EL EXPRESO DE HOGWARTS:

VIAJE A TRAVÉS DEL ANDÉN 9¾

Ya había pasado un mes desde que había estado en el Callejón Diagón, y por desgracia, hoy tendría que volver a ver a muchos de los alumnos con los que me crucé ese día, incluyendo a Potter. Hoy era 1 de septiembre. La mayoría de los niños de once años esperan este día tanto como su carta de ingreso, ¿yo? Pues nada, aquí estaba, empaquetando las últimas cosas sin demasiado ánimo. Pero gracias a Dios, este último mes había tenido una amiga: Athene. Mi padre había hecho una excepción y había permitido que se quedara conmigo en vez de con Evy, la lechuza de la casa.

Mi padre llevaba ya una semana en Hogwarts y me había asegurado que hoy alguien vendría a recogerme y me llevaría a King's Cross, desde donde accedería al andén del Expreso de Hogwarts. El único problema es que faltaba media hora para las once y seguía estando sola en casa. No voy a negar que el ir a Hogwarts no me hace demasiado ilusión, pero sentirme abandonada de esa manera me ponía… ¿Qué sentimiento era ese? ¿Decepción? ¿Tristeza? ¿Enfado? No conseguía indentificarlo.

Pasaron varios minutos más cuando por fin escuché señales de vida en el rellano: un hombre de mediana edad y de cabello cobrizo estaba de pie mirando a su alrededor. Me aclaré la garganta para indicarle que estaba ahí:

- ¿La señorita Prince? – tenía una voz muy grave y una mirada profunda: por una fracción de segundos me quedé embobada mirando para él – ¿La señorita Prince? – exclamó elevando el tono de voz.

- Sí, sí – me espabilé. En ese momento deseé que la tierra me tragase, debí parecer idiota.

- Me envía el señor Snape. He de llevarla hasta King's Cross. Por favor, sígame.

Llegamos a la estación mediante un Traslador pocos segundos después, y apenas al llegar el hombre me abandonó con todas mis cosas. ¿Y ahora?, pensé. Vi pasar a tres personas, y los tres se reían a carcajadas: había un hombre corpulento y rollizo, casi sin cuello, aunque tenía un bigote inmenso; la señora que lo acompañaba era delgada, rubia y tenía un cuello casi el doble de largo de lo habitual; el niño, más o menos de mi misma edad, era, como decirlo, enorme, como un cerdo con patas. Muggles, pensé, con un deje de asco. Tras un escalofrío, proseguí mi camino. Tenía que buscar el andén nueve y tres cuartos, pero mi padre no me había dicho cómo llegar hasta él. Empujé el carrito que contenía mis bagages y recorrí los andenes nueve y diez de arriba abajo, sin encontrar indicio alguno del andén nueve y tres cuartos ni cómo acceder a él.

- ... lleno de muggles, por supuesto...

Un grupo de magos aparecieron de la nada. La que hablaba era una mujer regordeta, que se dirigía a cuatro muchachos, todos con pelo de llameante color rojo. Se pararon cerca de donde estaba yo, a lo que me escondí un poco detrás de la columna que dividía los andenes nueve y diez.

- Y ahora, ¿cuál es el número del andén? - dijo la madre.

- ¡Nueve y tres cuartos! - dijo la voz aguda de una niña, también pelirroja, que iba de la mano de la madre - Mamá, ¿no puedo ir...?

-No tienes edad suficiente, Ginny. Muy bien, Percy, tú primero.

El que parecía el mayor de los chicos se dirigió hacia los andenes nueve y diez, y cuando parecía que iba a chocar contra las taquillas, desapareció como por arte de magia. No lograba entender cómo lo había hecho, así que me quedé observando como dos gemelos desaparecían también.

Cuando me estaba adelantando para preguntarles cómo acceder al andén nueve y tres cuartos, apareció: Harry Potter, el niño que vivió. Volví a esconderme detrá de la columna.

- Discúlpeme - dijo Harry a la mujer regordeta.

- Hola, querido - dijo - Primer año en Hogwarts, ¿no? Ron también es nuevo - señaló al último y menor de sus hijos varones. Era alto, flacucho y pecoso, con manos y pies grandes y una larga nariz.

- Sí - dijo Harry - Lo que pasa es que... es que no se cómo...

- ¿Cómo entrar en el andén? —preguntó bondadosamente, y Harry asintió con la cabeza. Ya somos dos, pensé - No te preocupes - dijo - Lo único que tienes que hacer es andar recto hacia la barrera que está entre los dos andenes. No te detengas y no tengas miedo de chocar, eso es muy importante. Lo mejor es ir deprisa, si estás nervioso. Ve ahora, ve antes que Ron.

