Demoman – 3º Parte

Por un pelo

Es el olor a sulfuro lo que alerta al señor Hicks, profesor de química en la escuela Crypt Grammar, de que algo no marcha bien. Olisqueando como un sabueso pasa por delante de matraces y hornillos y sigue el penetrante olor haciendo caso omiso a lo que ocurre alrededor. Llega justo a tiempo para impedir que una mano mezcle el sulfuro con ácido nítrico, una mano experta, se atreve a apuntar.

-¡Por Dios santo Tavish!¿Que diantres intentabas hacer?

-Nada.

El chico se encoge de hombros. Ni siquiera se inmuta ante la reprimenda y las risitas de sus compañeros. Se queda mirando el matraz donde el ácido sulfúrico mantiene la calma de su imperturbable superficie.

El señor Hicks se pasa la mano por la cabeza y se seca el sudor. Si hubiese una imagen en el diccionario que definiese a los profesores de ciencias aparecería él, con su bata blanca, sus bolígrafos en el bolsillo de la camisa, su calva con recuerdos de pelo canoso y sus gafas de pasta enmarcando unos diminutos ojillos negros aumentados por la enorme graduación.

Durante su carrera como profesor aprendió que los genios siempre van a otras escuelas, y que él debía conformarse con que sus alumnos aprendieran de memoria los elementos más importantes de la tabla periódica. No es extraño saber que cuando conoció a Tavish su medicado corazón volvió a bailar salsa. El joven poseía unos conocimientos fuera de serie, y a las preguntas sobre el origen de estos solo podía negar con la cabeza y seguir trabajando.

El señor Hicks encontró a la gallina de los huevos de oro.

Bajo su tutela conseguiría crear a un científico más allá de los estándares normales del colegio e incluso del país. Podría competir con esos ambiciosos niños chinos comunistas con calculadoras en lugar de cerebros. Las puertas a la gloria y el reconocimiento se le abrieron de par en par y la suave brisa de la firma de libros y entrevistas televisivas le encandilaron.

Y ahí estaba, su pequeño Döbereiner, su ticket a una casita junto a la playa, cocinando por tercera vez explosivos, en este caso...

-¿Nitroglicerina? -Fuera del aula su rostro, rojo como un tomate, relucía bajo los focos y el sudor- Quedamos en que dejarías de hacer cosas peligrosa Tavish, podrían expulsarte.

-No a sido mi intención, profesor.

Mentira. Sucia y asquerosa mentira. Y el chico lo decía sin un atisbo de vergüenza. Pero no era la actitud de Tavish lo que más enfurecía al adusto profesor, sino que...

-Y encima borracho. Te apesta el aliento a alcohol.

-No estoy borracho. Solo alegre.

-¡Vete ahora mismo a tu cuarto!¡Te espera un castigo ejemplar jovencito!

Mientras el chico desaparecía por el pasillo, el señor Hicks tubo una revelación. ¿Y si Tavish solo era un psicópata obsesionado con los explosivos?¿Y si en una de sus borracheras hacia volar toda el aula? ¿Y si estaba poniendo en peligro a los demás alumnos...?

Pero no. Tonterías. Son cosas de muchachos. Si. Además, sacrificaría veinte aulas llenas de mocosos anormales antes que a su brillante estrella personal. ¿En que estaría pensando? Psicópata... ¡Ja!

El rojizo resplandor de las ascuas iluminaba la escena. Tavish, con una manta sobre los hombros que un policía le había dado contemplaba la escena con ojos resecos por el humo.

Sus padres estaban en algún rincón del humeante montón de cenizas que antaño fue su casa. Un par de agentes hablaron con él, pero no pudieron sacar nada en claro.

La investigación decretó como resultado que el incendio fue un accidente. Parece ser que la cerilla que uso el señor Mac Baren para su pipa entró en contacto con una gran masa combustible. Por las manchas dejadas en el suelo y paredes dedujeron que se trataba de una gran bolsa llena de pólvora y otros productos explosivos. Imprudencia.

