Scout - 1ª parte
7:00 AM
Suena el despertador y en la maloliente, pestilente, y nauseabunda habitación retumba el sonido como si toda la corte celestial celebrase el nacimiento del Salvador.
Son cuatro literas, ocho camas y un calor mortal que irradia el sol veraniego de Boston, y ni todos los ventiladores japoneses ni todas las ventanas abiertas del mundo podrán cambiarlo, pero no todos los inquilinos de las camas se remueven entre sudorosas sabanas y maldicen al inventor del despertador (también japones) y a toda su estirpe, pues el más joven de los ocho hermanos ya se a levantando y corretea por los pasillos buscando a su madre a gritos.
Madre no hay más que una
Freír huevos es todo un arte, y en esto la señora Peabody es la maldita Miguel Ángel. Solo ella logra esa consistencia en la yema difícilmente explicable por las leyes de la física, el punto de sal justo para desbocar el sabor sin molestar al paladar y un borde dorado como un atardecer otoñal. Añadamos a la ecuación un par de lonchas de beicon y un buen vaso de zumo de naranja y ya puede empezar el orgasmo bucal.
Mientras da las ultimas pinceladas al penúltimo huevo de la mañana, la señora. Peabody casi cae al suelo por el abrazo de su benjamín. Está pletórico de alegría y tiene que calmarlo con un par de golpecitos en la cabeza con la cuchara de madera, y como cada mañana se acuclilla, pellizca las sonrojadas mejillas y le da un beso en la frente.
Daniel cierra los ojos en ese momento y se deja llevar por el perfume de su madre, a anís y jazmín, y en como los suaves y pequeños labios dejan su invisible huella que se evapora al instante.
La señora Peabody vuelve a sus quehaceres y debe empuñar el cucharon para que Daniel decida sentarse de una vez por todas en la mesa, un buen desayuno no se prepara solo, no señor.
Daniel balancea sus delgaduchas piernas mientras observa a su madre en acción, si fuese mayor se daría cuenta de porqué a sus hermanos no les gusta presentársela a sus amigos, y es que la señora Peabody conserva una figura que ya querrían las animadoras de la universidad. Para los chicos con hormonas revueltas la señora Peabody es un huracán, es un maremoto y es la promesa de un sueño cumpliéndose en una tarde de abril. Ni el más hábil de los retratistas podría plasmar la belleza de sus curvas, detalladas al máximo dentro de ese sencillo y elegante vestido azul celeste, ni de la media sonrisa que hace retumbar como tambores africanos a lo corazones de los incautos.
No, Daniel no se da cuenta de nada de esto, para él su madre es solo su madre, un olor que recordar y una sonrisa que guardar.
-¡Daaaniel! ¡Maldito enano coñon!
Oliver, el segundo hermano por fin llega a la cocina, lleva el pelo revuelto y una cara somnolienta de muy pocos amigos. Pero Daniel sigue sonriente pues sabe que día es hoy y lo que le espera, y ni todos los estúpidos hermanos del mundo podrían estropearlo.
-Buenos días má. - bosteza.
-Buenos días cielo.
Le dá un capon a su hermano pequeño por despertarlo tan temprano y se sienta (mejor dicho, se derrumba) sobre su silla, mirando como un zombie la jarra de zumo.
-Oliver... que se dice? - los apenas perceptiblemente maquillados ojos de la cocinera lo observan inquisitivamente
-Oh si, buenos días
-¿Y que más?
La jarra pierde automáticamente su poder de atracción y el chaval mira con cara de vaca lechera a su alrededor, quizás buscando una respuesta a tan extraña pregunta ¿y que más? ¿Que diablos me he perdido?
Se enciende una diminuta lucecita en su cabeza...
-Aah! Ya... vale, vale... feliz cumpleaños capullo
Daniel le responde con una gran sonrisa, su madre complacida vuelve a la tarea de repartir la comida y él retorna a su intrincada labor de resolver los misterios de la vitamina C. El equilibrio triunfa en la casa.
Poco después llegan los otros 6 hermanos, todos con la misma cara larga y las mismas ganas de estrangular al idiota sonriente hasta hacerle cantar la Traviata al revés, por supuesto, todos deben felicitarlo y todos planean mentalmente como vengarse, unos con simples collejas sorpresa, otros con intrincadas trampas de barro y papel higiénico, la imaginación al poder.
La hora a llegado, la señora Peabody reparte los platos y acalla las siete bocas ruidosas que se quejan porque el maldito enano tiene el doble de ración. El cucharon vuela y hace guardar mejor el silencio que una mordaza, y entre murmullos blasfemos y masajes en zonas doloridas, la imponente mujer se sienta y puede empezar la pitanza.
Oh... si... no hay nada, NADA, como esto, si esta mujer cocinase para los presos del corredor de la muerte, irían sonrientes volando a la silla ni necesidad de guardias, así de bueno es el desayuno.
-Bueno – dice la sonriente madre llevándose las manos a la espalda. – tengo algo especial para ti, hombrecito.
El regalo
-Feliz décimo cumpleaños, tesoro.
Perfectamente envuelto, en papel marrón con un pequeño lazo azul celeste. Los dedos temblorosos despegan poco a poco la cinta, a el le gustaría arrancarla con los dientes pero sabe que su madre a envuelto ella misma el regalo, y eso es motivo suficiente.
