Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.


5. ILUSIONES Y DESGRACIAS

Edward POV

Estaba feliz, no podía creer lo afortunado que era. ¡Ella me dijo que sí! Ya quería llevarla a bailar, a cenar. Estaba sacando al romántico que llevaba dentro. Por ella haría muchas cosas, por ella sería fuerte, por ella tal vez renunciaría a mi herencia. Pero si ella me lo permitiera, si aceptara casarse conmigo en tres semanas, mi felicidad estaría completa.

―No te vas a arrepentir nunca de esta decisión ―susurré contra sus labios.

―Jamás me arrepentiría de esto ―me abrazó.

Podía sentir el calor que ella desprendía.

Ella es diferente, iba a terminar las fiestas, sólo serían fiestas entre ella y yo. Cambiaría tantas cosas, dejaría de emborracharme y dormiría con ella, siempre con una sonrisa en mis labios. Deseé que pronto ella fuera lo primero que viera en las mañanas y lo último en las noches. Ella no es una interesada, por eso renunciaría a mi herencia. Si de mí dependiera, ella jamás sabría sobre quien era, el apellido de mi familia destilaba dinero en cualquier letra. Pero algún día ella sabrá quién soy, para ese entonces habré asegurado su mano y su corazón. Quería que ella fuera mía en todos los sentidos.

Pero debía ir lento, no quería espantarla con mi precipitación. Debíamos de conocernos.

―Me tengo que ir ―me sacó de mis pensamientos.

Bajé la vista a su cabeza que estaba recargada en mi pecho, su cabello le cubría el rostro. Mis manos se movieron y acomodaron el cabello rebelde que tapaba la dulce visión de su rostro.

―¿Ahora? ―no pude ocultar mi decepción.

―En casa me esperan ―hizo un mohín.

―Debería de raptarte para que ya nadie te espere ―lo decía más en serio que de broma.

―Oh, entonces llévame lejos ―sonrió―, lejos pero contigo.

Ella no notó que lo decía en serio.

Por un momento me pregunté sobre las posibilidades de raptarla como lo hacían en las viejas películas, claro que tendría que pedirle ayuda a Emmet, arreglar las cosas y pedirle prestada a Carlisle la isla Esme. Así no podría escapar.

Contrólate, Edward, me reprendió mi conciencia.

Sería maravilloso, solos en una isla desierta. El sol iluminando su pálida piel, el viento meciendo sus cabellos y atardecer al borde de su piel. Las olas del mar tocando nuestros pies, el perfume del amor en el ambiente y el paraíso a nuestro alrededor.

Bella se separó de mi pecho. Nuestras miradas se encontraron. Verla a los ojos era más que eso, era ver el reflejo de su alma y me gustaba lo que veía.

―¿Podré verte mañana? ―me aferré a cualquier esperanza de volver a verla.

Bella asintió.

Lo agradecí con el alma. Me pareció corto el tiempo que pasé a su lado, ya quería que llegara el mañana para poder verla. No había sentido el tiempo que transcurrió desde que me había dicho que sí quería ser mi novia. Habíamos hablado sobre nuestros gustos, lo que soñábamos. Me gustó que se abriera a mí de cierta forma, aunque se mostró renuente a tocar el tema de sus padres. Por lo que pude entender es que ellos no tenían una relación estable, sus ojos tristes me lo dijeron. En ese momento quise hacer lo que estuviera en mis manos para no ver esa mirada triste.

Había escuchado cada palabra como si fuera un sermón de un sacerdote, claro que tiene mucho que no voy a una iglesia. Pero la idea es que uno escuche detalladamente el sermón que tiene que dar el pastor.

A mí no me gusta leer, pero por ella leería un par de libros que mencionó. Era fácil perderse en las palabras pronunciadas, era fácil envolverse e interesarse por la charla que ella da. Títulos como Orgullo y Prejuicio, Sensatez y Sentimientos, Jane Eyre, Cumbres Borrascosas, Crimen y Castigo, y por último algunos libros que al parecer son de vampiros, hombres lobo, hadas, demonios, ángeles, entre otros llenaron la conversación. Me interesó mucho la mención de uno que habla sobre un vampiro enamorado de una humana, de alguna manera me reflejé a mí mismo.

Bella era un ángel, alguien totalmente diferente a mí. Era bastante centrada y yo no podía evitar pensar por unos momentos que era el demonio que todo Forks decía que era.

