Demoman – 1º Parte

Trolls y cabras

-¡Tavish! ¡Que el diablo te lleve y te meta saramantrujos en el estomago si no bajas dando brincos ahora mismo muchacho!

Estos son los 'buenos días' escoceses, y como buenos hijos de Escocia los Mac Baren calentaban sus corazones con hermosos gritos en las frías y húmedas mañanas otoñales.

-¿Qué diantres es un saramantrujo mamá?

-Son como escarabajos que duermen en las botas de los niños y se comen los dedos de los pies.

-Entonces, ¿qué mas dará que me los meta en el estomago?

La mujer alzo las cejas y observo al pequeño Tavish, se coloco los brazos en forma de jarra y el chico se sentó todo lo deprisa que pudo porque ya sabia que significaba ese gesto.

-No te dejes nada en el plato, hoy ayudarás a tu padre.

La rolliza mujer sirvió huevos, panceta y jamón en el plato desconchado. Sus curvas, aunque prominentes eran el orgullo de su marido y la envidia del pueblo, pues conservaba la gracia de una jovencita añadiendo unos enormes pechos que casi desbordaban por el camisón. Al igual que su marido, Maira Mac Baren tenia la piel más pálida que la leche de oveja recién ordeñada, con constelaciones de pecas sobre la nariz y los pechos. Si esto no resultaba lo suficientemente autóctono, el matrimonio Mac Baren poseía uno de los cabellos más fogosos que se han visto en las verdes praderas de los Higlands, recogido en un moño ella y corto y en punta él.

Poseían una casita de piedra cerca de Ullapool, alejada del centro pero no perdida entre las montañas, con el camino hacia la entrada bordeado por hortensias y madreselvas. Maira cultivaba un pequeño huerto y sacaba algunas libras con las riquísimas calabazas que cosechaba. Su marido era un artesano pipero, y muy bueno ademas. Fabricaba pipas de todas las clases y materiales, desde enormes y curvadas en raíz de brezo hasta minúsculas y rectas de roble, pasando por las exóticas pipas de espuma de mar. Las pipas de Coburn Mac Baren eran famosas en Escocia y aunque los pedidos nunca cesaban los ingresos que recibían no eran demasiado altos, por lo que la familia vivía humilde pero tranquilamente.

Cuando Tavish dio el ultimo bocado entró en la cocina su padre. Llevaba un trozo de regaliz en la boca que esparcía su aroma por donde hablara, y puesto que venia de su pub favorito, el 'Jabato negro', el toque punzante de alcohol acompañaba a la par sus palabras.

-Por las tetas de la Virgen, el viejo Erskine a vuelto a endeudarse con esos yankis y me a pedido que sea su aval.

-¿Qué? Espero que hayas dicho que no -Coburn tubo que esquivar el cucharon que empuñaba Maira- ¡Porque si no vas a dormir otra vez en el establo!

-Vamos querida, ya sabes que se lo debemos...

La señora Mac Baren parecía un enorme tomate a punto de reventar, inflaba sus carrillos y apretaba con fuerza el cucharon. Y para sorpresa de Tavish, que esperaba una bronca del tamaño de Glasgow, simplemente bajo el improvisado garrote, exhaló lenta y ruidosamente y abandonó de la cocina murmurando entre dientes. Con un par de palmadas de su padre Tavish volvió a la realidad y salió todo lo prisa que pudo de la cocina por si volvía su madre con ganas de guerra.

-Cielo, nunca había visto a mamá así.

-¿En serio? Tu madre tiene mucho carácter...

-Si, eso si, lo que digo es que nunca la había visto calmarse tan rápido. ¿Que le debes a Erskine papá?

-Oh, nada. -pero la efusiva mirada decía todo lo contrario- Cosas del pasado, nos hizo un favor y como hombres honorables debemos devolverlo cuando sea reclamado ¿No crees?

-Claro...

-Así me gusta. Coge tu abrigo, hoy iremos a ayudar a Frank Gordon con sus cabras.

Las cabras de Frank Gordon apestaban a culo de troll, pero siempre era mejor que quedarse en casa con mamá convertida en uno.

El plan

-Tu madre me a contado lo que hiciste anoche, Tavish.

El chico bajo automáticamente la cabeza e intento hablar con indiferencia, fracasando estrepitosamente. Los paseos hacia la cabaña de Frank solían empezar así.

-Uhmm, ¿el que?

-Te a vuelto a pillar fabricando esos cachivaches explosivos.

Por supuesto Tavish sabia a lo que se refería, y sabía que siempre lo iban a pillar, pero eso no le impedía hacerse el inocente. Su padre le miraba frunciendo el entrecejo y el chico notaba la mirada como un mazo en su coronilla.

-Uhmm... si...

-¿Porqué sigues haciéndolo Tavish? Sabes que a tu madre y a mi no nos gusta que juegues con esos trastos, podrías perder las manos o algo peor.

-¡No son trastos! -se defendió sintiéndose insultado- ¡Son cosas muy importantes!

-Hijo, ya te lo he dicho, no quiero que vuelvas a hacer esas cosas.

-¡Pero papá, lo necesito! Estoy diseñando una bomba tan grande que se cargara a Nessie, entonces seré famoso y todos...

-Callate, no digas nada más. -Coburn se había parado en seco y agarrando del brazo al chico lo zarandeo mientras le señalaba con el dedo, como había hecho decenas de veces anteriormente- Nessie no existe, que te entre en esa dura mollera que tiene. Dejaras de hacer bombas o te daré tal zurra que no podrás sentarte en una semana.

