Scout – 3ª Parte

Dioses rubios

Daniel siempre se preguntó que había antes de la televisión y la radio que impidiese a la gente suicidarse por puro aburrimiento. Imaginaba a gente gris con rostros serios sentados apoyando la cabeza entre las manos mientras suspiraban y veían la vida pasar, quizás ocurría algo extraordinario en la ciudad y se hablaba de ello durante años y años, y después te morías, triste y aburrido. Esto es lo que creía Daniel, hasta que el viejo habló.

Ahora todo tenia sentido.

Los días de gloria y entusiasmo juvenil, efervescente como una lata de Bonk, recorriendo a la velocidad del viento las calles atestadas, con palos como espadas y calcetines enrollados como balones, donde la amistad era algo más que una relación de afecto, era un modo de vida, y donde el béisbol era su corazón

El viejo no era tan viejo, barría el estadio con su escoba y mascaba regaliz, hacia ojitos a las señoritas de buen ver y tomaba cerveza al acabar la jornada.

Ese día jugaban los Red Sox contra Los Yankees, un sol de justicia abrasaba la arena y el olor de salchichas y alcohol impregnaba el aire.

Mientras el viejo peinaba con su escoba los restos de una bolsa de cacahuetes, el estadio entró en ebullición, la gente vitoreaba y repetía un nombre que con la magnificencia de las voces se desfiguraba: JEN...KINS...

La primera vez que lo vio hubiese jurado que los casacas rojas invadían Massachusetts. De pie saludaba el nuevo fichaje de los Red Soxs, un ingles de 2'2 metros, musculoso hasta hacer saltar los botones de la camiseta, con una media melena rubia como la cerveza y un bigote espeso y recortado con esmero. Sonreía y ablandaba los corazones, aun sabiendo que era la estrella aquel día daba la impresión de que era como cualquier vecino que podrías encontrar por la calle ayudando a una ancianita, uno de esos tipos que te gustaría que fuese el que te enseñara a conquistar mujeres en la adolescencia.

El viejo se quedo observando el juego, nunca le intereso realmente el deporte, lo encontraba estúpido, pero aquel día no se perdió ni un bateo, ni un home run y ni un clamor.
Viendo a Brian Jenkins correr te veías a ti mismo, veías qué nada era imposible, que podías volar como las gacelas si así te apetecía, que podías recorrer los tejados sin tocar apenas las tejas. Viendo a Sandman batear sentías el poder de destrozar a la muerte y el olvido en tus manos, cómo la fuerza te daba oportunidad pero no permiso de cambiar la realidad. Oh, si, el viejo no tomaba drogas, pero ese día alucinó.

Mientras su mente viajaba por el cosmos y atravesaba el tiempo como si fuera mantequilla de cacahuete la oscuridad se hizo.

Bautismo de fuego

Cuando despertó estaba en la enfermería del estadio, con un horrible dolor de cabeza y una enfermera pechugona escribiendo algo en una libreta, así que no sabia si era el infierno o el paraíso.

-Oh no, acuéstese, se a llevado un golpe tremendo.

Seria el golpe o los globos de carne que se zarandeaban frente a él, el viejo no respondió. Se palpo la frente y noto el enorme chichón bajo los vendajes.

La enfermera de terrible exuberancia salió a alegrar a otros enfermos por el mundo, y a cambio entraron un doctor que examino las pupilas del viejo y el jugador de dorada caballera, que se quedo observando al atónito paciente.

A los cinco minutos el doctor se marcho, y el ingles se quedo como estatua de piedra observando al encamado.

-Siento lo el golpe, amigo

-¿Que golpe?

Se señala la frente

-Ese golpe.

Ooh, así que era eso... claro claro. El viejo seguía sin entender nada.

-Te golpee con la pelota.

-Ya veo.

Silencio incomodo, supongo que es hora de que el mancebo rubio se marche y...

