Scout – 2ª Parte
Marcas eternas
Una mariposa intenta entrar al aula, pero se da de bruces contra la ventana y al contrario que los seres racionales, lo intenta una y otra y otra vez. Daniel observa esto desde su silla y piensa en como él se daría contra el cristal de igual manera para poder escapar de esas cuatro paredes.
Hace ya tres minutos que todos salieron. La sirena expande el aire y crea la sensación de que la puerta se halla a kilómetros de distancia. Sabe que está atrapado, como un cervatillo con las piernas rotas esperando el tiro de gracia, y entonces escucha el gatillo transmutado en mechero.
Agnes fuma. Fuma mucho. Fuma tanto que su acre olor a nicotina llega antes que ella a cualquier lugar. Ahora mismo el aula esta infestada por el humo, que se mezcla con la lejía de los suelos.
Sus rollizos dedos sostienen el cigarrillo con maestría, abre el segundo cajón de su escritorio y deja caer las cenizas en el cenicero que allí guarda, hasta arriba de residuos.
Daniel conoce bien ese cenicero. El día antes a las vacaciones de navidad, Samuel, otros dos chicos y él lo vaciaron dentro del bolso de Agnes durante el recreo, Papa Noel se adelanto querida.
-¿Ves esto? - Dice mientras se señala una pequeña cicatriz en el lado derecho de su pequeña frente
Daniel no dice nada, solo la atraviesa con los ojos
-Esto lo hizo tu hermano Oliver hace dos años, con un ladrillo.
Nota mental: chocar esos cinco con Oliver
-¿Y esto?- Una quemadura circular bajo las bolsas de grasa del brazo izquierdo. - Esto lo hizo tu hermano Joshua hace seis. Tengo un diente partido regalo de Frank, el oido derecho esta casi inservible por Bill y dos dedos del pie doblados por James.
Estas navidades Daniel cree que se va a gastar todos sus ahorros honrando la memoria de él ya sabe quienes.
-Escuchame bien chico, desde que tu mami olvido como cerrar las piernas he tenido que soportar a su prole como los egipcios soportaban las pestes. Me jubilo el año que viene y tu no me vas a joder como los anormales de tus hermanos, o juro por el santo cordero que lamentarás el día en que esa guarra dejo que un marinero borracho le metiera la salchicha por dos pavos, ¿Entendido?
Daniel ha crecido en un barrio obrero, y eso significa vivir situaciones poco civilizadas a ojos acomodados. Ha escuchado, dicho, he inventado multitud de insultos que son casi saludos cordiales entre su gente. Y aun así la Culosuelto le pilla por sorpresa. Desde el momento en que menciona a su madre su vista se nubla, nota como el calor le atraviesa y como le tiemblan los pies. Joder, nadie insulta a su madre así. Mierda.
Agnes observa como la furia enrojece la cara de Daniel, como su cabellera rubia como el trigo contrasta con su piel y se siente satisfecha en su negro corazón. Pero ¿Por qué parar ahora?
-Maldita sea, ¿Por qué te pones así? ¿Es por el cromo? Esta estupidez no vale ni para...
-Es un regalo de mi madre. - Tajante. Quiere acabar con esto pronto, que se lo devuelva y volver a casa. Planear con tranquilidad como causarle a la vieja un recuerdo que perdure en su cuerpo como sus hermanos hicieron antes que él. Dulce venganza.
-Ya veo - Dice entre risas – Eso explica porque todos los Peabody sois unos fracasados. Os meten en la cabeza estupideces como estas ¿Acaso crees que llegarás a ser un jugador de béisbol? ¿Tú?
El corazón se acelera.
-¿Crees que vas a ser alguien? ¿Algo más que un basurero?
Sabor a cobre en la boca
-Vas a acabar como tu padre, si es que tienes uno...
Y finalmente el cerebro se va de vacaciones
-¡Callate!¡Estúpida!¡Voy a ser el jugador más rápido de la historia!¡A la mierda!
Se lanza como impulsado por un muelle a por el cromo, lo que más odia no son los insultos, ni el inevitable castigo, o lo que le dirán a su madre. Lo peor es que ella siga ensuciando su regalo con esos dedos asquerosos.
Pero... Daniel parece olvidar que tiene diez años, y la gran mujer lo derriba de un empujón con facilidad.
-Voy a darte una lección muchacho: no vas a llegar a nada.
La letra con sangre entra
En dos.
Lo a partido en dos.
Podría chocar un autobús perfectamente contra la puerta del colegio, que Daniel ni se enteraría. Todos sus sentidos se centran en las dos partes que caen pesadamente al suelo, y casi puede oír el gemido de dolor que sueltan por la separación, que se asemeja al dolor que ahora parte su propio cuerpo.
Demasiado furioso para llorar, solo coge el destrozado cromo con delicadeza, como si tratándolo con suavidad se fuese a recomponer de nuevo, todo pasaría y seria solo una terrible pesadilla.
Pero los trozos, por supuesto, siguen siendo trozos.
Agnes recoge sus cosas, deja caer el paquete de tabaco en el diminuto bolso y con el tintineo de las llaves desaparece por la puerta lanzando volutas de humo. Daniel se queda allí, arrodillado, extrañamente sereno mientras sostiene el cromo y observando la rotura, cómo divide casi perfectamente en dos la cara, cómo su rubio bigote ingles se queda en el lado derecho dejando solo papel deshilachado como recuerdo de lo que antes fue.