Cambiaría muchas cosas, ella era un motivo poderoso por ser mejor persona.

Caminé con mis pensamientos al Volvo, le pregunté a Bella donde la dejaba y ella me dio su dirección. No era una casa lujosa y al verla no se podía respirar el ambiente a hogar. Me pregunté qué haría un ser de luz como ella viviendo ahí.

―Gracias por acercarme ―me agradeció depositando un beso en mi mejilla.

―Bella… ―atraje su atención― ¿Qué es eso de ahí?

Bello buscó con la mirada el punto que estaba señalando, no lo pensé más y le robé un beso. Me lo devolvió sorprendida. Sus labios eran perfectos para los míos.

―Wow, me gusta ―murmuró contra mis labios.

―Pues espera ese tipo de besos cada que te vea distraída ―la atraje a mi pecho, depositando suaves caricias en sus brazos.

Bella se bajó del auto a regañadientes. Me lanzaba miradas de no querer irse.

―¿En dónde te veo? ―la tomé de la mano para depositar un beso en ella.

―Mañana en nuestro prado a las seis en punto―susurró.

Esa idea me gustó.

Nuestro prado, era nuestro. Nuestro…

Con pesar arranqué el auto.

En el transcurso a casa, pensé que debía hablar con Carlisle.

Llevaba bastante tiempo meditando lo que debía de decir.

No pude evitar mantenerme callado mientras Alice y Esme mantenían una conversación sobre una amiga de ella que tuvo una cita. B, como la llamaba, tuvo una cita y tuvo que someterse a los deseos de la duende.

No presté más atención sobre la "angelical" amiga de mi prima.

Estaba sumido en mi mundo paralelo donde existía Bella y sólo ella.

Era una de las mejores tardes de mi vida.

Carlisle llegó al anochecer, pasó por el perchero de la entrada y dejó sus llaves, su gabardina y maletín de médico.

Esme salió a recibirlo junto con la duende que se lanzó desde las escaleras a los brazos de su papá.

Llevé bastante tiempo pensando en lo que debía de decir, agradecía que Carlisle tuviera el valor para hablar las cosas conmigo y dejar a un lado al dictador de su hermano.

Carlisle notó que llevaba una batalla interna, movió su cabeza en señal a que lo acompañara a su despacho. Di un asentimiento y me paré.

Esme se excusó diciendo que tenía que preparar la cena y Alice la acompañó.

Pasé por el despacho de Carlisle, cuántas conversaciones hemos tenido ahí y cuántas veces he tomado decisiones ahí.

―Carlisle, conocí a alguien ―solté de golpe.

Carlisle pareció sorprendido, meditó unos segundos su respuesta.

―¿Estás seguro de que es la persona indicada? ―tomó su barbilla como lo hace un médico al tener en sus manos un caso.

―Estoy seguro de ella ―respondí sin titubear.

―Sabes que estoy contigo, hijo ―caminó hasta su asiento con el mismo gesto―. Te apoyaré sea lo que sea que decidas, pero quiero asegurarme de que estás seguro.

―Lo estoy, Carlisle.

―Antes que digas algo, tengo que decirte que he hablado con una mujer ―empezó, entrelazando sus dedos―. Esta mujer de la que te hablo, es una profesional, capaz de llegar a un acuerdo. Hablé con algunos conocidos, me han dado buenas referencias. Al parecer está retirada del negocio, pero ha vuelto.

Medité las palabras de Carlisle.

Si me hubiera dicho eso desde ayer, habría aceptado, pero ahora estaba Bella y la santidad de mi amor no permitía que considerara a esa mujer como opción.

―Carlisle, agradezco que me estés ayudando, pero he tomado una decisión. Quiero estar con ella, estoy dispuesto a pedirle que se case conmigo. Si acepta, seré más que feliz porque tendré mi herencia, pero si no acepta, estoy dispuesto a renunciar a mi herencia.

Carlisle me miró con los ojos bien abiertos, a causa de mis palabras.

―Quiero que me hables de ella ―se recuperó de la impresión―. Confío en ti, pero quiero saber que pasó.

―Bueno… todo empezó ayer. Salí a despejar mi mente. Estuve manejando hasta el prado que una vez te comenté que encontré por accidente ―Carlisle asintió para que continuara―. Cuando llegué me encontré con un ángel que estaba llorando, me preocupé por ella y acordé de verme hoy con ella.