-No se como a ocurrido, de verdad. Debía atravesar el estadio, era lo que tenia que pasar.

El viejo asiente, eso esta muy bien, pero estoy cansado y...

-Tenia que haber desaparecido y entonces todos gritarían y seria perfecto.

Ahora siento el dolor de cabeza, es palpitante y poco agradable, y encima...

-Estoy acabado.

Nuevo silencio, esta vez como lodo que cae sobre sus cabezas, espeso e imposible de medir.

-¿Acabado?¿Que quieres decir?

-Me han apodado Sandman, porque duermo a la gante. Viviré siempre con eso encima.

El viejo estudia su rostro, no parece triste, o enfadado. No parece nada. No hay emociones en sus palabras, como si los músculos faciales se hubiesen ido de vacaciones.

-No te hagas una idea equivocada, no tengo nada en tu contra. Solo a pasado lo que tenia que pasar.

-Muy bien...

¿Por qué le contaba todo esto? Ante él un hombre que por la mañana estaba hecho de oro se convertía en una mohosa estatua de barro que se caía a pedazos, y quisiera o no su cabeza tenia parte de culpa, había contribuido a su nuevo apodo y según parecía, a la perdida de una vida de lujo y éxito.

Pero era cierto, el viejo no era el causante, sino la victima, así que ¿Por qué notaba un vació extendiéndose por sus entrañas?

-Oye... un apodo no es el fin del mundo, mientras juegues bien...

Negación. Un solo gesto con la cabeza que desbarata todo el argumento,

-No lo entiendes. No es que no pueda jugar bien o que mi vida en si este acabada, es que hoy he sido bautizado con fuego. He renacido para mejor o peor, eso el tiempo lo dirá.

El viejo intentaba seguir lo que decía, pero empezaba a dudar de la cordura de su acompañante. Quizás el sol le hubiese frito la sesera.

-Hoy he muerto, por mi mano y tu cabeza. Somos cómplices en esto amigo.

Vale, ya esta, se acabó, ¿vale? vale.

Tras unos increíblemente incómodos minutos, el 'renacido' alargo su musculoso brazo enrojecido por el sol y le ofreció la mano en señal de paz. El viejo se la estrecho y noto una descarga que no volvió a sentir jamás, en ese momento y aunque se escondiese en los confines de la galaxia, él y el hombre ingles estarían unidos por un lazo invisible e inquebrantable.

-Después de ese día, Brian siguió visitándome al estadio y hablábamos. Las cosas le fueron bien, aunque estaba como una – tos, demasiado tabaco- bueno, tu ya me entiendes. Cuando se entero que era mi cumpleaños me regalo la fiambrera... el muy idiota estaba forrado, y me regalo una caja de latón, hahahaha! En fin, cuando se marchó del país vino a verme vestido de traje, y parecía el maldito Clark Kent en rubio, lo juro. Ambos sabíamos que no volveríamos a vernos n esta vida, fue bastante raro la verdad. Vino y me dio un maletín, y sus ultimas palabras fueron:

-Quiero que lo tengas. Aquí esta lo que perdurara de mi ser cuando solo sea polvo y un recuerdo en la mente de quien tenga tiempo para la nostalgia.

Daniel no había cerrado la boca durante todo el relato, su lengua estaba completamente seca y le costó hablar, pero finalmente pudo articular lo que quería decir.

-Espera espera, pero ¿que había dentro del maletín?

El viejo mira al chico como si no entendiese la pregunta, como si le hubiese preguntado de que color es la sangre de los cangrejos en Rusia.

-No lo se, nunca lo abrí.

De un salto demasiado ágil, el viejo barrendero se pone en pie y deja al pobre chico con cara de desolación. Se siente como si le congelasen las entrañas y las coloran al revés. El viejo vuelve a su carrito y se marcha a paso lento, y sin volver la cabeza se despide.

-Si lo quieres es tuyo, de todas formas no sabría que hacer con el. Esta enterrado bajo el cuadrado del bateador.

