EL PROFESOR DE POCIONES
La ceremonia de selección me envió a Slytherin, como yo quería. Era algo casi lógico teniendo en cuenta que procedía de una familia de Sangre Pura y todos y cada uno de sus miembros habían pertenecido a esa casa; no iba a permitirme ser la deshonra de la familia. Jamás.
Pociones.
Esa iba a ser mi primera clase del día. Era buena en pociones, es algo que jamás podré negar. Me apasiona ese sutil arte. Pero no quería estar con mi padre, quien impartía esa clase. Lo odiaba, sin saber por qué. Pero lo que más odiaba en ese preciso instante era tener que compartir clase con Gryffindor. Durante toda la semana había compartido clase con todas las casas, y sin duda alguna, Gryffindor era la peor de todas: creídos donde no los hay, y esa… esa Sangre Sucia de Granger, tal y como me había dicho Malfoy, era una sabelotodo. Nunca pensé que llegaría a odiar a otra persona que no fuese Potter. Todo el colegio se paraba en los pasillos para contemplarlo, ¡maldita sea! ¡Ni que fuera una obra de arte! ¿Qué tiene ese niñato que los demás no tengamos? Ese Potter sólo tuvo suerte, "derrotó" al Señor Oscuro porque así estaba escrito, no porque tuviese un talento oculto. Esas bobadas no pienso tragármelas. Sé que el Señor Tenebroso volverá a resurgir. Lo sé.
Salí de mi habitación y entré en la sala común de Slytherin, una sala de un color verdoso, con muebles tallados y sofás de cuero negro. Por suerte, no había demasiada gente, la mayoría estarían seguramente en el Gran Comedor, disfrutando de un fantástico desayuno. Mis tripas rugieron, señal de que era hora de imitar a mis compañeros y llevarme algo a la boca. Recorrí varios pasillos en las mazmorras hasta alcanzar el cuadro que comunicaba el exterior con nuestra sala común. Por suerte, el Gran Comedor estaba cerca.
Entré, y tal y como me supuse, estaba lleno de gente. Pensar que iba a ser así durante siete largos años me deprimía. Vamos, Vic, has sobrevivido una semana, puedes hacerlo siete años.
- ¡Prince! ¡Por aquí! – era la voz de Malfoy la que me llamaba, indicándome que me sentara con él y con sus amigos – ¿Has mirado el horario?
- Por desgracia…
- Yo estoy muy contento – contestó, al parecer no mentía – Será una ocasión perfecta para dejar en ridículo a Potter y su estúpido amigo Weasley.
- Y a esa Granger – añadió Goyle.
- Bien dicho, Goyle - le felicitó Malfoy – Así que Potter es la nueva mascota del colegio, ¿eh? Ya veremos quien rie mejor aquí.
- ¿Celoso, Draco? - le pregunté, llevándome un trozo de bacon a la boca – Cualquiera diría que le temes a ese niñato.
- No seas estúpida, Prince. Cualquiera es mejor que ese imbécil. Míralo – dijo, clavando su mirada en él y su amigo. Con la mirada me obligó a darme la vuelta, cosa que no me hacía especial ilusión - ¿No es fascinante lo repulsivo que es?
- Draco, por favor – lo miré resoplando – No necesito que me arruines el desayuno con esa cosa, ¿vale? Ya tengo bastante con saber que tenemos clase doble con él – y con Snape, pensé. Volví a centrar mi atención en mi plato, aunque sin demasiadas ganas.
El desayuno terminó y me dirigí con mis nuevos compañeros a los calabozos, para tener nuestra clase de pociones. La clase era un lugar frío y oscuro, con animales conservados en frascos, flotando libremente por las paredes. Mi padre, quiero decir, el Profesor Snape empezó la clase pasando lista:
— Ah, sí. Harry Potter – murmuró en un tono sombrío al llegar hasta su nombre – Nuestra nueva… celebridad.
Draco, Crabbe y Goyle rieron tapándose la boca. Yo me quedé seria; no le veía la gracia a aquello. El Profesor Snape terminó de pasar lista (había procurado no mirralo a los ojos cuando me llamó) y nos miró a todos con aquellos negros sin brillo, que desde pequeña me habían dado algo de respeto. Nunca había visto una pizca de cariño en aquella oscura mirada.
– Vosotros estáis aquí para aprender la sutil ciencia y el arte exacto de hacer pociones —comenzó. Hablaba casi en un susurro, pero se le entendía todo – Aquí habrá muy poco de estúpidos movimientos de varita y muchos de vosotros dudaréis que esto sea magia. No espero que lleguéis a entender la belleza de un caldero hirviendo suavemente, con sus vapores relucientes, el delicado poder de los líquidos que se deslizan a través de las venas humanas, hechizando la mente, engañando los sentidos... Puedo enseñaros cómo embotellar la fama, preparar la gloria, hasta detener la muerte... si sois algo más que los alcornoques a los que habitualmente tengo que enseñar.
