Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

Había tenido complicaciones en cómo debía de iniciar la historia. Me pareció que darle voz a Aro era lo correcto de momento.

Ahora, quiero aclarar que tal vez una par de caps van a estar en tercera persona ya que me rompí la cabeza en darle voz a Edward y a Bella en estos momentos. Después de un par de caps ya va a estar todo en primera persona. Dejado claro este punto…

Espero les guste.


2. LA CLAÚSULA DE LA HERENCIA

En la casa de Edward Cullen…

Estaba en estado credo.

Ni si quiera podía recordar su nombre, ni el nombre de la mujer que estaba desnuda en su cama.

Las mujeres…

Las mujeres son lecciones, son cadenas, son interesadas y a él eso no le gustaba. Sin embargo, eso no impedía que disfrutara de los placeres carnales. Llevaba disfrutando de esos placeres desde los quince años.

Había pocas mujeres a las cuales él respetaba y valoraba: las que pertenecían a su familia.

Odiaba sentirse vacío después de una alocada fiesta en donde abundaba el alcohol, las mujeres, el descontrol, pero día a día siempre se despertaba vacío, sólo. Sin nada que pudiera mitigar el dolor que llevaba dentro desde el día en el que su madre murió.

Su madre… Estaría decepcionada de ver el hombre en el que se ha convertido.

Edward Cullen era todo lo contrario a lo que Elizabeth Masen le había enseñado.

Era un borracho, buen amante, con dinero y sin interés alguno en salvar su alma. Alma que ya estaba perdida y condenada.

Como pudo se levantó y se vistió.

La mañana era fría, como su corazón que ha permanecido congelado.

¿Por qué a él?

Esa era la pregunta que siempre se preguntaba cuando se sentía cansado de que todo lo malo, toda la miseria y demás cosas fueran para él. Pero no hacía nada para cambiar ese aspecto que no le gustaba. Prefería culpar a Aro Vulturi, su tío por así decirlo. Ese hombre era el responsable de que su alma estuviera condenada.

Aún podía recordar la primera vez que estuvo con una mujer. Aro lo había llevado con una mujer de la vida galante para que él pudiera aprender sobre las artes de ser un buen amante.

Edward no era consciente de que Aro siempre le enseñó a llevar una mala vida. Una vida en donde había miseria. Había lujos, había mujeres y había alcohol, pero eso no le daba felicidad.

A veces se perdía en sus pensamientos, en su utopía donde había una vida tranquila, donde podía creer y tenía derecho a ser feliz.

Bajó a la cocina para preparar café, tenía que limpiar junto con Emmet el desastre que había en casa antes de que llegaran Carlisle, Esme y Alice a casa.

Sus tíos y su prima habían ido a acampar.

A Edward se le hizo fácil hacer una orgía y ahora debía de justificar varias cosas como la cantidad de basura acumulada, las dos sillas rotas y por qué las cortinas habían sido quemadas.

—Les he dicho que tengan cuidado con los cigarros —murmuró enfadado mientras analizaba los daños a las cortinas de Esme.

Edward veía como el líquido que era más preciado que el petróleo, bajaba y llenaba la cocina con el aroma a café recién hecho cuando sintió que alguien lo miraba.

Edward había roto muchos corazones que ya era costumbre decirles a las mujeres que en primera, se quitaran su camisa y en segunda, que ya se podían marchar y que no se molestaran en dejarle su número ya que no tenía interés en volver a repetir.

Cuando hubo despachado a la señorita que se alejaba corriendo se dispuso a servir café para él y para su buen amigo Emmet.

Subió las escaleras y llegó al cuarto de huéspedes en donde se alojaba Emmet.

Sólo a Emmet se le ocurría meterse con una mujer loca. La mujer con la que tuvo una relación de sexo y sólo sexo se molestó porque él no se quería casar. En venganza, incendió la casa de Emmet hasta los cimientos.

Sólo Emmet se metía con locas.

Como era de esperase, su amigo estaba en la cama con tres mujeres desnudas a su lado.

—¡Despierta! —dijo lo más alto que pudo.

Su amigo empezó a abrir los ojos.

—Buenos días —Emmet parecía feliz e incluso se puso a besar a las mujeres que estaba a su lado.

Edward rodó los ojos para no mostrar su envidia. A veces quería ser como Emmet, simplemente era como un niño que disfrutaba de hacer maldades.

Emmet tomó el café que Edward le ofrecía y tomó un par de sorbos.

El café tenía que ser caliente como el infierno y amargo como el desamor para que de verdad surtiera efecto en el sistema que aún estaba adormilado.

El teléfono de la casa sonó.

—¿Diga? —contestó Edward molesto.

¿A quién rayos se le ocurría hablar tan temprano? Todavía ni eran las diez de la mañana.

—Edward… —era Carlisle—. Tenemos que hablar, vamos de camino a casa. Llegamos en unas tres horas. Te aconsejo que vayas limpiando antes de que lleguemos.