Harry empujó su carrito y se dirigió hacia la barrera: desapareció al instante. Así que tenía que correr hacia la división de los dos andenes, ¿no? La idea me daba un poco de miedo, ¿y si no funcionaba? Esperé a que el último niño pasase al andén junto con su madre y su hermana.

Ahora me tocaba a mi.

Me coloqué frente a la barrera y cerré los ojos. Empecé a caminar y luego a correr. Ya está, ya he chocado y estoy en coma. Al abrir los ojos lo primero que vi fue una locomotora de vapor, de color escarlata, que esperaba en el andén lleno de gente. Un rótulo decía: «Expreso de Hogwarts, 11 h». Miré hacia atrás, donde se suponía que estaba la taquilla, pero en vez de eso, vi un cartel de hierro con las palabras Andén Nueve y Tres Cuartos.

Lo había logrado.

El humo de la locomotora se elevaba sobre las cabezas de la ruidosa multitud, mientras que gatos de todos los colores iban y venían entre las piernas de la gente. Las lechuzas se llamaban unas a otras, con un malhumorado ulular, por encima del ruido de las charlas y el movimiento de los pesados baúles. Los primeros vagones ya estaban repletos de estudiantes, algunos asomados por las ventanillas para hablar con sus familiares, otros discutiendo sobre los asientos que iban a ocupar.

Empujé mi carrito por el andén en busca de un compartimento vacío. Pasé al lado de varias familias cuyos hijos no querían subir al tren: sin duda de primero. Tuve que ir hasta el final del tren para encontrar un vagón vacío, pero por desgracia, Harry también se dirigía hacia allí. Respiré profundamente y seguí mi camino, al fin y al cabo, no me podía quedar fuera.

Por lo visto Harry tenía ciertas dificultades para subir su bául al tren, normal, con lo flacucho que es. Necesitó de la ayuda de los gemelos pelirrojos para subir sus cosas al tren, y una vez listo, volvió a bajar al andén para charlar con los gemelos.

Los ignoré y subí mis cosas sin demasiada dificultad. Busqué un compartimento vacío y me senté al lado de la ventana, esperando a que todos los alumnos se subieran. A los pocos segundos, la puerta de mi compartimento se abrió para dejar paso a un niño de cabello negro y gafas.

Oh no.

- ¿Puedo? – me preguntó, con una débil sonrisa. Asentí resoplando. Harry se sentó al lado de la venta, en frente de mi. Se quedó mirando por la ventana a la familia que lo había ayudado, y yo solo podía rezar para que no viniesen todos a este compartimento. No podía ser este el único libre - Me llamo Harr-

- Escucha – le corté – ahórrate las presentaciones, no me interesa conocerte, ni a ti ni a nadie – Harry me miró con ojos de cachorrito atropellado, y se centró en la ventanilla.

El tren comenzó a moverse. Las casas pasaban a toda velocidad por la ventanilla. Ya no había vuelta atrás.

La puerta del compartimento volvió a abrirse, para dejar paso esta vez al menor de los pelirrojos. ¡Es que no piensan dejarme tranquila!

-¿Hay alguien sentado ahí? -preguntó, señalando el asiento que estaba a mi lado - Todos los demás vagones están llenos.

Harry negó con la cabeza y el pelirrojo se sentó a mi lado. Pero ahí no se acabó la cosa: llegaron los gemelos diciendo no sé qué cosa sobre una tarántula gigante, a lo que se fueron. Rebusqué en mi bolso y saqué el libro de Filtros y pociones mágicas y me sumergí en el preciso arte de la creación de pociones, mientras Harry y el otro niño hablaban, como no, del niño que sobrevivió.

Una hora después, a eso de las doce, se escuchó bastante movimiento en el pasillo, por lo que levanté la vista de mi libro. Una mujer con cara sonriente y hoyuelos se asomó y nos dijo:

- ¿Queréis algo del carrito?

Harry se levantó de un salto y se quedó maravillado con las chucherías del carrito. El otro niño en cambio dijo que ya tenía un bocadillo. Harry compró tantas cosas que las tuvo que esparcir por el asiento. Yo me había comprado una empanada de calabaza y había vuelto a mi lectura.