Toda la clase estaba en absoluto silencio. Miré hacia un lado y vi a Granger sentada en el borde de su silla, como deseando levantarse y demostrar que ella no era un alcornoque. Yo también tenía ganas de empezar, pero no quería demostrar nada, sólo quería empezar. Puede que llevase aquello de las pociones en la sangre.
– ¡Potter! – gritó de pronto el Profesor Snape – ¿Qué obtendré si añado polvo de raíces de asfódelo a una infusión de ajenjo?
La celebridad se quedó totalmente desconcertada, mirando a los lados en busca de un poco de ayuda. La única que tenía la mano levantada era la estúpida de Granger. Tuve ganas de contestar "Filtro de Muertos en vida", pero me callé. Así no iba a demostrar nada y sólo haría que me pareciera más a Granger. Potter admitió que no lo sabía y el Profesor Snape hizo una mueca burlona.
– Bah, bah… es evidente que la fama no lo es todo. Vamos a intentarlo de nuevo, Potter. ¿Dónde buscarías si te digo que me encuentres un bezoar?
Otra vez la ignorancia del niño prodigio era evidente. Malfoy y sus dos compañeros se reían ahora a carcajadas. Otra vez quise contestar, pero me contuve; Granger, en cambio, parecía querer ponerse en pie en cualquier momento y gritar la respuesta a todo el colegio.
— ¿Cuál es la diferencia, Potter, entre acónito y luparia?
— No lo sé – contestó con calma – Pero creo que Hermione lo sabe, ¿por qué no se lo pregunta a ella?
Aquello ya era el colmo. Ya no sólo ese niñato era un ignorante, sino que ahora también iba de chulo. Pues no se lo iba a pasar tan fácilmente. Snape ordenó a Granger que se sentara.
— Para tu información, Potter; asfódelo y aj-
— Asfódelo y ajenjo se usan para obtener un poderoso somnífero llamado "Filtro de Muertos en Vida" – interrumpí. No quería ser la sabionda de turno, pero aquello era un insulto a la materia – Un bezoar – seguí sin importarme las miradas asesinas de mi padre – es un piedra sacada del estómago de una cabra y se usa como un antiveneno. Acónito y luparia son exactamente la misma planta.
— Exacto – agregó el Profesor Snape, dirigiéndome una mirada cargada de lo que interpreté como enfado – Deberíais estar apuntándolo todo.
Se produjo un súbito movimiento de plumas y pergaminos nada más produnciada la frase. Yo no me moví; no lo necesitaba.
— Se le restará un punto a la casa de Gryffindor por su descaro, Señor Potter – acto seguido me miró – Cinco puntos para la casa de Slytherin.
¡Conseguido!
El ejercicio de aquel día era muy simple, demasiado simple: preparar una cura contra forúnculos. Mi compañero fue Malfoy, por suerte. No sé qué hubiese pasado si me tocaba formar pareja con Potter o Granger. Snape se paseó por toda la clase, observando nuestro trabajo. Le restó puntos aquellos Gryffindor que aplastaban mal los colmillos de serpiente o que no calculaban bien la cantidad de ortigas secas que había que echar en el caldero. Mesa por mesa los fue criticando y rebajando a todos; a todos salvo a nuestra mesa. Por lo visto no era la única que era bueno en pociones: Malfoy tenía una mano perfecta, casi no hizo falta enfadarme (salvo cuando intentó echar 3 gramos de ortigas más para que fuese más efectivo). El Profesor Snape no paró de alabanrnos durante el resto de la clase, remarcando que nuestra perfección era el reflejo de una mente brillante y un futuro prometedor. Quise decirle que dejara de ponerme en evidencia, pero no podía hacerlo sin parecer una pelota o sin revelarle a toda la clase que aquella confianza repentina era porque en realidad era mi padre. En vez de eso, bajé la mirada y seguí atendieno el fuego.
La clase terminó sin más incidentes que un chico Gryffindor que había terminado en la enfermería con pústulas rojas por todo el cuerpo. Su caldero se había convertido en un ácido que lo quemó todo a su paso. Potter se ganó una reprimenda por aquel incidente, aunque no era su compañero de clase; tanto daba, lo importante era que Gryffindor había perdido un montón de puntos y nosotros los habíamos ganado.
Siento mucho la espera :( He estado sin ordenador durante un tiempo, así que fui subiendo los capítulos que ya tenía; y este en concreto, lo escribí nada más tener ordenador nuevo, lo que explica que no sea tan bueno o tan jugoso que los anteriores. Otra vez, lo siento.