Fuerza de la naturaleza

La ofrenda le había pillado con las defensas bajas, Daniel miro hacia el lugar que el viejo le había indicado con temor y respeto, como si esperase la aparición de algún fantasma polvoriento. Por supuesto, allí no había nadie, solo el cuadrado delimitado a rayas blancas, las cuales habían sufrido el desgaste del tiempo. Volvió la cabeza hacia el viejo como esperando una confirmación, pero el viejo ya no estaba, había desaparecido.

Ni viejo, ni carrito, ni escoba, solo unas volutas de humo que se disipaban por el viento.

Esto no le sorprendió, en el fondo sabia que eso ocurriría, por alguna extraña razón. Y se puso a cavar.

Tras pocos minutos, unas cuantas más heridas en las manos y demasiada impaciencia, Daniel encontró el maletín.

Era alargado como bien había contado el viejo, de cuero marrón oscuro ahora lleno obviamente de tierra y suciedad a pesar del paño que lo cubría. Estaba recubierto de sellos y pegatinas de fruta, de manzanas y plátanos en su mayoría, la mitad despegadas o ilegibles.

Con la solemnidad como si procediese a abrir el arca de la alianza, abrió las hebillas que resonaron por el estadio, y conteniendo el aliento miró en su interior.

Dentro, bajo un trozo de terciopelo morado había un bate de béisbol y una pelota. El bate estaba astillado en su extremo y una pequeña cinta negra sujetaba la madera. Inscrito se podía leer 'The Sandman' en letras oscuras, contrastando con el brillante acabado bañado en cera. Se había usado cientos, quizás miles de veces, incluso se podía distinguir si uno se fijaba mucho en las huellas del sudor del mango. En la parte posterior una inscripción en oro deslucido: Sé rápido, corre y jamás te detengas, sé una fuerza de la naturaleza.

Pero por supuesto Daniel no se fijaba en esto, Daniel solo era una figura que lloraba en medio de un campo de béisbol, solo un joven con el corazón ardiente, con la cabeza nublada por la felicidad y la incapacidad de expresarla.

Solo era un chico que había tenido el mejor cumpleaños de su vida.

Epílogo

Un gato ronronea, demanda comida a su dueña. Ésta ni se inmuta, sentada como esta en el sofá, bebiendo café, fumando y oyendo la radio. Al rato otro gato se acerca, con las mismas intenciones que el primero y a los poco minutos tiene ante si a siete felinos cantando la sinfonía del hambre y la impaciencia.

La mano de la mujer sujeta un periódico, la pagina que acaba de leer reza así:

El héroe de Boston

por: Leroy Jackson

Muchas son las historias que nos conmueven en tiempos de guerra, de héroes anónimos que dan su vida por nuestra libertad. La de hoy es una de esas historias, pero tan extraordinaria que tendrán que leerla dos veces

Es la Historia de Daniel Peabody, un joven soldado de infantería que el martes pasado se infiltro el solo bajo las líneas enemigas en Stuttgart. Allí, y solo con su destreza y habilidad redujo a las unidades atrincheradas que...

… a la pregunta de que hará cuando acabe la guerra el joven héroe de Massachusetts contesto 'bueno bueno, ya sabes, un hombre no puede quedarse sin hacer nada, y ya me han llegado propuestas de trabajo. ¿Me habéis oído? Voy a por vosotros atontados. BANG!

La foto en blanco y negro al pie de pagina mostraba a un chico sonriente, con sus chapas del ejercito relucientes y orgullosas sobre su pecho.

Los gatos comienzas a morder los rechonchos pies de su dueña, arrancan trozos de carne como si de atún se tratase. A ella no le importa. A ella ya no le importa nada. Pues tras leer la noticia, la rabia y bilis hicieron que le corazón de una ex profesora en Boston se colapsase.

( ) Tessie - Dropkick Murphys