Soldier – 1º Parte

Todo por la patria

-¡GUSANOS!

Las gotitas de saliva flotan como polen y crean un fugaz y asqueroso arcoiris. Bajo el sol veraniego, la hidratación de un buen soldado es tema de vital importancia. Un guerrero sediento se cansara más rápidamente tanto física como mentalmente, su espíritu bestial desaparecerá y sera pasto de las balas, bombas, cuchillos o cualquier porquería comunista que le lancen, así que desperdiciar valiosa saliva con unos escuálidos, lloricas, mimados, nenazas y blandengues sacos de pus como las cinco señoritas que tiene delante es un crimen, pero que le aspen, pagará gustoso el precio en un consejo de guerra si consigue convertir a esos perros huelebraguetas en la sombra de lo que es un verdadero salvador de la patria.

-¡He tenido bajo mis botas mierdas más aguerridas que vosotros maldición! No sois más que mariconas sin peluca que decidieron unirse a mi glorioso ejercito para encontrar quien les pague la manicura, pero juro por las bragas de la virgen que vais a salir de aquí convertidos en hombres, ¿lo oís? ¡HOMBRES!

Permanecen firmes, rectos como estacas, solo el rápido latir de sus corazones delatan el miedo y la furia que se gesta en su interior, pero nadie dijo que fuese fácil...

-Vais a correr hasta que se os derritan las suelas, vais a pelear hasta que no os quede carne en vuestras apestosas manos, y vais a darme las gracias mientras lo hagáis porque voy a daros una razón para vivir y si me falláis os sacaré yo mismo las gónadas y se las mandare en una cajita rosa a la vaca de vuestra madre ¡Caraculos!

-¡Señor! ¡Si, señor!

El sargento parece complacido. La motivación es la primera arma del soldado americano, afilada como una bayoneta, siempre lista para atravesar corazones. Con gesto eficaz mira la hora en su reloj plateado, recuerdo de un otomano sin cabeza que quiso meterle una bala en las entrañas años atras. Las 14:35, vaya, es curioso, tenia que hacer algo a esa hora, pero no recuerda el.. oh. Dios. MIO!

-¡Mierda! ¡Llego tarde a casa! ¡Mi madre me castigará!

Soldados y frijoles

Como palomas asustadas, los chicos corren en todas direcciones a falta de un líder que les diga qué hacer. Unos fingen ser cowboys salvadores de bellas doncellas cautivas por malvados y sanguinarios indios, otros son astronautas que descubren nuevos planetas y acaban con calamares espaciales, y luego está Jack. Él es el único que mantiene la posición un rato más, con la cabeza bien alta embutida en un cubo de hojalata que le sirve de casco. A juego lleva una medalla hecha con un tapón de cerveza Red Shed por su coraje en aquella ocasión que se colo en la casa del señor Miller para recuperar la pelota hecha a base de calcetines. Se llamo 'operación bola de queso' y es su mayor logro hasta la fecha.

Jack sujeta con fuerza una rama que le sirve de letal fusil, se siente preparado para defender a su patria aunque no sabría colocar su pueblo en un mapa, en realidad no sabría diferenciar los Estados Unidos de Rusia, pero eso son detalles para los listillos.

Nadie le a invitado a jugar. En realidad hace mucho que nadie le invita a jugar, y es que Jack no sabe jugar a otra cosa que no sea la guerra. Le apasiona. Esta en su sangre y en cada exhalación de sus pulmones. Desde que tenia uso de razón supo que quería ser soldado como su padre, y su abuelo y su antepasado romano y el que peleaba con dinosaurios (Jack no es muy bueno en historia)

Finalmente desiste y vuelve a casa. Él y su padre viven en una casa humilde que se cae a pedazos, en una urbanización que el gobierno cedió a los veteranos de guerra. En todas las casas ondea la bandera y se canta el himno. Jack a crecido entre soldados y hombres de valor, algunos de ellos perdieron la cabeza y gritan en la oscuridad hasta que se callan entre sollozos, otros simplemente se quedan sentados en el porche viendo a la gente pasar vestidos de uniforme. Es una buena vida, supone.

En su casa siempre resuena la televisión en todas las habitaciones. Su padre se sienta en el sofá por la mañana y se va a dormir bien entrada la noche, y todo ese tiempo lo pasa frente al televisor, con la mirada fija cual polilla y la luz catódica iluminando sus apagados ojos.