»No tengo palabras para expresar lo feliz que me siento. He pasado una de las mejores tardes de mi vida a su lado. Ella no sabe quién soy, no me quiere por mi dinero. Por eso ella vale oro para mí. Carlisle, estoy enamorado. Es maravilloso lo que siento a su lado.

Carlisle meditó lo que le dije y empezó a reír.

―Me recuerdas a mí la primera vez que vi a Esme ―sonrió―, por eso sé que es amor cien por ciento amor real.

Sonreí.

―Quisiera cambiar muchas cosas, quiero que ella esté orgullosa de estar a mi lado. Por eso también decidí que quiero estudiar medicina, quiero cumplir ese sueño que tuve cuando era adolescente. Quiero ser como tú.

Carlisle me miró como si tuviera cuernos o algo, pero se limitó a darme un sonrisa y un abrazo.

―Me alegro que quieras buscar tu camino ―palmeó mi espalda―. Si ella te hace sacar lo mejor de ti es porque ella te conviene.

Sabía que ella era todo lo que necesitaba. No concebía a alguien tan perfecto, puro y angelical que ella.

Bella hacía la diferencia.

―Pero… hijo, te pido que seas sensato ―rompió el abrazo―. Tal vez ella entienda quién eres y te ayude. ¿Hay manera de que le digas? Tal vez ella pueda ayudarte ―negué enérgicamente con la cabeza―. Bueno, entonces te pido que consideres la opción de tener sólo por si acaso en consideración a la mujer de la que te hablo. Tengo entendido que es una profesional.

―Carlisle, no quiero considerar esa opción. En realidad no quiero que Bella sepa quién soy, aún. Tengo miedo de que ella deje de ser el ser que vi en mis sueños imposibles. Y en cuanto a lo de la otra mujer, no prometo nada pero lo pensaré.

Carlisle asintió.

De momento había terminado mi conversación con él.

Me pregunté qué clase de mujer sería la que estaba dispuesta a hacer el trato. Sabía que Carlisle se refería a una mujer del bajo mundo. Sólo en ellas se podía confiar en estos asuntos.

―Entonces te dio duro ―Emmet flexionó sus brazos con las pesas en cada mano.

―No tienes ni idea ―suspiré.

―Jamás me había imaginado al gran Ed Cullen enamorado ―empezó a reír―, es algo digno de ver.

―Algún día estarás en mi lugar y seré yo el que se burle de ti ―golpeé su pecho con mi puño.

―Como digas ―me dio el avión―, sabes perfectamente que jamás me voy a enamorar. Esos son inventos para que uno gaste en regalos caros, organice cenas a la luz de las velas, empieces a renunciar al título de hombre, beses el suelo que ella pise, terminas pidiéndole matrimonio, hacen una fiesta por todo lo grande, se embaraza, engorda, tiene a los diablillos, al final se descuida, terminan teniendo sexo una vez a la semana o se organizan por días… para cuando te das cuenta ya tienes edad para ser abuelo y te encuentras con la realidad de que tu mujer ya no es la sombra de lo que fue ―hizo un mohín―; como esas señoras que vimos hace unos meses en la heladería. Los niños gritando y ellas con una cara de no poder con sus vidas, vestidas con unos pants que no les favorece en nada. No, eso no es para mí. Yo sí valoro mi hombría. Jamás, óyelo bien, jamás me enamoraré y perderé mi hombría.

Me quedé con la cara en blanco.

Así como lo describía Emmet parecía una película de terror, pero yo sabía que con Bella jamás sería así. Jamás dejaría de ver a Bella como lo más hermoso de este mundo.

No, Bella y yo sabríamos llevar bien un matrimonio.

Ya podía imaginar las cenas románticas, cuando le pida que sea mi esposa y a ella vestida de novia, con un vestido blanco… Anunciando a todo hombre que ese precioso ángel era mío, que me pertenecía y que pobre de aquel que quisiera arrebatarme lo que era mío.

Quería que Bella fuera total y completamente mía. Lo sería.

―Romeo, deja de soñar ―Emmet me dio un zape.

―Es mejor soñar y después luchar porque ese sueño se haga realidad.

―Hermano, tú sí que traes una enfermedad por esa chica.