Tavish lo sabía aun sin haber escuchado el informe. Las dos semanas que paso como un muerto viviente le sirvieron para caer gravemente enfermo, y en su estado solo podía estar tumbado en la cama del hospicio y rememorar una y otra vez los hechos de aquella noche. Lo mirase por donde lo mirase todo era culpa suya. Una tenaza le oprimía el pecho, y la culpa y el remordimiento le hervía en el estomago, empapando como una esponja cada partícula de su cuerpo. Estaba seguro que ni en la muerte escaparía de el horrible peso que nublaba sus días y noches.

En el entierro todo era de papel. Todo parecía estar ocurriéndole a otro desdichado, y en algún momento aparecerían sus padres para llevarlo a otro mundo muy diferente. Pero no fue así.

Tavish encontraba consuelo solo en una cosa, el alcohol. Bebía todo lo que podía, vomitaba, y volvía a beber. Mientras estaba borracho su cerebro se desconectaba y podía librarse de la cadena de plomo que llevaba a rastras, así que dedico sus ahorros a ahogar las penas.

Entrar en la escuela Crypt Grammar no mejoró las cosas. Seguía bebiendo gracias a las botellas que le pasaba el conserje a cambio de unas cuantas monedas y las vaciaba entre clase y clase, en la hora del almuerzo y en las pausas para ir al lavabo, que eran múltiples y largas.

Sus notas (exceptuando física y química) eran pésimas, el chico apenas podía mantenerse sentado y un par de vez vomitó sobre el pupitre, lo que no favorecía el hacer amigos.

Así pasaban los meses, entre borrachera y formulas químicas. Aun odiándose por lo ocurrido, había algo de paz en ver como los compuestos se unían y transformaban entre si, y no podía dejar de ver lo hermoso y horrible de las reacciones explosivas, el como podían crear bolas resplandecientes de humo multicolor o como podían arrancar la carne de los huesos.

En su cama el tiempo pasaba más despacio si cabe, pero se sentía a salvo. Todos los demás alumnos jugaban a fútbol o se reunían en la sala principal, pero Tavish simplemente miraba al techo con humedades y mataba el tiempo. Día tras día. Semana tras semana. Una parte de él, la parte que estaba encerrada bajo llave gritaba que escapase, que cogiera un barco cualquiera como iba a hacer aquella noche, que volase en pedazos todo.

Un fuerte viento levanto las cortinas y lleno el cuarto de hojas de tejo. Tavish tardo un par de minutos en reaccionar, y cuando lo hizo y cerró la ventana creyó que por fin el alcohol había podrido su cerebro. Allí afuera, tras la vaya, un hombre y una mujer lo miraban. Los dos, de piel negra, llevaban sueteres de lana rojos y allí plantados parecían formar parte de alguna estampa surrealista. Tras unos segundos que al chico le parecieron horas los dos personajes desparecieron de su vista. No dijeron nada, no hicieron ningún gesto, pero una ramita se partió dentro de Tavish y supo, como certeza inmutable, lo que debía hacer.

Los profesores y demás alumnos se dieron cuenta del cambio, Tavish parecía más despierto que nunca, comía con prisas, caminaba y hablaba en susurros consigo mismo y faltaba a todas las clases. El señor Hicks comenzó a asustarse, conociendo la afición del chico por los explosivos y su nuevo y perturbador comportamiento... todo podía hacerse añicos literalmente. Así que hizo lo que cualquier adulto responsable, se cogió unos días de baja. Solo por si acaso.

Y llego el Domingo de Pascua. Los campos olían a flores silvestres y los bosques emanaban su aroma a musgo y tierra mojada. En la costa las gaviotas se arremolinaban sobre las rocas calientes, y los barcos faenaban como hormigas marinas. Y Tavish ya no miraba el techo.

Regreso a casa

Por los bosque y laderas, por las escarpadas colinas y entre los matorrales, saltando zanjas y atravesando riachuelos de frías aguas y resbaladizos lodos, el chico corrió desgarrando el aire, dejando en cada pisada algo de dolor y muerte, tratando de llegar allí donde todo acabaría.

Dos días después, sucio y hambriento, contempló el sol ocultarse tras los torreones del castillo, y por segunda vez le invadió ese sentimiento de familiaridad, como si el tacto áspero de los muros fuese el mismo que el de sus huesos.

Al poner un pie en las desoladas ruinas el ambiente se enfrió y cambio. La oscuridad fue adueñándose rápidamente del lugar y las sombras azuladas reptaron por las piedras. Tavish se dirigió al escudo de armas, como un marinero tras el canto de las sirenas, y observo detenidamente cada hebra de la tela.