Cuando aún podía caminar lucho en la gran guerra, un día mientras dormitaba en cuclillas tras la trinchera cayo una granada a un palmo de su posición. Él la vio perfectamente, y tenia tiempo a echar a correr y quizás salvar una pierna, pero simplemente se quedo allí, observándola y esperando a que todo se volviese negro de una vez. No suele hablar de la guerra, en realidad ya no suele hablar de nada, simplemente se queda en el sofá lamentándose en su fuero interno de que la granada saliera defectuosa y solo le arrancase las piernas.

Jack entra en casa y saluda a su padre. Silencio. Alguien expone las maravillas de un nuevo detergente. En la despensa solo hay frijoles y se los come en la cocina mientras escucha las risas del publico.

En ocasiones, y esto no lo admitiría ni con tortura lenta y meticulosa, a Jack se le afloja algo en su interior y le caen un par de lagrimas por las mejillas mientras come los frijoles. No hace nada más, simplemente se sienta, come frijoles y le caen un par de lagrimas. La primera vez fue desconcertante, pero ahora no le da importancia, como si fuese una de las fases de la digestión humana. Su mente empieza a nublarse y come cada vez más rápido, intenta ahogar el nudo de su garganta entre salsa de tomate y nota como se hace más y más grande hasta que...

Oye unos golpecitos en la ventana. Se asoma a ella aun con la boca llena de salsa, como un caníbal de cine B, y se encuentra con la cara de su mejor amigo.

-¿Otra vez comiendo esa mierda? Por dios, debes apestar por dentro. Ven, quiero enseñarte algo.

Criminales de guerra

-¿Que te parece?

-Genial, ¿de donde las has sacado?

-Ya sabes, de gente.

Scott vivía a dos casas de distancia de Jack, y si la casa de éste era ruinosa, la de su amigo era una autentica chabola. Pilas de periódicos viejos se amontonaban, llenas de moho, aguantando los muros llenos de grietas. El papel de las paredes estaba tan deslucido como las imágenes de comida de los bares de carretera, azuladas y carcomidas. Al menor viento toda la casa se estremecía y los ratones correteaban para ponerse a salvo de la inminente destrucción que ocurriría más pronto que tarde. Pero era la casa de Scott, y como no tenia otro sitio a donde ir debía irse a la cama usando una vela para ver el camino y rezando a todos los superheroes conocidos para que no se le cayera el tejado encima.

Ahora estaban en su cuarto, sentados en la cama esquivando los muelles sueltos y contemplando la obra de Scott: ocho cabezas de muñecas en fila, con cascos de cartón.

-Son prisioneros de guerra.- Proclamaba el autor con orgullo.

-Creía que a los prisioneros había que encerarlos y esperar un juicio.

-Nah, estos no. Son culpables y he tenido que hacer de juez, jurado y verdugo. Querían vender platonio a los japoneses.

-¿Que es eso del platonio?

-Una especie de pila gigante que sirve para hacer bombas, con una toda la costa oeste se convertiría en un gigantesco agujero humeante.

-Guau, entonces has hecho bien.

Se quedaron observando las cabezas sonrientes de las muñecas durante varios minutos en silencio, mientras lo que quedaba del columpio chirriaba al ritmo del reloj afuera. Tenia algo de relajante, como si lo extraño de la situación se difuminara en el tiempo y solo quedase el momento de amistad, el cual era tan escaso en sus vidas que transformaba el lugar en un santuario de cristal.

-Tio, tenemos que largarnos de aquí.

-Si...

-Lo digo en serio, ¡vayamos a Europa! He oído que habrá una guerra pronto.

-Somos demasiado pequeños, y ademas civ...

-¡Callate! ¿No recuerdas el juramento? Somos soldados, nunca civiles.

-Esta bien, pero de todas formas debemos tener al menos dieciséis años para enrolarnos... creo... y para eso tenemos que esperar... uno... dos...

A Jack no se le daban muy bien las matemáticas.

-Lo que sea, la guerra estará ahí un tiempo, así que vamos a jurar hoy que cuando cumplamos quince...

-Dieciséis

-...catorce nos vamos a Europa, ¿trato?

¿Como podía negarse? Era su sueño, largarse de esa esquina del mundo y pelear, demostrarse que podía, y que era el mejor, y que no perdería las piernas como su padre.

-¡Perfecto! Vamos a jurarlo como hombres.

Y con un corte y saliva en las manos, la promesa de un futuro feliz fue sellada.

Los chicos pasaron la noche creando estrategias en el jardín. Las cigarras cantaban mientras ellos volaban por los aires tanques de cajas de cartón.

El padre de Jack duerme.