El resto del camino ni Tavish ni su padre cruzaron palabra o mirada, ambos estaban demasiado furiosos para ceder y al llegar a la cabaña Coburn solo musito un 'comportate como un Mac Baren' antes de llamar a la puerta.

Las ruinas

Sentado sobre una roca en la cima de la colina Tavish podía ver toda Ullapool bajo sus pies, se distinguía la plazuela y las figuras moviéndose por ella, como hormigas ajetreadas. Las cabras moteaban la hierba de blanco y negro, sus cencerros resonaban incansablemente siguiendo el movimiento de las cabezas que devoraban el pasto sin piedad. El olor era penetrante y amargo, se instalaba en sus pulmones y le oprimía el pecho, aunque tras los primeros veinte minutos uno se acostumbraba. Su padre y Frank Gordon discutían sobre fútbol a unos metros de el. Los dos fumaban en pipas hechas por Coburn y de vez en cuando Frank llamaba a sus perros para que vigilaran a las cabras.

-Oh, genial...

Una cabra con las ubres gigantescas estaba haciendo sus necesidades al lado de Tavish, y el aire le venia de cara, así que tapándose la nariz se levanto rápidamente y desde la distancia llamó a su padre.

-¡Papá!¡Me voy a dar una vuelta!

-Bien, pero no te alejes demasiado.

Y tras lanzarle una fulminante mirada la cabra se marcho sin rumbo fijo bordeando el bosque que se encontraba a sus espaldas.

Caminaba cabizbajo, pasando la mano por los troncos y pateando de vez en cuando alguna piedra imaginando que era su padre. ¿Porque no podía dejarle hacer lo que le gustaba? Él sabia que las bombas eran peligrosas, pero tenia cuidado, y seguía al pie de la letra las instrucciones de los libros de química que 'pedía prestado' en la escuela. Incluso su profesor se quedo realmente impresionado con sus conocimientos cientificos. Pero al escuchar esto, su padre lo sacó de la escuela y le prohibió seguir experimentando mientras vivieran bajo el mismo techo. Quizás era eso lo que debía hacer, marcharse de una vez. Seguro que cuando cazase al monstruo del lago Ness le pedirían de rodillas que volviera a casa, pero entonces el se reiría, diría que no y entraría en su mansión. Quizás pudiera ser Rey si mataba al monstruo, con una corona de oro que valiese más que su casa.

Cuando volvió en si se encontraba en una zona del bosque que no conocía. El musgo cubría prácticamente todos los arboles y las rocas y el sol apenas penetraba por el denso follaje. Tubo que respirar hondo para que dejaran de temblarle las piernas y con paso decidido dio marcha atrás, seguro que encontraría a su padre a la vuelta de aquella roca, o de aquella, o de aquel árbol del fondo. Si, volvería a verlo y le perdonaría por estar equivocado, es más, ya no estaba enfadado con él. No en serio, no lo estaba, pero por favor que este tras ese tronco, o tras ese...

Un castillo, abandonado, derruido, pero aun en pie. Tavish no supo cuanto tiempo estuvo ahí plantado, con la boca abierta contemplando las paredes grises, pero le pareció una eternidad. En un punto entre el ombligo y el pecho notó como si un imán le empujase hacia allí, no podía detener sus pies y tampoco quería, así que se dejó arrastrar por su inconsciente. El castillo presentaba dos torres, una de ellas con un gran boquete en medio, por la cual los pájaros entraban y salían. La entrada principal estaba salpicada de piedras desprendidas y con esfuerzo pudo entrar al patio interior. Era un castillo asombroso, muy pequeño, pero a un chico de seis años le hubiese parecido digno del Rey de Inglaterra. Paseó entre los escombros, tocando las paredes frías, la maleza que se abría paso y los restos podridos de muebles que antaño decoraban las altas salas.

Sus ojos se posaron en una pequeña estancia con un blasón mohoso y mugriento que colgaba precariamente en una de las paredes, y su imagen creo en Tavish una fuerte sensación de déjà vu. Un sello circular, con su interior dividido entre las imágenes de tres bombas y una botella, y en su exterior rodeando palabras casi ilegibles, 'Luscus... Regionem Caecoru...' y poco más que pudiese entender. Extendió su mano tembloroso y cuando estaba a pocos centímetros de la tela, cuando ya notaba el calor de sus hebras, un grito le devolvió a la realidad.

-¡TAVISH!

Su padre, con el rostros rojo marcado por la furia se encamino hacia él. Parecía que fuese a escupir fuego de un momento a otro.

-Papá... yo solo...

¡PLAF!

La bofetada retumbo por las ruinas y el muchacho cayo al suelo por la fuerza del impacto. Se llevó una mano a la mejilla caliente y con los ojos llorosos se atrevió a mirar a su padre a los ojos, el cual bajo las sombras del castillo parecía un monstruo a punto de devorarlo.

Sin mediar palabra lo agarro del brazo y lo levanto a la fuerza, cuando ya se estaban alejando del castillo Tavish notaba el sabor acre de la sangre en la boca.

-No vuelvas jamas a ese castillo.

Tavish no contestó.

-Allí solo hay maldad y desgracia. No vuelvas jamás al castillo.

Pero el chico no escuchaba. Algo dentro de el había transmutado cuando toco la tela del blasón, y sabia que estaría ligado a aquellas ruinas para siempre.

Aún a sabiendas del peligro de ser descubierto, no pudo evitar echar la vista hacia atrás y susurrar:

-Volveré.