EL CALLEJÓN DIAGÓN
Estaba de pie delante del Caldero Chorreante, lista para acceder al Callejón Diagón. Todavía faltaba un mes para el 1 de septiembre, pero quería dejarlo todo preparado lo antes posible, para evitar encontrarme con todos los alumnos haciendo sus compras a última hora.
Esperé hasta que mi padre se perdiese definitivamente de vista: no quería que nadie nos relacionara. Para el resto del mundo, él no era mi padre ni yo su hija. Me dispuse a entrar, pero un hombre enorme me bloqueó el paso, junto con un niño bajito con gafas. Su rostro estaba prácticamente oculto por una larga maraña de pelo y una barba desaliñada y a penas se le veían los ojos debajo de esa pelambrera. Quise quejarme, pero ese gigante imponía demasiado. Así que me limité a seguirlos hasta el interior de aquel bar oscuro y destartalado. Unas ancianas estaban sentadas en un rincón, tomando copitas de jerez. Una de ellas fumaba una larga pipa. Un hombre pequeño que llevaba un sombrero de copa hablaba con el viejo cantinero, que era completamente calvo y parecía una nuez blanda. El suave murmullo de las charlas se detuvo cuando ellos entraron. Todos parecían conocer al gigante. Lo saludaban con la mano y le sonreían. Me quedé en un rincón mientras el gigante hablaba con el cantinero.
El Caldero Chorreante se había quedado en silencio súbitamente, todos pendiente no del gigante, como lo estaba yo, sino del niño que lo acompañaba.
Y entonces me di cuenta.
- Bienvenido, Harry, bienvenido.
Era él. Harry Potter. El niño que sobrevivió. El niño que derrotó al Señor Tenebroso. Llena de una furia desconocida, me adelanté, empujando a Potter. Fui hasta ese pequeño patio cerrado, en el que no había nada más que un cubo de basura y hierbajos. Tenía que recordar la combinación de ladrillos que había que tocar para acceder a ese callejón oculto de los muggles. Tres horizontales… Dos verticales…
Por arte de magia, la pared que estaba delante de mi se abrió dando lugar a un pasaje abovedado lo bastante grande hasta para que el gigante del Caldero Chorreante pasase sin ningún problema, un pasaje que llevaba a una calle con adoquines, que serpenteaba hasta quedar fuera de la vista.
Pasé por debajo del arco y pude ver que la mayoría de los alumnos habían tenido la misma idea que yo. Veía como varios padres muggles se quedaban asombrados delante de los escaparates de varias tiendas y a mi me entró una arcada solo de pensar que tendría que compartir habitación con alguno de ellos.
Esta vez me tocaba a mi. Palpé mi bolsillo para asegurarme que los galeones que me había dado mi padre seguían ahí; no me hacía ninguna gracia hacerles una visita a los duendes de Gringotts. Miré mi lista de libros y accesorios:
COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA
UNIFORME
Los alumnos de primer año necesitarán:
— Tres túnicas sencillas de trabajo (negras).
— Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.
— Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante).
— Una capa de invierno (negra, con broches plateados).
(Todas las prendas de los alumnos deben llevar etiquetas con su nombre.)
LIBROS
Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:
— El libro reglamentario de hechizos (clase 1), Miranda Goshawk.
— Una historia de la magia, Bathilda Bagshot.
— Teoría mágica, Adalbert Waffling.
— Guía de transformación para principiantes, Emeric Switch.
— Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida Spore.
— Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger.
— Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander.
— Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, QuentinTrimble.
RESTO DEL EQUIPO
1 varita.
1 caldero (peltre, medida 2).
1 juego de redomas de vidrio o cristal.
1 telescopio.
1 balanza de latón.
Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato o un sapo.
SE RECUERDA A LOS PADRES QUE ALOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.
Mi primer destino serían los libros. No quise empezar por el más cercano, la verdad es que no me apetecía volver temprano a casa. Me dirigí hacia la librería Flourish & Blott's. Allí conseguí todos los ejemplares que necesitaba. El que más me había llamado la atención era el libro de Quentin Trimble. Lo estaba ojeando mientras me dirigía a mi segundo destino: la varita.
Tenía que seguir hasta el final de la calle, hasta Ollivander's. Me detuve a contemplar el escaparate: estaba lleno de polvo y solo tenía un simple cojín desteñido de color púrpura con una única varita. Suspiré. Entré. Sonó una campanilla indicando mi presencia. El local era muy pequeño y vacío, salvo por una larga silla. Las paredes estaban repletas de miles de estrechas cajas amontonadas cuidadosamente hasta el techo.
- Buenos días, señorita Prince – llamó una voz. Me sobresalté y al mirar vi que el señor Ollivander estaba observándome desde detrás de una montañita de cajas – Veo que no vienes acompañada por tu padre. Menuda lástima.
Me ahorré los comentarios tipo cómo sabe quién soy, y cómo sabe quién es mi padre. Darle demasiada importancia a esos detalles hacía crecer la curiosidad de la gente. Así que simplemente le contesté que necesitaba una varita. Al hombre se le iluminarion los ojos.
- ¿Con qué brazo sostienes la varita? – me preguntó, mientras me medía de arriba abajo. Me limité a contestar con un seco con el brazo derecho – La verdad es que eres clavada a tu madre – se me puso la piel de gallina ante esa palabra. ¿Había conocido a mi madre? - Solo con verte ahí de pie sé exactamente cuál es tu varita. Espera aquí – dicho eso desapareció detrás de las cajas. Volvió a emerger medio minuto más tarde con una de esas cajitas alargadas en las manos.
- Toma, prueba esta – me tendió una varita bastante larga y algo irregular – Laurel, 31 centímentros, corazón de dragón, ligeramente elástica – dijo con entusiasmo. Al tocarla, sentí un súbito calor en los dedos. Levanté la varita sobre mi cabeza, la hice bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas rojas y doradas estallaron en la punta como fuegos artificiales, arrojando manchas de luz que bailaban en las paredes. El señor Ollivander parecía muy contento - ¡Lo sabía! ¡Solo hay que verte!
Esos comentarios ya empezaban a cabrearme. Me llevé la mano a los bolsillos y saqué siete galeones de oro, con los que pagué la varita del señor Ollivander. Al salir de la tienda lo volví a ver, a ese niño, Harry Potter. Hice una mueca de asco y volví a recorrer la calle hasta mi siguiente destino.
Entré en El Emporio de la Lechuza. Un centenar de ojos brillantes me observaban desde cada esquina de la tienda. Mientras me acercaba al mostrador reparé en una lechuza oscura con manchas blancas. Me pareció la más bonita del lugar.
- Quiero esa de ahí – le indiqué al dependiente. Salí de la tienda con mi nueva lechuza en su jaula.
Compré todo lo que me faltaba de la lista y volví al Caldero Chorreante. Eché un vistazo por todas las mesas, y en una de ellas vi a mi padre, hablando con un hombre de pelo plateado. Al verme asintió de manera que solo yo supiera que lo hacía por mi. El hombre de pelo plateado no se dio cuenta de ese gesto y siguió con su profundo monólogo. Yo en cambio salí del bar y me dirigí a un callejón oscuro de Charing Cross Road. Al cabo de dos minutos, apareció.
- Bonita lechuza.
- Sí. Se llama Athene.
