Soldier – 2º Parte
Hogar dulce hogar
Despertar en otro país es una sensación cuanto menos curiosa. Al levantarte sientes esos cinco segundos en los que crees estar en casa a salvo y de repente la realidad te atropella y deja tu humeante cadáver pegado en la calle para que se lo coman los cuervos. Lo bueno es que Jack no mantiene un sentimiento de 'hogar' como el que cualquier humano desarrollaría a lo largo de la vida, para él no es mas que una coordenada en el mapa, y desde que papá murió hace apenas dos semanas ya solo son unas coordenadas que sobran en el mapa.
Así estaban las cosas. El extraño sol francés brilla con luz azul o eso le parece. Tras una fugaz ducha a máxima presión y a mínima temperatura se prepara un delicioso desayuno a base de judías, pan duro y café aguado, que para los tiempos que corren no esta nada mal.
Se afeita los pocos pelos que empiezan a asomar en su juvenil rostro y se examina el uniforme (robado) para eliminar cualquier arruga, saluda militarmente a su reflejo en el espejo, lleno ahora de vapor, grietas y suciedad.
La casa donde han pasado las ultimas noches es una estructura deshabitada a las afueras de Granville, desde las colinas se puede ver una estampa preciosa de la ciudad si no fuera por la ocupación alemana. Las columnas de humo negro decoran como alfileres de carbón la ciudad.
-Buenos días.
Scott bosteza y rebusca algo que llevarse a la boca. Solo viste un roído pantalón de felpa azul y en su pecho se distingue un mapa topográfico a base de cicatrices. Como en un catalogo de muebles se muestran sillas, mesas y camas, en él hay heridas rosadas de cuchillo, metralla, balas, fuego, mordeduras... y por supuesto arañazos, y ademas frescos.
-Nos movemos en cinco minutos.
-Vale vale tranquilo, ¿has dormido bien?
NO. Definitivamente no a dormido bien. Y no es por el sonido de disparos en la lejanía o la posibilidad de que caiga una bomba justo cuando estés en el retrete, sino los ruidos rítmicos del baile del amor que Scott se marca noche si noche también con alegres muchachitas francesas en la habitación continua, mujeres que por la mañana solo son nubes de perfume que flotan entre las sabanas.
-La de anoche tiene una hermana por cierto...
Como respuesta Jack se coloca su casco (también robado) y sale de la habitación. Agradece que sea tres números mayor que su talla porque así Scott no puede ser fulminado con su mirada. No seria una gran perdida.
Sueños perfumados
Pero volvamos un poco atrás, cuatro meses en concreto. Es un día lluvioso, el agua se te cuela por detrás de la camisa y parece que busca abrirse paso hasta los huesos a base de dentelladas. Tras ser rechazados por quinta vez para el servicio por (y cito textualmente) 'código azul – trastorno grave', los muchachos se embarcan como polizontes en un carguero que exporta algo que necesita la señal 'muy peligroso' en la cubierta, y se dirigen a Francia a tomar parte en la gloriosa guerra que allí se bate. Solo saben que el francés hay que hablarlo como si tuvieses la boca llena de mayonesa y que los malos son los que siempre parecen enfadados. Disparar y preguntar, y como no tienes ni idea del idioma dispara otra vez. El padre de Jack no cambió su rutina esa mañana, mientras escuchaba en su radio el partido de béisbol su hijo apareció con el petate ya preparado.
-Señor, me voy a Francia a pelear. Mandare cartas cada semana.
La baba le cae. Se limpia como puede entre espasmos y sigue escuchando.
-Estará orgulloso de mi. Se lo prometo.
Silencio. La puerta se cierra y se hecha el telón.
Ya en el barco recuerda ese momento, el creer oír algo gutural desde la garganta del hombre, algo como un gorgoteo, que podría significar cualquier cosa, desde 'adelante' a (Dios no lo quiera) 'te quiero, chico'. Mejor no pensar en esas cosas.
Murió de madrugada.
Por supuesto no lo podía saber, pero lo sabia. Había sufrido un ataque mientras dormía, cosa que no esta nada mal, aunque algo deshonroso para un soldado. Esa noche Jack soñó con su madre, la cual solo conoció en fotografiás arrugadas, le hablo de su vida y de que fuese un buen chico. Olía a lavanda. Cuando despertó supo que su padre estaba muerto. Aun así siguió mandando cartas, una por semana, a veces dos.
Scott por su parte no mandaba nada ni hablaba de su familia. Los servicios sociales se lo llevaron cuando apenas era un bebe, creció en un orfanato y al poco se escapo y empezó a trabajar en una carnicería. Fin de la historia. Nada del otro mundo.