Tras unos minutos que bien podrían ser horas, y unas horas que podrían ser eternidades se levanta, recoge su mochila y sale del colegio, y sabe perfectamente que no volverá a pisarlo mientras viva.
Las escobas no son para idiotas
Se despierta dos horas después, le parece que todo le ocurrió a algún personaje de cómic en un mundo paralelo. Se duerme llorando, hecho un ovillo entre las gradas del campo de béisbol abandonado, celebre por su majestuosidad en épocas pasadas. Ahora todo es polvo y arena, asientos astillados y pintura desconchada, pero a Daniel siempre la ha gustado ir allí a entrenar, pues fue donde The Sandman logró batir el record de velocidad al realizar un home run y parece que las paredes susurran los secretos de la gloria.
Se seca las mejillas y se sobresalta al ver a un anciano con un carrito de limpieza frente a él, parece que le a estado llamando bastante tiempo pero no se había dado cuenta.
-Por fin te despiertas. No es bueno quedarse dormido aquí, podrías pillar un catarro.
El viejo lleva una desgastada gorra con el logo de una empresa siderúrgica, un mono gris polvoriento y un trozo de regaliz en la boca que mastica concienzudamente.
-¿Estás bien?
Daniel tarda una horrible milésima de segundo en recordar porqué esta allí, porqué salio corriendo impulsado por el odio y la impotencia sin un rumbo fijo, pateando todas las latas que veía y haciéndose daño en los nudillo a base de aporrear los asientos del estadio.
Como respuesta, el viejo solo obtiene un 'si' ahogado, acompañado del hipo que desemboca en más lagrimas. Daniel hunde la cara entre las rodillas para que no le vea llorar. ¿Por qué el maldito viejo no se marcha a hacer sus cosas y deja de molestar y se va y se muere y...?
-Oye oye, ¿Por qué lloras chaval?
-No lloro – Traga saliva – Vete.
-Vaya, tienes una extraña forma de no llorar.
El viejo se sienta a unos metros en la misma fila de butacas que Daniel, mastica con fuerza el regaliz y observa las nubes con despreocupación.
-¿No te puedes ir a otro sitio? Quiero estar solo joder.
-La verdad es que se esta muy bien aquí.
Daniel parece perplejo, y por unos instantes se olvida de lo asquerosa que puede ser la vida. Hay algo en el anciano que lo tranquiliza, una promesa de que todo ira bien escondida entre las arrugas del rostro.
Sus diminutos ojos bajan hasta las manos del chico, que aun sostienen las dos partes del cromo, y al instante Daniel se da cuenta de que el viejo comprende todo lo ocurrido. Este como respuesta solo vuelve a fijar la vista en las nubes.
-Vaya faena, no se encuentra un Sandman todos los días...
-Era un regalo de cumpleaños. De mi madre.
El anciano se quita la gorra y se pasa la mano por sus escasos cabellos.
-Entonces tienes suerte.
-¿Suerte?¿Donde ves la suerte?
-Bueno, seguro que a tu madre le basto con ver tu cara al dártelo, el cromo en si no es para tanto.
Daniel no entiende demasiado bien lo que dice el viejo entrometido, pero calla y espera a que continúe.
-¿Te gusta The Sandman?
-¿Que si me gusta?¡Es el mejor jugador de toda la historia!¡Es tan rápido que no se le ve cuando corre y batea tan fuerte que arranca las costuras de las pelotas! Claro que me gusta.
El viejo se ríe. Risa de viejos, risa desdentada.
-Si... Eso es lo que se dice, y a él nunca le gustaron todas estas historias, le hacían creer que no se esforzaba lo más mínimo.
-Hablas como si lo conocieras.
Expresión seria, nacen mil arrugas más.
-Claro que lo conocí. Cuando jugaba en este estadio siempre hablábamos después del partido tomando cerveza. Creo que se debía a que a mi me importaba un rábano el béisbol, yo solo me dedicaba a barrer la zona.
Daniel niega con la cabeza. Si, claro, a él le van a colar una tan grande, a él, que convenció a una niña que le gustaba el año pasado que era el quinto Beatle. Vamos hombre.
-No me creo nada, estoy seguro de que no conociste nunca a Sandman y solo pierdes el tiempo con esa estúpida escoba.
La expresión seria del anciano se vuelve en una amigable. Vaya, no me esperaba eso.
-Eres libre de creer lo que quieras.
Y como quien no quiere la cosa, como sin darle importancia o como si no lo pretendiese, el anciano saca una cajita de metal, la abre y saca un trozo de regaliz. Al cerrarla Daniel se da cuenta de que es una fiambrera oficial de la liga nacional de béisbol... con la foto de Sandman... firmada... y dedicada... por el maldito Brian 'The Sandman' Jenkins...
Carl maldito bastardo, deja de comer regaliz
Sandman
-Oh joder... Santa mierda... es verdad, ¡Eres amigo de Sandman!
Ni una palabra, solo se guarda el regaliz y sigue a lo suyo.
-¡¿Como es?!¡¿Es verdad lo de la pelea en Kentucky?! ¡Vamos por favor!¡Habla!
-Calma chico calma. ¿Quieres oír las historias de un anciano pobre idiota y de su estúpida escoba?
-¡Si si si si!¡Por favor!
-Bueno... es un comienzo.