- ¿En qué casa están tus hermanos? - preguntó Harry

- Gryffindor - dijo el niño. Parecía deprimido— Mamá y papá también estuvieron allí. No sé qué van a decir si yo no estoy. No creo que Ravenclaw sea tan mala, pero imagina si me ponen en Slytherin.

- Lo creais o no, Slytherin es la mejor casa de Hogwarts – les corté, sin levantar la vista de mi libro de pociones.

- ¿Esa no es la casa en la que estaba Vold… Quén-vosotros-sabéis? – preguntó Harry, más a su nuevo amigo que a mi. Este asintió con miedo - ¿Cómo puedes decir que Slytherin es la mejor casa si Quién-tú-sabes estuvo en ella? Él asesinó a mis padres.

- ¿Y tú? ¿Cómo puedes ser tan necio? Juzgar una casa por una sola persona – argumenté mirándolo a los ojos – ¿Crees que un muggle como tú puede opinar sobre lo que está bien y lo que está mal en el mundo mágico? El niño que vivió… Pena que el Señor no hubiese acabado ya contigo…

Me levanté y recorrí los pasillos furiosa, mascullando su nombre con varios insultos más. Un chico rubio de tez pálida me paró al oirme pronunciar su nombre.

- ¿Harry Potter? ¿Has dicho Harry Potter? ¿El famoso Harry Potter?

- ¡Sí! ¡Lo has oído bien!

- Qué interesante…

- ¿Me puedo ir ya? – dije enfadada. Hoy la gente estaba un poco por tocarme las narices.

- ¿Dónde?

- Está en el último vagón, si preguntas por el niño que vivió – puse un poco de más de énfasis en esto último. Seguramente sería alguien que lo único que quiere es pedirle su autógrafo – Y si por el contrario me preguntas dónde voy yo, déjame decirte que pierdes el tiempo – dicho esto seguí mi camino a ningún sitio. Solo el hecho de caminar por esta enorme serpiente roja me relajaba un poco.

De repente una voz retumbó por todo el tren:

- Llegaremos a Hogwarts dentro de cinco minutos. Por favor, dejen su equipaje en el tren, se lo llevarán por separado al colegio.

Suerte que momentos atrás me había vestido con la túnica, porque con la simple idea de volver a ese compartimento me entraba mal de cuerpo.

El tren aminoró la marcha hasta que se detuvo del todo. Todos los alumnos se empujaban para ser los primeros en pisar el frío y oscuro andén de lo que supuse sería Hogsmeade. Entonces apareció una linterna que iluminó el lugar:

- ¡Primer año! ¡Los de primer año por aquí! ¿Todo bien por ahí, Harry? – enseguida supe que se trataba del gigante del Caldero Chorreante. Su gran cara peluda rebosaba alegría sobre el mar de cabezas - Venid, seguidme... ¿Hay más de primer año? Mirad bien dónde pisáis. ¡Los de primer año, seguidme!

Resbalando y a tientas, seguimos al gigante por lo que parecía ser un estrecho sendero tupido de árboles a ambos lados.

- En un segundo, tendréis la primera visión de Hogwarts —exclamó el gigante por encima del hombro -, justo al doblar esta curva.

Se produjo un fuerte ¡ooooooh!

El sendero estrecho se abría súbitamente al borde de un gran lago negro. En la punta de una alta montaña, al otro lado, con sus ventanas brillando bajo el cielo estrellado, había un impresionante castillo con muchas torres y torrecillas.

- ¡No más de cuatro por bote! - gritó el barbudo, señalando a una flota de botecitos alineados en el agua, al lado de la orilla. Yo me subí junto con dos chicos morenos y una chica rubia - ¿Todos habéis subido? - continuó el hombre, que tenía un bote para él solo - ¡Venga! ¡ADELANTE!

Y la pequeña flota de botes se movió al mismo tiempo, deslizándose por el lago, que era tan liso como el cristal. Todos estábamos en silencio, contemplando el gran castillo que se elevaba sobre nuestras cabezas mientras nos acercábamos cada vez más al risco donde se erigía.

-¡Bajad las cabezas! - exclamó el gigante, mientras los primeros botes alcanzaban el peñasco. Obedecí y agaché la cabeza y los botecitos nos llevaron a través de una cortina de hiedra, que escondía una ancha abertura en la parte delantera del peñasco. Fuimos por un túnel oscuro que parecía conducirnos justo por debajo del castillo, hasta que llegamos a una especie de muelle subterráneo, donde trepamos por entre las rocas y los guijarros. El gigante barbudo levantó su puño y golpeó tres veces a la puerta del castillo.