―Yo sé que ella es la indicada.

―Claro que lo sabes ―hizo una mueca―, es cuando sabes que vas a morir. Pero me sacrificaré… Cuidado damas, que Emmet será el único que saltará de cama en cama.

A veces Emmet era tan infantil.

Bella POV

Prácticamente estaba soñando despierta sobre una nube de algodón de azúcar. El sólo pensar en Edward me hacía sentir de esa forma.

Para mí en esos momentos era ajena a muchas cosas. De alguna manera, el amor de Edward me daba energía suficiente para tolerar los gritos que, desde que llegué del instituto, se escuchaban. A veces creo que la vida no es justa, mi papá se la pasa complaciendo cada capricho de Renée; por más cosas que le dé, ella jamás va a estar satisfecha con lo que obtiene de Charlie.

Por Edward era capaz de arriesgarlo todo, si me lo pidiera huiría con él. Claro que, si me da la oportunidad, me llevaría a Charlie conmigo.

Ya no quería ver a mi papá triste, haría cualquier cosa con tal de verlo sonreír como antes. Aún puedo recordar cuando íbamos los domingos en la tarde por helado, lo sonrientes que éramos… Éramos una familia feliz hasta que el dinero se interpuso y manchó la buena imagen que tenía de una familia.

Siempre me iba a lamentar eso, no el haber perdido los lujos a los que estaba acostumbrada, pero si a los momentos en los que éramos familia.

¿En qué momento Renée se volvió tan fría? ¿O siempre habrá sido así y no lo quise ver? ¿Dónde quedó lo que ella me enseñó? ¿Fue mentira eso de ser generoso, atento y amoroso? ¿Qué le pasó a mi familia para estar así de mal?

Tantas preguntas y tan pocas respuestas.

Me negaba a creer que mi mamá fuera una mujer frívola, pero sus actos, día a día me mostraban lo contrario.

Yo no sería así con mi esposo. Con Edward, yo sería una mujer fiel, atenta, cariñosa y sería todo lo que él necesitara para ser feliz. Yo si lucharía por mi matrimonio.

Los gritos empezaron más y más…

Gritos de Renée.

Miré mi reloj, ya faltaba poco para ir a ver a Edward. ¡Por fin lo vería!

Abracé a mi peluche, el señor Ross… Mi único compañero desde que era un bebé. Aunque ya estaba viejo y gastado, siempre sería mi favorito. Porque me lo dio mi papá al nacer.

Con mis manos empecé a acariciar el moño del señor Ross.

Salté de la cama y dejé a un lado al señor Ross. Busqué con la mirada mi chamarra, me la puse y bajé en silencio para salir por la puerta sin hacer ruido.

―Charlie… ―la voz de Renée se oía dudosa― ¡Charlie!

Mi cuerpo se tensó al escuchar un golpe seco.

Corrí lo que pudieron mis pies que parecían haberse pegado al suelo.

En la cocina se encontraba Renée con los ojos desorbitados y Charlie en el suelo…

―Papá…¡Papá! ―me arrodillé en el piso, apoyando su cabeza en mi regazo―. Papá, tienes que reaccionar.

―Iré por el alcohol ―dijo Renée alarmada.

―Mamá, debemos llevarlo al hospital ―grité.

―¿Estás loca? ―se volteó indignada―. ¿Con qué piensas que vamos a pagar la hospitalización de tu padre? No sé si te has dado cuenta, pero no tenemos nada en el refrigerador… Entonces, ¿cómo crees que vamos a tener para atender las debilidades de tu padre?

―Sólo sé que no puedo dejarlo así ―lloré―. Algo tengo que hacer.

―Haz lo que quieras, niña ―hizo un gesto con las manos―. Tu padre y yo no te lo queríamos decir, él alegaba que no quería que te preocuparas, pero en vista de la situación, creo que es necesario que sepas que tu padre se está muriendo.

―Eso… no es cierto ―sus palabras retumbaban en mi cabeza.

―Entonces, ¿por qué tu padre está tirado en la cocina? ―empezó a reír irónica.

Sus palabras cobraban sentido… Dolían, porque mi papá era una persona especial, porque mi papá era mi mejor amigo, porque mi papá era el único que me apoyaba, porque mi papá era necesario en mi vida, porque lo quería y haría cualquier cosa por estar en su lugar, porque si él se iba me quedaría sola y porque era mi única compañía.