-El escudo de nuestra familia.

El hombre y la mujer estaban allí de pie, detrás de Travish. La voz de él era grave y melosa.

-El escudo de nuestro hogar.

Ella hablaba con calma, con un fuerte acento escoces.

Ambos presentaban una imagen curiosa, no era habitual encontrarse a una pareja de piel negra con el traje tradicional escoces y menos aun que ambos fuesen ciegos. Parecían dos reyes antiguos tallados en obsidiana, presidiendo la entrada del castillo, y aunque no se movían ni un ápice Tavish sabia que no le dejarían salir hasta que todo quedase zanjado. Y que demonios, él tampoco quería marcharse. La mujer retomo la conversación.

-Nosotros somos...

-Sé quienes sois, no soy estúpido

La pareja ni se inmuto.

-Bien. Eso facilita las cosas.

No sabia muy bien que decir. Allí estaban sus padres reales, y la mezcla de emociones que lo embriagaban no ayudaba. Tanto quería estrangularlos, como abrazarlos, como salir huyendo. Solo sabia que no podría resistir mucho más su presencia, el respirar el mismo aire que esos fantasmas de carne y hueso que lo abandonaron. Intento aparentar firmeza aunque le temblaran las piernas.

-Acabemos con esto.

-Muy bien. Sé lo que sientes y te aseguro...

-Tu no sabes una mierda.

-Por supuesto que si. Y te aseguro que al amanecer tendrás de nuevo las riendas de tu vida, tanto como si quieres creerme o no. Por supuesto, no te molestaremos si es lo que deseas.

-Pues date prisa.

Tenia la boca seca. Necesitaba un trago urgentemente. Cuando volvió a enfocar la vista el hombre le daba la espalda, con los brazos tras esta, y observaba con sus vacíos ojos las estrellas. El humo de una pipa formaba espirales danzarinas que llenaban el aire de aromas a vainilla y cedro. Tavish creyó saber de donde provenía esa pipa.

-En el año 864 después de Cristo, los DeGroot, mercaderes adinerados provenientes de los Países Bajos, decidieron comprar las tierras que ahora ves y que abarcan todo Ullapool. Entre las posesiones de esta familia se encontraba un grupo de esclavos africanos, un exótico souvenir traído desde marruecos y que alteró enormemente a los nativos de la zona, que los consideraron seres demoníacos. Los DeGroot tuvieron como es habitual ciertas disputas por el control de las tierras, ellos poseían el dinero pero los clanes de la zona tenían el autentico poder, así que los DeGroot pagaron un diezmo altísimo por quedarse en las tierras y ambos bandos firmaron una paz frágil, que pronto saltaría en pedazos. Cerca del siglo X, los clanes escoceses aumentaron los pagos a la familia DeGroot, no obstante, al haber vivido durante cuatro generaciones entre estos muros se consideraban ciudadanos escoceses de pleno derecho, y se negaron a pagar. Así comenzó la pequeña guerra de Ullapool. Los nativos atacaron las cosechas y los poblados colindantes hasta que llegaron inexorablemente al castillo, que fue asediado durante un més. Acabándose la comida y el agua, los DeGroot decidieron morir peleando por sus derechos, y armaron a todos los hombres que estaban a su mando, incluidos los descendientes de los esclavos negros. La batalla parecía pedida, pues los nativos los superaban en tres a uno s y muchos de los nobles DeGroot habian perecido, incluyendo los descendientes directos. No obstante, una de las noches todo cambió. El oscuro cielo se ilumino y las tiendas de los nativos prendieron en llamas. No era simple fuego, devoraba la tierra y la carne junto con el ensordecedor estruendo del relámpago.

-¿Usaron bombas?