Claro, Carlisle siempre se enteraba de todo. ¿Cómo le hacía?

Era brujo o alguna clase de adivino.

—Está bien —murmuró antes de colgar.

—¿Quién era? —preguntó su amigo bostezando audiblemente.

—Carlisle, quiere que limpiemos todo antes de que llegue —Edward encogió los hombros—. Llega en tres horas.

Emmet se estiró y gimió antes de empezar a despertar a las tres mujeres que estaban dormidas.

Una a una se fue desperezando antes de dedicarle una sonrisa de complicidad a Emmet.

—Bien chicas —empezó Emmet—, me temo que les va a tocar limpiar la casa ya que en un rato llegan los dueños.

Las chicas miraban a Emmet incrédulas. ¿Ellas limpiar?

—Por cierto, ¿cómo se llaman? —Emmet se rascó la cabeza.

—Kate —saludó una rubia de ojos azules.

—Irina —saludo otra que al parecer era hermana de Kate.

—Jane —saludó una chica que parecía menor de edad.

Por un momento Emmet se espantó, pero se le pasó.

Ninguna de las chicas se esperaba, que terminaran limpiando la casa mientras los dos amigos se ponían a ver la televisión y tomaban café.

Irina y Kate fulminaban con la mirada a Emmet ya que no supieron en qué momento aceptaron eso de andar limpiando como si fueran cualquier cha cha.

La única que hacía y desempeñaba el trabajo de manera admirable era Jane, quien había hecho un trato con Emmet a diferencia de las otras dos que fueron amenazadas con decirle a su tío Eleazar donde estuvieron toda la noche.

La casa estuvo recogida y siendo trapeada por Jane cuando el resto de los Cullen llegaron.

Carlisle les dedicó una mirada de desaprobación a los chicos mientras Esme miraba enternecida a la pequeña Jane que limpiaba mientras tarareaba una melodía pegajosa y Alice se limitó a rodar los ojos en lugar de reír.

Irina y Kate desaparecieron por la puerta trasera antes de que el amigo de su tío se diera cuenta de su presencia.

—Edward, te dije que limpiaras no que esclavizaras a esta pobre inocente niña —lo reprendió Carlisle.

—Inocente no es y eso debemos agradecérselo a Emmet —murmuró pero no pasó por desapercibido por Esme ni Carlisle.

—¡¿Qué?! —exclamaron sus dos tíos.

Emmet palideció y casi se ahoga con su café.

Carlisle hizo acoplo de toda su paciencia para no decapitar a esos dos.

—Edward, tenemos que hablar contigo —trató de tranquilizar las cosas Esme, siempre tan noble.

—¿Pasó algo? —Edward sentía que algo grave debía ser por el rostro de sus tíos.

—Hablemos en el despacho —propuso Carlisle—. Emmet, tú también puedes venir.

Los cuatro se pararon y se fueron directo al despacho.

Antes de que tomaran asiento, un ligero toque en la puerta se escuchó.

Emmet fue a abrir.

Jane hizo una pequeña mueca al ver que tres pares de ojos la miraban.

—He acabado —dijo la pequeña—. Vengo por lo que prometiste.

Emmet de su bolsillo sacó un par de boletos para un concierto y un papelito.

—Recuerda, si te preguntan quién te dio este número dices que fue Alice.

Jane asintió y se marchó después de darle un enorme abrazo a Emmet.

Tres pares de ojos lo miraban interrogantes.

—Le dí boletos para ver a Lady Gaga y el número de Bono —se encogió de hombros Emmet.

Tres pares de ojos lo miraron incrédulos.

Carlisle pasó eso por alto y se dirigió a su sobrino.

—Me temo que esto no va a ser fácil —Carlisle parecía analizar sus palabras antes de expresarlas—, pero quedan tres semanas para tu cumpleaños número veinticinco y me acabo de enterar que hay una cláusula que estipula que te debes de casar para poder tomar posesión de lo que te corresponde por derecho.

Edward miró a su tío, en la espera de que este empezara a reír y dijera "Feliz día de los inocentes".

Estaban a finales de mayo y no era día de los inocentes.

—¿Qué? —como era costumbre suya, se apretó el puente de su nariz en un intento de calmarse.

—Me temo que has escuchado bien, querido —se lamentó Esme.

—¿De dónde va a sacar una esposa? —preguntó Emmet que no sabía si hacer una broma o no.

—Obviamente tendrás que contratar a alguien para que le haga de tu esposa —Carlisle parecía tranquilo—. Esa mujer tendrá que firmar un contrato donde estipule que se le dará una cantidad por ser tu esposa por un tiempo.

—Las mujeres hacen cualquier cosa por dinero —dijo Edward con los ojos aún cerrados.

—No todas, cariño —dijo Esme dulcemente.

—Es como encontrar una aguja en un pajar —se lamentó Edward.

—Siento mucho que te veas en esta situación, pero debemos de hacer algo y rápido —Carlisle empezó a anotar las ideas que se le venían a la cabeza.