Tras dos intentos fallidos y un par de roturas poco elegantes, al envoltorio cae al suelo y las pupilas de Daniel se abren como girasoles en pleno amanecer.
Guardado en una funda de plástico transparente: un cromo. Pero no es un cromo normal, no, es EL CROMO. Lo que para muchos seria un simple trozo de cartón con una fotografía impresa, para Daniel representa un tesoro de valor incalculable, mayor que el oro y las joyas de diez casas reales, mayor que un helado triple de chocolate sin fondo y mayor que batir el record de home runs de Babe Ruth... es el cromo de Brian 'The Sandman' Jenkins.
Daniel salta, corre, patalea, se escurre, revota, escala y bailotea por toda la cocina, improvisando una danza que saca una carcajada a su madre y un 'oh, por todos los santos' a sus hermanos.
Esta vez, el abrazo es tan fuerte que casi ahoga a la desprevenida mujer y necesitan separarlo entre tres para que el chico vuelva a su baile extravagante.
-Venga, vístete que llegarás tarde, ¡Y eso va por todos!
Culosuelto
-¡No me lo creo! ¡Eres un mentiroso y no me lo creo!
Samuel, el niño con pelo afro que se sienta en el pupitre de al lado tiene razón, Daniel es un mentiroso. Cuenta mentiras sobre todo: las niñas que a besado, cuando vio una cola de demonio al reverendo Winslet o la vez que le dio la mano al Presidente. Daniel miente más que habla. Y cuando saca de la carpeta el cromo parece que todas sus mentiras se volviesen realidad de golpe, que hubiese bateado en los Red Sox, que inventase el chocolate o que él mismo fuese el Presidente.
-Mira y llora cagón.
-¡La madre que me...!
Silencio, la profesora está mirando, y cuando Agnes 'Culosuelto' mira hay que bajar la cara y esperar a que no fije en ti esos ojos llenos de amargura.
-Tio. - Continua Samuel en un susuro.- no me lo puedo creer, te doy el postre de un año por él.
Daniel sonríe picarescamente, le encanta ser el que tiene la sartén por el mango
-Ni por el de toda la vida.
-¿Y por mi bici?¡Está nueva!
Hace un además de pensárselo, aunque ya sabe la respuesta desde antes de oír la propuesta
-Trato hechNI DE COÑA
-Que cabrito. - Samuel vuelve a su libro, y Daniel solo tiene que contar tres, dos, uno... - ¡Al menos dejame cogerlo!
-Mmm... te dejare cogerlo un minuto por la leche de una semana ¿trato?
Samuel frunce sus pequeñas cejas, aunque por supuesto todo es teatro, Daniel sabe que a Samuel no le gusta la leche, así que el trato es más que aceptable
-Esta bien blanquito, pero meare en una de las botellas y no te diré cual.
-Se me hace la boca agua de solo pensarlo.
Risas ahogadas. Manos que se mueven como ninjas bajo los pupitres y intercambio de objetos, cosa en la que ya son expertos, mera rutina.
Daniel hace como que atiende las soporíferas explicaciones de la Culosuelto, pero por el rabillo del ojo vigila detenidamente a su amigo. Una sonrisa bobalicona se a dibujado en su rostro, examina con detenimiento cada detalle de la carta, el grosor del cartón, el tacto inmaculado, el olor a tinta recién impresa.
Mientras ambos chicos se felicitan mutuamente sin usar palabras por tal extraordinaria adquisición, una sombra se a ido formando alrededor del pupitre, y cuando se dan cuenta ya es demasiado tarde.
-¿Algo interesante que queráis compartir con la clase?
La Culosuelto, como una desgastada pieza de ajedrez enfrente de ellos, brazos lánguidos cruzados, brillo de veterana maldad en los pequeños y ojerosos ojos, y un tufo a tabaco y alcohol que impregna todo lo que toca su arrugada piel
-N-no... - Las palabras de Samuel resbalan más que salen de su boca, intenta esconder el preciado tesoro pero ya es muy tarde
-Dámelo.
-N-no te-tengo na...
-SILENCIO. - Toda la clase aguanta la respiración – Dámelo. Ahora.-
Daniel aprieta los puños con tanta fuerza que no nota el dolor. ¿Por que? ¿Porque tendría que habérselo llevado a escuela? ¿Porque tendría que habérselo dejado a Samuel? Maldita sea. Estúpido. Estúpido. ¡Estúpido!
Samuel, aunque asustado como un corderito frente a una manada de lobos salvajes no se mueve y es el horrible brazo de Agnes quien debe sacar a la fuerza el cromo. Samuel solo puede ahogar un simple 'Oh' y bajar la cabeza, pues no se atreve a mirar a su amigo a la cara.
-Vaya, béisbol. - Sentencia observando la carta como si fuese una cucaracha – No me extraña que estas estupideces os gusten a los estúpidos. - Enfatiza esta última palabra, cada silaba, cada letra.
Daniel guarda el impulso de lanzarse encima de la condenada momia y se levanta del pupitre.
-¡Es miá! ¡Y no es estúpido maldita sea!
Oh no... mala jugada. La clase entera se muestra expectante.
-Quedate después de clase. Peabody.