Crecer así le había convertido en un joven con mente de niño y deseos de adulto.
-Sabes -comenzó a decir mientras se liaba un cigarrillo- deberíamos aprovecharnos también de los cuerpos del bando bueno, solo con los nazis no llegamos ni para vino.
Saqueaban los cadáveres cuando la batalla se traspasaba a cierta distancia y así conseguían dinero para comer. Solo nazis, ese era el trato, pero Scott tenia demasiados gastos en sus vicios, porque no podía pasar una noche con una prostituta si no se emborrachaba antes.
-Negativo.
-Venga, si no lo hacemos nosotros lo...
-Si te acercas a un cuerpo que no lleve uniforme alemán te abro la garganta y me meo dentro.
Jack había perdido hace tiempo cierto nivel de empatía hacia el mundo, cuando Scott llegó a Europa y demostró de que estaba hecho finalmente se aisló en su fuero interno para no volver a salir. Era una deshonra tanto como hombre como americano. En ocasiones imaginaba que un francotirador le volase la cabeza y como seria la cara del idiota tras ver su cerebro esparcido por los adoquines. Cada vez lo imaginaba con mas frecuencia. Cada vez acariciaba más el gatillo cuando estaba cerca de él.
-Joder, eres un mierdas.
Respirar hondo. Esa era la clave. Dejar las granadas en paz.
El hombre bala
Eran cerca de las 12 cuando lo vio. Acababan de participar en una ataque camuflados como soldados americanos, cuando empezó lo serio se ocultaron y esperaron el momento oportuno para tomar un atajo. Sus acciones consistían en tomar la retaguardia y lanzar unos cuantos misiles, debilitar al enemigo para que los aliados acabaran el trabajo. A veces se colaban en alguna casa y la limpiaban de francotiradores o ametralladoras. Esta vez se protegían tras una fuente enorme de un grupillo de alemanes que parecían perdidos. Gritaban sin sentido, y de lo poco del idioma teutón que había aprendido dedujo que estaban sin capitán y discutían que opción tomar a continuación, un joven rubio enorme vociferaba algo de volver con el grupo principal, y otro mas canijo no quería irse sin arrancar el corazón a los yanquis. Así que entre disparos y gritos estaba la cosa.
De pronto una explosión, aullidos, humo y olor a carne quemada, y la sensación de lluvia periqueando en el casco. Al mirar al cielo lo vio, pasando como un proyectil más, el alemán canijo llevaba un lanzacohetes en la mano y volaba envuelto en humo. La lluvia no era mas que sangre de sus piernas destrozadas. El pobre imbécil había disparado por error el lanzacohetes al suelo y había salido disparado. Vio como se estampo contra un edificio y dejaba su huella corporal en el, lanzando destellos carmesíes a la luz del día.
Por supuesto, el grupo fue aniquilado por la explosión, quedaba alguno que se arrastraba o agonizaba pero dieron cuenta de ellos rápidamente.
Mientras Scott fumaba y buscaba en lo que quedaba de los chicos alemanes Jack se acerco al hombre bala.
El chico estaba completamente destrozado, una de sus piernas se había desprendido y estaba a pocos metros del lugar de aterrizaje, y de cintura para abajo era solo hueso y trozos asados de carne. Y aunque pareciera milagroso, sus pies estaban ilesos, sus botas solo estaban manchadas de sangre y polvo, pero ni un rasguño aparente. Se las quitó y examinó detenidamente. Parecían botas normales, de cuero y goma, aunque pesaban muchísimo más que lo habitual. Al volver con Scott se fijó que el resto de soldados también llevaban las mismas botas, y todas estaban en perfecto estado, cosa que pareció no importarle nada a su compañero.
-Eh, ¿te quedas las botas de ese inútil? Son feas de cojones.
-Creo que esta era una unidad especial, por eso estaban apartados del resto.
-Lo que tu digas, me voy a echar un meo.
Scott entro silbando en uno de los edificios bajándose la bragueta, como si suplicara que algún alemán avispado se la reventase de un tiro.
Y a pocos pasos de distancia, un libro, entre los pertrechos de los caídos. Un manual escrito en alemán, con el inconfundible sello de secreto de estado impreso en rojo, con ilustraciones detalladas de hombres saltando encima de explosiones y volando, para luego aterrizar y sonreír al lector. Hombres que atacaban desde el aire, que machacaban las cabezas de sus enemigos y colocaban banderas con la esvástica en la cima de monumentos estadounidenses.
Y la luz se hizo.