Si había una persona más buena, noble y amorosa, ése era mi papá.

Siempre lo vi fuerte, se veía sano, reía…

Si se iba, todo se desmoronaría a su partida…

Deseé que todo fuera un sueño.

Cerré los ojos horrorizada.

―Te dejo para que lo cuides, es tu turno de cuidar al muerto ―Renée salió de la cocina y por esa vez la odié.

Me quedé en el suelo con Charlie. Las lágrimas se caían por su cara…

Se supone que la familia se apoya… se supone que yo tenía una familia… se supone que mi papá debía de estar bien… se supone que era fuerte y resistente.

Esta era la caída de un héroe, mi héroe…

Edward POV

Esperé ansioso a que dieran las seis pero el reloj me jugaba malas pasadas.

Ya quería verla, estar con ella.

El reloj seguía marcando lentamente los minutos y segundos.

Cuando al fin dieron las cinco de la tarde, salí corriendo a mi auto. No me importaba si llegaba con cuarenta minutos de ventaja.

El camino era fácil. Llegué a los veinte minutos.

Bajé del auto para caminar el resto del camino a mi, nuestro prado.

Cuando llegué me senté en el pasto. Esperando… esperando a que ella llegara.

No podía borrar mi sonrisa cuando la hora llegó, estaba cerca, debía de llegar…

6:10 pm… No llegaba, seguramente no tardará…

6:15 pm… Se le hizo tarde, es eso…

6:20 pm… Probablemente se seguirá arreglando, las mujeres son así. Siempre llegan tarde.

6:30 pm… Estaba que me jalaba del cabello. ¿Dónde estaba?

6:40 pm… No me puede hacer esto, dijo que vendría…

6:50 pm… ¿Estará con otro?

6:59 pm… ¿Se habrá dado cuenta de que no soy suficiente para ella?

7:05 pm… Mi corazón me dolía.

7:10 pm… Ella no vendrá…

7:20 pm… Se burló de mí.

7:30 pm… Por favor, Bella… ven, te juro que cambiaré…

7:40 pm… Bella, te necesito…

7:50 pm… Bella, te amo…

8:00 pm… Ella no vendrá, pero esto no se va a quedar así…

Estaba furioso.

―¡BELLA! ―grité al aire― ¡Me las vas a pagar!

Corrí hasta mi auto…

Mañana la vería en el instituto…

Aceleré a fondo y llegué como un tornado a mi casa.

Ignoré la mirada asustada de Esme, las protestas de Alice. Nada importaba.

Llegué a mi recamara y empecé a romper lo que encontraba a mi alrededor, pero eso no calmó el dolor que sentía en mí.

La mañana llegó y con ello mi determinación por ver a Bella.

Salí sin prestarle atención a Esme que me miraba extrañada por mi violencia.

En el camino al instituto armé un monologo de lo que le iba a gritar, de lo que iba a reclamar.

Los autos estaban empezando a parquear en el estacionamiento, podía ver las miradas curiosas de los alumnos que llegaban.

No les presté atención. Mi atención estaba en localizar a la responsable de ese dolor en mi pecho. Había dicho que la vería, me hice esperanzas que resultaron ser falsas.

¡Ella dejó que me ilusionara!

Mis ojos seguían buscando ese cabello caoba, esos ojos que me enloquecían, ese rostro capaz de hacerme olvidar hasta mi nombre…

―Bella… ―la llamé furioso en cuanto la vi.

Bella se quedó tiesa en su sitio. No me miró.

¿Tanta indiferencia le daba?

La jalé y la llevé a la fuerza hasta mi auto.

Escuché un quejido de dolor, pero estaba furioso y dolido como para aflojar mi agarre.

Abrí la puerta del copiloto y la metí a empujones. Las personas veían la escena que estaba armando.

En ningún momento, Bella se dignó a verme, cubrió su cara con sus largos cabellos.

Cerré la puerta furioso.

Cuando llegué al volante, aceleré a fondo. No me importó nada. Simplemente la llevaría a la cabaña que estaba cerca de mi casa. Nadie sabía la ubicación porque le pedí a Esme que quería que fuera un lugar privado, que nadie pudiera encontrar.

En todo el camino Bella se mantuvo con la cabeza gacha. Jamás me dirigió la palabra ni yo a ella.