-Exacto. Bombas a principios de milenio. Debes comprender, que la pólvora no fue introducida en Europa hasta cerca del 1200, y para entonces fue considerada obra de Dios. En fin, Las bombas desintegraron a más de la mitad del ejercito y en medio del caos las puertas se abrieron y los esclavos, armados con espadas oxidadas y armaduras de cuero viejo acabaron con los supervivientes. Los DeGroot vencieron, y se proclamaron reyes de las colinas por cientos de años. Los esclavos fueron la clave, ellos convencieron al Rey de que les dejaran usar sus conocimientos traspasados de generación en generación. Al poco de ser coronado, el Rey liberó a los esclavos y les otorgo el apellido DeGroot, pues hasta la fecha eran a ojos del hombre blanco menos que animales de carga. Se dice, que cerca del siglo XIV el primer descendiente de esclavo negro llego a la corona del castillo, y así nuestra sangre adquirió el derecho sobre la tierra de Ullapool. Tavish, tu verdadero apellido, como ya habrás deducido, es DeGroot, eres descendiente de los esclavos que llegaron a ser reyes y guardián de nuestro conocimiento por derecho de sangre.

Tavish necesita unos momentos para poner en orden su cerebro. De repente se ve envuelto en medio de guerras medievales, entre las espadas y el fuego, y supo muy bien que sintieron los nativos escoceses cuando se vieron envueltos en las llamas y la pólvora.

-¿Eso es todo? ¿Esa es la gran explicación de porqué me abandonasteis? Si creéis que me importan unos esclavos muertos y este asqueroso castillo estáis más locos de lo que creía.

-Has venido a nosotros, Tavish. -La mujer lo interrumpe sin variar el tono de su voz.- Es tu sangre la que te a traído hasta a qui y la que habla.

-¡Me da igual mi sangre si es la misma que la vuestra!

-No nos estamos excusando por lo que hicimos, chico. Estamos explicándote cual era nuestro deber. Todos los DeGroot somos abandonados al nacer, para que nuestra sangre y la sabiduría que encierra despierte. Y la tuya lo a hecho. Ahora puedes venir con nosotros y aprender todo lo que podemos enseñarte o separarnos aquí y hacer tu vida como se te antoje. No te pedimos que nos quieras o nos aprecies. No meremos ni pedimos el perdón.

-No podría... no, ni pensarlo.

-No se trata de lo que quieres, sino de lo que harás.

Tenían razón. Tavish los odiaba, los odiaba con cada respiración, con cada latido. Pero su voz se apagaba sin remedio. No pudo más que caerse al suelo y romper a llorar como no había hecho desde el incendio, y saco todo su dolor a la fuerza, desgarrando sus entrañas en el proceso. La mujer se acerco y cubrió al chico con una gran manta de lana, mientras acariciaba suavemente la espalda del muchacho.

-Un día, si vives lo suficiente, tendrás hijos. Harás lo que nosotros hicimos, y los que hicieron nuestros padres, y deberás convivir con ello. Pero es nuestra sangre, Tavish, y la sangre es poderosa. Se fuerte y combate tu dolor o te devorara.

El amanecer de un nuevo día lleno de luz el mundo del chico.

Epilogo

El lago, con sus aguas frías y tranquilas asemejan un gigantesco espejo. Cerca de Drumnadrochit, un robusto hombre trabaja pelando cables y conectándolos a una pequeña caja roja. Mientras se seca el sudor bajo el gorro de lana un coche de lujo aparca a unos veinte metros de él. Las puertas se abren y el sonido de unos pasos acolchados por la hierba fresca acompañan el chasquido de la electricidad. Tavish contempla su obra orgulloso y se acaba de un trago media botella de whisky.

-¿Señor Tavish DeGroot?

La mujer lo observa y pasa su mirada entre la botella, el dispositivo con cables que entran en el lago y el parche de su rostro. El cíclope negro escoces se cruza de brazos pero no suelta palabra.

-Mi cliente piensa que sus servicios podrían serle muy útiles. ¿Tiene usted algún trabajo entre manos actualmente?

-Un segundo.

Tavish contempla el lago como si fuese el señor de cada gota de agua. Pasea el pulgar por el único botón del artefacto y finalmente lo presiona. Desde las profundidad acuáticas un resplandor verdusco se come la calma del lugar y el ensordecedor trueno de una cadena de explosiones recorren los 30 kilometros del lago, como si un dios furioso aporreara con un mazo las verdes costas. El suelo tiembla y la mujer cae al suelo. Debe esperar varios minutos a que las vibraciones cesen para levantarse y limpiarse el trasero de tierra húmeda. Tavish se despereza y la invita con un gesto a pasear.

( ) Hamsterheid - Clanadonia