severus, Severus estaba allí, con la máscara puesta. Ya no había dudas, se había convertido en mortífago y estaba allí, frente a ella, evitando su mirada y encorvando su figura.
—Aun así, llevarnos a Black no estaría mal y estoy seguro que esta cara bonita está entre el listado de los sangre sucias—dijo, caminando hacía los otros mortífagos—. ¿Qué te parece a ti?—posó su mano sobre el hombro de Snape—. ¿Es ella una sangre sucia y ese es la oveja negra de los Black?
Severus intentó respirar con cierta tranquilidad, sabía que esa era una cruel prueba, pero si Avery no había hablado, él tampoco lo haría, mucho menos si allí estaba Lily. Jamás pensó que ella estuviese en el tren, de haberlo sabido le habría advertido, pero ¿le habría escuchado ella? No, quizá no. Ahora estaba con Potter, ¿qué hacía ese maldito de Potter en el tren con Lily? Deseaba preguntárselo, pero no podía, cualquier paso en falso y Lily podría terminar herida. Y él no quería eso, aunque le habría encantado darle su merecido a Potter, de seguro él y sus amigos ahora no se podrían burlar de él, no siendo él un mortífago. Tuvo que morderse la lengua para no soltar un par de maleficios imperdonables a Potter.
—No—respondió categórico—. Y no hemos venido a por ellos. Será mejor marcharnos e ir a buscar al mago.
Dicho esto, se marchó del vagón dejando una estela de humo negra a su paso. El resto de los mortífagos hizo lo mismo. Dejaron vacío el vagón. No tardaron en volver las luces y los muggles volvieron a la normalidad, como si nada hubiese ocurrido. Ninguno recordaba el incidente del tren. En el alto parlante se escuchó a la operadora disculpándose por el retraso de la línea debido a desperfectos técnicos. Los jóvenes Gryffindor se quedaron en silencio, todos se sentaron juntos, pero ninguno fue capaz de hablar. Mientras que Lily se esforzaba por contener las lágrimas y el nudo de la garganta le impedía respirar.
«Severus, ahora si que me has abandonado» era todo lo que albergaba en sus más íntimos pensamientos.
Lumos!
Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas.
¡Lamento la tardanza! La verdad he estado sin inspiración para escribir, además de estar organizando las bodas de oro de mis abuelos y ayer que me extrajeron la muela del juicio que venía complicada. Así que se podría decir que estoy convaleciente, pero agradezcan al Ketoprofeno que me ha mantenido lejos del dolor y cerca de la inspiración, por lo que he podido escribir el capítulo.
Espero que les haya gustado y que me dejen sus mensajitos...
¡Agradezco que no me hayan mandado a los dementores ni a Azkaban!
Cariños.
Manne Van Necker.
Travesura realizada.
Nox!