Estacioné el auto a un lado de la carretera. Bajé a toda velocidad para sacarla a ella.

Volví a aprisionar su brazo con mis manos. La llevé a jalones hasta el sendero oculto entre los árboles.

De vez en cuando Bella tropezaba, daba pequeñas quejas pero nunca verbales.

El camino era largo, pero no me detuve aunque ella a veces jadeaba.

La casa empezó a asomarse. Sus detalles eran mágicos, parecía que había salido de la tierra. Esme tenía un talento para eso.

Busqué en mis bolsillos la llave y la introduje. Abrí la puerta y empujé a Bella al interior.

―Ahora sí, Bella ―la miré amenazadoramente―. Vamos a hablar.

Bella POV

―Ahora sí, Bella ―su voz sonó dura, furiosa―. Vamos a hablar.

No me atreví a levantar el rostro.

Sentí su impaciencia, su presencia que se acercaba a mí con la gracia de un felino.

Edward me mostraba una parte de él que ignoraba.

No tenía aliento para este enfrentamiento. Estaba cansada, ayer terminé cansada.

Las manos de Edward me sacudían violentamente, supe que me iba a salir un cardenal o varios por los jalones que me dio.

No quería que me viera, no debía de verme.

Levantó mi mentón furioso.

Nuestras miradas se toparon, sus ojos estaban fríos que cortaban.

Las lágrimas volvieron a brotar.

Su murada se dulcificó al verme llorar.

―¿Qué te pasó? ―susurró― ¿Por qué no llegaste ayer?

Mi peso, de repente se me hizo pesado y me dejé caer de rodillas. Mis manos se apoyaron en el suelo y mi cara sólo podía mirar el suelo…

Las lágrimas se abrieron paso al igual que los recuerdos de la noche pasada…

Los brazos de Edward me atrajeron a su pecho, me sentí consolada por unos momentos hasta que recordé a mi papá y un llanto histérico se apoderó de mí.

―¿Bella? ―se oía preocupado―. ¿Qué pasó?

Sus manos empezaron a dar caricias a mi espalda, mis brazos… Edward trataba de reconfortarme, pero yo estaba lejos de mí. En eso momentos estaba en la habitación de Charlie.

Me preguntaba cuando iba a despertar… Renée me dijo que su enfermedad es así; pronto se iba a cansar, dormiría por periodos largos, dejaría de ser una persona capaz de hacer las cosas por sí mismo.

A regañadientes había ido a la escuela ya que Renée me dijo que debía de ir para poder trabajar cuando Charlie no pueda hacerlo.

―Bella, háblame ―me urgió.

―Mi papá está muriendo… Los héroes no son para siempre… ―decir eso en voz alta era admitir la verdad, verdad que haría lo que fuera por que no fuera cierta―. Dicen que llorar ayuda a sacar lo malo... Lo he hecho y no siento mejoría. Al contrario, siento que me hundo más en esto… no siento alivio, he dejado fluir lo que siento y no para, no tiene fin ―mi voz estaba rota.

Me aferré a Edward, necesitaba sentir que me sostenía y que nunca me dejaría caer.

―Lamento escuchar eso ―apretó su abrazo― y lamento haberte tratado así. Pensé que no me querías ver y pensé que… ―puse mi mano en su boca para acallar lo que decía.

―No digas eso, ayer olvidé por completo todo… ―mi voz tuvo una nota de culpabilidad―. Ayer mi mamá me dejó con todo y salió.

―Bella, yo…

―Shh ―negué con la cabeza―. Ahora estás aquí y con eso es suficiente. Entiendo que probablemente te hayas molestado, yo incluso me molestaría por esperar a alguien y que al final no apareciera.

―Perdóname, Bella ―depositó un beso en mi coronilla.

―No tengo nada que perdonarte ―acaricié su mejilla―. Te agradezco que estés aquí, tu presencia me relaja, me hace sentir en paz.

―Bella, te amo ―mi cuerpo se tensó.

Era lo más hermoso que pudo haber salido de esos labios.

―Te quiero ―acerqué mi rostro a sus labios.

Sus labios aceptaron los míos. Era un beso salado por mis lágrimas, pero mantenía el dulce sabor. El movimiento era suave y cálido. Sus brazos empezaron a acariciar mi cintura, mis brazos, mi espalda. Su agarré me pegó a él y ni si quiera así lo sentí cerca. Mis brazos se enredaron en su nuca, acaricié su cabello cobrizo.