—Está bien, gracias Carlisle —dijo Edward.

Tenía que pensar las cosas con calma.

Tenía que salir de ahí.

Tenía que ir a su prado.

—Ahora vuelvo —murmuró antes de salir huyendo.

Se fue en su amado Volvo.

Aceleró y se limitó a escuchar la música que puso.

No quiso pensar, eso lo dejaría para cuando caminara y estuviera en su prado.

El cielo estaba nublado y una llovizna caía.

Caminó el resto del camino a su prado.

Las cosas habían cambiado.

El camino pareció corto y se imaginó que fue por ir sumido en sus pensamientos.

Edward caminaba y no le importaba mojarse.

Llegó a su prado, ese prado con flores y que le transmitía paz.

Nunca se esperó encontrar a una chica de cabello caoba que abrazaba sus piernas y lloraba desconsoladamente.

¿Sería una visión?

Caminó y se acercó a la visión.

—¿Estás bien? —preguntó.

La castaña levantó el rostro.

Fue como un golpe, como una luz que de pronto iluminó a Edward y lo cegó.

Era la mujer más hermosa que había visto, se veía tan pequeña y frágil; su cara era la de un ángel, un ángel que había caído a la Tierra para sufrir. Ese ángel era la más hermosa. Hermosa a morir, hermosa para matar.

Edward sintió cómo su corazón y su pecho sufrían un cambio radical.

El ángel lo miró y por un momento dejó de llorar.

Era un día nublado con lluvia, un día en dónde un corazón frío y dañado empezó a sentir la calidez del amor.

Un amor que nació de una mirada, una mirada que traspasó más allá de esos ojos color chocolate que estaban tristes y pudo ver el alma de esa hermosa creatura.

Un alma bondadosa y capaz de darle el calor que él buscaba, y ni siquiera él estaba consciente de que la buscaba hasta que la encontró.

El silencio se hizo largo hasta que por fin el ángel respondió.

—He tenido peores días —intentó dar una sonrisa pero más bien fue una mueca, una mueca adorable.

Edward, limpió las lágrimas de aquel ángel.

Una descarga eléctrica lo recorrió.

Sus miradas se enlazaron por más tiempo.

Instintivamente, Edward posó sus brazos en forma protectora, brindándole su consuelo a ella.

El ángel se dejó consolar y se embriagó del aroma de aquel chico que no conocía, y sin embargo podría jurar que su alma lo reconocía.

Sus penas se le olvidaron por un momento. Volverían, era definitivo, pero en presencia de aquel chico se iban.

Dejó de llorar y poco a poco se incorporó.

Los brazos de Edward seguían alrededor de ella.

—¿Cómo te llamas? —preguntó la chica.

—Edward —dijo apunto de besar los labios de ella—, ¿el tuyo?

—Bella —dijo ella perdiéndose en la proximidad de él.

Sus labios estaban cerca, tan cerca que se podían tocar. Podían sentir la dulzura que prometían los labios del uno y del otro. El momento era tan mágico a pesar de la lentitud en la que sus labios se iban acariciando suavemente. Poco a poco sus labios se fueron apretando, dándoles la dulzura prometida.

El beso del verdadero amor.

No importó que Bella estuviera besando por primera vez o la experiencia de Edward. Ese beso era mágico.

Edward supo que nadie había tocado esos labios, eran un néctar intacto.

Bella se sintió avergonzada y rompió el beso. Se levantó y se dispuso a huir de aquel chico que le había robado el corazón.

Edward sufrió pánico, sintió la desesperación. Por fin tenía un ángel a quien amar y no iba a permitir que ese ángel se alejara.

Edward corrió a alcanzarla.

Bella corrió y por un momento pensó que lo había perdido de vista hasta que el chico se apareció de un árbol que estaba frente a ella.

Edward la tomó en brazos antes de que ella pudiera dejar de correr.

Sin más que decir, Edward empezó a besarla.

Los labios de ambos se recibieron contentos, la dulzura estaba presente y el beso era suave. A través de ese beso, la electricidad empezó a fluir por sus rostros. Era una electricidad cálida, placentera.

Los brazos de Edward apretaron a Bella que sentía que aún no estaban lo suficientemente cerca.

De vez en cuando se detenían para mirarse a los ojos, para sonreírse o para toma aliento.

No supieron si se besaron por minutos, horas o días.

Finalmente, Bella se atrevió a romper el silencio.

—Tengo que irme —una parte de ella quería que él la retuviera.

—¿Te volveré a ver? —preguntó un esperanzado Edward.

—Sí —sonrió Bella—, búscame en el instituto de Forks.

—Ahí te veré —Edward se acercó y acarició el rostro de Bella. Había amor y ternura en esa caricia.

Bella se distanció y empezó a alejarse.

Edward la miró alejarse y sintió como su corazón se iba con ella.

Por primera vez quiso que el mañana llegara rápido para poder ver a su ángel.


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