Todo momento de dolor, preocupación y angustia fueron borradas con ese beso. Por un momento me recriminé el ser egoísta, pero necesitaba serlo. Necesitaba a Edward.

Sus manos fueron dejando caricias que desprendían calor… Sus labios eran adictivamente dulces y suaves… Nos separamos para recuperar el aire.

―Perdón por no llegar ―susurré con el aliento entrecortado.

―No me va a alcanzar la vida para pedirte perdón por haberte juzgado sin conocer tus razones ―parecía torturado.

―No quiero que te sientas mal, no estoy molesta ―me sentía mal al verlo así―. Jamás te dejaría, pero ayer fue difícil y lo único que quería es que estuvieras a mi lado.

―Me hubiera gustado estar ahí para poder consolarte ―acarició mi mejilla―. No me gusta verte así. Daría lo que fuera por ver siempre en tu rostro una sonrisa.

―Sabes, creo que es hora de que intercambiemos números. Así podremos estar en contacto.

Edward asintió y nos pasamos nuestros números de teléfono.

―Quiero una foto tuya ―me miró con un puchero al que no le podía negar nada―. Te tomaría una pero me matarías si te la tomo ahora.

―Y tienes razón en suponer eso… ―me mordí el labio―. Buscaré una.

Casi no tenía fotos mías en mi celular, en realidad, no tenía ni una. Recordé que Alice me había dicho que tenía fotos nuestras en Facebook. Busqué en mis amigos a Alice y su álbum de fotos. En los archivos encontré una que me gustó. Alice me la había tomado saliendo de una fiesta, a la cual me obligó a ir; la foto era una en la que usaba un vestido negro con un tirante, mi cabello recogido, dejando mi flequillo que llegaba hasta mi lóbulo, a un lado. Se podía apreciar en la imagen que me la tomó cuando no me di cuenta. Estaba riéndome, mis ojos brillaban y tenía que aceptar que era una muy buena foto.

Le mandé a Edward la foto una vez agregado a mis contactos de whatsapp.

Desvié la mirada en cuanto le llegó la imagen.

―No tengo palabras para describir lo hermosa que eres…

Me sonrojé y pude sentir un calor recorrer mis orejas.

―Gracias

―Sólo digo la verdad ―su tono era juguetón. Sus brazos me volvieron a atraer a él―. Así me gustaría tenerte siempre, entre mis brazos…

Sonreí apoyando mi cabeza en su pecho. Podía sentir el latido de su corazón, era una sinfonía para mí.

―Siempre que quieras puedes tenerme así ―aspiré su dulce aroma.

―Para siempre…

―Por siempre ―me hacía más felicidad eso.

―Bella, no quiero agobiarte pero, ¿qué vas a hacer con tu papá? ―sus manos hacían dibujos en mi espalda.

―Mi mamá dice que no hay nada más que hacer ―más lágrimas―. Lo entiendo, pero no lo acepto. No acepto que no haya esperanza. Pero tampoco me atrevo a pedir otra opinión ya que mi papá ha ido con varios médicos y todos le han dicho que no hay esperanza. Ella me prohibió mencionarle el tema de otra opinión médica ya que mi papá no toleraría la posibilidad de una esperanza que resulta ser falsa al final.

―No entiendo a tu madre…

―Yo tampoco, pero al final es mi madre y sé que ella en el fondo quiere a mi papá, sólo que es inmadura, pero sé que lo quiere.

Me sentía mal por ocultarle cosas. Sólo que aunque quisiera una nueva opinión, no teníamos dinero.

Debía de buscar un empleo.

Tal vez había posibilidades de buscar a otro médico, por lo que supe sólo habían ido con dos médicos.

―Bella… puedes contar conmigo ―me hizo sentir protegida.

―Gracias ―sonreí.

Nos quedamos así… Abrazados…

Aunque eso no me hacía olvidar ese presentimiento de que las cosas no iban a estar bien en un futuro no muy lejano.


Hola, yo de regreso, he estado pensando en ir subiendo los caps que tengo hasta el cap 11. Pero quiero saber su opinión. También quiero preguntarles, no es seguro, aclaro, pero me gustaría saber su opinión, Quieren lemmon en esta historia?

Dejenme saber vuestras opiniones!

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